En los últimos días he estado entretenido tratando de responder a la pregunta de si es necesario que llegue a su término esta civilización occidental contemporánea organizada en base al sistema político del capitalismo liberal y, al cabo, creo haber hallado un motivo que lo justificaría plenamente. Es éste: en Occidente, la mayoría de la población ya sólo conoce y practica la épica de pagar puntualmente las facturas y, cada vez más, da la impresión de no estar interesada realmente en ninguna otra. Materialismo y Humanitarismo son sus filosofías triunfantes y coexisten siendo complacientes entre sí, reforzándose mutuamente para tranquilizar las conciencias por el hecho estadístico de tener nuestros hogares (en general) la nevera llena. No me gusta repetirlo porque se ha vuelto ya un lugar común, pero es cierto que Occidente se siente culpable e intenta (a veces de un modo más que patético) hacerse perdonar incluso los errores y pecados que sólo ha cometido en su imaginación. Occidente en pleno necesita urgentemente una visita al psiquiatra o, al menos, una consulta telefónica con un psicólogo, y ahí precisamente está el problema porque, para solucionarlo, los occidentales deberíamos antes que nada pasar a cuchillo (durante una nueva y santa noche de San Bartolomé) a esa élite de profesionales liberales que se ocupan de gestionar nuestra psique, y que son uno de los orgullos de nuestra cultura por trabajar aparentemente en favor de la salud de la conciencia y del alma inmortal del hombre, ambas muy anteriores a cualquier sistema político-económico conocido. Sin embargo (aquí, entre nosotros) la conciencia y el alma humanas ya no pueden caer más bajo, ni tampoco subir más alto, ahora que la inmensa mayoría de nuestros grandes cerebros, no sólo los pequeños, cree a pies juntillas que ninguna ética sirve de nada a la humanidad si no le enseña a llenar la nevera de su apartamento con su propio dinero. Y la consecuencia de este curioso modo de pensar es, que si no tiene dinero, en seguida esa misma humanidad dejará de sentirse humana, y, por contra, se sentirá absolutamente frustrada ya que (por encima, y para colmo) no va a poder morirse tranquilamente de hambre en la calle, como los mendigos del tercer mundo o los antiguos filósofos cínicos, porque se lo impedirán los subsidios estatales y los diferentes bancos de alimentos municipales. junto a las políticas de inserción social que están ahí precisamente para éso: para integrar con dignidad a las personas en una sociedad indigna de llamarse tal.
¡Y mira por dónde!: ahora que (gracias, entre otros, a los psicólogos) habíamos conquistado por fin nuestra responsabilidad individual como seres humanos, comienza a parecernos vital que nos fulmine a todos una "irresponsabilidad máxima" que caiga del cielo para liberarnos de nuestra condición de mortales concienciados, como sin duda haría el rayo de Zeus si, en vez de en las Olimpiadas, creyéramos todavía en el Olimpo y en la épica de sus mitos. Pero lo malo para nosotros es que ya no somos los griegos de la Antigüedad clásica o preclásica sino sus modernos descendientes, y, como modernos que somos, no podemos creer en dioses ni en héroes, salvo en los que llevan una medalla de oro al cuello y sonríen a la cámara mientras la muerden con orgullo y simpatía. De ahí que un rayo no pueda hacer por nosotros otra cosa que electrocutarnos, que es lo que le permiten hacer las leyes científicas, únicas leyes en que los modernos creemos. Es una lástima, pero es lo que hay. Así que confiemos en que pronto nos parta un rayo y a otra cosa mariposa.
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