La primera letra de la vida es la "p" de putada, pero, una vez hecha la putada, ésta es la primera lección a aprender: en ella, como director de la acción, el deseo es fundamental. Ahora bien: como su único motor, el deseo tiene a veces fallos muy inoportunos que pueden conducirnos a la ruina al no saber distinguir, por ejemplo, entre la casualidad verdadera y el simple accidente. A lo largo de nuestro camino, sea el que sea, será fundamental para nosotros (animales no herrados, pero que yerran como ningún otro) no perder de vista la estrella que perseguimos, pues en cualquier momento puede sacarnos de él la más breve y mínima pérdida de visión: desde el polvo levantado por otra bestia semejante y enloquecida que se cruza en nuestra dirección, hasta el brote repentino de unas lágrimas a causa de una emoción incontrolable, tan intensa como triste. Y ya lo dijo Rabindranath Tagore: "si lloras por la muerte del sol ocultarás las estrellas". Entre ellas, quizás la tuya...
Relatos breves y menos breves Poemas y escritos sin género definido Novelas que nunca salieron del taller
"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"
sábado, 31 de octubre de 2015
jueves, 29 de octubre de 2015
Pequeña lección de Geografía
Vivir y escribir son regiones vitales, no antagónicas, sino antípodas pues, en el espacio, se hallan opuestas entre sí y nadie es capaz de habitarlas a un tiempo. Y como los escritores somos, en general, sedentarios, de ahí que nuestra condena sea no dejar de añorar "el otro lado del mundo".
Desde el fallado
Existe un peligro parecido en los libros y en las personas; al abrir unos o conocer a las otras corremos el mismo riesgo de decepcionarnos o conmovernos, de aburrirnos mortalmente o de ser estimulados de una manera nueva y arrebatadora, de ser arrojados literalmente al abismo de una existencia apasionada o, por el contrario, de vernos arrastrados para siempre a una soledad helada y vacía. Los libros con vida propia tienen este poder sobre nosotros, como lo tienen los seres humanos que nos son todavía desconocidos y que nos atraen con la misteriosa fuerza de los imanes; y, en uno u otro caso, para gozarlos a fondo, es preciso que nos alejemos un tiempo de la realidad para que la experiencia sea duradera, intensa e inolvidable. Creo que fue por este motivo que siempre quise ser escritor: quería proporcionar a otro ser humano una experiencia de esa clase y, desde el principio, intuí que no podría hacerlo como cualquier otra persona: con mi compromiso vital. Para comprometerse en serio con los demás hay que estar siempre dispuesto a acercarse a la vida de todas las formas posibles (a través de la acción y el trabajo, siendo constantemente responsable en la construcción de un proyecto profesional o de una familia), mientras que mi instinto más invencible y hondo era huir a refugiarme en un agujero de cuatro paredes donde dar rienda suelta a mi imaginación y profundizar así en mi propia obra, mi única responsabilidad verdadera. Desde que era un niño siempre quise huir de la realidad para zambullirme en la propia fantasía y, en el fondo, ninguna de mis pasiones tuvo nunca otro objetivo que ése: blindarme frente al mundo y ante lo real mediante el aislamiento en un fallado en el que sentirme solo y libre, como el astronauta que sale a dar un paseo espacial y se descubre a sí mismo en el humilde papel de Dios, en la piel de un creador que lo mira todo desde fuera y en la distancia, condición previa de la creación y modo divino de crear...
martes, 27 de octubre de 2015
La madre del cordero
Como cualquier idea obsesiva, la del amor también puede resultar peligrosa en extremo: con relativa frecuencia se esconde tras ella la cobardía fisiológica del que es naturalmente incapaz de amar a otro ser vivo que, por el simple hecho de serlo, no es "ideal". Por lo mismo que un ideólogo del valor no tiene por qué ser necesariamente valiente, no hay razón para considerar un amante sincero a quien, al amar, comienza siempre por enardecerse idealizando a su amado. Si antes de nada, y para ser querido, alguien ha de fingir no ser quien es, no ser real, ¿cómo, después, atreverse a reclamar alguna realidad, alguna certeza, de unos sentimientos que nos son ajenos y que deben su máxima plenitud a un engaño? En todo engaño, el primer y más hondamente engañado es quien lo concibe y perpetra pues, más adelante, cuando haya de justificarse, ni siquiera podrá decirse a si mismo que le engañaron salvo que acepte engañarse de nuevo (ésto en el supuesto de que sea una persona cabal y se sienta obligada a justificarse, claro está).
Ahora bien: ¿qué pasa cuando no hubo engaño, cuando todo se debió, simple y llanamente, a la pura imaginación enferma de desamor?... ¡Ay, amigos: ésta sí que es la madre del cordero! Entonces quizás ese amor no fuese una mentira después de todo, y ocurra que, al no haber merecido crédito por parte del ser amado, el propio amante se torne poco a poco irreal en cuanto persona, de modo que, para lograr sobrevivir, deba engañarse al respecto una y otra vez diciéndose a sí mismo que, en realidad, no amó, que sólo quería repetir la felicidad de otro tiempo y que le daba igual con quién hacerlo, razón de por qué no pudo ser. (De acuerdo en que quién ama con la imaginación inventa el objeto de su amor, pero inventar no es mentir sino, a lo sumo, una forma de soñar en voz alta con aquello sin lo cual, una vez despiertos, no sabríamos vivir).
lunes, 26 de octubre de 2015
La extinción de las especies, II
...Pero una especie avanza, se perfecciona y casi diviniza, gracias solamente a sus clamorosas anomalías, con lo que otra vez se demuestra la superioridad de la paradoja sobre la parábola a la hora de explicar el misterio humano.
La extinción de las especies, I
Tener un mundo propio invalida en mayor o menor grado, y es inevitable que los inválidos vivan con miedo en un mundo competitivo donde, dígase lo que se diga, gozar de "buenas piernas" concede una ventaja considerable: los discapacitados de cualquier índole se saben dolorosamente dependientes (sobre todo porque la dignidad y el orgullo no se ven impedidos en el mismo grado) y, en consecuencia, no es incomprensible que se aíslen en una burbuja de espinas, como el erizo, o que se expongan de manera suicida y patética en busca de cierta seguridad que otro, un alma generosa y protectora, les pueda ofrecer.
Tener un mundo propio es una responsabilidad no prevista por la Evolución, una anomalía que ésta, a su vez, tiene la responsabilidad de intentar erradicar. De ahí que el artista sea en todas partes una especie en eterno peligro de extinción.
domingo, 25 de octubre de 2015
El precio del sol
El amor y la muerte (o, si se prefiere, el sexo y la sangre) van siempre de la mano. ¿Por qué, sino, es un accidente tan común sorprender a una pareja de enamorados contemplando el espectáculo de la puesta del sol? ¿No es el verdadero espectáculo ver a un par de mortales, unidos momentáneamente por un sentimiento tan caduco como ellos mismos, encaramados a una peña cogidos de la mano, observando cómo el primitivo dios de la vida se hunde en el horizonte entre incandescentes chisporroteos de oro? ¿Qué atrae, qué empuja a una pareja de jóvenes amantes a esa extravagante contemplación quietista de un apocalipsis cotidiano (que no por ordinario es menos terrible) si no es el hecho de que la pasión conoce o intuye, desde el principio, su irrevocable final?... La muerte del dios presagia la del amor, y los adeptos de uno y otro, del sol y de la vida, lo saben por instinto: del mismo modo que vivir, amar tiene un precio y no es pequeño.
sábado, 24 de octubre de 2015
Epitafio del lunático
"Quise alcanzar la luna, pero sólo llegué a pisar la cara oscura" (lapidaria frase, extraída de su original contexto biográfico, que sólo resulta inteligible puesta en boca de un gran ambicioso que aquí abajo, en la Tierra, temió siempre y más que nada su propio eclipse total como individuo, motivo por el cual se hizo astronauta).
jueves, 22 de octubre de 2015
Fragmento de la novela "1623"
Ya habían aparecido en el cielo las primeras estrellas cuando Massin Meddur le tomó la palabra a Antero para invitarle a cenar en su casa diciéndole que esta vez no podía rechazar su ayuda puesto que se había comprometido a concederle todo lo que quisiera con sólo pedirlo. El emigrante y antiguo buscador de diamantes amplió su hospitalidad ofreciéndole también pernoctar allí, en su domicilio, ya que disponía de un cuarto que estaba casi siempre vacío desde que su joven hija había cogido la costumbre de hacer la guardia nocturna en el Tophet de Salambó. Ante la extrañeza que estos comentarios despertaron en su invitado, Massin Meddur hubo de explicar, primero, que el Tophet era un museo al aire libre, un depósito de urnas y estelas púnicas que, en su día, había sido un cementerio donde se enterraban las cenizas de los niños teóricamente sacrificados a los dioses protectores de Cartago, a Baal-Hannón y a Tanit, sus divinidades masculina y femenina respectivamente; y, después, que Lalla, su hija, llevaba más de la mitad de su corta vida acudiendo diariamente, y por propia iniciativa, a ese lugar infernal debido a una revelación que había tenido tras sufrir un accidente que la había dejado en coma por un breve espacio de tiempo. Este ignoto trauma (su padre no dijo en qué había consistido) le sucediera siendo todavía una niña pequeña, entre los cuatro y los cinco años de edad, y una vez que emergió de las profundidades de aquella inconsciencia nunca volvería a ser la misma.
La consecuencia más terrible de aquel lejano episodio de pérdida de conciencia había sido que Lalla perdiera, asimismo, la capacidad del habla, y, aunque al despertar del coma reconoció sin problemas a su padre, éste no volvería a escuchar el dulce timbre de su voz infantil. Pero si bien ése fue el cambio más terrible que sufriera la hija de Massin, no fue sin embargo el más sorprendente, ni siquiera el más aparatoso, porque al poco de salir del coma comenzó a hacerse evidente en ella una extraña perturbación mental que un psiquiatra diagnosticaría más adelante como un trastorno temprano de esquizofrenia cuyo síntoma estrella era la modificación manifiesta de la personalidad. En definitiva: al abrir de nuevo los ojos, la niña Lalla Meddur ya no era una niña, a secas, sino una criatura mítica que, en un pasado remoto, había sido divinizada por sus antepasados de la tribu libia de los Amazigues con el nombre genérico de Palas, un nombre que en lengua bereber significaba indistintamente La Muchacha y/o La Luchadora. Al hablarle de esta entidad fantástica que era a la vez humana y divina, Massin Meddur aprovechó para informarle también de sus propios orígenes sociales: dijo que su familia era descendiente de los Amá, una etnia derrotada por la Historia, un pueblo misterioso que durante generaciones había sobrevivido en la pobreza, estigmatizados sus miembros de vagos, ladrones y borrachos, y ocupando siempre las capas inferiores de la sociedad cualquiera fuese el signo político de ésta, si progresista o conservadora. Dijo que esas gentes, los Amá, habían sido a lo largo de la Historia chivos expiatorios del Poder, y que, salvando las distancias, se podían comparar a los judíos o a los gitanos en las sociedades europeas, o incluso a la casta de los Intocables en la hindú.
Antero escuchó los antecedentes sociológicos de su anfitrión (más por cortesía que por verdadero interés, ya que ni por asomo sabía de qué le estaban hablando) mientras subía de nuevo a la Dourival para recoger su petate y guardar en él el liviano fardo de la momia que, con anterioridad, había extraído del cajón de la estiva. Después se echó al hombro el voluminoso bulto y, tras cerrar con llave la puerta de la cabina de mando, saltó a tierra para ponerse a disposición de su acompañante que ya se le había adelantado un poco y le esperaba sobre el paseo contiguo al canal. Cruzaron el puente y caminaron en paralelo a la línea de costa por la rúe Mahammed Ali hasta llegar a la plaza de Farhat Hached en el barrio de Le Kran; desde allí, por Ibn Battouta, se desviaron hacia la playa, que a aquellas horas de la noche estaba completamente desierta. Luego, bordeando la arena y dejando a su izquierda las nobles casas ajardinadas de Salambó, Massin le condujo todo a lo largo del mar Mediterráneo hasta la entrada de una calle menos amplia que las demás y que resultó ser la del victorioso compañero del Profeta, Khaled ibn El Walid.
En esa calle, la luz del alumbrado público apenas iluminaba el pavimento bacheado y sólo servía para orientar a las nubes de insectos que se arremolinaban bajo los focos anémicos de las escasas farolas que aún estaban en funcionamiento. Antero caminó al lado de su guía entre dos hileras de grandes chalets que, antaño, habrían sido sin duda confortables residencias veraniegas, pero que ahora debían estar abandonados pues algunas de sus ventanas aparecían tapiadas con planchas de aglomerado, y los setos vegetales que separaban entre sí las parcelas de arruinado césped se hallaban sin recortar y profusamente asilvestrados. A media calle su acompañante se detuvo ante uno de estos setos ceñidos mediante un cierre de alambrada en el que faltaba uno de los paneles, el más próximo a la finca contigua. Antero vio de inmediato que por allí podría entrar sin necesidad de agacharse el cuerpo de un hombre fornido, cosa que comprobó cuando, sin decir palabra, Massin Meddur atravesó la muralla vegetal por ese oportuno boquete: por supuesto, él siguió su ejemplo sin dudarlo ni un segundo.
-¿Esta casa es suya? -preguntó ingenuamente cuando ambos volvieron a reunirse al otro lado del seto.
-Lo es por el derecho que me otorga no tener ninguna -dijo Massin con calma. Luego, como si necesitara justificarse, añadió -: mientras no le deshaucien, un pobre tiene derecho a vivir en cualquier parte. Donde le de la gana, incluso en un palacio si le da la gana.
Desde luego, el sombrío edificio que tenían delante lo parecía -un palacio- pues lucía balaustradas de piedra en dos de sus fachadas y un torreón de ladrillo y madera en la cumbre del tejado que, por su aspecto, quizás hubiera sido en su día un palomar. No obstante, si era un palacio, era ya un palacio en ruinas porque en parte estaba derrumbado y en parte podrido. Massin arrastró a su invitado cogiéndole del brazo mientras le decía:
-¡Venga conmigo! Voy a ver si por casualidad mi hija ha venido hoy a casa: a veces lo hace, aunque no muchas veces...
La consecuencia más terrible de aquel lejano episodio de pérdida de conciencia había sido que Lalla perdiera, asimismo, la capacidad del habla, y, aunque al despertar del coma reconoció sin problemas a su padre, éste no volvería a escuchar el dulce timbre de su voz infantil. Pero si bien ése fue el cambio más terrible que sufriera la hija de Massin, no fue sin embargo el más sorprendente, ni siquiera el más aparatoso, porque al poco de salir del coma comenzó a hacerse evidente en ella una extraña perturbación mental que un psiquiatra diagnosticaría más adelante como un trastorno temprano de esquizofrenia cuyo síntoma estrella era la modificación manifiesta de la personalidad. En definitiva: al abrir de nuevo los ojos, la niña Lalla Meddur ya no era una niña, a secas, sino una criatura mítica que, en un pasado remoto, había sido divinizada por sus antepasados de la tribu libia de los Amazigues con el nombre genérico de Palas, un nombre que en lengua bereber significaba indistintamente La Muchacha y/o La Luchadora. Al hablarle de esta entidad fantástica que era a la vez humana y divina, Massin Meddur aprovechó para informarle también de sus propios orígenes sociales: dijo que su familia era descendiente de los Amá, una etnia derrotada por la Historia, un pueblo misterioso que durante generaciones había sobrevivido en la pobreza, estigmatizados sus miembros de vagos, ladrones y borrachos, y ocupando siempre las capas inferiores de la sociedad cualquiera fuese el signo político de ésta, si progresista o conservadora. Dijo que esas gentes, los Amá, habían sido a lo largo de la Historia chivos expiatorios del Poder, y que, salvando las distancias, se podían comparar a los judíos o a los gitanos en las sociedades europeas, o incluso a la casta de los Intocables en la hindú.
Antero escuchó los antecedentes sociológicos de su anfitrión (más por cortesía que por verdadero interés, ya que ni por asomo sabía de qué le estaban hablando) mientras subía de nuevo a la Dourival para recoger su petate y guardar en él el liviano fardo de la momia que, con anterioridad, había extraído del cajón de la estiva. Después se echó al hombro el voluminoso bulto y, tras cerrar con llave la puerta de la cabina de mando, saltó a tierra para ponerse a disposición de su acompañante que ya se le había adelantado un poco y le esperaba sobre el paseo contiguo al canal. Cruzaron el puente y caminaron en paralelo a la línea de costa por la rúe Mahammed Ali hasta llegar a la plaza de Farhat Hached en el barrio de Le Kran; desde allí, por Ibn Battouta, se desviaron hacia la playa, que a aquellas horas de la noche estaba completamente desierta. Luego, bordeando la arena y dejando a su izquierda las nobles casas ajardinadas de Salambó, Massin le condujo todo a lo largo del mar Mediterráneo hasta la entrada de una calle menos amplia que las demás y que resultó ser la del victorioso compañero del Profeta, Khaled ibn El Walid.
En esa calle, la luz del alumbrado público apenas iluminaba el pavimento bacheado y sólo servía para orientar a las nubes de insectos que se arremolinaban bajo los focos anémicos de las escasas farolas que aún estaban en funcionamiento. Antero caminó al lado de su guía entre dos hileras de grandes chalets que, antaño, habrían sido sin duda confortables residencias veraniegas, pero que ahora debían estar abandonados pues algunas de sus ventanas aparecían tapiadas con planchas de aglomerado, y los setos vegetales que separaban entre sí las parcelas de arruinado césped se hallaban sin recortar y profusamente asilvestrados. A media calle su acompañante se detuvo ante uno de estos setos ceñidos mediante un cierre de alambrada en el que faltaba uno de los paneles, el más próximo a la finca contigua. Antero vio de inmediato que por allí podría entrar sin necesidad de agacharse el cuerpo de un hombre fornido, cosa que comprobó cuando, sin decir palabra, Massin Meddur atravesó la muralla vegetal por ese oportuno boquete: por supuesto, él siguió su ejemplo sin dudarlo ni un segundo.
-¿Esta casa es suya? -preguntó ingenuamente cuando ambos volvieron a reunirse al otro lado del seto.
-Lo es por el derecho que me otorga no tener ninguna -dijo Massin con calma. Luego, como si necesitara justificarse, añadió -: mientras no le deshaucien, un pobre tiene derecho a vivir en cualquier parte. Donde le de la gana, incluso en un palacio si le da la gana.
Desde luego, el sombrío edificio que tenían delante lo parecía -un palacio- pues lucía balaustradas de piedra en dos de sus fachadas y un torreón de ladrillo y madera en la cumbre del tejado que, por su aspecto, quizás hubiera sido en su día un palomar. No obstante, si era un palacio, era ya un palacio en ruinas porque en parte estaba derrumbado y en parte podrido. Massin arrastró a su invitado cogiéndole del brazo mientras le decía:
-¡Venga conmigo! Voy a ver si por casualidad mi hija ha venido hoy a casa: a veces lo hace, aunque no muchas veces...
Avanzaron juntos hacia la puerta principal que tenía un dintel en arco y goznes de hierro desnudos: la puerta en sí no existía, había sido sustituida por una tapia de maderos clavados que ocupaba el vano sólo hasta dos tercios de su altura. Massin la retiró a un lado sin aparente esfuerzo y luego, con teatral solemnidad, invitó a Antero a que penetrara sin miedo en su “humilde morada”:
-¡Adelante: está usted en su casa! Puede recorrerla con total confianza: sin mirar por donde pisa, porque ahí dentro no hay ya nada valioso que aún pueda romperse. Lalla destruyó todo eso -todo lo que tenía algún valor material- cuando todavía era una chiquilla: ése, el de romper cosas, era su juego favorito entonces. La verdad es que siempre fue una niña muy rara, ¿no le parece?
-No lo sé: yo no la conozco -dijo Antero contrarrestando con esta discreta frase aquella apreciación negativa que el padre parecía tener de la hija.
-En realidad no se lo decía a usted sino a mi mismo -aclaró Massin dándose prisa en deshacer el malentendido -. Pero lo cierto es que sí es rara, siempre lo fue. Tendría poco más de tres años cuando dio la primera muestra de ello: uno de sus tíos le había regalado una muñeca por su cumpleaños y ella, en vez de afanarse en vestirla o bañarla, como hacen las niñas normales, se empeñó en torturarla hasta despedazarla por completo. Usted me dirá que eso no es ninguna rareza porque todos los niños del mundo destruyen sus juguetes tarde o temprano; pero en el caso de Lalla lo raro fue que, para destruir el suyo, recurriese a un escalofriante método de tortura que aquí, en el norte de África, lleva muchos siglos en desuso, pero que fue de empleo bastante corriente en los reinos absolutistas de la Antiguedad: me estoy refiriendo al descuartizamiento por tracción directa sobre los miembros superiores e inferiores realizado por animales a los que se les hace huir a la carrera en direcciones opuestas. Al parecer, aquí, en el norte de África se solían utilizar de preferencia camellos o caballos, y, en su defecto, bueyes; pero, como es lógico, un niño de tres años no hubiera podido dominar ejemplares vivos de ninguna de estas tres especies. Por tanto, Lalla hubo de recurrir a otra especie para que hiciera los honores: ella usó tres perros para despedazar su juguete -tres cachorros de una raza sin concretar que solían jugar con ella en el campamento en el que vivíamos por entonces-, y lo hizo atándolo por brazos y piernas a sus festivas colas. Los juguetones cachorrillos despedazaron la muñeca en un santiamén, y, según me dijeron luego mis hermanos amazhigues, mientras tanto ella aplaudía a rabiar con aquellas manitas suyas que a mí en particular también me parecían de juguete...
Su invitado no hizo comentarios y él prosiguió hablando al tiempo que encendía una sencilla lamparilla de aceite que no habría desmerecido pertenecer a algún catálogo de antigüedades. El rancio olor del aceite se extendió pronto por un amplio espacio vacío de muebles y cerrado por grandes ventanales que apenas conservaban un cristal que no se hubiera roto tiempo atrás.
-Pero lo más raro de todo es que, en el fondo, le gustaban las muñecas porque inmediatamente después de salir del coma se apasionó tanto por una que incluso comenzó a vestirse como ella. La muñeca en cuestión era una con la que todas las niñas amazhigues habían jugado desde tiempos inmemoriales. Se trataba de un modelo tradicional que los padres regalaban a sus hijas primogénitas y que se transmitía de generación en generación: estaba tallada en madera de pino pinabete y la creencia común es que copiaba la figura de aquella virgen guerrera de la que antes le hablé y de la que, según la mitología de nuestra tribu, descendemos los Amá. Ya sé que a usted le costará creer que una virgen haya dado a luz a toda una tribu, pero esa es la creencia general entre nosotros. La muñeca de marras servía para mantener viva esta creencia en las nuevas generaciones porque incorporaba el equipo completo que, se supone, debía llevar encima un guerrero de la Antigüedad: casco, lanza y escudo, además de un curioso pectoral de latón que le abrazaba los pechos, como un corsé que tuviera función de armadura más que de sostén. La lanza la llevaba en la mano izquierda, y el escudo -que, en realidad, semejaba una vulgar rueca de hilandera- en la derecha. También calzaba sandalias y vestía un traje largo de sacerdotisa. Este era el aspecto que tenía la muñeca: el mismo que ahora tiene mi hija Lalla, sólo que Lalla es una virgen guerrera de raza negra nacida en Angola. La diferencia en el color de la piel ha sido crucial porque ningún amazhigue se identificará jamás con una muñeca viviente de raza negra: por eso mi hija, cuando no es motivo de risa, es motivo de burla en nuestra tribu de origen...
-¿Se ríen de ella? -preguntó Antero con lástima.
-Sí -contestó Messin Meddur con una dolorosa mezcla de pesadumbre y coraje ancestrales -: mi propia gente se burla de ella a mis espaldas. Como padre, eso es lo que más me duele: que mi propia sangre la desprecie. ¡Le juro que a veces, cuando veo ese desprecio en una cara conocida, en uno de mis hermanos de sangre, tengo que contenerme para no hacer una locura! ¿Se acuerda de los hombres con los que fui al embarcadero?... Todos ellos son unos muertos de hambre que, cuando no están robando algo, trabajan en lo que pueden: vendiendo chatarra o haciendo cualquier otra cosa, como puede ser vigilar y limpiar las embarcaciones de algunos pescadores que les contratan a tal fin por una miseria. Y, en teoría, todos ellos son mis hermanos: o sea, amazhigues como yo. Pues bien: sólo un poco antes de llegar allí, al embarcadero, estuve a punto de matar a uno de ellos porque se rió como un idiota cuando los otros le contaron que habían visto a mi hija a la puerta del Tophet: muda e inmóvil como una estatua y dejándose fotografiar por los turistas. Se lo juro: ¡le habría arrancado el corazón si los demás no me hubiesen sujetado!...
La compasión de Antero se agudizó al percibir el profundo amor de Massin por aquella hija tan extraña y extravagante que representaba en su propia carne el simulacro de una doncella llamada Palas, madre mítica de un pueblo que hoy en día se hallaba degenerado y casi extinguido. Le habría gustado poder hacer algo por su nuevo amigo para demostrarle que su recién prometida amistad era sincera y aliviar así, dentro de lo posible, su situación, la del hombre atrapado entre dos lealtades que combaten y se zahieren mutuamente: la que sentía hacia su querida hija, hacia aquel joven cerebro perturbado que se había convertido, para unos, en el hazmerreír de Cartago y, para otros, en un atractivo turístico más, y la que experimentaba hacia su propia gente, hacia el pueblo alienado y moribundo de los Amá, que, en el colmo de su alienación colectiva, había comenzado a burlarse de quienes reivindicaban su pasada grandeza no teniendo miedo ni vergüenza a prestar su cuerpo para que uno de sus mayores mitos encarnara a la vista de todo el mundo.
A la pobre luz de aquella lámpara que el tunecino venía de encender, Antero dio un par de pasos hacia su amigo con la intención de testimoniarle su solidaridad de alguna manera. Pero entonces, cuando ya casi le rozaba con la mano, se detuvo en seco al notar un contacto en su espalda: una gélida sensación punzante sin causa conocida. Fue a girar la cabeza pero, en ese mismo instante, escuchó a Massin Meddur interrogando con estremecido afecto a la penumbra circundante:
-¿...Eres tú, cariño?
No hicieron falta más que estas palabras para que Antero comprendiese que tenía la aguda punta de una lanza apoyada contra sus vértebras dorsales: la muchacha debía haber pensado que él estaba a punto de atacar por la espalda a su padre. Se puso rígido y quiso decir en voz alta que era un amigo, pero no pudo: de pronto había comprendido también que, de no mediar un milagro, iba a mearse en los pantalones de un momento a otro. Después de todo, aquella niña demente se creía una guerrera del mundo antiguo, donde una de las más respetadas costumbres de guerra era no hacer prisioneros.
-¡Por favor: no me mates! -logró susurrar al fin, conteniendo a duras penas la presión que la orina hacía ya sobre su esfínter.
-¡Sé que estás ahí, Lalla! -dijo por su parte Massin Meddur-. ¡Ven! ¡Deja en paz a nuestro amigo! ¡Él no ha venido a hacernos daño!... ¡Ven aquí!
Casi enseguida el ex policía notó que la lanza dejaba de presionar con tanta fuerza sobre su piel y suspiró aliviado.
-¡Ven aquí, Lalla! -repitió Massin su orden en tono más suave -. ¡Ven aquí, cariño!... ¿Has comido hoy?
Como es lógico, su hija no le contestó pero Antero pudo sentir que la muchacha se desplazaba por detrás de él a través de las sombras, rápida y silenciosa como un felino. De repente, al avivarse de golpe la llama de la lámpara gracias a que Messin acababa de verter otro chorro de aceite en el platillo, la vio por primera vez de cuerpo entero y se quedó pasmado por la sorpresa, como cuando recibimos en el rostro una bofetada propinada con toda el alma y que ni por asomo esperábamos. Era tal el prodigio de gracia y ferocidad que tenía enfrente que, por un momento, creyó estar soñando. Tanto es así que, instintivamente, cerró los ojos con violencia, convencido de que al volver a abrirlos se habría desecho el hechizo. Pero no: el encanto y el terror continuaban allí, reunidos en un mismo y apretado haz de carne prepúber.
-¡Santa Madre de Dios!... -murmuró para sí, a la vez extasiado y espantado por lo que veía.
Fragmento de la novela "Las canciones de Midolor"
A la vuelta de vacaciones Kiovas me citó en el Galo, uno de los bares en los que nos reuníamos con frecuencia. Según el conserje, llevaba varios días viniendo a buscarme a la residencia en la esperanza de que yo hubiera adelantado el retorno, lo mismo que él. Al atender al teléfono, lo primero que me preguntó fue si sabía dónde estaba Julia, ya que ésta no aparecía por ninguna parte. Su pregunta me cogió desprevenido: no esperaba que alguien tuviera tanta o mas impaciencia que yo por volver a verla. Hacía casi una semana que había partido de Villasanta sin despedirse de mí, salvo por la escueta nota que había dejado sobre la cama supletoria, que permanecía perfectamente hecha, sin revolver, ya que ella no la había utilizado durante esa última noche: “Nos vemos en Santiago. Besos de tu (todavía) amiga”. Llevaba seis días dándole vueltas a este corto texto de despedida, haciendo especulaciones sobre la promesa que llevaba implícita, y sobre el sentido de aquel “todavía” encerrado entre paréntesis que, por momentos, me parecía alarmante en la medida que daba a entender que nada significativo o trascendente había ocurrido entre nosotros. Esa no era mi impresión, sin embargo. Si no trascendente, a mí sí me había parecido significativa su forma de sonreír cuando yo me dejaba caer a plomo sobre su vientre, o su modo de agarrarse las rodillas en alto para facilitarme la penetración, con un estilo que semejaba el de una experta nadadora saltando del trampolín. Tenía estas y otras imágenes atascadas en la mente, interrumpiendo el libre tráfico de los pensamientos, desde el día de Año Nuevo, y me angustiaba la sospecha de que a Julia no la asaltaban tales rememoraciones con la misma insistencia.
Era la misma angustia que Matilde había detectado en mí al regresar de la fiesta (con el maquillaje ya inutilizado y la palidez de la cera derretida en su rostro de trasnochadora), cuando me descubrió sentado en la penumbra del porche trasero, envuelto en una de las frazadas que aún conservaban el olor del cuerpo fugado de Julia, y me preguntó, dispensada de antemano por la amortiguada jovialidad de las recientes horas de diversión: “¿Y tu sombra, hermanito? ¿Aún sigue durmiendo?”. No me fue necesario responderle, ella lo adivinó sin que cruzáramos una palabra: “¡Epa! ¡Por fin lo hizísteis! ¿Lo ves, hermanito? Es una mujer, por mucho que intente disimularlo. ¡Vaya, vaya! ¡Ya verás cuando se lo cuente a Dolores...!”
Entonces interrumpí su euforia tendiéndole el papel escrito por Julia, mientras le pedía su opinión sobre el significado subliminal de aquel mensaje, si es que lo había. Mi hermana no se sorprendió por su repentina marcha: “No te preocupes, hermanito. Es normal. De haberse quedado habría tenido que afrontarlo ante todos nosotros, incluso ante mamá. Ha sido una consideración por su parte, no una cobardía. Aunque para mí es una decepción: me hubiera gustado pincharla un poquito a propósito de la inconveniencia de mezclar sexo y amistad. Pero tú no te preocupes: esto sólo significa que te respeta mucho, y que para lo otro, para demostrarte cuánto te quiere, necesita estar en un terreno más neutral. Es comprensible, ¿no crees?”. Pero, a pesar de sus palabras tranquilizadoras, mi tranquilidad desapareció. Aunque no me fue difícil justificar la partida de Julia (alegué que no había querido despertar a nadie, sabedora de que todos se habían acostado muy tarde luego de la larga noche de feliz insomnio), tampoco fue fácil disimular, durante el tiempo restante de mis vacaciones, mi inquietud ante aquella intempestiva desaparición, justo después de haberme dado a conocer el palpitante laberinto de su carne en el que me había extraviado a conciencia, hundiéndome en su centro por tres veces consecutivas y volviendo a salir (las tres veces) incólume, sin heridas ni mutilaciones, a pesar de haberme desintegrado por completo en cada una de las tres ocasiones mencionadas.
Esta inquietud (u otra, si cabe más intensa) seguía conmigo cuando me dirigía hacia el Galo, febril ante la posibilidad de un inmediato reencuentro con Julia, cuya presencia a mi alrededor en aquel otro laberinto sangrante que era Compostela sentía como una segura y ubicua realidad de la que no se podía dudar. Kiovas discutía acodado en la barra con Jorge, el dueño del pub (a quien apodábamos en secreto Mister George por su larga estancia como emigrante en Inglaterra), a propósito de la letra del Riders on the Storm que la alcoholizada voz de Jin Morrison arrojaba, casi con desgana, contra los muros y arcos de cantería que soportaban el artesonado del local. Las anémicas bujías de los apliques apenas conseguían descolgar las sombras de las paredes del sotáno, donde permanecían a perpetuidad, con independencia de la hora del día y la intensidad de luz procedente del exterior. (“Jinetes en la tormenta/ Jinetes en la tormenta/ En esta casa nacimos/ A este mundo fuimos arrojados/Como un perro sin hueso/ Como un actor sin papel...” ). La traducción que defendía Kiovas colocaba al actor al que hacía referencia el último verso en una situación aún peor que la de no tener un papel que representar sobre un escenario y, según él, la traducción correcta sería “Como un actor con deudas”, lo cual se ajustaba mejor a la fuerza dramática del texto, aparte de ser más coherente, pues el hecho de no poder pagar las deudas, ya le ocurra a un comediante o a un estudiante, era una contingencia mucho más desesperada que la de no tener un papel que desempeñar en la vida. En este último caso había mucha gente y no por ello se desesperaban. Él mismo, Kiovas, no sabía qué hacer con la suya, pero eso no le quitaba el sueño. En cambio, le angustiaba bastante más la Guinnes de importación que se estaba bebiendo, pues no tenía un céntimo en el bolsillo y, a menos que Mister George le invitara, tendría que dejársela a deber.
Mister George sonrió ante estas noticias como un padre que disfruta con las travesuras de uno de sus retoños, sin alterarse por los destrozos que éste pueda hacer pues él hace tiempo que contrató una póliza de seguros para paliar tales desgracias: abrió una gaveta tras el robusto mostrador y extrajo de allí una cachiporra de reglamento (un recuerdo de la época en que trabajara de guardia jurado en el Britich Museum, dato inverificable por lo demás) para mostrarle a Kiovas quién sería su abogada de tener que llegar a pleito. Mi oportuna entrada evitó este más que probable desenlace, para alegría de Kiovas y del mismo Mister George, que, en el fondo, detestaba tener que recurrir a abogados para cobrar a tocateja. Afortunadamente, yo había recibido en mano mi asignación semanal, amén de un extra que la tata Francisca me había pasado de tapadillo (con la única condición de invertirlo en zumo de naranja), pero que, dada la urgencia, preferí usar para mediar ante el acreedor de mi amigo y de paso apoyar su versión del poema de Jin Morrison, porque era evidente que las deudas, y no la ausencia de un papel social, desesperaban a cualquiera.
Tras solucionar este conflicto de intereses, y pedir otro par de cervezas al aguerrido barman, nos retiramos al fondo del tenebroso refugio que ofrecía el Galo a sus clientes (siempre que éstos fueran solventes, por supuesto), y nada más sentarnos a una de las mesas noté la extraña desazón que afectaba a Kiovas. Enseguida me reveló la causa en pocas palabras: le habían echado de casa. La expulsión (curiosa coincidencia) había ocurrido la noche de fin de año, en pleno banquete de celebración de la Nochevieja. Me contó que, desde que llegara a casa de vacaciones, su padre se había portado de una forma muy rara. Durante la Navidad apenas le había dirigido la palabra, evitando coincidir con él en una misma habitación excepto en las horas que debían reunirse a la mesa. Su tía también le rehuía, como si ambos compartieran una estrategia común en su contra. Ella tampoco hablaba demasiado y, cuando lo hacía, era por compromiso, porque no le quedaba otro remedio. La familia vivió esos días en un estado de tensión continua, y el silencio entre sus miembros podía cortarse con un cuchillo. Kiovas no sabía qué pasaba por sus mentes, cómo explicarse aquel hermetismo, sobre todo el que afectaba a la mujer. Intentó hablar con ella a solas, pero le resultó imposible porque ella le esquivaba con cualquier excusa. Un día que su padre no estaba en casa logró acorralarla en la alcoba matrimonial, pero tampoco ese día obtuvo la aclaración que esperaba: su tía se deshizo en lágrimas ante su acoso, pero no soltó prenda. Sin embargo, Kiovas, a esas alturas, ya tenía una sospecha de por dónde iban los tiros: a su padre lo comían los celos. El, Kiovas, había estado escribiendo cartas de amor a su tía: en un espacio de tres meses había remitido más de cien cartas apasionadas a su propio domicilio familiar. Lo había hecho sin pensar en las posibles interferencias que pudiera sufrir esa descomunal correspondencia (el promedio salía a más de una carta diaria), y ni por un momento se le había pasado por la cabeza que su padre podría interceptar alguna de ellas. La dimensión de su imprudencia me impresionó: aquella locura era de tal calibre que parecía solo al alcance de un tonto o de un santo. En todo caso, no al alcance de un hombre corriente, de un individuo vulgar y corriente. No me cabía duda de que era un romántico, pero su romanticismo era de los que, tarde o temprano, se acogen a manicomio para ponerse a salvo y ser premiado con el abrazo efusivo de una camisa de fuerza. Se lo dije con toda sinceridad, haciéndome eco instantáneo de mi asombro:
-¡Estás loco, Kiovas!… Pero perdona. Sigue, ¿qué pasó?.
Su padre había explotado por Nochevieja, mientras engullía reglamentariamente las uvas con el sonido de las campanadas. Como en aquel ambiente no se podía hablar, Kiovas se había dedicado a beber y, para entonces, ya estaba bastante achispado. De repente, con el tañido de la última campanada, se incorporó para hacer un brindis demencial que desencadenó el estallido paterno:
-¡Por ti, tía!
Si se hubiera conformado con ésto, tal vez no habría ocurrido nada. Pero, a continuación, añadió, presa de ese vértigo que acomete a los más osados cuando, apremiados a morderse la lengua, reaccionan cortándosela de un tajo:
-¡Y por el cartero, qué coño!
Su padre no le agredió directamente, pero no por falta de ganas. Si no llegaron a las manos fue por un improbo esfuerzo de contención de su ofendido rival, ya que Kiovas no hubiera rehusado la pelea. De hecho se había preparado para aquel enfrentamiento acudiendo diariamente a un gimnasio durante los tres meses anteriores, a la par que escribía las cartas para su tía. Llevaba tiempo pensando en retarlo a un combate singular, como los caballeros antiguos cuando aceptaban una refriega con un ogro por causa de una dama. De ahí que se animara a practicar la disciplina del boxeo en secreto: para estar en forma. Además de sus prácticas pugilísticas, me confesó también que las cartas, en realidad, habían sido una provocación calculada; lo cual significaba que no era tan tonto como yo pensaba, aunque eso no me impidió seguir considerándolo un loco. Kiovas se lamentó de que ya no viviéramos en la época de Dostoieski porque entonces le habría propuesto a su padre escoger entre el florete o la pistola, citándolo a un duelo a muerte tras mandarle a sus padrinos. (Naturalmente, para representar tal cometido, sus dos amigos del alma serían los más idóneos: es decir, Caimán y yo mismo. Aunque sobre Caimán tenía dudas, porque no se tomaba nada en serio y acaso se riera de su idea. Y como adivinó que yo estaba de acuerdo con esta sospecha, le descartó definitivamente, dejándole fuera del reparto en aquella otra película).
Me contó los pormenores de la “tremenda escena”: gritos, llantos, vajilla rota por doquier. Y su padre yendo de un extremo al otro de su habitación, volcando por la ventana del comedor la biblioteca de los clásicos rusos que permanecía en depósito en el hogar paterno. La arrojó directamente al socavón de la piscina en desuso que se hallaba debajo. Tolstoi, Puskin, Chejov, Gorki, Turgeniev y, cómo no, su admirado Fiódor Dostoieski: todos fueron arrojados al exilio por el hueco de la ventana, y amontonados patas arriba en el fondo de la piscina, como quien arroja cadáveres de fusilados a una fosa común. Él había intentado impedírselo, desde luego, pero sus clases de boxeo intensivo no le habían servido de nada: su padre era un tipo grandote, con hombros de titan, hipertrofiados por el constante acarreo de fardos entre los tres pisos de su almacén de fontanería. Le había derribado a la primera, con un simple manotazo, sin molestarse siquiera en encajarle un directo a la mandíbula. (Al escuchar esta descripción, deduje que su padre debía ser una bestia parda, porque Kiovas no era una persona enclenque a pesar de su aire eternamente melancólico que le hacia parecer un enfermo en proceso de convalecencia perpetua). Y después de los libros, habían volado las maletas, siempre por la misma vía de salida. Puede que el mismo Kiovas hubiera terminado saliendo por allí de no haberse interpuesto la dama, su lacrimógena tía, con sus infructuosas llamadas a la sensatez de los dos contendientes, y sus gemidos de mujer dividida entre dos afectos incompatibles.
Era la misma angustia que Matilde había detectado en mí al regresar de la fiesta (con el maquillaje ya inutilizado y la palidez de la cera derretida en su rostro de trasnochadora), cuando me descubrió sentado en la penumbra del porche trasero, envuelto en una de las frazadas que aún conservaban el olor del cuerpo fugado de Julia, y me preguntó, dispensada de antemano por la amortiguada jovialidad de las recientes horas de diversión: “¿Y tu sombra, hermanito? ¿Aún sigue durmiendo?”. No me fue necesario responderle, ella lo adivinó sin que cruzáramos una palabra: “¡Epa! ¡Por fin lo hizísteis! ¿Lo ves, hermanito? Es una mujer, por mucho que intente disimularlo. ¡Vaya, vaya! ¡Ya verás cuando se lo cuente a Dolores...!”
Entonces interrumpí su euforia tendiéndole el papel escrito por Julia, mientras le pedía su opinión sobre el significado subliminal de aquel mensaje, si es que lo había. Mi hermana no se sorprendió por su repentina marcha: “No te preocupes, hermanito. Es normal. De haberse quedado habría tenido que afrontarlo ante todos nosotros, incluso ante mamá. Ha sido una consideración por su parte, no una cobardía. Aunque para mí es una decepción: me hubiera gustado pincharla un poquito a propósito de la inconveniencia de mezclar sexo y amistad. Pero tú no te preocupes: esto sólo significa que te respeta mucho, y que para lo otro, para demostrarte cuánto te quiere, necesita estar en un terreno más neutral. Es comprensible, ¿no crees?”. Pero, a pesar de sus palabras tranquilizadoras, mi tranquilidad desapareció. Aunque no me fue difícil justificar la partida de Julia (alegué que no había querido despertar a nadie, sabedora de que todos se habían acostado muy tarde luego de la larga noche de feliz insomnio), tampoco fue fácil disimular, durante el tiempo restante de mis vacaciones, mi inquietud ante aquella intempestiva desaparición, justo después de haberme dado a conocer el palpitante laberinto de su carne en el que me había extraviado a conciencia, hundiéndome en su centro por tres veces consecutivas y volviendo a salir (las tres veces) incólume, sin heridas ni mutilaciones, a pesar de haberme desintegrado por completo en cada una de las tres ocasiones mencionadas.
Esta inquietud (u otra, si cabe más intensa) seguía conmigo cuando me dirigía hacia el Galo, febril ante la posibilidad de un inmediato reencuentro con Julia, cuya presencia a mi alrededor en aquel otro laberinto sangrante que era Compostela sentía como una segura y ubicua realidad de la que no se podía dudar. Kiovas discutía acodado en la barra con Jorge, el dueño del pub (a quien apodábamos en secreto Mister George por su larga estancia como emigrante en Inglaterra), a propósito de la letra del Riders on the Storm que la alcoholizada voz de Jin Morrison arrojaba, casi con desgana, contra los muros y arcos de cantería que soportaban el artesonado del local. Las anémicas bujías de los apliques apenas conseguían descolgar las sombras de las paredes del sotáno, donde permanecían a perpetuidad, con independencia de la hora del día y la intensidad de luz procedente del exterior. (“Jinetes en la tormenta/ Jinetes en la tormenta/ En esta casa nacimos/ A este mundo fuimos arrojados/Como un perro sin hueso/ Como un actor sin papel...” ). La traducción que defendía Kiovas colocaba al actor al que hacía referencia el último verso en una situación aún peor que la de no tener un papel que representar sobre un escenario y, según él, la traducción correcta sería “Como un actor con deudas”, lo cual se ajustaba mejor a la fuerza dramática del texto, aparte de ser más coherente, pues el hecho de no poder pagar las deudas, ya le ocurra a un comediante o a un estudiante, era una contingencia mucho más desesperada que la de no tener un papel que desempeñar en la vida. En este último caso había mucha gente y no por ello se desesperaban. Él mismo, Kiovas, no sabía qué hacer con la suya, pero eso no le quitaba el sueño. En cambio, le angustiaba bastante más la Guinnes de importación que se estaba bebiendo, pues no tenía un céntimo en el bolsillo y, a menos que Mister George le invitara, tendría que dejársela a deber.
Mister George sonrió ante estas noticias como un padre que disfruta con las travesuras de uno de sus retoños, sin alterarse por los destrozos que éste pueda hacer pues él hace tiempo que contrató una póliza de seguros para paliar tales desgracias: abrió una gaveta tras el robusto mostrador y extrajo de allí una cachiporra de reglamento (un recuerdo de la época en que trabajara de guardia jurado en el Britich Museum, dato inverificable por lo demás) para mostrarle a Kiovas quién sería su abogada de tener que llegar a pleito. Mi oportuna entrada evitó este más que probable desenlace, para alegría de Kiovas y del mismo Mister George, que, en el fondo, detestaba tener que recurrir a abogados para cobrar a tocateja. Afortunadamente, yo había recibido en mano mi asignación semanal, amén de un extra que la tata Francisca me había pasado de tapadillo (con la única condición de invertirlo en zumo de naranja), pero que, dada la urgencia, preferí usar para mediar ante el acreedor de mi amigo y de paso apoyar su versión del poema de Jin Morrison, porque era evidente que las deudas, y no la ausencia de un papel social, desesperaban a cualquiera.
Tras solucionar este conflicto de intereses, y pedir otro par de cervezas al aguerrido barman, nos retiramos al fondo del tenebroso refugio que ofrecía el Galo a sus clientes (siempre que éstos fueran solventes, por supuesto), y nada más sentarnos a una de las mesas noté la extraña desazón que afectaba a Kiovas. Enseguida me reveló la causa en pocas palabras: le habían echado de casa. La expulsión (curiosa coincidencia) había ocurrido la noche de fin de año, en pleno banquete de celebración de la Nochevieja. Me contó que, desde que llegara a casa de vacaciones, su padre se había portado de una forma muy rara. Durante la Navidad apenas le había dirigido la palabra, evitando coincidir con él en una misma habitación excepto en las horas que debían reunirse a la mesa. Su tía también le rehuía, como si ambos compartieran una estrategia común en su contra. Ella tampoco hablaba demasiado y, cuando lo hacía, era por compromiso, porque no le quedaba otro remedio. La familia vivió esos días en un estado de tensión continua, y el silencio entre sus miembros podía cortarse con un cuchillo. Kiovas no sabía qué pasaba por sus mentes, cómo explicarse aquel hermetismo, sobre todo el que afectaba a la mujer. Intentó hablar con ella a solas, pero le resultó imposible porque ella le esquivaba con cualquier excusa. Un día que su padre no estaba en casa logró acorralarla en la alcoba matrimonial, pero tampoco ese día obtuvo la aclaración que esperaba: su tía se deshizo en lágrimas ante su acoso, pero no soltó prenda. Sin embargo, Kiovas, a esas alturas, ya tenía una sospecha de por dónde iban los tiros: a su padre lo comían los celos. El, Kiovas, había estado escribiendo cartas de amor a su tía: en un espacio de tres meses había remitido más de cien cartas apasionadas a su propio domicilio familiar. Lo había hecho sin pensar en las posibles interferencias que pudiera sufrir esa descomunal correspondencia (el promedio salía a más de una carta diaria), y ni por un momento se le había pasado por la cabeza que su padre podría interceptar alguna de ellas. La dimensión de su imprudencia me impresionó: aquella locura era de tal calibre que parecía solo al alcance de un tonto o de un santo. En todo caso, no al alcance de un hombre corriente, de un individuo vulgar y corriente. No me cabía duda de que era un romántico, pero su romanticismo era de los que, tarde o temprano, se acogen a manicomio para ponerse a salvo y ser premiado con el abrazo efusivo de una camisa de fuerza. Se lo dije con toda sinceridad, haciéndome eco instantáneo de mi asombro:
-¡Estás loco, Kiovas!… Pero perdona. Sigue, ¿qué pasó?.
Su padre había explotado por Nochevieja, mientras engullía reglamentariamente las uvas con el sonido de las campanadas. Como en aquel ambiente no se podía hablar, Kiovas se había dedicado a beber y, para entonces, ya estaba bastante achispado. De repente, con el tañido de la última campanada, se incorporó para hacer un brindis demencial que desencadenó el estallido paterno:
-¡Por ti, tía!
Si se hubiera conformado con ésto, tal vez no habría ocurrido nada. Pero, a continuación, añadió, presa de ese vértigo que acomete a los más osados cuando, apremiados a morderse la lengua, reaccionan cortándosela de un tajo:
-¡Y por el cartero, qué coño!
Su padre no le agredió directamente, pero no por falta de ganas. Si no llegaron a las manos fue por un improbo esfuerzo de contención de su ofendido rival, ya que Kiovas no hubiera rehusado la pelea. De hecho se había preparado para aquel enfrentamiento acudiendo diariamente a un gimnasio durante los tres meses anteriores, a la par que escribía las cartas para su tía. Llevaba tiempo pensando en retarlo a un combate singular, como los caballeros antiguos cuando aceptaban una refriega con un ogro por causa de una dama. De ahí que se animara a practicar la disciplina del boxeo en secreto: para estar en forma. Además de sus prácticas pugilísticas, me confesó también que las cartas, en realidad, habían sido una provocación calculada; lo cual significaba que no era tan tonto como yo pensaba, aunque eso no me impidió seguir considerándolo un loco. Kiovas se lamentó de que ya no viviéramos en la época de Dostoieski porque entonces le habría propuesto a su padre escoger entre el florete o la pistola, citándolo a un duelo a muerte tras mandarle a sus padrinos. (Naturalmente, para representar tal cometido, sus dos amigos del alma serían los más idóneos: es decir, Caimán y yo mismo. Aunque sobre Caimán tenía dudas, porque no se tomaba nada en serio y acaso se riera de su idea. Y como adivinó que yo estaba de acuerdo con esta sospecha, le descartó definitivamente, dejándole fuera del reparto en aquella otra película).
Me contó los pormenores de la “tremenda escena”: gritos, llantos, vajilla rota por doquier. Y su padre yendo de un extremo al otro de su habitación, volcando por la ventana del comedor la biblioteca de los clásicos rusos que permanecía en depósito en el hogar paterno. La arrojó directamente al socavón de la piscina en desuso que se hallaba debajo. Tolstoi, Puskin, Chejov, Gorki, Turgeniev y, cómo no, su admirado Fiódor Dostoieski: todos fueron arrojados al exilio por el hueco de la ventana, y amontonados patas arriba en el fondo de la piscina, como quien arroja cadáveres de fusilados a una fosa común. Él había intentado impedírselo, desde luego, pero sus clases de boxeo intensivo no le habían servido de nada: su padre era un tipo grandote, con hombros de titan, hipertrofiados por el constante acarreo de fardos entre los tres pisos de su almacén de fontanería. Le había derribado a la primera, con un simple manotazo, sin molestarse siquiera en encajarle un directo a la mandíbula. (Al escuchar esta descripción, deduje que su padre debía ser una bestia parda, porque Kiovas no era una persona enclenque a pesar de su aire eternamente melancólico que le hacia parecer un enfermo en proceso de convalecencia perpetua). Y después de los libros, habían volado las maletas, siempre por la misma vía de salida. Puede que el mismo Kiovas hubiera terminado saliendo por allí de no haberse interpuesto la dama, su lacrimógena tía, con sus infructuosas llamadas a la sensatez de los dos contendientes, y sus gemidos de mujer dividida entre dos afectos incompatibles.
Ahora se hallaba en la puta calle, con los bolsillos vacíos. Llevaba cinco días durmiendo casi al raso, muriéndose literalmente de frío al discutible cobijo de los soportales de cualquiera de ambas Rúas, o bajo la arboleda asilvestrada de Bonaval, según cuadrase. Hacía un par de noches que le sorprendiera la policía en uno de esos aposentos provisionales y bien aireados: lo habían despertado a patadas y habían querido ficharle como vagabundo y haragán sin domicilio fijo, pero (aún no sabía cómo) les había convencido de que había perdido las llaves del piso que tenía en alquiler durante el curso, y que se veía obligado a dormir en la calle mientras no regresara de sus vacaciones navideñas la patrona, pues no era cuestión de echar abajo la puerta de una casa ajena por evitarse unas pocas noches a la intemperie, aunque eso implicara congelarse como un carámbano.
Este ejemplo de civismo en un estudiante (una categoría social en la que solo había agitadores natos, como sabía cualquier policía de cualquier país) debió conmover hasta el tuétano a los agentes que le retenían, procediendo éstos a liberarle sin tomarse la molestia de verificar su versión de la llave perdida y la arrendadora ausente, cosa que resultaba del todo increíble pero que era “la pura verdad”, como Kiovas no se cansó de recalcar ante sus crédulos captores. Ahora que había pasado el peligro, lamentaba que sus reflejos vitales hubieran sido más rápidos que su inteligencia, pues habría podido dormir en la trena más cómodamente que en la calle. Pero el miedo instintivo a la policía había sido más rápido, inpidiéndole desenfundar estos cálculos con la presteza necesaria. Porque ese iba a ser el problema a partir de ahora: dónde dormir y en qué condiciones. Su padre no estaba dispuesto a continuar pagándole el régimen de pensión completa en la Fonda Huertas, del que había gozado hasta el presente, hasta la truculenta noche de autos. Era un hecho irrefutable, lo había comprobado en persona al volver del pueblo: el propietario de ese establecimiento le había informado de que su progenitor había cancelado la reserva del cuarto que le tenía alquilado, y le había entregado sus pertenencias, apiladas de cualquier manera en dos cajas de cartón (las enumeró para mí: tres calzoncillos agujereados, dos pantalones de pana, una cazadora de cuero ajado y varias docenas de libros, su colección privada, lo mejorcito de la literatura rusa). Kiovas pretendía vender la ropa en el próximo mercadillo itinerante, el que se organizaba semanalmente en la rampa de Valle Inclán, para conseguir algún dinero que le permitiera ir tirando. Los libros, por supuesto, no pensaba venderlos ni por todo el oro del mundo: Dostoeiski no tenía precio, incluso sus ediciones de bolsillo eran incunables de incalculable valor. Estaba listo a prostituirse antes que a poner en subasta pública sus incunables, y no hablaba por hablar. De hecho, había considerado ya la posibilidad de hacerse chapero a tiempo parcial, fuera del horario lectivo, pues le gustaba la vida de estudiante tanto como para eternizarse en ella hasta el fin de sus días. Estos eran sus planes para el futuro inmediato (en el diferido, por el momento, se negaba a pensar). Y, para que echaran a rodar esos planes, era imperativo que Julia les diese un primer empujón. ¿Cómo? Hospedándolo en su apartamento. Nadie más podría salvarle la vida en esta hora crucial en que su culo de estudiante crónico pendía de un hilo: si ella no le acogía, estaba perdido. Necesitaba un lugar para vivir y no tenía dinero. Y las perspectivas de tenerlo a corto plazo tampoco existían porque, aunque su padre se retractase de sus ofensas, él no iba a aceptar sus “limosnas”. Su dignidad ya no le permitía seguir dependiendo de su enemigo y rival. Por eso era tan importante para él encontrar a Julia cuanto antes.
Dudé en si debía pagar con mi sinceridad la suya y revelarle los motivos personales por los que yo la andaba buscando con parecida urgencia. Estuve a punto de hacerlo. Después de todo, los dos estábamos en el mismo barco: necesitábamos verla en seguida. Pero no lo hice: en el último momento, pensé que Julia tal vez no lo aprobase. Lo nuestro era aún un secreto (lo era incluso para nosotros), y yo no tenía un nombre concreto con que identificarlo. Si no era más que amistad, el secreto era irrelevante. Y si acababa siendo amor, entonces sería sagrado y no podía ser revelado unilateralmente. Si de veras era amor, era un amor naciente, y revelar un amor que nace sería la peor traición, ya que el amante (en esa etapa) sólo tiene un derecho y es callarse. Le dije solamente que habíamos pasado unos días juntos en casa de mis padres y que se había cortado el pelo al estilo militar, como venían haciendo las beligerantes feministas del Colectivo Delta, donde las más radicales del grupo exhibían la cabeza rapada a modo de desafío a los convencionalismos externos del Eterno Femenino, sin que esta coincidencia en la moda capilar indicara que Julia se hubiera convertido al feminismo militante, ni mucho menos. Lo suyo sólo había sido un arrebato, un impulso o una exaltación pasajera, algo muy común en las personas libres y apasionadas, que suelen reaccionar con estos gestos extremos en los momentos de cambio personal, como una manera de reivindicarse a sí mismos.
Kiovas estuvo de acuerdo con mi análisis; pero matizó que el cambio en Julia, a pesar de ser innegable, era relativo. Dijo que Julia era una luchadora, y que los luchadores no cambian en el fondo, que sólo buscan nuevos frentes en donde poder seguir dando la batalla. Afirmó que lo que le ocurría es que la Política había decepcionado a su espíritu guerrero, pero tal espíritu continuaba con las fuerzas intactas, replegadas pero intactas. Según él, Julia vivía ahora uno de los interregnos más peligrosos para un guerrero: el momento en que se ve privado de la acción y reconoce que su armadura (es decir, su ideal) ha caído a sus pies, inservible.
Dudé en si debía pagar con mi sinceridad la suya y revelarle los motivos personales por los que yo la andaba buscando con parecida urgencia. Estuve a punto de hacerlo. Después de todo, los dos estábamos en el mismo barco: necesitábamos verla en seguida. Pero no lo hice: en el último momento, pensé que Julia tal vez no lo aprobase. Lo nuestro era aún un secreto (lo era incluso para nosotros), y yo no tenía un nombre concreto con que identificarlo. Si no era más que amistad, el secreto era irrelevante. Y si acababa siendo amor, entonces sería sagrado y no podía ser revelado unilateralmente. Si de veras era amor, era un amor naciente, y revelar un amor que nace sería la peor traición, ya que el amante (en esa etapa) sólo tiene un derecho y es callarse. Le dije solamente que habíamos pasado unos días juntos en casa de mis padres y que se había cortado el pelo al estilo militar, como venían haciendo las beligerantes feministas del Colectivo Delta, donde las más radicales del grupo exhibían la cabeza rapada a modo de desafío a los convencionalismos externos del Eterno Femenino, sin que esta coincidencia en la moda capilar indicara que Julia se hubiera convertido al feminismo militante, ni mucho menos. Lo suyo sólo había sido un arrebato, un impulso o una exaltación pasajera, algo muy común en las personas libres y apasionadas, que suelen reaccionar con estos gestos extremos en los momentos de cambio personal, como una manera de reivindicarse a sí mismos.
Kiovas estuvo de acuerdo con mi análisis; pero matizó que el cambio en Julia, a pesar de ser innegable, era relativo. Dijo que Julia era una luchadora, y que los luchadores no cambian en el fondo, que sólo buscan nuevos frentes en donde poder seguir dando la batalla. Afirmó que lo que le ocurría es que la Política había decepcionado a su espíritu guerrero, pero tal espíritu continuaba con las fuerzas intactas, replegadas pero intactas. Según él, Julia vivía ahora uno de los interregnos más peligrosos para un guerrero: el momento en que se ve privado de la acción y reconoce que su armadura (es decir, su ideal) ha caído a sus pies, inservible.
-Es como una bomba con temporalizador –declaró-. Y sólo un ciego la confundiría con una mujer vulgar y corriente.
La onda explosiva de esta analogía impactó en mi cerebro con todo su poder intimidatorio. Si lo que Kiovas decía era cierto, eso significaba que yo saltaría por los aires muy pronto, ya que mi deseo por manipular aquella “bomba” no había remitido un ápice. Más bien al contrario: aumentaba a cada segundo que pasaba. Pero, exactamente, ¿qué había querido decir Kiovas con esta expresión?
La onda explosiva de esta analogía impactó en mi cerebro con todo su poder intimidatorio. Si lo que Kiovas decía era cierto, eso significaba que yo saltaría por los aires muy pronto, ya que mi deseo por manipular aquella “bomba” no había remitido un ápice. Más bien al contrario: aumentaba a cada segundo que pasaba. Pero, exactamente, ¿qué había querido decir Kiovas con esta expresión?
-En la próxima causa que abrace será todavía más agresiva –dijo él cuando (de inmediato, sin darle tiempo a prevenirse) se lo pregunté-. Y así sucesivamente –remachó.
Observé que estaba convencido de lo que decía por haber meditado en ello otras veces y sin que nadie le apremiara. El era su íntimo amigo y tenía una especial afinidad con ella. Y, además, podía ser más objetivo al juzgarla: no la amaba, no había empezado a amarla nunca. Esas eran demasiadas ventajas para que yo las menospreciara. En tono indiferente, fingiendo que no me interesaba en realidad la respuesta que me había dado, le planteé entonces la duda que no me dejaba vivir tranquilo:
-Oye, Kiovas. Tú que la conoces mejor... ¿Sabes si Julia tiene por ahí algún novio que la esté “tumbando”? No me refiero a un rollete de una noche, sino a algo serio. No es normal que haya desaparecido así como así... ¡Y no me digas otra vez que es lesbiana porque no me lo trago! Yo sé que le gustan los hombres.
-¿Ah sí? ¿Y cómo lo sabes? –dijo él, a medias suspicaz y a medias burlón -. ¿Acaso ya te lo demostró personalmente? ¿También tú la tumbaste, por fin?... Yo lo único que sé es lo que vi con estos ojitos.
-¿Qué viste?
-Una tortilla, amigo mío. Una tortilla recién hecha.
Volví a mirarle con desconfianza: sabía que le gustaban los dramas psicológicos y los personajes complejos. Quizás estuviera imaginando en Julia un filón del que extraer material para una novela propia. Al estilo de Noches Blancas, por ejemplo.
Observé que estaba convencido de lo que decía por haber meditado en ello otras veces y sin que nadie le apremiara. El era su íntimo amigo y tenía una especial afinidad con ella. Y, además, podía ser más objetivo al juzgarla: no la amaba, no había empezado a amarla nunca. Esas eran demasiadas ventajas para que yo las menospreciara. En tono indiferente, fingiendo que no me interesaba en realidad la respuesta que me había dado, le planteé entonces la duda que no me dejaba vivir tranquilo:
-Oye, Kiovas. Tú que la conoces mejor... ¿Sabes si Julia tiene por ahí algún novio que la esté “tumbando”? No me refiero a un rollete de una noche, sino a algo serio. No es normal que haya desaparecido así como así... ¡Y no me digas otra vez que es lesbiana porque no me lo trago! Yo sé que le gustan los hombres.
-¿Ah sí? ¿Y cómo lo sabes? –dijo él, a medias suspicaz y a medias burlón -. ¿Acaso ya te lo demostró personalmente? ¿También tú la tumbaste, por fin?... Yo lo único que sé es lo que vi con estos ojitos.
-¿Qué viste?
-Una tortilla, amigo mío. Una tortilla recién hecha.
Volví a mirarle con desconfianza: sabía que le gustaban los dramas psicológicos y los personajes complejos. Quizás estuviera imaginando en Julia un filón del que extraer material para una novela propia. Al estilo de Noches Blancas, por ejemplo.
-No fantasees, Kiovas.
-No es una fantasía, te lo juro. Hará algo más de un mes fui a buscarla un día a su casa: estaba con una chavala. Tuve que llamar al timbre tres veces para que me abriera y, al instante, comprendí que no había llegado en el mejor momento: vestía una simple camisola y tenía la cara encendida como una bombilla. Su amiga estaba en la cocina: fregoteando unos cacharros, supongo que para disimular, y también con las bragas al aire. Era obvio, incluso para mí que apenas reparo en lo que pasa a mi alrededor, que mi entrada les había cortado el rollo. Sobre la mesa del salón tenían dos o tres libros abiertos: uno de Metafísica, y otro sobre Historia del Pensamiento Estético. Fingí que me interesaba en esos volúmenes, mientras ellas cuchicheaban en la cocina. Las oí reír, sin duda excitadas por mi inoportuna aparición. Me invitaron a un café y charlamos un rato. Su amiga estudiaba tercero de Medicina, pero también tenía interés por la Filosofía y la Literatura. Le pregunté si había leído algo de Dostoieski, y ella dijo que sí: un libro sobre la epilepsia de un príncipe idiota. Le atraía el tema de la Epilepsia por motivos personales: uno de sus hermanos padecía la enfermedad desde niño. Pero ya no se acordaba con exactitud del argumento, así que yo me puse a hablar de Lev Nicolayevich y de su patética confusión entre la compasión y el amor, entre Yelisaveta Prokofievna y Aglaya Ivanova. Se rieron mucho cuando les conté el episodio del general Yepanchin y el perrito de la pasajera aristócrata, ¿lo conoces? Es quizás la única escena frívola del libro: cuando el general arroja al perro de la dama por la ventanilla del tren, a continuación de que ésta, a su vez, le hubiese tirado el puro que se estaba fumando molesta por el humo, arráncandoselo de la boca sin mediar palabra. Los tres nos partimos de risa por la justa venganza del general Yepanchin, y luego yo me despedí, para dejarles el terreno libre, pues me daba perfecta cuenta de que ellas ya se estaban impacientando por quedarse de nuevo a solas. Era evidente que había algo pendiente entre ellas, porque todo el rato estuvieron cruzando brevísimas sonrisas y miradas de entendimiento, que yo fingí no ver mientras les relataba las desventuras del príncipe Mishkin, ese literario sosias de Cristo que decía haber aprendido casi todo lo que sabía de los niños y casi nada de los adultos...
Las confidencias de Kiovas me dejaran mudo. De aquella visita intempestiva a Julia, él había extraído conclusiones firmes sobre la pretendida homosexualidad de nuestra común amiga, pero lo cierto es que no contaba con una sola evidencia. Porque no las había visto juntas, desnudas sobre una cama o sobre un sofá, y enlazadas por la pelvis. Lo cierto es que solo había hecho deducciones, quizás demasiado atrevidas, ya que su imaginación había visto más de lo que vieran sus ojos, lo cual era muy propio de Kiovas. Y, no obstante, yo me había quedado mudo, silencioso y profundamente consternado ante su relato, sin argumentos de peso con los que poder rebatirlo o, al menos, atemperarlo. A mi favor, solo contaba con aquella noche extraordinaria de la Nochevieja, pero esta experiencia no había tenido continuidad, y puede que no fuera más que éso: una excepción, un experimento que Julia se había permitido hacer conmigo por mera curiosidad. De pronto, recordé la frase que ella había empleado para justificarlo: “...Tengo que saber si lo que me ocurre tiene sentido”. Ahora aparecía ante mí con un nuevo significado: en aquel momento Julia me deseaba, pero le extrañaba haber concebido tal deseo por mí, por un hombre, por un varón. ¿Un sinsentido para ella? ¿Era por eso por lo que se decidió a hacer la prueba, por lo que dejó que le hiciera el amor? ¿Para comprobar si tenía o no sentido follar con un hombre puesto que, hasta entonces, solo lo había hecho con mujeres?
Las confidencias de Kiovas me dejaran mudo. De aquella visita intempestiva a Julia, él había extraído conclusiones firmes sobre la pretendida homosexualidad de nuestra común amiga, pero lo cierto es que no contaba con una sola evidencia. Porque no las había visto juntas, desnudas sobre una cama o sobre un sofá, y enlazadas por la pelvis. Lo cierto es que solo había hecho deducciones, quizás demasiado atrevidas, ya que su imaginación había visto más de lo que vieran sus ojos, lo cual era muy propio de Kiovas. Y, no obstante, yo me había quedado mudo, silencioso y profundamente consternado ante su relato, sin argumentos de peso con los que poder rebatirlo o, al menos, atemperarlo. A mi favor, solo contaba con aquella noche extraordinaria de la Nochevieja, pero esta experiencia no había tenido continuidad, y puede que no fuera más que éso: una excepción, un experimento que Julia se había permitido hacer conmigo por mera curiosidad. De pronto, recordé la frase que ella había empleado para justificarlo: “...Tengo que saber si lo que me ocurre tiene sentido”. Ahora aparecía ante mí con un nuevo significado: en aquel momento Julia me deseaba, pero le extrañaba haber concebido tal deseo por mí, por un hombre, por un varón. ¿Un sinsentido para ella? ¿Era por eso por lo que se decidió a hacer la prueba, por lo que dejó que le hiciera el amor? ¿Para comprobar si tenía o no sentido follar con un hombre puesto que, hasta entonces, solo lo había hecho con mujeres?
-Vámonos de aquí, Kiovas –dije resueltamente, rebelándome contra esta marea interior en la ya empezaba a zozobrar -. Tengo ganas de emborracharme...
-¡Pero yo tengo que encontrar a Julia –protestó él al oír mi proyecto– No quiero dormir otra noche al raso...
-Puedes dormir conmigo en la residencia –concedí -. Pero siempre que me permitas atarte las manos a la espalda: no me fío un pelo de que no intentes aprovecharte.
-¿De verdad? ¡Me salvas la vida, tío! ¡Gracias!...Y no te preocupes: no te tocaré. Además, no eres mi tipo. Te parecerá una aberración, pero las buenas personas no me ponen demasiado. Soy bastante “complicado”, ya lo sabes.
No discutí la definición que había hecho de sí mismo. En el fondo, me parecía apropiada para un joven poeta tan guapo como él, para un aprendiz de filósofo que escapaba a menudo del ágora pública para adentrarse en los suburbios de la masculinidad en busca de agujeros negros, y que contemplaba la oportunidad de prostituirse para no defraudar a una madrastra de la que se había enamorado siendo un niño. Sí, era un poco “complicado”, sin duda. Pero no un pervertido: ese escalafón siempre quedaría demasiado elevado para él. Ni tampoco un idiota, por ingenuo que pudiera parecer a veces. En realidad, se podría decir que era un “príncipe complicado”, si especificamos que lo que constituía la mayor parte de su encanto era la complicación, no lo principesco.
Ese día no dimos con Julia, que parecía haberse esfumado en el aire humedecido de enero que empapaba nuestras ropas al atravesar las plazas vacías y las calles resbaladizas, en las rápidas carreras que emprendíamos para proseguir con nuestras pesquisas en el siguiente bar. Nadie la había visto recientemente. Un conocido mutuo (un compañero de facultad) aventuró la hipótesis de una fuga preventiva a Portugal tras los rumores sobre un golpe de estado inmediato a cargo del Ejército, enervado al máximo tras los secuestros de Oriol y Villaescusa, partidario de la mano dura con los vascos y opuesto a ampliar los cupos de annistiados. Según nuestro informante, varios de los líderes estudiantiles (citó un par de alias que ostentaban esos galones) ya habrían embarcado en el “convoio” con la intención de exiliarse temporalmente en las bodegas de Vilanova da Gaia o en los cafés da Ribeira, en una u otra orilla del Douro, mientras aguardaban a que las aguas se calmaran al norte de la Raia.
Tal vez Julia hubiera seguido el ejemplo dado por estos nobles camaradas temiendo una redada masiva contra los más relevantes alborotadores en cuanto se decretase el Estado de Excepción, ya que su activismo había sido de primera línea y, lógicamente, debía estar fichada y su nombre incluido en la lista negra. Esta teórica “lista negra” era un fantasma administrativo de cuya existencia nadie dudaba por entonces, y sus miembros (no menos teóricos) tenían una vitola heroica que los destacaba sobre el resto de los mortales, o sea: sobre los que no habíamos acumulado tantos méritos en nuestras personas por los servicios prestados a la causa democrática y no éramos más que la grasa del cuerpo contestatario. Por el momento servíamos para proporcionar alguna energía extra cuando los músculos o las neuronas directoras de ese cuerpo flaqueaban, pero más adelante (Julia dixit) ni siquiera serviríamos para eso, y seríamos sólo lo que éramos: un tejido adiposo superfluo y nada atractivo que habría que eliminar por cuestiones de imagen, para estilizar la figura del partido de turno, el cual (cuando debiera competir en los sucesivos concursos de belleza, también llamados elecciones) necesitaría hacerse apolíneo mediante esta liposucción.
En cuanto "células grasiantas" perfectamente prescindibles, sin importancia alguna, ni Kiovas ni yo habíamos considerado la posibilidad de exiliarnos en Portugal (ni en ningún otro país) por culpa de los recientes acontecimientos patrios (en los que apenas pensábamos, por otra parte). Nosotros estábamos inmersos en otras preocupaciones más acuciantes: Kiovas, obsesionado por conseguir una cama blanda de la que no le levantaran a patadas; y yo, evocando del mismo modo obsesivo lo ocurrido en otra cama que nada tenía que ver con la que él soñaba tener a corto plazo. En la mía había una mujer de carne y hueso que se vestía y comportaba como un hombre, pero que se desvestía como cualquier otra mujer: o sea, con premeditación y alevosía. Y en la de Kiovas (de creer en su rabiosas promesas) no se acostaría nadie más que él, pues no pensaba compartirla. Ni con sus esporádicos ligues de urinario, ni con el lujurioso fantasma de su madrastra, al que, por cierto, ya había decidido repudiar incluso como musa inspiradora de sus masturbaciones, debido a su manifiesta deslealtad en el momento que más la necesitara: en aquella hora triste de su expulsión de la casa paterna, cuando él le reclamara a gritos un gesto de adhesión inconfundible, y ella eligiera quedarse con su marido, dejando que se las arreglara solo para recoger del fondo de la piscina los tomos de los genios rusos.
La cama con la que soñaba Kiovas iba a ser su trinchera frente a las acometidas de la Traición y sus múltiples cuerpos de asalto: prometió que, allí, no haría el amor con nadie salvo con los personajes de Dostoieski, que nunca le fallaban y jamás dejaban de darle placer (fueran mujeres u hombres, pues, en cuanto obseso lector, también era bisexual). Entre sus proyectos más o menos inmediatos estaba el de pasarse meses enteros acostado sobre ese lecho absolutamente individual, releyendo desde el alba hasta el ocaso, y viceversa, al maestro moscovita, gozando con las criaturas inventadas por el Gran Hombre, con aquellos dóciles amantes de papel que nunca serían capaces de decepcionarle o traicionarle, y que siempre estaban a su entera disposición. Insistió en el tema de la docilidad del amante como un factor indispensable y sentenció que, para que él pudiera entregarse, el otro debía ser “fácil como la apertura de un paraguas”.
Tal vez Julia hubiera seguido el ejemplo dado por estos nobles camaradas temiendo una redada masiva contra los más relevantes alborotadores en cuanto se decretase el Estado de Excepción, ya que su activismo había sido de primera línea y, lógicamente, debía estar fichada y su nombre incluido en la lista negra. Esta teórica “lista negra” era un fantasma administrativo de cuya existencia nadie dudaba por entonces, y sus miembros (no menos teóricos) tenían una vitola heroica que los destacaba sobre el resto de los mortales, o sea: sobre los que no habíamos acumulado tantos méritos en nuestras personas por los servicios prestados a la causa democrática y no éramos más que la grasa del cuerpo contestatario. Por el momento servíamos para proporcionar alguna energía extra cuando los músculos o las neuronas directoras de ese cuerpo flaqueaban, pero más adelante (Julia dixit) ni siquiera serviríamos para eso, y seríamos sólo lo que éramos: un tejido adiposo superfluo y nada atractivo que habría que eliminar por cuestiones de imagen, para estilizar la figura del partido de turno, el cual (cuando debiera competir en los sucesivos concursos de belleza, también llamados elecciones) necesitaría hacerse apolíneo mediante esta liposucción.
En cuanto "células grasiantas" perfectamente prescindibles, sin importancia alguna, ni Kiovas ni yo habíamos considerado la posibilidad de exiliarnos en Portugal (ni en ningún otro país) por culpa de los recientes acontecimientos patrios (en los que apenas pensábamos, por otra parte). Nosotros estábamos inmersos en otras preocupaciones más acuciantes: Kiovas, obsesionado por conseguir una cama blanda de la que no le levantaran a patadas; y yo, evocando del mismo modo obsesivo lo ocurrido en otra cama que nada tenía que ver con la que él soñaba tener a corto plazo. En la mía había una mujer de carne y hueso que se vestía y comportaba como un hombre, pero que se desvestía como cualquier otra mujer: o sea, con premeditación y alevosía. Y en la de Kiovas (de creer en su rabiosas promesas) no se acostaría nadie más que él, pues no pensaba compartirla. Ni con sus esporádicos ligues de urinario, ni con el lujurioso fantasma de su madrastra, al que, por cierto, ya había decidido repudiar incluso como musa inspiradora de sus masturbaciones, debido a su manifiesta deslealtad en el momento que más la necesitara: en aquella hora triste de su expulsión de la casa paterna, cuando él le reclamara a gritos un gesto de adhesión inconfundible, y ella eligiera quedarse con su marido, dejando que se las arreglara solo para recoger del fondo de la piscina los tomos de los genios rusos.
La cama con la que soñaba Kiovas iba a ser su trinchera frente a las acometidas de la Traición y sus múltiples cuerpos de asalto: prometió que, allí, no haría el amor con nadie salvo con los personajes de Dostoieski, que nunca le fallaban y jamás dejaban de darle placer (fueran mujeres u hombres, pues, en cuanto obseso lector, también era bisexual). Entre sus proyectos más o menos inmediatos estaba el de pasarse meses enteros acostado sobre ese lecho absolutamente individual, releyendo desde el alba hasta el ocaso, y viceversa, al maestro moscovita, gozando con las criaturas inventadas por el Gran Hombre, con aquellos dóciles amantes de papel que nunca serían capaces de decepcionarle o traicionarle, y que siempre estaban a su entera disposición. Insistió en el tema de la docilidad del amante como un factor indispensable y sentenció que, para que él pudiera entregarse, el otro debía ser “fácil como la apertura de un paraguas”.
-Y también fácilmente plegable –añadió.
En los buenos tiempos, con su madrastra, le había ocurrido que el paraguas se le abría con suma facilidad, y que él lo plegaba a su antojo: se pasó largo rato describiendo cómo “se plegaba” su tía, lo que me trajo inevitablemente a la memoria ciertas posturas adoptadas por Julia en mi cama de Villasanta. Para entonces, cuando comenzó con estas confidencias, ya estábamos los dos borrachos y yo había invertido la mayor parte del dinero de la tata Francisca en distintas clases de bebidas (a las que en ningún caso se les había añadido zumo de naranja, por lo que también yo resultaba ser un traidor al no respetar el mandato que llevaba aparejado esa suma). Con todo, y a pesar de la borrachera, mis labios siguieron sellados y no le revelé mis propias hazañas sexuales (que eran escasas, estaban concentradas en una sola y única noche, y su retórica nunca igualaría la minuciosa descripción que me ofreció la suya).
Mientras le escuchaba, estaba ya tan cansado y deprimido por la no aparición de Julia que pasé por alto incluso la descarada incongruencia de esa retórica: lo que estaba narrando con lujo de detalles era otro producto de su imaginación, pues proezas de tal calibre hubieran sido imposibles para un crío de once o doce años, que era los que él tendría cuando su tía se casó con su padre de no resultar falsas sus anteriores versiones de la historia. En medio de aquella bruma en que me sumía el alcohol, por un brevísimo instante creo que atisbé un rayo de súbita lucidez: pensé que la historia misma era falsa de principio a fin, y que jamás había existido una tía-madrastra o una madre muerta. Y puede que tampoco un padre odioso que era odiado por Kiovas con la magistral devoción de Smerdiákov, el hermano bastardo de los Karamazov...
En los buenos tiempos, con su madrastra, le había ocurrido que el paraguas se le abría con suma facilidad, y que él lo plegaba a su antojo: se pasó largo rato describiendo cómo “se plegaba” su tía, lo que me trajo inevitablemente a la memoria ciertas posturas adoptadas por Julia en mi cama de Villasanta. Para entonces, cuando comenzó con estas confidencias, ya estábamos los dos borrachos y yo había invertido la mayor parte del dinero de la tata Francisca en distintas clases de bebidas (a las que en ningún caso se les había añadido zumo de naranja, por lo que también yo resultaba ser un traidor al no respetar el mandato que llevaba aparejado esa suma). Con todo, y a pesar de la borrachera, mis labios siguieron sellados y no le revelé mis propias hazañas sexuales (que eran escasas, estaban concentradas en una sola y única noche, y su retórica nunca igualaría la minuciosa descripción que me ofreció la suya).
Mientras le escuchaba, estaba ya tan cansado y deprimido por la no aparición de Julia que pasé por alto incluso la descarada incongruencia de esa retórica: lo que estaba narrando con lujo de detalles era otro producto de su imaginación, pues proezas de tal calibre hubieran sido imposibles para un crío de once o doce años, que era los que él tendría cuando su tía se casó con su padre de no resultar falsas sus anteriores versiones de la historia. En medio de aquella bruma en que me sumía el alcohol, por un brevísimo instante creo que atisbé un rayo de súbita lucidez: pensé que la historia misma era falsa de principio a fin, y que jamás había existido una tía-madrastra o una madre muerta. Y puede que tampoco un padre odioso que era odiado por Kiovas con la magistral devoción de Smerdiákov, el hermano bastardo de los Karamazov...
lunes, 19 de octubre de 2015
Ética y estética del indomable
La palabra no figura en balde en el frontispicio de este cuaderno virtual: la fuga es la obsesión maníaca de los encarcelados de por vida que nunca dejan de soñar con la libertad. La épica del preso a perpetuidad es la más conmovedora y la más humana porque ella no persigue la gloria sino el aire libre, algo mucho más modesto e infinitamente más valioso. Carne de cárcel por antonomasia, el hombre está condenado desde que nace a intentar la huida: primero, del hogar en que crece para hacerse adulto, y después (al nada ser eterno) del que él mismo construye para encerrar a sus hijos. Es una dinámica presidiaria la que sostiene a las sociedades, y de fuga en fuga es cómo se estabilizan y triunfan éstas a lo largo del tiempo. Sin el deseo personal de evasión sería imposible el progreso puesto que el acto de huir del presente materializa el futuro, que no existe realmente. Desde niños vivimos pergeñando en secreto planes de fuga que los adultos llaman fantasías por rencor contra su propia infancia perdida, rencor que disimulan disculpándolas con una sonrisa. Pero la fantasía es ya la fuga con dientes de leche que en seguida se afilarán para poder hincarse en la dura carne de la realidad y desgarrarla con una nueva ilusión: el proyecto de vida individual (o sea: otra manera de fugarse, sólo que más civilizada). Se puede escapar de la realidad de mil maneras, pero sólo hay una manera de escapar a la necesidad de la fuga: fugándose. ¿Pero de qué y hacia dónde, si ninguna será nunca por completo exitosa?... Puesto que, a pesar del uniforme, no hay un preso igual a otro, cada cual ha de elegir, pero éstas son algunas de las recomendables: de la ignorancia a la sabiduría, de la desconfianza hacia el amor. del fácil entusiasmo a la difícil alegría, de los sueños de gloria comunes a los solitarios actos del coraje. Repito: pocas son las fugas que tienen éxito pero eso ni mucho menos ha de entristecernos porque, como todo el mundo sabe, es la del éxito, y no la del fracaso, la cárcel de la que resulta más difícil fugarse.
Alguien me dirá ahora:
-¿Pero por qué huir también de este penal, en el supuesto de que lo sea?
Y yo le respondo:
-Por lo mismo que debemos echarnos a temblar si nos dan la razón, ya que eso significa que coincidimos en el fondo con los prejuicios de nuestro auditorio y no hay peor prisión que aquella en que todos, sin excepción, nos aplauden, tanto el resto de los internos como los mismísimos hideputa cabrones de nuestros amables carceleros. Debemos hacerlo para ser una leyenda viva que corra de boca en boca por todas las cárceles del mundo, que son tantas como corazones libres hay sobre la tierra.
viernes, 16 de octubre de 2015
La impaciencia del corazón, esa mala cazadora
En la novela La impaciencia del corazón, su autor, Stefan Zweig, afirmaba que, en realidad, sólo es capaz de amar aquel que padece alguna clase de inferioridad o tara: el disminuido, el lisiado, el enano moral, el desesperado, el deprimido, el aislado, el deforme, el enfermo, el abandonado, el maltratado, el infeliz, el perdedor, en definitiva todo aquel que se siente apartado de la gracia, del talento, de la fuerza o de la salud, y al que las personas sanas, llenas de confianza en la vida, miran con sincera compasión, y también con cierto enojo oculto ya que esas existencias desafortunadas les hacen sentir, a su vez, un poco culpables de la suerte contraria que ellos han tenido en el reparto de dones y capacidades establecido por la Naturaleza o la Providencia (escoja cada cual la tómbola según sus gustos). En las páginas de ese libro ejemplar se llega a decir que los que están en el caso contrario (o sea, los agraciados en la lotería: los integrados y satisfechos, los bellos de cuerpo y alma, los completos y potentes, los atractivos y poderosos, y todos aquellos que gozan de su ser de forma espontánea, tan natural y libre que no precisa esfuerzo) entienden de un modo inconsciente (por tanto, exento de culpa) que el amor de los demás es algo que "se les debe" desde que han nacido, algo que les pertenece porque sí (igual que les pertenece a los niños ricos la cuna que les abrirá camino en el mundo y los juguetes caros que les regalaban a todos horas por cualquier motivo, y hasta sin motivo alguno), lo que les incapacita para aceptar y valorar el ofrecimiento incondicional del corazón de un miserable que se les entrega de golpe, como se descarga un mazazo, sin la menor prudencia ni cálculo, y que pretende ser amado de semejante modo por otro a quien él cree y juzga único (es decir, tal como se considera a sí mismo) puesto que su alma necesitada es ardiente como ninguna al concebir un deseo que le sobrepasa y, por ello, impide que le entre en la cabeza que su amado (el único ser que existe ya para él) no necesite en absoluto su amor, pues desde siempre ha tenido a su alrededor más del que puede necesitar nadie, ni entiende que eso le impaciente más, mucho más de lo que le halaga.
Pero si lo anterior os parece triste, veamos ahora los toros no ya desde el otro lado de la barrera sino desde el mismísimo centro del ruedo: ¿qué va a hacer cualquiera (no sólo un niño rico) con una pasión que le cae encima como un rayo que nos fulmina, y que le exige una correspondencia amorosa que le convertiría a perpetuidad en el mozo de cuerda de un sentimiento tan sólido y pesado como un mueble de alcoba victoriano? Yo os lo diré: no le quedaría otra que levantarlo a pulso y sin ayuda hasta lo más alto de su escala de valores, pues un sentimiento de tal calibre no se conformará nunca con ocupar la planta baja de ese edificio, ni siquiera una intermedia, y, en consecuencia, tendría que subirlo una y otra vez (como hacía Sísifo con la piedra de su condena) hasta la única altura que a ese tirano le es posible habitar: la colindante con el cielo. ¿Acaso podéis imaginaros un trabajo más hercúleo y terrible para imponer a alguien que, en cuestión de amores, está acostumbrado a ser servido y no a servir, a ser dueño y nunca esclavo, a ser querido y apenas a querer?... No, ¿verdad? ¡Pues claro que no! No es concebible en ningún ser humano un sacrificio de tal tenor sólo para contentar a un corazón desgraciado que arde de amor impaciente y alevoso. ¿Entonces a qué impaciencia se refería Zweig?
Es evidente, creo yo: a la impaciencia de quien, orgulloso de plegarse sólo a su propio deseo, no se resigna a verse en el punto de mira del ajeno ni aunque éste sea el de una persona que, en el fondo, le gusta y a la que valora sobre cualquier otra, incluso tal vez la que primero elegiría si le dieran la ocasión de hacerlo serenamente y tuviera la paciencia necesaria para, mientras tanto, no disparar con la mirada a tontas y a locas en dirección a todo lo que se mueve. Se refería, en fin, a la impaciencia del hombre egoísta y sentimental que de tanto hablar de su corazón termina por no saber escuchar lo que éste se desgañita intentando explicarle, a saber: que la puntería en esa caza, en la caza de un semejante, es cosa suya; pero que, para no errar el tiro, el blanco sobre el que apuntar ha de elegirlo él y sólo él de no querer salir ambos heridos de gravedad y que, finalmente, sea el cazador quien resulte cazado.
Es evidente, creo yo: a la impaciencia de quien, orgulloso de plegarse sólo a su propio deseo, no se resigna a verse en el punto de mira del ajeno ni aunque éste sea el de una persona que, en el fondo, le gusta y a la que valora sobre cualquier otra, incluso tal vez la que primero elegiría si le dieran la ocasión de hacerlo serenamente y tuviera la paciencia necesaria para, mientras tanto, no disparar con la mirada a tontas y a locas en dirección a todo lo que se mueve. Se refería, en fin, a la impaciencia del hombre egoísta y sentimental que de tanto hablar de su corazón termina por no saber escuchar lo que éste se desgañita intentando explicarle, a saber: que la puntería en esa caza, en la caza de un semejante, es cosa suya; pero que, para no errar el tiro, el blanco sobre el que apuntar ha de elegirlo él y sólo él de no querer salir ambos heridos de gravedad y que, finalmente, sea el cazador quien resulte cazado.
jueves, 15 de octubre de 2015
Un carácter de mil demonios
Nihilista fisiológico desde que tengo uso de razón, no he creído realmente en la vida más que en los cortos períodos en que mi voluntad se enamoraba de la acción y mi mente de una idea sustituta de Dios. La vida es lucha, y para luchar hay que armarse de razones y creencias; y a mi sensibilidad esas armaduras, aparte de resultarle incómodas, le pesaban demasiado. Cuando luché, lo hice sólo por llegar a ser quien quería ser (un loco enamorado) y, naturalmente, perdía siempre, o casi siempre. Y ahora que ya no lucho es cuando la vida se muestra conmigo despechada, en una actitud de mudo y constante reproche, e indefectiblemente ofendida, como si quisiera castigarme por lo que ella cree un desprecio intolerable, lo cual no me sorprende porque, al fin y al cabo, es una mujer muy femenina y tiene un carácter de mil demonios, y porque, como tal, quizás nunca llegue a entregarse de veras sino a quien no la desea en exceso...
miércoles, 14 de octubre de 2015
Todo está por hacer
A la todavía débil recuperación de una convalecencia de dos semanas se suma esta espléndida mañana soleada, con la atareada dulzura de la actividad en las calles y el jolgorio de los escolares cruzando el paso de peatones. Como yo mismo, mis pulmones se desperezan al respirar otra vez el aire fresco, casi helado, del otoño; y, sin haberse anunciado, hasta mi corazón llega volando un ave migratoria que hacía mucho tiempo no picoteaba en sus ventanas pugnando por volver a entrar donde, antaño, construyera alguna vez su frágil nido... ¡Qué extraña esta alegría interior, esta sensación que está hecha toda ella de ilusiones de juventud y de sueños sentimentales que creía ya perdidos y olvidados! ¿De dónde vendrá esta emigrante incorregible, y por qué se detiene hoy aquí, en mi sangre vieja y alterada, aleteando llena de contento en sus oscuros corredores? Pero... ¿quién sabe nada del deseo, de por qué muere tan lentamente, de por qué resucita de golpe?... (Al despertarme hoy tenía unas décimas de fiebre: quizás sea eso. Pero no, porque en este instante estoy sereno y soy capaz de mirar directamente a la luz que inunda el balcón sin que me duelan los ojos).
Si hoy todo me parece igual de nuevo que el amanecer del Génesis, ¿es porque he vuelto a desear comenzar de cero, como dicen que es la inmortal necesidad de los poetas? Decían éstos que la única belleza, la única y cierta alegría, lo más hermoso de esta vida es el recomenzar siempre, en cada momento, con cualquier excusa, y que la prueba de ello es que, cuando nos falta esa gracia, cuando nos sentimos atrapados en la enfermedad o el falso deber, cuando estamos presos de la rutina o inmersos en la estupidez de los hábitos y los afectos erróneos, sólo queremos morir. Si la cosa es así de simple, no hay vuelta de hoja: todos los días debemos hacer lo imposible por hallarnos al comienzo de algo, o por sentir, al menos, esa sensación. Y no estoy dando la receta de la felicidad, ni siquiera un consejo de hombre feliz porque, como cualquiera de mis semejantes, la mayor parte del tiempo no tengo conciencia de serlo. Como los poetas, como si yo fuera uno de ellos, propongo sólo que, diariamente, de forma tan absoluta como sencilla, hagamos entrega de nuestro mayor don a algo o a alguien, y que lo hagamos con ese espíritu, con el espíritu de quien se despierta en una mañana soleada como ésta sintiendo que ha recobrado la salud y abriéndole la ventana a un pájaro que picotea en el cristal con insistencia atávica, es decir: solamente porque algo en su interior le ordena que debe comenzar de cero otra vez, comenzar por el principio y desde el principio, como si él y no otro fuera el primer representante de la especie y todo estuviera por hacer (incluida la ancestral memoria que le dicta lo que tiene que hacer en cuanto individuo).
domingo, 4 de octubre de 2015
La mejor despedida
Porque las despedidas son odiosas es por lo que amo los finales inacabados. Al irse de cualquier parte, lo más hermoso es desaparecer de allí como el agua: por evaporación. Terminar, morir es una obviedad fastidiosa que debería pasar siempre desapercibida, pues ningún ocaso merece espectadores y, por tanto, no debería anunciarse con anticipación vendiendo entradas a granel. Los antiguos guerreros expiraban con un trapo sobre la cara para que no hubiera testigos de su agonía ya que, para ellos, no había nada más humillante que una rendición, y ninguna era peor que entregar el último aliento. Siguiendo esta lógica marcial, un mínimo de dignidad y orgullo quizás debiera prohibir las puestas de sol, y, puesto que este astro no tiene vergüenza, alguien, al caer la noche, taparle el ardiente rostro con un trapo para que el día, cada día, pudiera acabar dignamente.Y así sucesivamente con cada cosa que llegue a su fin, pues correr un velo sobre todo aquello que muere es lo más natural y, en cuanto tal, lo más bello. Olvidar no debería ser más difícil que éso, que correr una cortina o bajar un telón, ni morir tener más historia que la que tiene cada gota del mar que entra en la eterna rueda del Ciclo del Agua. Olvidémoslo todo, entonces, con total naturalidad, y no digamos nunca adiós agitando públicamente un pañuelo al viento, anunciando a todo el mundo nuestra partida, como si el que nosotros tengamos que partir tuviera la menor importancia para la vida en general, o como si un pañuelo no tuviera más función ni pudiera prestarnos otro favor: un pañuelo puede, llegado el momento, esconder también nuestras facciones y borrar, asimismo, nuestro dolor (o viceversa), lo que no es poco cuando nuestra faz está ya deformada por la pena o la amargura, y, tras el velo del tiempo consumido, el íntimo dolor de los adioses se ha vuelto él único mundo que, al cabo, nos queda aún por explorar...
viernes, 2 de octubre de 2015
De la mediocridad del alma respecto al espíritu
El alma carece de movimiento retrógado y de ahí que los que son psíquicamente fuertes presuman de ir siempre hacia delante. Quizás aquí nos convenga recordar las tres categorías en que los gnósticos clasificaban a los hombres para comprender por qué los designados popularmente como " fuertes" están supervalorados en la jerarquía de los individuos. El gnosticismo hablaba, sucesivamente, de Pneumáticos (también llamados Espirituales o Perfectos) para referirse a la minoría de excelentes que es la única que realmente tiene libertad interior y que, por tanto, se permite disponer libremente de si mismo y actuar a su modo (éstos serían, de hecho, los que deberían suscitar la máxima admiración porque son los únicos que presentan "espíritu", es decir, conocimiento de lo divino). Luego vendrían los Psíquicos o Voluntariosos, que tienen alma, por lo que pueden ser atraídos hacia lo alto, hacia el mundo espiritual, pero que al no poseer "espíritu" nunca podrán instalarse cómodamente en él (éstos son los "fuertes" de nuestro ejemplo, los que empujan siempre hacia adelante con una tozudez que sólo es elogiable para los que aplauden, por encima de todo, la voluntad). Y por último estarían los Carnales (Somáticos o Hílicos son sus otros nombres) que se encuentran por completo inmersos en la materia, atados a sus reacciones reflejas, alienados en la intrascendencia de lo corporal y, por tanto, condenados a desaparecer sin más. Esta clasificación no deja lugar a dudas de quién ocupa la cima de la pirámide del espectro humano y, de ella, se deduce que los dos tipos inferiores se agitan vanamente en el mundo, con más o menos suerte individual pero, en todo caso, estorbando por igual a los Perfectos, razón de por qué la enseñanza gnóstica era esotérica, es decir: transmitida en secreto a unos cuantos elegidos.
La introducción anterior es interesante para comprender por qué la posesión de un alma no equivale en absoluto a la excelencia humana y, en consecuencia, ésto desmonta la coartada que la elevó sobre el resto de los valores en muchas de las ideologías, filosofías y creencias que en los últimos veinte siglos se adueñaron del orbe. La sacrosanta voluntad del "almado" no es, pues, el valor supremo, el vértice superior en la escala de los valores universales (lo que no quiere decir que el "desalmado" no siga mereciendo nuestro reproche, que conste). El valor supremo es de naturaleza espiritual, no meramente psíquica: ese valor no actúa, no obra, y menos aún conquista la admiración de los Carnales o Somáticos ante la imposibilidad de que éstos sean jamás hipnotizados por sus logros intangibles. El valor supremo no va siempre y sólo hacia delante, como los bueyes que caminan por inercia una vez han sido uncidos en el yugo; y no porque no tenga voluntad para caminar sino porque el Espíritu, al ser un habitante celeste, es más sencillo: no camina, vuela. En el cielo no se necesitan caminos ni piernas para caminar, sólo se precisan alas y una vista penetrante. Allí no hay delante o atrás, hay un ir y venir que no va ni viene, un constante planear que no se cansa de dar vueltas y todo lo ve desde arriba, el principio y el final de cualquier camino terrestre. Allí ni siquiera hay un horizonte al que dirigirse, una ficticia barrera que salvar, porque la ficción de los horizontes ha caído ya a nuestros pies para revelarse como un inmenso círculo vicioso de cuyo centro nunca saldremos. Y desde allí, desde ese centro, sólo se puede subir más alto aún, o bien caer a tierra donde en la práctica el Espíritu es un paralítico pues, en las criaturas que viven agitándose al ras, las alas son simple y llanamente un estorbo. El alma, entonces, nos ayuda solamente a subir hasta la mitad de la escalera, pero si ella es nuestro único apoyo, para nosotros el cielo continuará siendo inaccesible. En su mediocre compañía no conseguiremos llegar más lejos, así que resignémonos todos aquellos que (en conciencia, en nuestro fuero interno) sabemos que nunca vamos a desarrollar sino piernas y voluntad.
jueves, 1 de octubre de 2015
Morir de amor, el non plus ultra romántico
En esta época tan banal como coqueta, tan sentimental como poco romántica, nadie cree en serio que se pueda morir de amor y, si algún atrevido lo afirmase, casi todos le mirarían con la sonriente conmiseración con que los adultos sensatos disculpan la cándida temeridad de los niños un poco alelados. Es probable que muchos incluso observaran a este ingenuo héroe con escandalizada incredulidad ante lo que, a su juicio, es una inaudita falta de información, pues para ellos la loca pasión amorosa es actualmente una enfermedad que, por fortuna, ya está extinguida o en vías de extinción, algo así como la difteria o la varicela. Y la verdad es que cualquiera entiende que piensen de esa forma porque, hoy en día, la pasión misma es algo que parece corresponder al pasado: se la ve cada vez más como una antigualla anacrónica y obsoleta (en la misma linea que la pluma estilográfica o las locomotoras a carbón) y sólo resulta inteligible desde una perspectiva histórica, igual que el absolutismo monárquico en Política, o que la figura del verdugo en cuanto respetado funcionario del Derecho Penal. Cierto: cualquiera diría que las terribles (por apasionadas) historias de amor ya no son posibles porque la desigualdad social y el misterio del cuerpo que hacía encantadoramente inaccesible a la persona humana ha disminuido tanto que ya nadie puede ser objeto de obsesión por parte de nadie, y, por tanto, no puede alimentar la inextinguible llama que hace hervir los pensamientos fatales en un corazón solitario, salvo que éste, sintiéndose terriblemente vacío, haya sido puesto al fuego de su deseo por culpa de un abandono imprevisto...
Sí: la verdad es que, sólo en el caso de un abandono de esta clase, de una "marcha atrás" inesperada e inexplicable, una pasión inmortal podría prender hoy en una mente asolada por el desamor, por una traición que frustró sus grandes esperanzas, como el coitus interruptus frustra la crecida feliz del orgasmo. Hoy en día solo en este supuesto indeseable podría el amor llegar a matar a alguien, pero me temo que, en tal caso, ese alguien no moriría realmente por amar de verdad a otra persona, sino por amarse demasiado a si mismo. Es decir que, de morir, moriría a causa de la terrible herida causada a su amor propio y sólo por eso. Por orgullo, en definitiva. Por dignidad, en suma. Y por vanidad también, desde luego, pues la vanidad nunca nos dejará acudir solos a ninguna de nuestras citas, tampoco a la que, voluntaria o involuntariamente, hemos concertado con la muerte desde el mismo momento de nacer. Así que, a fin de cuentas, nuestros sensatos contemporáneos tienen razón: en la actualidad, nadie muere por amor si puede hacerlo por otra cosa. Para un romántico como yo es jodido tener que reconocerlo; pero es lo que hay y lo cortés no quita lo valiente. No obstante no voy a resignarme tan fácilmente: confío en que queden todavía entre nosotros algunas almas irreductibles a la razón que, en la imposibilidad de compartir su vida con el ser amado, decidan libremente no seguir viviendo y no se limiten a desearlo, como hacemos todos los demás. Entiéndase lo que digo, por favor: no soy un irresponsable, no estoy incitando a la gente al suicidio. Sólo estoy diciendo que yo creo que el desamor es para muchos una cárcel insoportable y que, cuando la condena es de por vida, puede que la mejor opción sea fugarse de una existencia inane, sin futuro y sin sentido, en la que ya nunca seremos libres como pájaros. Sólo digo que todo reo tiene derecho a intentar huir de la cárcel, y no sólo el deber de cumplir la sentencia que otro dictó contra él. Y sólo sugiero, por último, que tal vez sean los más lúcidos y valientes los que mejor y más rápido lo entiendan, nada más.
National Geographic
Existen seres que viven en tal grado de soledad que sólo saben amar con la impetuosa y hambrienta violencia con la que cazan los depredadores, y, en consecuencia, también para ellos la única presa que no se olvida es la que escapó de sus amantísimas garras...
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