Es curioso lo de Platón: un filósofo con vocación de político que acabó triunfando como fundador de religiones. El nos hizo caer del cielo para que pudiéramos volar hacia Dios, en un feedback que se retroalimenta a si mismo sin cesar. En el Timeo sostiene que hay tantas almas humanas como estrellas existen y que todos ellas llueven sobre este mundo como los meteoritos. En el Gorgias revela que, tras el impacto, los hombres nacemos ya sepultados, pues los cuerpos no son otra cosa que sepulcros de carne en que las caídas quedan atrapadas nada más aterrizar. En el Menón analiza más a fondo el tema de la Transmigración, y en el Fedón precisa el plazo exacto en que las susodichas almas retornan a la tierra (mil años). Por último, en el Fedro nos explica cuándo a éstas les crecen alas con las que poder remontar el vuelo hacia su destino, que no es otro que su lugar de origen: cuando, contemplando la belleza del mundo, se ponen a pensar en la belleza en sí (o sea, en la idea de la belleza) y, como resultado de tal meditación, se convierten en "sustancias espirituales de naturaleza volátil" (es decir, en algo comparable al pájaro o a la mariposa). Pero, a pesar de que estos simbolismos o metáforas no sean ni mucho menos originales del Ámbito Egeo, no debe sorprendernos demasiado que Platón se los apropiara presentándolos como un descubrimiento personal. Tales símbolos debían flotar en el ambiente (en forma de intuiciones) traídos por los vientos que soplaban desde Asia Menor viniendo de más allá, probablemente del extremo Oriente. Por ejemplo: entre los taoístas chinos (de nuevo Lao Tzu), cuando un hombre alcanzaba el Tao se decía que sobre su cuerpo empezaban a crecer plumas; y en los textos védicos (otra vez la India) se acredita desde muy antiguo que "la inteligencia es la más veloz de las aves", o bien que "el que entiende posee alas". Por tanto, en todos esos lugares (tan exóticos a la cultura clásica que ésta sólo disponía de un término genérico para designarlos: los Países Bárbaros) el "vuelo" simbolizaba, simplemente, la capacidad de profundizar en el conocimiento de las cosas secretas, entendiendo por tales las verdades metafísicas heredadas de un pasado arcaico y una sabiduría inmemorial. Claro está que no estoy sugiriendo que Platón conociera estas tradiciones tan lejanas, sino que, antes que a él, habían llegado a Grecia a través de ciertos semidioses y filósofos que le precedieron en la búsqueda de la verdad (me refiero concretamente a Orfeo y a Pitágoras), para, con el tiempo, integrarse y desarrollarse en su pensamiento hasta completar la grandiosa síntesis platónica de la que, según Witehead, el resto de las filosofías occidentales no son sino notas a pie de página. Es curioso (por no decir extraordinariamente raro) que el fracaso de una vocación política tenga como consecuencia directa un beneficio tan grande para la humanidad, y, aunque yo haga sinceros votos para que ojalá el de Platón no sea el único caso conocido de la Historia, me temo que mis oraciones servirán de muy poco para que vuelva a repetirse. Una lastima, la verdad.
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