Entre nosotros, los humanos, se asume con naturalidad el que todos seamos personas muy distintas entre si, pero no el que algunos quieran, además de serlo, diferenciarse aún más, como si no les bastara con el hecho natural de su diferencia, y es a éstos a los que, convencionalmente, la humanidad llama "diferentes" pues no son, en efecto, como el resto de sus miembros. De forma tácita se admite, entonces, que los "diferentes" son una minoría, y se supone que su proporción se ha mantenido constante en todos los tiempos desde el inicio de éstos. Por ejemplo: retrotrayéndonos al principio de la especie, y según seamos creacionistas o evolucionistas, tendríamos que admitir que el primer "diferente", o fue Caín, o lo fue el primer simio que pudo desplegar por completo la columna vertebral para ponerse en pie en alguna de las selvas africanas. El crimen de Caín estableció, desde luego, una de las primeras grandes diferencias entre los seres humanos (los que son capaces de matar a otro y lo que no pueden ni siquiera hacerlo con una mosca), aunque esa diferencia fuese sólo circunstancial como enseguida vinieron a demostrar las guerras civiles, donde quedaría claro que todo quisque es capaz de matar a su hermano y hacerlo con parecida indiferencia con la que se espanta a una mosca. Por tanto, la historia humana contradijo muy pronto al Génesis (y, en general, al resto de los libros sagrados) pues no tardaría en demostrar que Caín no era en absoluto diferente a Abel, y que la única diferencia entre ellos es que uno tuvo en su momento la oportunidad de matar y el otro no.
Respecto al primer mono erectus la cosa no debió ser muy distinta porque es muy probable que, al ponerse en pie, lo primero que hiciese este adelantado fuera agarrar un palo para agredir a otro de sus congéneres que no era tan desarrollado como él y todavía andaba a gatas. De ahí en adelante la fuerza bruta sería sustituida por la inteligencia y, entonces, en vez de un palo, el mono sapiens agarraría una idea cualquiera para aporrear con ella a sus iguales de la vecindad, es decir: a quienes sólo se diferenciaban de él porque formaban parte de otro clan más o menos débil que el suyo de origen. Como todos sabemos, entre las ideas que más éxito tuvieron para usar de ese modo (como una porra) están la de "Patria o Nación" y la de "Dios o Ser Supremo" ya que ambas resultaban tremendamente eficaces y contundentes a la hora de someter a una masa asustada de individuos que, a pesar de no padecer ya una escoliosis notoria, aún conservaban la escasa capacidad craneal de sus chillones antepasados. Si se reflexiona un poco se puede ver que buena parte de la historia de la humanidad se explica, responde a este esquema: cada cierto tiempo, y al albur de su capricho, un mono poderoso agarraba un palo (el que sostenía una bandera) para dejarlo caer sobre un montón de cabezas que, o bien se inclinaban atemorizadas a su paso, o bien gritaban de júbilo y furia, como si fuesen un solo hombre y compartieran un solo cuerpo: el de una hembra preñada de potenciales asesinos llamada Multitud.
La feroz Multitud tiene una conciencia y un cuerpo únicos y, sin embargo, en cada uno de sus indiferenciados hijos hay (al menos en germen) un ser humano que se cree distinto a todos los demás que gritan como él, y que, desde luego, no parece sospechar que en su ADN pervivan íntegros los genes de Caín o de aquel primer homínido matón, o sea: del primer individuo que fue capaz de matar por puro oportunismo. Cada una de esas personas se cree única y diferente cuando, en realidad, no lo es porque, como ya sabemos, para serlo es preciso, primero, querer diferenciarse de todos y cada uno de nuestros hermanos, los hombres. Es preciso pertenecer a una minoría, a la más radical de todas: la formada única y exclusivamente por nuestro yo una vez que este se ha hecho consciente de ser un extranjero en el mundo, una realidad apátrida y aislada, autoexcluida y solitaria, un ser que se ha vuelto casi tan indiferente como un dios muerto, sin seguidores, y que, por debajo de sus actos, es ya un simple espectador inactivo a todos los efectos.
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