"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

jueves, 17 de septiembre de 2015

Los inmortales, II

La idea era tan antigua como la humanidad y estaba relacionada con el cinabrio en su lento trepar hacia la cima de la pirámide de los metales: el oro (cumbre de la alquimia y antepasado directo del dinero, no lo olvidemos) era el único dios que podía hacernos inmortales o, como mínimo, longevos. Mucho antes que Lao Tzu viniera al mundo (algo no probado, por lo demás), los alquimistas de todas las latitudes habían adoptado y reinterpretado algunos mitos de los metalúrgicos, fundidores y herrreros. En sus enseñanzas reaparecen las creencias arcaicas relativas al desarrollo de los minerales en el vientre acrisolado de la tierra, su transmutación natural en oro y el valor místico de éste. En China particularmente no se sabe cuáles fueron sus orígenes, pero sí que sus principios fueron muy parecidos a los del resto del planeta. A saber: los conocimientos tradicionales sobre el Cosmos, los mitos en relación con el elixir de la inmortalidad y la existencia de los inmortales, y, por último, las diversas técnicas para obtener la longevidad, que estaba muy estrechamente ligada a la felicidad. Por supuesto todo este conjunto de saberes ya se conocía desde la prehistoria y, por tanto, la vinculación entre la preparación del oro, la obtención de la droga de la inmortalidad, y la evocación de los Inmortales estaba ya establecida desde una remota antigüedad, y estos tres milagros se consideraban dominio exclusivo de magos que, a la vez, eran grandes hombres (o sea, hombres sabios), pues el deseo de fabricar oro puro implicaba también una sincera búsqueda de espiritualidad, la purificación del nigromante.
¿Pero qué buscaba el alquimista del Tao en paralelo a la metamorfosis del cinabrio? En la antigua China, se creía que el oro, por el hecho de participar del principio yang, preservaba el cuerpo de la corrupción, y esta era la razón de por qué el uso de joyas y vasos fabricados con su concentrado alquímico prolongaba la vida hasta el infinito: en un libro de biografías sobre algunos inmortales, se encuentra la noticia de que un tal Wei Poyang  fabricó en cierta ocasión unos preparados que él mismo denominó "píldoras de la inmortalidad", algunas de las cuales dio a ingerir a su perro (igual que en un experimento farmacéutico, lo que implica que esta es una de las primeras veces que se utilizó con plena conciencia una cobaya de laboratorio) con el resultado siguiente: el feliz chucho abandonó la tierra en carne y hueso marchando a unirse con los demás inmortales. Pero nos tomemos o no en serio el experimento de Wei Poyang, lo cierto es que el oro poseía misteriosas relaciones con la vida futura cimentadas a través de un intermediario: el mercurio resultante de la combustión del cinabrio en el interior de un crisol. 
Y ahora volvamos atrás un momento para echar un vistazo a la tradición, Tradicionalmente, la homologación entre el macro y el microcosmos relacionaba los cinco elementos cosmológicos (agua, fuego, madera, aire y tierra) con los órganos el cuerpo humano: el corazón con la esencia del fuego, el hígado con la de la madera, los pulmones con la del aire, los riñones con la del agua, y el estómago con la de la tierra. Pues bien: ese microcosmos que es el cuerpo humano tiene una traducción en términos alquímicos puesto que "el fuego del corazón es rojo como el cinabrio, el agua de los riñones negra como el plomo...", y así sucesivamente. Por consiguiente, el hombre posee en su propio cuerpo todos los elementos que constituyen el cosmos, junto con todas las fuerzas vitales que contribuyen a su periódica renovación. Así que, para lograr ésta, la renovación, es lógico pensar que bastaría con reforzar determinadas esencias; y es aquí donde cobra toda su importancia el cinabrio, pero menos por su color (el de la sangre) que por el hecho de que, puesto al fuego, produce el mercurio (el intermediario necesario en la transmutación que conduce al oro, al metal inmortal). El cinabrio entonces es el comienzo de la renovación porque está al inicio de la metamorfosis de los metales, una operación que, como ya sabemos, está emparentada, a su vez, con el misterio de la regeneración por la muerte (la combustión simboliza la muerte en tanto en cuanto ésta consume y transforma la materia). 
El relato que acabáis de leer no se queda en un plano simbólico, sin embargo, pues el cinabrio también se puede elaborar dentro del cuerpo humano. ¿Cómo? Ya lo sabéis: por medio de la destilación del esperma en los campos que llevan su nombre. En mi aportación anterior, cuando os hablé de las técnicas taoístas para conseguir la inmortalidad, me olvidé de citar estos territorios corporales o "campos de cinabrio", que son tres y están en la cabeza, el pecho y el ombligo. El de la cabeza recibe también otro nombre, K´uen-luen, y es una cámara "semejante a una gruta situada en mitad del cerebro" (¿el centro del cuerpo calloso, la amígdala quizás?). En esta cámara secreta sólo se penetra a través de la meditación y después de caer en un estado caótico, parecido al estado primordial, paradisíaco e inconsciente del mundo increado (lo que, por otra parte, recuerda bastante a aquel "regreso al útero" perseguido gracias a las tecnicas de la Respiración Embrionaria y del Embrión Misterioso que constituía el primer o uno de los primeros objetivos del Taoismo, como sin duda recordareis). 
Pero aún hay más: resulta que el  K´uen-luen no es sólo una caverna cerebral sino una montaña fabulosa del mar del Oeste donde, según la tradición china, moran los inmortales en su minúsculo universo paralelo. Esa montaña esta formada por dos partes o conos, uno erguido, elevado sobre las aguas, y otro invertido... Y, ¡qué curioso!, tiene la forma global de una calabaza, igualito que el hornillo del alquimista y la susodicha cueva horadada en el tejido neuronal a la que deben entrar los iniciados del Tao para alcanzar la plenitud del recién nacido en la que Lao Tsu veía la santidad, es decir: un alma en la que no hay lugar para la muerte... Sí, es evidente: las tres cosas son la misma. O aluden a lo mismo, mejor dicho: en todos los casos, para hacerse inmortal, hay que penetrar en una calabaza. El cinabrio debe hacerlo en la que pone al fuego el alquimista; y el alquimista, a su vez, en la otra, en la gruta K´uen-luen de su propio cerebro, en esa región secreta en la que solamente se entra si antes se ha podido regresar al estado prenatal, al estado primordial, paradisíaco e inconsciente del embrión, es decir: al mundo siempre nuevo de lo increado.
Finalmente sólo me resta añadir que, ya en época de la dinastía Han, Lao Tzu fue divinizado, y que, a partir de ahí, sería considerado como una emanación del caos primordial y asimilado a P´anku, un ser antropomorfo que representaba al Cosmos en su totalidad. Esa asimilación o transformación fue descrita por H. Maspero en su libro Le taoisme del modo siguiente: "Lao Tzu modificó su cuerpo. Su ojo izquierdo se convirtió en la luna, su cabeza se hizo el monte K´uen-luen, su barba se hizo los planetas y las mansiones, sus huesos se hicieron los dragones, su carne se convirtió en los cuadrúpedos, sus intestinos se hicieron las serpientes, su vientre se hizo el mar, etc.". (Desconozco si la descripción de esta serie de metamorfosis protagonizadas por el Santo Inmortal prosigue ad infinitun o bien concluye en ese seco etcétera final, ya que no he podido conseguir un ejemplar de la obra. Pero es posible que así sea porque, dado que él es el universo entero, sus partes tampoco deberían tener fin como no lo tiene el Todo. ¿No os parece?).

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