En el principio fue la piedra porque los muertos eran la clase social más importante y, por tanto, los que vivían en las mejores casas: las construidas con megalitos que no podría derribar el viento, destruir los terremotos o arrastrar las riadas. Guarecidos en sus túmulos, a cubierto bajo las formidables losas de varias toneladas de peso que techaban sus dólmenes, los muertos del Neolítico eran, en realidad, los únicos que podían disfrutar de las comodidades y la seguridad de un verdadero hogar: en un sentido laxo, ellos fueron la primera aristocracia, los "primeros ricos" de la humanidad, cuando la muerte era la condición que distinguía a un individuo sobre los demás miembros de un grupo o clan. La piedra (un menhir, en concreto) fue el primer signo ostensible de distinción social que conocimos los hombres: hacerse con uno, incorporarse, fundirse espiritualmente con una de esas alargadas moles graníticas, constituía la única manera de llegar a ser alguien, y de ser recordado en el futuro mediante el recitado ceremonial de nuestro nombre en las reuniones festivas de la comunidad. Un círculo de grandes piedras (el cronlech) fue el primer castillo, el primer templo, la primera ciudad; y, en correspondencia con ésto, el hombre no era nadie hasta que se hacía piedra él también. ¿Cómo extrañarse de que la mimética y ambiciosa clase media de hoy en día celebre por doquier su mediocre éxito personal edificando en seguida su casa con ese material imperecedero? ¿Cómo no comprender al modesto triunfador contemporáneo que restaura una casona o construye un panteón para perpetuar en la memoria colectiva el apellido de su familia? ¿Y cómo no envidiarle, en definitiva? Al fin y al cabo, él ha logrado en vida algo que, hasta hace sólo cinco o seis mil años, de conseguir, conseguiría solamente al morirse, lo que significa un progreso enorme desde todo punto de vista. Ya no es preciso palmarla para asegurarse la credibilidad, para ganar prestigio, para perdurar en el recuerdo de nuestros vecinos: por fortuna, hoy podemos seguir con vida aún después de enterrarnos vivos detrás de esas gruesas paredes de piedra que son la admiración y la envidia de nuestra parroquia de amistades, de nuestro círculo social más íntimo. Y los que no puedan tener en propiedad uno de estos fabulosos "dólmenes" actuales siempre podrán ir de visita u hospedarse en uno de ellos durante una noche si, para conservarlo en su poder, su propietario no tuvo más remedio que reconvertirlo en hotel. ¡Que tire, sino, la primera piedra quien no esté dispuesto a pagar sus buenos euros por dormir, aunque sólo sea una noche, en una de esas pensiones con encanto o en los paradores de turismo que proliferan por nuestra geografía nacional y que se promocionan recurriendo a ese reclamo! (Es decir: presumiendo de sus muros de cantería que les dan el aspecto de fortalezas medievales, pero con el confort de un palacio vanguardista que cuenta con todos los adelantos técnicos de la vida moderna).
Y es que hay que reconocer que la piedra está en nuestros genes (o sea, que es una más de las bases de aminoácidos presentes en nuestra cadena de ADN), y que nosotros, los pueblos europeos del Arco Atlántico y del Mediterráneo, no fuimos tan tontos como los primeros pobladores de Indonesia, los cuales rechazaron, al parecer, el mayor de los dones que nunca les habían concedido los dioses. Según un mito indonésico, en el Principio, cuando los cielos no se habían separado aún de la tierra, la divinidad de turno otorgó a la pareja primordial de esas latitudes, a su Adán y Eva locales, una piedra que hizo descender hasta ellos mediante una cuerda, y que este par de tontos recibió con sorpresa y descontento, por lo que se negaron a aceptarla. Poco tiempo después el mismo Ser Supremo, utilizando el mismo método de transporte, les hizo llegar una banana que, de inmediato, fue muy bien recibida. Naturalmente, aquellos idiotas no tardaron en enterarse del craso error que habían cometido cuando sus benefactores les revelaron la moraleja del cuento: por haber elegido la banana en vez de la piedra, su existencia sería biodegradable y fugaz en vez de inmutable y perenne. Como podemos ver, la lección que debemos sacar de este mito es que los dioses son igual de malvados en todas partes, pero que la inteligencia humana varía según la zona del mundo, pues, como demuestra este bonito cuento, los indonesios de la leyenda no eran muy listos que digamos. Si hubieran tenido nuestros genes pétreos (me refiero a los de esta zona del mundo) no lo hubieran dudado ni un segundo: habrían escogido el pedrusco que les caía del cielo y lo habrían utilizado para hacerse un refugio a prueba de bombas, a prueba incluso de todas esas bromas que suelen gastarnos a los humanos los malévolos dioses de cualquier región: tales como vientos huracanados, rayos tremebundos, estremecedores terremotos o terribles riadas que se lo llevan todo por delante. Todo excepto esas sólidas tumbas de granito tallado a mano que son hoy las primeras o segundas residencias de aquellos de entre nosotros que todavía conservan parte de la dotación genética prehistórica, y que, al sentirse probablemente en un plano distinto al de sus congéneres, tampoco les importaría vivir en túmulos subterráneos con tal de no estar nunca a su mismo nivel (suponemos que agradeciendo allí, en el religioso silencio de los muertos, a los dioses por haberles dado a sus antepasados la inteligencia suficiente como para elegir la piedra y no la banana)...
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