"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

sábado, 19 de septiembre de 2015

¿Tú también, Bruto?

¿Por qué quien nos traiciona es siempre el más querido? En realidad, el traidor no lo es por la importancia o  la gravedad  de su acción, sino por el daño que sólo él es capaz de causarnos. En realidad, sus actos ya los habíamos previsto y, por tanto, en el fondo no nos sorprenden en lo más mínimo: lo que nos duele no es que algo sea imposible de evitar, sino que esa persona tan querida guarde cobardemente silencio ante lo inevitable. Tal persona es para nosotros el ser más entrañable: de ahí que no entendamos que no proteste airadamente ante la injusticia que sufrimos, como lo hacen nuestras entrañas. En realidad, el único misterio que nunca resolveremos es ése: ¿por qué calla nuestro bienamado cuando, con su silencio, nos está condenando a muerte? Bruto, San Pedro y Ananda son ejemplos ilustres de lo que digo, y a mi sus actos no me parecen en absoluto misteriosos por incomprensibles (hay que recordar que los tres eran hombres bondadosos y sencillos que, respectivamente y sin quererlo, rompieron los divinos corazones de César, Jesucristo y Gautama Buda callándose como muertos en el momento crucial). Yo estoy seguro de que ellos, esos tres pobres hombres, no querían hacerlo, pero lo hicieron porque era inevitable. Más aún: porque era preciso incluso, pues hay veces en que traicionar es todo lo que podemos hacer por alguien al que respetamos y admiramos tanto que hasta daríamos la vida por él. Hay veces en que la traición es un paso obligado y previo a la adoración, y ninguna buena persona puede dejar de darlo por mucho que lo lamente después. Hay veces en que a la histórica pregunta de "¿Tú también, Bruto?" sólo podemos responder "Sí, mi Señor", admitiendo con ello nuestra culpa, nuestra gran culpa que, sin que nosotros lo sepamos, confiesa al mismo tiempo nuestra propia grandeza. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario