Cada vez que repaso mis diversas relaciones amorosas (desde los más tempranos y entusiastas amores de la adolescencia hasta las pasiones tardías y más escépticas de la madurez) me asalta el desasosiego de pensar que he combatido siempre en una guerra que no era la mía y que, aún no saliendo derrotado de ella, no habría podido ganar jamás. En todos los casos yo peleaba (y el verbo está correctamente empleado) con la honda sospecha de que mi causa estaba perdida de antemano, incluso en el caso improbable de salir victorioso, como ya digo. Pero esta sospecha, en vez de ser una revuelta interna de naturaleza sediciosa que llamaba a las fuerzas bajo mi mando (mi voluntad, mi imaginación y mi deseo) a deponer las armas, las enardecía todavía más de lo que ya estaban, con lo que yo me arrojaba con más ímpetu si cabe a la pelea ya que entonces, aparte de tener que demostrarle a "mi enemiga" que la quería de veras, me veía forzado a ocultarme a mi mismo aquellas voces saboteadoras infiltradas en mi conciencia y que poco a poco mermaban, no ya mi convicción en el triunfo final, sino la seguridad de que tal triunfo fuera a servirme de algo. Porque en el fondo (y he aquí el secreto mejor guardado de cuantos cultivo en el rudimentario invernadero de mi alma) siempre he sabido que el amor no era mi guerra, que no era el campo de batalla en el que yo debía luchar y dar lo mejor de mi mismo. Siempre sospeché que, en realidad, a pesar de la enardecida pasión con que lo solicitaba, el amor no constituiría nunca en mi caso el verdadero problema, ni, en consecuencia, sería nunca la solución para mi. En el fondo, repito, lo sabía: sabía que yo no sería capaz de compartir mi vida con nadie, que nunca sería realmente un compañero: ni buen ni mal compañero, sólo alguien que sabe compartir, nada más. Compartir lo que sueña, lo que tiene, lo que es y, sobre todo, lo que no es: un compañero a secas, alguien que está aquí, en el mundo, por y para otro que, a su vez (si tiene suerte), lo estará por y para él. Este y no otro era mi problema real y, como bien sabemos todos, en el problema está también la solución. Mi caso era muy sencillo y fui yo, sólo yo, quien lo complicó desde su inicio. La solución no era luchar porque me amaran. La solución era, sencillamente, no luchar por nada, y menos que nada por el amor puesto que ningún amor vale nada si hay que luchar por él a vida o muerte. La solución, naturalmente, consistía en aceptarse, en aceptar que, al igual que no todas las personas nacen para ser útiles, no todas lo hacen para tener en otras su destino. Y ya está, no hay más misterio.
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