"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

lunes, 21 de septiembre de 2015

¡Faltaría más!

La tradicional oposición entre Aristóteles y Platón suele formularse popularmente con esta pregunta absurda por improcedente: "¿quién decide por ti, el corazón o la cabeza?". Por supuesto, en  público la mayoría continua votando por Platón porque detesta pasar por una persona analítica, poco propensa a los arrebatos, fría e insensible, en definitiva; pero en la intimidad casi todos apoyan, como es lógico, el criterio de Aristóteles y se lo piensan mil veces antes de decir que esto o lo otro, que sí o que no. No se sabe por qué Aristóteles es el malo en esta película cuando, a fin de cuentas, su consejo busca que hagamos las cosas con cabeza para no tener que lamentarnos después de ser unos estúpidos idealistas que creen más reales las sombras de las cosas proyectadas en esa otra caverna que es nuestro cráneo que las propias cosas en si mismas: más real, por ejemplo, el amor imaginario que la persona que realmente amamos o nos ama. El empirismo aristotélico triunfó tarde, muchos siglos después de la muerte de su inventor, pero una vez que cogió las riendas del mundo ya no quiso soltarlas, y no parece que vaya a hacerlo en un futuro inmediato: el método científico ha sido desde entonces su principal valedor, y, gracias a él, la Ciencia ha fundado otra Iglesia Universal cuya palabra va a misa todos los días.  Nada escapa ya a su jurisprudencia y sus leyes han penetrado incluso en el inconsciente colectivo por lo que hasta los sueños humanos se pueden medir y pesar actualmente como cualquier otro fenómeno de la Naturaleza. Las tablas estadísticas son hoy infinitamente más respetadas y consultadas que las que Moisés bajó del Sinaí, y no sólo éso sino que, en el momento de la verdad (por ejemplo: cuando nos diagnostican un cáncer), casi todos nos agarramos a ellas como a verdaderas tablas de salvación. A nuestro alrededor, en esta sociedad, está todo tan medido y pesado que ni los sentimientos más íntimos se salvan de figurar en una de esas tablas donde se recogen sus fluctuaciones y promedios, de modo que se podría decir que hasta el corazón es en la actualidad otra cabeza, otro cerebro más, y no la víscera alocada e impulsiva que todos pensamos.  Así que de aquella antigua y épica oposición filosófica ya queda poco, si es que queda algo, y lo que antes era una divergencia intelectual de gran calado entre dos de los mayores pensadores de la Humanidad, o de sus respectivas escuelas al menos, hoy no es más que una pequeña discusión insignificante entre dos maneras de pensar que sólo son distintas en teoría, no en la práctica, ya que en la práctica ni el corazón ni la cabeza deciden nunca nada y todo lo decide, en cambio, el instinto o el temperamento, que son quienes, al fin y al cabo, piensan y sienten en nosotros por más que, de hecho, sigamos siendo aristotélicos o platónicos y contestando siempre lo mismo a aquella estúpida pregunta: "¿...Que quien decide por mi?... El corazón, naturalmente. ¡Faltaría más!".

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