"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

lunes, 28 de septiembre de 2015

El autobús que se detuvo en Eleusis

Esta historia ha sido recogida por M. Eliade en su monumental obra sobre la historia de las religiones y supone otro de los muchos finales del paganismo que nunca ocurrieron en realidad, uno más de los múltiples "Crepúsculo de los Dioses" en que ningún sol se puso realmente, y no está fechada en los años finales del siglo IV d.C., cuando Alarico, rey de los godos, incendió y redujo a cenizas el santuario de Eleusis, acabando, supuestamente, con el culto milenario de las Dos Diosas: el de Deméter y su hija, la insigne muchacha Coré. A partir de esa fecha, o tal vez con alguna anterioridad, la triunfante Iglesia de Cristo, que ya había iniciado su admirable labor en pro del latrocinio o la fagocitosis de los mitos pertenecientes a otras tradiciones religiosas, adjudicó a San Demetrio su puesto en la devoción popular convirtiéndole en el nuevo patrono de la agricultura. 
Sin embargo, en aquella pequeña polis dependiente de Atenas jamás reconocerían a este santo como el nuevo titular de la plaza: allí siempre se seguiría hablando de "Santa Demetra", una mártir completamente desconocida en todas partes ya que nunca fue canonizada (todavía a comienzos del siglo XIX, en la plaza principal del pueblo había una estatua de aquella antigua divinidad recientemente santificada a la que los lugareños cubrían de flores para asegurar la fertilidad de sus campos, y que sería sustraída de su pedestal por un estudioso nativo de la Gran Bretaña, nación que en cuestión de latrocinios no admite lecciones de nadie). Esta Santa Demetra, a pesar de no haber sido bautizada, fue capaz de engendrar por si sola una verdadera mitología cristiana a lo largo de los siguientes siglos de la Nueva Era, hasta el punto de contar con una historia muy humana a sus espaldas a poco de que Grecia se liberase del dominio turco: por esas fechas, y también allí mismo, en Eleusis. un sacerdote anónimo refirió a cierto arqueólogo inglés (la presencia de este otro inglés es inevitable pues se los encuentra uno en todas partes y en todas las épocas) un jugoso dato de su biografía: se trataba de una anciana ateniense a quien un hideputa otomano le había robado a su hija que, a Dios gracias, fuera a continuación rescatada por un pallikar, un valiente miembro de la milicia armada albanesa que había combatido en la reciente guerra de Independencia Griega...
Pero el episodio más emotivo de la etapa cristiana de la diosa Deméter tuvo lugar algo más tarde, casi a mediados del siglo XX (1940), y se trató de un acontecimiento milagroso que sería ampliamente comentado por toda la prensa del país (o sea: se trató de lo que llamaríamos hoy un "trending topic"). El suceso ocurrió en una de las paradas del autobús Atenas-Corinto en que subió al susodicho vehículo de línea una anciana "flaca y seca, de grandes ojos vivos", sucinta descripción que es una gentileza hecha al reportero de turno por uno de los testigos presenciales. Comoquiera que la vieja no tenía encima dinero para pagarse el billete, el chófer la forzó a bajar en el siguiente apeadero, que era precisamente el de Eleusis. Y aquí es donde ocurre el milagro: tras deshacerse de la pasajera, sorprendentemente el conductor no logra poner en marcha el autobús, misterioso fenómeno ante el que el pasaje al completo reacciona como un solo hombre, es decir: pagando a escote el billete de la anciana. Por supuesto, nada más volver a subir la mujer, el vehículo arranca sin ningún problema, y entonces la desconocida se dirige a sus compañeros de viaje con estas palabras: "Habéis hecho bien, pero deberíais haberlo hecho antes. Y ahora, aprovechando que estoy otra vez entre vosotros, voy a deciros una cosa más: seréis castigados pronto por vuestro egoísmo y por la forma en que vivís, en seguida os veréis privados hasta de las hierbas y del agua". Según los periódicos, no bien terminó de hacer este vaticinio final cuando ya había desaparecido sin que nadie la hubiera visto bajar. Los viajeros se miraron unos a otros, desconcertados, y, con la colaboración del chófer, hasta repasaron todos juntos el taco de billetes para convencerse de que efectivamente faltaba uno... Y así era.
Naturalmente, cada quien puede pensar lo que quiera sobre esta anécdota, pero nadie que conozca el hermoso Hinno Homérico a Deméter dejará de evocar los versos en que la afligida madre de Coré se lamenta ante el rey Celeo de Eleusis de la ausencia de su querida hija mientras le reclama la urgente construcción de un templo donde celebrar sus Misterios. Si me lo permitís, os transcribiré un par de fragmentos para que comprobéis por vosotros mismos la verdad que algunos nos han querido escamotear durante siglos, a saber: un único dios puede, y hasta debe, morir... Pero los dioses, nunca.

 ...Así llegó cierto día hasta la tierra de Eleusis
Donde gobierna Celeo, que es rey de la ciudad,
Y a la vera del camino se sentó junto a un olivo
Muy cerca del pozo donde sacaban agua los hombres.
Y tomando la apariencia de una anciana venerable
Les dijo a las hijas del soberano Celeo:
"Yo soy la diosa Deméter, la que ofrece las cosechas,
Y dispongo que en mi honor se me levante un templo
Y un altar dentro de él al pie de la ciudadela,
Pues de ahora en adelante me rendiréis pleitesía".
Y al decir estas palabras mudó de aspecto la diosa,
Se quitó la vejez y volvió a ser hermosa:
Una luz cegadora de su cuerpo salía...

...Allí la diosa Deméter, alejada de los dioses,
Permaneció muy triste, apenada por su hija,
Y aquel año provocó que fuera el más espantoso
Que los hombres conocieran en la tierra fecunda
Pues en ninguna región medraba semilla alguna,
Que Deméter se encargaba de mantenerlas ocultas.

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