"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

viernes, 4 de septiembre de 2015

Nosotros, los desvergonzados

En su Relato Secreto  Drieu La Rochelle nos sentenció y casi ejecutó a todos los escritores en general, aunque en particular a poetas y filósofos, al declarar que la escritura es contraria a la meditación y, por tanto, el hecho de escribir una forma de pereza que nos liberaba de la sincera necesidad de meditar que sienten los que de verdad buscan la verdad, los verdaderos iniciados, aquellos que callan lo que saben porque "el pecho de los nobles es la tumba de los secretos" (Gazzali). De esto se deduce que nosotros padecemos una innata falta de nobleza y que (por querer decir a toda costa, para presumir de haber dicho) destruimos lo indecible sin escrúpulo alguno. E.M.Cioran parece confirmar esta opinión cuando afirma que "distinguido sólo es el estéril, el que se borra con su secreto porque desdeña exponerlo, ya que los sentimientos expresados son un sufrimiento para la ironía, una bofetada al humor"; o que "la palabra resbala hacia la palabrería, hacia la literatura, como el pensamiento tiende a expandirse, a inflarse", razón por la que él lo reducía a aforismo, reprimiendo así su ímpetu inflacionista. La propuesta terapéutica del colaboracionista francés para liberarnos de nuestra condición de "divulgadores y vulgarizadores del secreto" era que fuéramos cada día más místicos, y la del filósofo rumano que sacrificásemos voluntariamente el talento para reposar, ya mudos, en el ser universal. En cualquier caso el remedio consistía en  ir callándose poco a poco, en escribir cada vez menos y, finalmente, en no escribir en absoluto.  El remedio  era decir "no" a la literatura después de haber dicho "no" a la vida, con lo que se daba a entender que la panacea del escritor (lo único que podía curarle a él de sus males, y a sus lectores de su tendencia a perder lamentablemente el tiempo) es su suicidio como tal. Si un escritor quisiera de veras ser sincero tendría que enmudecer por propia voluntad, como hacen los místicos que sinceramente buscan la divina sabiduría que no se comunica con palabras. Pero, como ya sabemos, no hay escritor capaz de superar este reto porque los escritores somos palabreros, o sea, gente parloteadora cuya importancia y transcendencia disminuye con cada palabra que escribe (de ahí que los más importantes de entre nosotros sean lo que sólo han escrito un único libro que, además, vio la luz de la publicación por puro azar). En realidad, pues, todo escritor es un indiscreto incapaz de contenerse, alguien que desvaloriza sus miserias personales al reiterarlas en sus libros, y, no contento con éso, quiere darlas a conocer a un público lo más amplio posible, lo que es una desvergüenza, mírese como se mire. El talentoso es desvergonzado, igual que el sabio es pudoroso, razón por la que la verdadera sabiduría (la que emana de la fuerza espiritual) resulta letal para el talento artístico, y también de por qué la comunión con la Naturaleza o la Divinidad nos hace insensibles al Arte: quien "comulga" valora, sobre todo, el silencio, cosa a la que nunca se resignará el impúdico y desvergonzado individuo que desea más que nada escribir, crear, equipararse a Dios...

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