"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

jueves, 10 de septiembre de 2015

Un mensaje bárbaro para receptores que no lo son menos

En principio esta entrada iba a ser un panfleto, pero luego he pensado que ya no tengo edad para publicar panfletos y que, a mis años, sería algo muy feo pasar por ser un entusiasta cuando ya sabemos (Pavese dixit) que el entusiasmo es la peor de las insinceridades: además de un gesto de mal gusto sería, pues, una terrible insinceridad escribir lo que voy a escribir en un tono entusiasta cuando mis pobres reflexiones están en las antípodas de tal actitud moral. En ese felizmente abortado panfleto me disponía a pedir una nueva invasión de los míticos bárbaros para que estos seres justicieros de otras épocas pusieran fin también a la nuestra, a nuestra patética civilización moderna y occidental, justificando esta demanda propia de un suicida en la bajeza de espíritu que, a mi juicio, hemos alcanzado los contemporáneos en nuestras mutuas relaciones. Pero, de inmediato, me he dado cuenta de que, para que mis deseos se cumplieran, deberíamos ser invadidos por nosotros mismos porque, actualmente, no hay  más bárbaros en el horizonte que los propios civilizados y, en consecuencia, he experimentado una profunda depresión que, a su vez, me ha lanzado en brazos de una segunda esperanza quizás más desesperada aún: la de los extraterrestres. "Quizás los extraterrestres sean una solución, después de todo", pensé entonces parafraseando a Konstantino Kavafis en su famoso poema sobre el hundimiento del Imperio Romano, y, por extensión, sobre cualquier otro hundimiento de naturaleza simplemente social, o meramente individual incluso, puesto que hoy en día cualquiera de nosotros puede hallarse en esa tesitura (a punto de hundirse de un momento para otro, quiero decir). En la actualidad, de nuestra extenuada sociedad occidental y sobre este asunto en concreto, se podría decir perfectamente aquello que Cristo dijo a los hipócritas fariseos a propósito de los adúlteros: "El que no esté a punto de hundirse que tire la primera piedra". 
Porque, ¿quién no se siente aquí con el agua al cuello, como se dice vulgarmente? Es bien sabido que vivimos tiempos oscuros que muchos profetas actuales comparan ya con la oscuridad intelectual que definió históricamente al período del Alto Medievo, en el que la superstición irracional de la fe cristiana campaba a sus anchas imponiendo el terror al infierno en las almas y la ignorancia del mundo en las mentes. Por supuesto, no estamos nosotros en una situación tan pesimista, pero algo de verdad hay en la comparación que, aún así, es demasiado exagerada: es obvio que no se puede comparar en serio la supuesta aniquilación cultural que, supuestamente, sufren ya los cerebros inmaduros de las nuevas generaciones (causada por la incipiente superstición tecnolátrica de los smartphones y los demás artilugios diabólicos de la Era de la Información) con el oscurantismo dogmático y alienante que la Iglesia impuso en el occidente europeo antes, al menos, de las Cruzadas y la Peste negra. No obstante, sí se puede hacer un símil o establecer un enlace atemporal entre los anhelos y aspiraciones que reinaban en los corazones de entonces y los que reinan en los nuestros ahora mismo, porque el deseo humano no cambia tanto en profundidad, por debajo de la corriente superficial de los siglos y el Progreso. Ahí, en profundidad, los de entonces aspiraban a fundirse en la tangible virtualidad de un Más Allá que estaba por todas partes, mientras que, de un modo muy semejante, hoy aspiran a hacerlo en la inmediatez virtual de Internet que  para nosotros es igualmente omnipresente. Y el lazo que los une a través de los siglos es precisamente ése, una Virtualidad Dominante y Salvadora que se asemeja al abrazo paterno de un dios esencialmente antropófago en cuyo estómago cabe con holgura toda la población del planeta, y en el que aún sobra espacio (estoy seguro) para acoger a las extraterrestres que, en el futuro, se dignen venir aquí para sacarnos a los terrícolas las castañas del fuego, como ya han hecho en el pasado. Puesto que existen ya pocas dudas de que han estado aquí antes, en anteriores hundimientos y catástrofes, no veo por qué no habrían de volver a presentarse mañana mismo o un poco más adelante, cuando el nivel del agua de la oscura inundación que nos amenaza (la de la Supraignorancia Tecnoinformada)  nos llegue a la altura de los ojos, de forma que ya no sólo no podamos respirar sino tampoco constatar que nadie más respira en nuestro entorno. Pero, hasta que eso suceda, no habrá más remedio que seguir mandando al Espacio mensajes de socorro como éste que yo suscribo, y cruzar los dedos para que sean captados cuanto antes en la estrella que proceda, allí desde donde los nuevos bárbaros nos vigilan aguardando el momento adecuado para invadirnos y salvarnos inextremis de nosotros mismos... 
(P.D: "¡Daos prisa, por favor!" podría ser la humilde y educada posdata a incluir en estas solicitudes de auxilio al objeto de estimular la gentileza natural de esas hordas galácticas y que no nos hagan la puñeta de tener que esperar en exceso por su llegada).

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