A la vuelta de vacaciones Kiovas me citó en el Galo, uno de los bares en los que nos reuníamos con frecuencia. Según el conserje, llevaba varios días viniendo a buscarme a la residencia en la esperanza de que yo hubiera adelantado el retorno, lo mismo que él. Al atender al teléfono, lo primero que me preguntó fue si sabía dónde estaba Julia, ya que ésta no aparecía por ninguna parte. Su pregunta me cogió desprevenido: no esperaba que alguien tuviera tanta o mas impaciencia que yo por volver a verla. Hacía casi una semana que había partido de Villasanta sin despedirse de mí, salvo por la escueta nota que había dejado sobre la cama supletoria, que permanecía perfectamente hecha, sin revolver, ya que ella no la había utilizado durante esa última noche: “Nos vemos en Santiago. Besos de tu (todavía) amiga”. Llevaba seis días dándole vueltas a este corto texto de despedida, haciendo especulaciones sobre la promesa que llevaba implícita, y sobre el sentido de aquel “todavía” encerrado entre paréntesis que, por momentos, me parecía alarmante en la medida que daba a entender que nada significativo o trascendente había ocurrido entre nosotros. Esa no era mi impresión, sin embargo. Si no trascendente, a mí sí me había parecido significativa su forma de sonreír cuando yo me dejaba caer a plomo sobre su vientre, o su modo de agarrarse las rodillas en alto para facilitarme la penetración, con un estilo que semejaba el de una experta nadadora saltando del trampolín. Tenía estas y otras imágenes atascadas en la mente, interrumpiendo el libre tráfico de los pensamientos, desde el día de Año Nuevo, y me angustiaba la sospecha de que a Julia no la asaltaban tales rememoraciones con la misma insistencia.
Era la misma angustia que Matilde había detectado en mí al regresar de la fiesta (con el maquillaje ya inutilizado y la palidez de la cera derretida en su rostro de trasnochadora), cuando me descubrió sentado en la penumbra del porche trasero, envuelto en una de las frazadas que aún conservaban el olor del cuerpo fugado de Julia, y me preguntó, dispensada de antemano por la amortiguada jovialidad de las recientes horas de diversión: “¿Y tu sombra, hermanito? ¿Aún sigue durmiendo?”. No me fue necesario responderle, ella lo adivinó sin que cruzáramos una palabra: “¡Epa! ¡Por fin lo hizísteis! ¿Lo ves, hermanito? Es una mujer, por mucho que intente disimularlo. ¡Vaya, vaya! ¡Ya verás cuando se lo cuente a Dolores...!”
Entonces interrumpí su euforia tendiéndole el papel escrito por Julia, mientras le pedía su opinión sobre el significado subliminal de aquel mensaje, si es que lo había. Mi hermana no se sorprendió por su repentina marcha: “No te preocupes, hermanito. Es normal. De haberse quedado habría tenido que afrontarlo ante todos nosotros, incluso ante mamá. Ha sido una consideración por su parte, no una cobardía. Aunque para mí es una decepción: me hubiera gustado pincharla un poquito a propósito de la inconveniencia de mezclar sexo y amistad. Pero tú no te preocupes: esto sólo significa que te respeta mucho, y que para lo otro, para demostrarte cuánto te quiere, necesita estar en un terreno más neutral. Es comprensible, ¿no crees?”. Pero, a pesar de sus palabras tranquilizadoras, mi tranquilidad desapareció. Aunque no me fue difícil justificar la partida de Julia (alegué que no había querido despertar a nadie, sabedora de que todos se habían acostado muy tarde luego de la larga noche de feliz insomnio), tampoco fue fácil disimular, durante el tiempo restante de mis vacaciones, mi inquietud ante aquella intempestiva desaparición, justo después de haberme dado a conocer el palpitante laberinto de su carne en el que me había extraviado a conciencia, hundiéndome en su centro por tres veces consecutivas y volviendo a salir (las tres veces) incólume, sin heridas ni mutilaciones, a pesar de haberme desintegrado por completo en cada una de las tres ocasiones mencionadas.
Esta inquietud (u otra, si cabe más intensa) seguía conmigo cuando me dirigía hacia el Galo, febril ante la posibilidad de un inmediato reencuentro con Julia, cuya presencia a mi alrededor en aquel otro laberinto sangrante que era Compostela sentía como una segura y ubicua realidad de la que no se podía dudar. Kiovas discutía acodado en la barra con Jorge, el dueño del pub (a quien apodábamos en secreto Mister George por su larga estancia como emigrante en Inglaterra), a propósito de la letra del Riders on the Storm que la alcoholizada voz de Jin Morrison arrojaba, casi con desgana, contra los muros y arcos de cantería que soportaban el artesonado del local. Las anémicas bujías de los apliques apenas conseguían descolgar las sombras de las paredes del sotáno, donde permanecían a perpetuidad, con independencia de la hora del día y la intensidad de luz procedente del exterior. (“Jinetes en la tormenta/ Jinetes en la tormenta/ En esta casa nacimos/ A este mundo fuimos arrojados/Como un perro sin hueso/ Como un actor sin papel...” ). La traducción que defendía Kiovas colocaba al actor al que hacía referencia el último verso en una situación aún peor que la de no tener un papel que representar sobre un escenario y, según él, la traducción correcta sería “Como un actor con deudas”, lo cual se ajustaba mejor a la fuerza dramática del texto, aparte de ser más coherente, pues el hecho de no poder pagar las deudas, ya le ocurra a un comediante o a un estudiante, era una contingencia mucho más desesperada que la de no tener un papel que desempeñar en la vida. En este último caso había mucha gente y no por ello se desesperaban. Él mismo, Kiovas, no sabía qué hacer con la suya, pero eso no le quitaba el sueño. En cambio, le angustiaba bastante más la Guinnes de importación que se estaba bebiendo, pues no tenía un céntimo en el bolsillo y, a menos que Mister George le invitara, tendría que dejársela a deber.
Mister George sonrió ante estas noticias como un padre que disfruta con las travesuras de uno de sus retoños, sin alterarse por los destrozos que éste pueda hacer pues él hace tiempo que contrató una póliza de seguros para paliar tales desgracias: abrió una gaveta tras el robusto mostrador y extrajo de allí una cachiporra de reglamento (un recuerdo de la época en que trabajara de guardia jurado en el Britich Museum, dato inverificable por lo demás) para mostrarle a Kiovas quién sería su abogada de tener que llegar a pleito. Mi oportuna entrada evitó este más que probable desenlace, para alegría de Kiovas y del mismo Mister George, que, en el fondo, detestaba tener que recurrir a abogados para cobrar a tocateja. Afortunadamente, yo había recibido en mano mi asignación semanal, amén de un extra que la tata Francisca me había pasado de tapadillo (con la única condición de invertirlo en zumo de naranja), pero que, dada la urgencia, preferí usar para mediar ante el acreedor de mi amigo y de paso apoyar su versión del poema de Jin Morrison, porque era evidente que las deudas, y no la ausencia de un papel social, desesperaban a cualquiera.
Tras solucionar este conflicto de intereses, y pedir otro par de cervezas al aguerrido barman, nos retiramos al fondo del tenebroso refugio que ofrecía el Galo a sus clientes (siempre que éstos fueran solventes, por supuesto), y nada más sentarnos a una de las mesas noté la extraña desazón que afectaba a Kiovas. Enseguida me reveló la causa en pocas palabras: le habían echado de casa. La expulsión (curiosa coincidencia) había ocurrido la noche de fin de año, en pleno banquete de celebración de la Nochevieja. Me contó que, desde que llegara a casa de vacaciones, su padre se había portado de una forma muy rara. Durante la Navidad apenas le había dirigido la palabra, evitando coincidir con él en una misma habitación excepto en las horas que debían reunirse a la mesa. Su tía también le rehuía, como si ambos compartieran una estrategia común en su contra. Ella tampoco hablaba demasiado y, cuando lo hacía, era por compromiso, porque no le quedaba otro remedio. La familia vivió esos días en un estado de tensión continua, y el silencio entre sus miembros podía cortarse con un cuchillo. Kiovas no sabía qué pasaba por sus mentes, cómo explicarse aquel hermetismo, sobre todo el que afectaba a la mujer. Intentó hablar con ella a solas, pero le resultó imposible porque ella le esquivaba con cualquier excusa. Un día que su padre no estaba en casa logró acorralarla en la alcoba matrimonial, pero tampoco ese día obtuvo la aclaración que esperaba: su tía se deshizo en lágrimas ante su acoso, pero no soltó prenda. Sin embargo, Kiovas, a esas alturas, ya tenía una sospecha de por dónde iban los tiros: a su padre lo comían los celos. El, Kiovas, había estado escribiendo cartas de amor a su tía: en un espacio de tres meses había remitido más de cien cartas apasionadas a su propio domicilio familiar. Lo había hecho sin pensar en las posibles interferencias que pudiera sufrir esa descomunal correspondencia (el promedio salía a más de una carta diaria), y ni por un momento se le había pasado por la cabeza que su padre podría interceptar alguna de ellas. La dimensión de su imprudencia me impresionó: aquella locura era de tal calibre que parecía solo al alcance de un tonto o de un santo. En todo caso, no al alcance de un hombre corriente, de un individuo vulgar y corriente. No me cabía duda de que era un romántico, pero su romanticismo era de los que, tarde o temprano, se acogen a manicomio para ponerse a salvo y ser premiado con el abrazo efusivo de una camisa de fuerza. Se lo dije con toda sinceridad, haciéndome eco instantáneo de mi asombro:
-¡Estás loco, Kiovas!… Pero perdona. Sigue, ¿qué pasó?.
Su padre había explotado por Nochevieja, mientras engullía reglamentariamente las uvas con el sonido de las campanadas. Como en aquel ambiente no se podía hablar, Kiovas se había dedicado a beber y, para entonces, ya estaba bastante achispado. De repente, con el tañido de la última campanada, se incorporó para hacer un brindis demencial que desencadenó el estallido paterno:
-¡Por ti, tía!
Si se hubiera conformado con ésto, tal vez no habría ocurrido nada. Pero, a continuación, añadió, presa de ese vértigo que acomete a los más osados cuando, apremiados a morderse la lengua, reaccionan cortándosela de un tajo:
-¡Y por el cartero, qué coño!
Su padre no le agredió directamente, pero no por falta de ganas. Si no llegaron a las manos fue por un improbo esfuerzo de contención de su ofendido rival, ya que Kiovas no hubiera rehusado la pelea. De hecho se había preparado para aquel enfrentamiento acudiendo diariamente a un gimnasio durante los tres meses anteriores, a la par que escribía las cartas para su tía. Llevaba tiempo pensando en retarlo a un combate singular, como los caballeros antiguos cuando aceptaban una refriega con un ogro por causa de una dama. De ahí que se animara a practicar la disciplina del boxeo en secreto: para estar en forma. Además de sus prácticas pugilísticas, me confesó también que las cartas, en realidad, habían sido una provocación calculada; lo cual significaba que no era tan tonto como yo pensaba, aunque eso no me impidió seguir considerándolo un loco. Kiovas se lamentó de que ya no viviéramos en la época de Dostoieski porque entonces le habría propuesto a su padre escoger entre el florete o la pistola, citándolo a un duelo a muerte tras mandarle a sus padrinos. (Naturalmente, para representar tal cometido, sus dos amigos del alma serían los más idóneos: es decir, Caimán y yo mismo. Aunque sobre Caimán tenía dudas, porque no se tomaba nada en serio y acaso se riera de su idea. Y como adivinó que yo estaba de acuerdo con esta sospecha, le descartó definitivamente, dejándole fuera del reparto en aquella otra película).
Me contó los pormenores de la “tremenda escena”: gritos, llantos, vajilla rota por doquier. Y su padre yendo de un extremo al otro de su habitación, volcando por la ventana del comedor la biblioteca de los clásicos rusos que permanecía en depósito en el hogar paterno. La arrojó directamente al socavón de la piscina en desuso que se hallaba debajo. Tolstoi, Puskin, Chejov, Gorki, Turgeniev y, cómo no, su admirado Fiódor Dostoieski: todos fueron arrojados al exilio por el hueco de la ventana, y amontonados patas arriba en el fondo de la piscina, como quien arroja cadáveres de fusilados a una fosa común. Él había intentado impedírselo, desde luego, pero sus clases de boxeo intensivo no le habían servido de nada: su padre era un tipo grandote, con hombros de titan, hipertrofiados por el constante acarreo de fardos entre los tres pisos de su almacén de fontanería. Le había derribado a la primera, con un simple manotazo, sin molestarse siquiera en encajarle un directo a la mandíbula. (Al escuchar esta descripción, deduje que su padre debía ser una bestia parda, porque Kiovas no era una persona enclenque a pesar de su aire eternamente melancólico que le hacia parecer un enfermo en proceso de convalecencia perpetua). Y después de los libros, habían volado las maletas, siempre por la misma vía de salida. Puede que el mismo Kiovas hubiera terminado saliendo por allí de no haberse interpuesto la dama, su lacrimógena tía, con sus infructuosas llamadas a la sensatez de los dos contendientes, y sus gemidos de mujer dividida entre dos afectos incompatibles.
Era la misma angustia que Matilde había detectado en mí al regresar de la fiesta (con el maquillaje ya inutilizado y la palidez de la cera derretida en su rostro de trasnochadora), cuando me descubrió sentado en la penumbra del porche trasero, envuelto en una de las frazadas que aún conservaban el olor del cuerpo fugado de Julia, y me preguntó, dispensada de antemano por la amortiguada jovialidad de las recientes horas de diversión: “¿Y tu sombra, hermanito? ¿Aún sigue durmiendo?”. No me fue necesario responderle, ella lo adivinó sin que cruzáramos una palabra: “¡Epa! ¡Por fin lo hizísteis! ¿Lo ves, hermanito? Es una mujer, por mucho que intente disimularlo. ¡Vaya, vaya! ¡Ya verás cuando se lo cuente a Dolores...!”
Entonces interrumpí su euforia tendiéndole el papel escrito por Julia, mientras le pedía su opinión sobre el significado subliminal de aquel mensaje, si es que lo había. Mi hermana no se sorprendió por su repentina marcha: “No te preocupes, hermanito. Es normal. De haberse quedado habría tenido que afrontarlo ante todos nosotros, incluso ante mamá. Ha sido una consideración por su parte, no una cobardía. Aunque para mí es una decepción: me hubiera gustado pincharla un poquito a propósito de la inconveniencia de mezclar sexo y amistad. Pero tú no te preocupes: esto sólo significa que te respeta mucho, y que para lo otro, para demostrarte cuánto te quiere, necesita estar en un terreno más neutral. Es comprensible, ¿no crees?”. Pero, a pesar de sus palabras tranquilizadoras, mi tranquilidad desapareció. Aunque no me fue difícil justificar la partida de Julia (alegué que no había querido despertar a nadie, sabedora de que todos se habían acostado muy tarde luego de la larga noche de feliz insomnio), tampoco fue fácil disimular, durante el tiempo restante de mis vacaciones, mi inquietud ante aquella intempestiva desaparición, justo después de haberme dado a conocer el palpitante laberinto de su carne en el que me había extraviado a conciencia, hundiéndome en su centro por tres veces consecutivas y volviendo a salir (las tres veces) incólume, sin heridas ni mutilaciones, a pesar de haberme desintegrado por completo en cada una de las tres ocasiones mencionadas.
Esta inquietud (u otra, si cabe más intensa) seguía conmigo cuando me dirigía hacia el Galo, febril ante la posibilidad de un inmediato reencuentro con Julia, cuya presencia a mi alrededor en aquel otro laberinto sangrante que era Compostela sentía como una segura y ubicua realidad de la que no se podía dudar. Kiovas discutía acodado en la barra con Jorge, el dueño del pub (a quien apodábamos en secreto Mister George por su larga estancia como emigrante en Inglaterra), a propósito de la letra del Riders on the Storm que la alcoholizada voz de Jin Morrison arrojaba, casi con desgana, contra los muros y arcos de cantería que soportaban el artesonado del local. Las anémicas bujías de los apliques apenas conseguían descolgar las sombras de las paredes del sotáno, donde permanecían a perpetuidad, con independencia de la hora del día y la intensidad de luz procedente del exterior. (“Jinetes en la tormenta/ Jinetes en la tormenta/ En esta casa nacimos/ A este mundo fuimos arrojados/Como un perro sin hueso/ Como un actor sin papel...” ). La traducción que defendía Kiovas colocaba al actor al que hacía referencia el último verso en una situación aún peor que la de no tener un papel que representar sobre un escenario y, según él, la traducción correcta sería “Como un actor con deudas”, lo cual se ajustaba mejor a la fuerza dramática del texto, aparte de ser más coherente, pues el hecho de no poder pagar las deudas, ya le ocurra a un comediante o a un estudiante, era una contingencia mucho más desesperada que la de no tener un papel que desempeñar en la vida. En este último caso había mucha gente y no por ello se desesperaban. Él mismo, Kiovas, no sabía qué hacer con la suya, pero eso no le quitaba el sueño. En cambio, le angustiaba bastante más la Guinnes de importación que se estaba bebiendo, pues no tenía un céntimo en el bolsillo y, a menos que Mister George le invitara, tendría que dejársela a deber.
Mister George sonrió ante estas noticias como un padre que disfruta con las travesuras de uno de sus retoños, sin alterarse por los destrozos que éste pueda hacer pues él hace tiempo que contrató una póliza de seguros para paliar tales desgracias: abrió una gaveta tras el robusto mostrador y extrajo de allí una cachiporra de reglamento (un recuerdo de la época en que trabajara de guardia jurado en el Britich Museum, dato inverificable por lo demás) para mostrarle a Kiovas quién sería su abogada de tener que llegar a pleito. Mi oportuna entrada evitó este más que probable desenlace, para alegría de Kiovas y del mismo Mister George, que, en el fondo, detestaba tener que recurrir a abogados para cobrar a tocateja. Afortunadamente, yo había recibido en mano mi asignación semanal, amén de un extra que la tata Francisca me había pasado de tapadillo (con la única condición de invertirlo en zumo de naranja), pero que, dada la urgencia, preferí usar para mediar ante el acreedor de mi amigo y de paso apoyar su versión del poema de Jin Morrison, porque era evidente que las deudas, y no la ausencia de un papel social, desesperaban a cualquiera.
Tras solucionar este conflicto de intereses, y pedir otro par de cervezas al aguerrido barman, nos retiramos al fondo del tenebroso refugio que ofrecía el Galo a sus clientes (siempre que éstos fueran solventes, por supuesto), y nada más sentarnos a una de las mesas noté la extraña desazón que afectaba a Kiovas. Enseguida me reveló la causa en pocas palabras: le habían echado de casa. La expulsión (curiosa coincidencia) había ocurrido la noche de fin de año, en pleno banquete de celebración de la Nochevieja. Me contó que, desde que llegara a casa de vacaciones, su padre se había portado de una forma muy rara. Durante la Navidad apenas le había dirigido la palabra, evitando coincidir con él en una misma habitación excepto en las horas que debían reunirse a la mesa. Su tía también le rehuía, como si ambos compartieran una estrategia común en su contra. Ella tampoco hablaba demasiado y, cuando lo hacía, era por compromiso, porque no le quedaba otro remedio. La familia vivió esos días en un estado de tensión continua, y el silencio entre sus miembros podía cortarse con un cuchillo. Kiovas no sabía qué pasaba por sus mentes, cómo explicarse aquel hermetismo, sobre todo el que afectaba a la mujer. Intentó hablar con ella a solas, pero le resultó imposible porque ella le esquivaba con cualquier excusa. Un día que su padre no estaba en casa logró acorralarla en la alcoba matrimonial, pero tampoco ese día obtuvo la aclaración que esperaba: su tía se deshizo en lágrimas ante su acoso, pero no soltó prenda. Sin embargo, Kiovas, a esas alturas, ya tenía una sospecha de por dónde iban los tiros: a su padre lo comían los celos. El, Kiovas, había estado escribiendo cartas de amor a su tía: en un espacio de tres meses había remitido más de cien cartas apasionadas a su propio domicilio familiar. Lo había hecho sin pensar en las posibles interferencias que pudiera sufrir esa descomunal correspondencia (el promedio salía a más de una carta diaria), y ni por un momento se le había pasado por la cabeza que su padre podría interceptar alguna de ellas. La dimensión de su imprudencia me impresionó: aquella locura era de tal calibre que parecía solo al alcance de un tonto o de un santo. En todo caso, no al alcance de un hombre corriente, de un individuo vulgar y corriente. No me cabía duda de que era un romántico, pero su romanticismo era de los que, tarde o temprano, se acogen a manicomio para ponerse a salvo y ser premiado con el abrazo efusivo de una camisa de fuerza. Se lo dije con toda sinceridad, haciéndome eco instantáneo de mi asombro:
-¡Estás loco, Kiovas!… Pero perdona. Sigue, ¿qué pasó?.
Su padre había explotado por Nochevieja, mientras engullía reglamentariamente las uvas con el sonido de las campanadas. Como en aquel ambiente no se podía hablar, Kiovas se había dedicado a beber y, para entonces, ya estaba bastante achispado. De repente, con el tañido de la última campanada, se incorporó para hacer un brindis demencial que desencadenó el estallido paterno:
-¡Por ti, tía!
Si se hubiera conformado con ésto, tal vez no habría ocurrido nada. Pero, a continuación, añadió, presa de ese vértigo que acomete a los más osados cuando, apremiados a morderse la lengua, reaccionan cortándosela de un tajo:
-¡Y por el cartero, qué coño!
Su padre no le agredió directamente, pero no por falta de ganas. Si no llegaron a las manos fue por un improbo esfuerzo de contención de su ofendido rival, ya que Kiovas no hubiera rehusado la pelea. De hecho se había preparado para aquel enfrentamiento acudiendo diariamente a un gimnasio durante los tres meses anteriores, a la par que escribía las cartas para su tía. Llevaba tiempo pensando en retarlo a un combate singular, como los caballeros antiguos cuando aceptaban una refriega con un ogro por causa de una dama. De ahí que se animara a practicar la disciplina del boxeo en secreto: para estar en forma. Además de sus prácticas pugilísticas, me confesó también que las cartas, en realidad, habían sido una provocación calculada; lo cual significaba que no era tan tonto como yo pensaba, aunque eso no me impidió seguir considerándolo un loco. Kiovas se lamentó de que ya no viviéramos en la época de Dostoieski porque entonces le habría propuesto a su padre escoger entre el florete o la pistola, citándolo a un duelo a muerte tras mandarle a sus padrinos. (Naturalmente, para representar tal cometido, sus dos amigos del alma serían los más idóneos: es decir, Caimán y yo mismo. Aunque sobre Caimán tenía dudas, porque no se tomaba nada en serio y acaso se riera de su idea. Y como adivinó que yo estaba de acuerdo con esta sospecha, le descartó definitivamente, dejándole fuera del reparto en aquella otra película).
Me contó los pormenores de la “tremenda escena”: gritos, llantos, vajilla rota por doquier. Y su padre yendo de un extremo al otro de su habitación, volcando por la ventana del comedor la biblioteca de los clásicos rusos que permanecía en depósito en el hogar paterno. La arrojó directamente al socavón de la piscina en desuso que se hallaba debajo. Tolstoi, Puskin, Chejov, Gorki, Turgeniev y, cómo no, su admirado Fiódor Dostoieski: todos fueron arrojados al exilio por el hueco de la ventana, y amontonados patas arriba en el fondo de la piscina, como quien arroja cadáveres de fusilados a una fosa común. Él había intentado impedírselo, desde luego, pero sus clases de boxeo intensivo no le habían servido de nada: su padre era un tipo grandote, con hombros de titan, hipertrofiados por el constante acarreo de fardos entre los tres pisos de su almacén de fontanería. Le había derribado a la primera, con un simple manotazo, sin molestarse siquiera en encajarle un directo a la mandíbula. (Al escuchar esta descripción, deduje que su padre debía ser una bestia parda, porque Kiovas no era una persona enclenque a pesar de su aire eternamente melancólico que le hacia parecer un enfermo en proceso de convalecencia perpetua). Y después de los libros, habían volado las maletas, siempre por la misma vía de salida. Puede que el mismo Kiovas hubiera terminado saliendo por allí de no haberse interpuesto la dama, su lacrimógena tía, con sus infructuosas llamadas a la sensatez de los dos contendientes, y sus gemidos de mujer dividida entre dos afectos incompatibles.
Ahora se hallaba en la puta calle, con los bolsillos vacíos. Llevaba cinco días durmiendo casi al raso, muriéndose literalmente de frío al discutible cobijo de los soportales de cualquiera de ambas Rúas, o bajo la arboleda asilvestrada de Bonaval, según cuadrase. Hacía un par de noches que le sorprendiera la policía en uno de esos aposentos provisionales y bien aireados: lo habían despertado a patadas y habían querido ficharle como vagabundo y haragán sin domicilio fijo, pero (aún no sabía cómo) les había convencido de que había perdido las llaves del piso que tenía en alquiler durante el curso, y que se veía obligado a dormir en la calle mientras no regresara de sus vacaciones navideñas la patrona, pues no era cuestión de echar abajo la puerta de una casa ajena por evitarse unas pocas noches a la intemperie, aunque eso implicara congelarse como un carámbano.
Este ejemplo de civismo en un estudiante (una categoría social en la que solo había agitadores natos, como sabía cualquier policía de cualquier país) debió conmover hasta el tuétano a los agentes que le retenían, procediendo éstos a liberarle sin tomarse la molestia de verificar su versión de la llave perdida y la arrendadora ausente, cosa que resultaba del todo increíble pero que era “la pura verdad”, como Kiovas no se cansó de recalcar ante sus crédulos captores. Ahora que había pasado el peligro, lamentaba que sus reflejos vitales hubieran sido más rápidos que su inteligencia, pues habría podido dormir en la trena más cómodamente que en la calle. Pero el miedo instintivo a la policía había sido más rápido, inpidiéndole desenfundar estos cálculos con la presteza necesaria. Porque ese iba a ser el problema a partir de ahora: dónde dormir y en qué condiciones. Su padre no estaba dispuesto a continuar pagándole el régimen de pensión completa en la Fonda Huertas, del que había gozado hasta el presente, hasta la truculenta noche de autos. Era un hecho irrefutable, lo había comprobado en persona al volver del pueblo: el propietario de ese establecimiento le había informado de que su progenitor había cancelado la reserva del cuarto que le tenía alquilado, y le había entregado sus pertenencias, apiladas de cualquier manera en dos cajas de cartón (las enumeró para mí: tres calzoncillos agujereados, dos pantalones de pana, una cazadora de cuero ajado y varias docenas de libros, su colección privada, lo mejorcito de la literatura rusa). Kiovas pretendía vender la ropa en el próximo mercadillo itinerante, el que se organizaba semanalmente en la rampa de Valle Inclán, para conseguir algún dinero que le permitiera ir tirando. Los libros, por supuesto, no pensaba venderlos ni por todo el oro del mundo: Dostoeiski no tenía precio, incluso sus ediciones de bolsillo eran incunables de incalculable valor. Estaba listo a prostituirse antes que a poner en subasta pública sus incunables, y no hablaba por hablar. De hecho, había considerado ya la posibilidad de hacerse chapero a tiempo parcial, fuera del horario lectivo, pues le gustaba la vida de estudiante tanto como para eternizarse en ella hasta el fin de sus días. Estos eran sus planes para el futuro inmediato (en el diferido, por el momento, se negaba a pensar). Y, para que echaran a rodar esos planes, era imperativo que Julia les diese un primer empujón. ¿Cómo? Hospedándolo en su apartamento. Nadie más podría salvarle la vida en esta hora crucial en que su culo de estudiante crónico pendía de un hilo: si ella no le acogía, estaba perdido. Necesitaba un lugar para vivir y no tenía dinero. Y las perspectivas de tenerlo a corto plazo tampoco existían porque, aunque su padre se retractase de sus ofensas, él no iba a aceptar sus “limosnas”. Su dignidad ya no le permitía seguir dependiendo de su enemigo y rival. Por eso era tan importante para él encontrar a Julia cuanto antes.
Dudé en si debía pagar con mi sinceridad la suya y revelarle los motivos personales por los que yo la andaba buscando con parecida urgencia. Estuve a punto de hacerlo. Después de todo, los dos estábamos en el mismo barco: necesitábamos verla en seguida. Pero no lo hice: en el último momento, pensé que Julia tal vez no lo aprobase. Lo nuestro era aún un secreto (lo era incluso para nosotros), y yo no tenía un nombre concreto con que identificarlo. Si no era más que amistad, el secreto era irrelevante. Y si acababa siendo amor, entonces sería sagrado y no podía ser revelado unilateralmente. Si de veras era amor, era un amor naciente, y revelar un amor que nace sería la peor traición, ya que el amante (en esa etapa) sólo tiene un derecho y es callarse. Le dije solamente que habíamos pasado unos días juntos en casa de mis padres y que se había cortado el pelo al estilo militar, como venían haciendo las beligerantes feministas del Colectivo Delta, donde las más radicales del grupo exhibían la cabeza rapada a modo de desafío a los convencionalismos externos del Eterno Femenino, sin que esta coincidencia en la moda capilar indicara que Julia se hubiera convertido al feminismo militante, ni mucho menos. Lo suyo sólo había sido un arrebato, un impulso o una exaltación pasajera, algo muy común en las personas libres y apasionadas, que suelen reaccionar con estos gestos extremos en los momentos de cambio personal, como una manera de reivindicarse a sí mismos.
Kiovas estuvo de acuerdo con mi análisis; pero matizó que el cambio en Julia, a pesar de ser innegable, era relativo. Dijo que Julia era una luchadora, y que los luchadores no cambian en el fondo, que sólo buscan nuevos frentes en donde poder seguir dando la batalla. Afirmó que lo que le ocurría es que la Política había decepcionado a su espíritu guerrero, pero tal espíritu continuaba con las fuerzas intactas, replegadas pero intactas. Según él, Julia vivía ahora uno de los interregnos más peligrosos para un guerrero: el momento en que se ve privado de la acción y reconoce que su armadura (es decir, su ideal) ha caído a sus pies, inservible.
Dudé en si debía pagar con mi sinceridad la suya y revelarle los motivos personales por los que yo la andaba buscando con parecida urgencia. Estuve a punto de hacerlo. Después de todo, los dos estábamos en el mismo barco: necesitábamos verla en seguida. Pero no lo hice: en el último momento, pensé que Julia tal vez no lo aprobase. Lo nuestro era aún un secreto (lo era incluso para nosotros), y yo no tenía un nombre concreto con que identificarlo. Si no era más que amistad, el secreto era irrelevante. Y si acababa siendo amor, entonces sería sagrado y no podía ser revelado unilateralmente. Si de veras era amor, era un amor naciente, y revelar un amor que nace sería la peor traición, ya que el amante (en esa etapa) sólo tiene un derecho y es callarse. Le dije solamente que habíamos pasado unos días juntos en casa de mis padres y que se había cortado el pelo al estilo militar, como venían haciendo las beligerantes feministas del Colectivo Delta, donde las más radicales del grupo exhibían la cabeza rapada a modo de desafío a los convencionalismos externos del Eterno Femenino, sin que esta coincidencia en la moda capilar indicara que Julia se hubiera convertido al feminismo militante, ni mucho menos. Lo suyo sólo había sido un arrebato, un impulso o una exaltación pasajera, algo muy común en las personas libres y apasionadas, que suelen reaccionar con estos gestos extremos en los momentos de cambio personal, como una manera de reivindicarse a sí mismos.
Kiovas estuvo de acuerdo con mi análisis; pero matizó que el cambio en Julia, a pesar de ser innegable, era relativo. Dijo que Julia era una luchadora, y que los luchadores no cambian en el fondo, que sólo buscan nuevos frentes en donde poder seguir dando la batalla. Afirmó que lo que le ocurría es que la Política había decepcionado a su espíritu guerrero, pero tal espíritu continuaba con las fuerzas intactas, replegadas pero intactas. Según él, Julia vivía ahora uno de los interregnos más peligrosos para un guerrero: el momento en que se ve privado de la acción y reconoce que su armadura (es decir, su ideal) ha caído a sus pies, inservible.
-Es como una bomba con temporalizador –declaró-. Y sólo un ciego la confundiría con una mujer vulgar y corriente.
La onda explosiva de esta analogía impactó en mi cerebro con todo su poder intimidatorio. Si lo que Kiovas decía era cierto, eso significaba que yo saltaría por los aires muy pronto, ya que mi deseo por manipular aquella “bomba” no había remitido un ápice. Más bien al contrario: aumentaba a cada segundo que pasaba. Pero, exactamente, ¿qué había querido decir Kiovas con esta expresión?
La onda explosiva de esta analogía impactó en mi cerebro con todo su poder intimidatorio. Si lo que Kiovas decía era cierto, eso significaba que yo saltaría por los aires muy pronto, ya que mi deseo por manipular aquella “bomba” no había remitido un ápice. Más bien al contrario: aumentaba a cada segundo que pasaba. Pero, exactamente, ¿qué había querido decir Kiovas con esta expresión?
-En la próxima causa que abrace será todavía más agresiva –dijo él cuando (de inmediato, sin darle tiempo a prevenirse) se lo pregunté-. Y así sucesivamente –remachó.
Observé que estaba convencido de lo que decía por haber meditado en ello otras veces y sin que nadie le apremiara. El era su íntimo amigo y tenía una especial afinidad con ella. Y, además, podía ser más objetivo al juzgarla: no la amaba, no había empezado a amarla nunca. Esas eran demasiadas ventajas para que yo las menospreciara. En tono indiferente, fingiendo que no me interesaba en realidad la respuesta que me había dado, le planteé entonces la duda que no me dejaba vivir tranquilo:
-Oye, Kiovas. Tú que la conoces mejor... ¿Sabes si Julia tiene por ahí algún novio que la esté “tumbando”? No me refiero a un rollete de una noche, sino a algo serio. No es normal que haya desaparecido así como así... ¡Y no me digas otra vez que es lesbiana porque no me lo trago! Yo sé que le gustan los hombres.
-¿Ah sí? ¿Y cómo lo sabes? –dijo él, a medias suspicaz y a medias burlón -. ¿Acaso ya te lo demostró personalmente? ¿También tú la tumbaste, por fin?... Yo lo único que sé es lo que vi con estos ojitos.
-¿Qué viste?
-Una tortilla, amigo mío. Una tortilla recién hecha.
Volví a mirarle con desconfianza: sabía que le gustaban los dramas psicológicos y los personajes complejos. Quizás estuviera imaginando en Julia un filón del que extraer material para una novela propia. Al estilo de Noches Blancas, por ejemplo.
Observé que estaba convencido de lo que decía por haber meditado en ello otras veces y sin que nadie le apremiara. El era su íntimo amigo y tenía una especial afinidad con ella. Y, además, podía ser más objetivo al juzgarla: no la amaba, no había empezado a amarla nunca. Esas eran demasiadas ventajas para que yo las menospreciara. En tono indiferente, fingiendo que no me interesaba en realidad la respuesta que me había dado, le planteé entonces la duda que no me dejaba vivir tranquilo:
-Oye, Kiovas. Tú que la conoces mejor... ¿Sabes si Julia tiene por ahí algún novio que la esté “tumbando”? No me refiero a un rollete de una noche, sino a algo serio. No es normal que haya desaparecido así como así... ¡Y no me digas otra vez que es lesbiana porque no me lo trago! Yo sé que le gustan los hombres.
-¿Ah sí? ¿Y cómo lo sabes? –dijo él, a medias suspicaz y a medias burlón -. ¿Acaso ya te lo demostró personalmente? ¿También tú la tumbaste, por fin?... Yo lo único que sé es lo que vi con estos ojitos.
-¿Qué viste?
-Una tortilla, amigo mío. Una tortilla recién hecha.
Volví a mirarle con desconfianza: sabía que le gustaban los dramas psicológicos y los personajes complejos. Quizás estuviera imaginando en Julia un filón del que extraer material para una novela propia. Al estilo de Noches Blancas, por ejemplo.
-No fantasees, Kiovas.
-No es una fantasía, te lo juro. Hará algo más de un mes fui a buscarla un día a su casa: estaba con una chavala. Tuve que llamar al timbre tres veces para que me abriera y, al instante, comprendí que no había llegado en el mejor momento: vestía una simple camisola y tenía la cara encendida como una bombilla. Su amiga estaba en la cocina: fregoteando unos cacharros, supongo que para disimular, y también con las bragas al aire. Era obvio, incluso para mí que apenas reparo en lo que pasa a mi alrededor, que mi entrada les había cortado el rollo. Sobre la mesa del salón tenían dos o tres libros abiertos: uno de Metafísica, y otro sobre Historia del Pensamiento Estético. Fingí que me interesaba en esos volúmenes, mientras ellas cuchicheaban en la cocina. Las oí reír, sin duda excitadas por mi inoportuna aparición. Me invitaron a un café y charlamos un rato. Su amiga estudiaba tercero de Medicina, pero también tenía interés por la Filosofía y la Literatura. Le pregunté si había leído algo de Dostoieski, y ella dijo que sí: un libro sobre la epilepsia de un príncipe idiota. Le atraía el tema de la Epilepsia por motivos personales: uno de sus hermanos padecía la enfermedad desde niño. Pero ya no se acordaba con exactitud del argumento, así que yo me puse a hablar de Lev Nicolayevich y de su patética confusión entre la compasión y el amor, entre Yelisaveta Prokofievna y Aglaya Ivanova. Se rieron mucho cuando les conté el episodio del general Yepanchin y el perrito de la pasajera aristócrata, ¿lo conoces? Es quizás la única escena frívola del libro: cuando el general arroja al perro de la dama por la ventanilla del tren, a continuación de que ésta, a su vez, le hubiese tirado el puro que se estaba fumando molesta por el humo, arráncandoselo de la boca sin mediar palabra. Los tres nos partimos de risa por la justa venganza del general Yepanchin, y luego yo me despedí, para dejarles el terreno libre, pues me daba perfecta cuenta de que ellas ya se estaban impacientando por quedarse de nuevo a solas. Era evidente que había algo pendiente entre ellas, porque todo el rato estuvieron cruzando brevísimas sonrisas y miradas de entendimiento, que yo fingí no ver mientras les relataba las desventuras del príncipe Mishkin, ese literario sosias de Cristo que decía haber aprendido casi todo lo que sabía de los niños y casi nada de los adultos...
Las confidencias de Kiovas me dejaran mudo. De aquella visita intempestiva a Julia, él había extraído conclusiones firmes sobre la pretendida homosexualidad de nuestra común amiga, pero lo cierto es que no contaba con una sola evidencia. Porque no las había visto juntas, desnudas sobre una cama o sobre un sofá, y enlazadas por la pelvis. Lo cierto es que solo había hecho deducciones, quizás demasiado atrevidas, ya que su imaginación había visto más de lo que vieran sus ojos, lo cual era muy propio de Kiovas. Y, no obstante, yo me había quedado mudo, silencioso y profundamente consternado ante su relato, sin argumentos de peso con los que poder rebatirlo o, al menos, atemperarlo. A mi favor, solo contaba con aquella noche extraordinaria de la Nochevieja, pero esta experiencia no había tenido continuidad, y puede que no fuera más que éso: una excepción, un experimento que Julia se había permitido hacer conmigo por mera curiosidad. De pronto, recordé la frase que ella había empleado para justificarlo: “...Tengo que saber si lo que me ocurre tiene sentido”. Ahora aparecía ante mí con un nuevo significado: en aquel momento Julia me deseaba, pero le extrañaba haber concebido tal deseo por mí, por un hombre, por un varón. ¿Un sinsentido para ella? ¿Era por eso por lo que se decidió a hacer la prueba, por lo que dejó que le hiciera el amor? ¿Para comprobar si tenía o no sentido follar con un hombre puesto que, hasta entonces, solo lo había hecho con mujeres?
Las confidencias de Kiovas me dejaran mudo. De aquella visita intempestiva a Julia, él había extraído conclusiones firmes sobre la pretendida homosexualidad de nuestra común amiga, pero lo cierto es que no contaba con una sola evidencia. Porque no las había visto juntas, desnudas sobre una cama o sobre un sofá, y enlazadas por la pelvis. Lo cierto es que solo había hecho deducciones, quizás demasiado atrevidas, ya que su imaginación había visto más de lo que vieran sus ojos, lo cual era muy propio de Kiovas. Y, no obstante, yo me había quedado mudo, silencioso y profundamente consternado ante su relato, sin argumentos de peso con los que poder rebatirlo o, al menos, atemperarlo. A mi favor, solo contaba con aquella noche extraordinaria de la Nochevieja, pero esta experiencia no había tenido continuidad, y puede que no fuera más que éso: una excepción, un experimento que Julia se había permitido hacer conmigo por mera curiosidad. De pronto, recordé la frase que ella había empleado para justificarlo: “...Tengo que saber si lo que me ocurre tiene sentido”. Ahora aparecía ante mí con un nuevo significado: en aquel momento Julia me deseaba, pero le extrañaba haber concebido tal deseo por mí, por un hombre, por un varón. ¿Un sinsentido para ella? ¿Era por eso por lo que se decidió a hacer la prueba, por lo que dejó que le hiciera el amor? ¿Para comprobar si tenía o no sentido follar con un hombre puesto que, hasta entonces, solo lo había hecho con mujeres?
-Vámonos de aquí, Kiovas –dije resueltamente, rebelándome contra esta marea interior en la ya empezaba a zozobrar -. Tengo ganas de emborracharme...
-¡Pero yo tengo que encontrar a Julia –protestó él al oír mi proyecto– No quiero dormir otra noche al raso...
-Puedes dormir conmigo en la residencia –concedí -. Pero siempre que me permitas atarte las manos a la espalda: no me fío un pelo de que no intentes aprovecharte.
-¿De verdad? ¡Me salvas la vida, tío! ¡Gracias!...Y no te preocupes: no te tocaré. Además, no eres mi tipo. Te parecerá una aberración, pero las buenas personas no me ponen demasiado. Soy bastante “complicado”, ya lo sabes.
No discutí la definición que había hecho de sí mismo. En el fondo, me parecía apropiada para un joven poeta tan guapo como él, para un aprendiz de filósofo que escapaba a menudo del ágora pública para adentrarse en los suburbios de la masculinidad en busca de agujeros negros, y que contemplaba la oportunidad de prostituirse para no defraudar a una madrastra de la que se había enamorado siendo un niño. Sí, era un poco “complicado”, sin duda. Pero no un pervertido: ese escalafón siempre quedaría demasiado elevado para él. Ni tampoco un idiota, por ingenuo que pudiera parecer a veces. En realidad, se podría decir que era un “príncipe complicado”, si especificamos que lo que constituía la mayor parte de su encanto era la complicación, no lo principesco.
Ese día no dimos con Julia, que parecía haberse esfumado en el aire humedecido de enero que empapaba nuestras ropas al atravesar las plazas vacías y las calles resbaladizas, en las rápidas carreras que emprendíamos para proseguir con nuestras pesquisas en el siguiente bar. Nadie la había visto recientemente. Un conocido mutuo (un compañero de facultad) aventuró la hipótesis de una fuga preventiva a Portugal tras los rumores sobre un golpe de estado inmediato a cargo del Ejército, enervado al máximo tras los secuestros de Oriol y Villaescusa, partidario de la mano dura con los vascos y opuesto a ampliar los cupos de annistiados. Según nuestro informante, varios de los líderes estudiantiles (citó un par de alias que ostentaban esos galones) ya habrían embarcado en el “convoio” con la intención de exiliarse temporalmente en las bodegas de Vilanova da Gaia o en los cafés da Ribeira, en una u otra orilla del Douro, mientras aguardaban a que las aguas se calmaran al norte de la Raia.
Tal vez Julia hubiera seguido el ejemplo dado por estos nobles camaradas temiendo una redada masiva contra los más relevantes alborotadores en cuanto se decretase el Estado de Excepción, ya que su activismo había sido de primera línea y, lógicamente, debía estar fichada y su nombre incluido en la lista negra. Esta teórica “lista negra” era un fantasma administrativo de cuya existencia nadie dudaba por entonces, y sus miembros (no menos teóricos) tenían una vitola heroica que los destacaba sobre el resto de los mortales, o sea: sobre los que no habíamos acumulado tantos méritos en nuestras personas por los servicios prestados a la causa democrática y no éramos más que la grasa del cuerpo contestatario. Por el momento servíamos para proporcionar alguna energía extra cuando los músculos o las neuronas directoras de ese cuerpo flaqueaban, pero más adelante (Julia dixit) ni siquiera serviríamos para eso, y seríamos sólo lo que éramos: un tejido adiposo superfluo y nada atractivo que habría que eliminar por cuestiones de imagen, para estilizar la figura del partido de turno, el cual (cuando debiera competir en los sucesivos concursos de belleza, también llamados elecciones) necesitaría hacerse apolíneo mediante esta liposucción.
En cuanto "células grasiantas" perfectamente prescindibles, sin importancia alguna, ni Kiovas ni yo habíamos considerado la posibilidad de exiliarnos en Portugal (ni en ningún otro país) por culpa de los recientes acontecimientos patrios (en los que apenas pensábamos, por otra parte). Nosotros estábamos inmersos en otras preocupaciones más acuciantes: Kiovas, obsesionado por conseguir una cama blanda de la que no le levantaran a patadas; y yo, evocando del mismo modo obsesivo lo ocurrido en otra cama que nada tenía que ver con la que él soñaba tener a corto plazo. En la mía había una mujer de carne y hueso que se vestía y comportaba como un hombre, pero que se desvestía como cualquier otra mujer: o sea, con premeditación y alevosía. Y en la de Kiovas (de creer en su rabiosas promesas) no se acostaría nadie más que él, pues no pensaba compartirla. Ni con sus esporádicos ligues de urinario, ni con el lujurioso fantasma de su madrastra, al que, por cierto, ya había decidido repudiar incluso como musa inspiradora de sus masturbaciones, debido a su manifiesta deslealtad en el momento que más la necesitara: en aquella hora triste de su expulsión de la casa paterna, cuando él le reclamara a gritos un gesto de adhesión inconfundible, y ella eligiera quedarse con su marido, dejando que se las arreglara solo para recoger del fondo de la piscina los tomos de los genios rusos.
La cama con la que soñaba Kiovas iba a ser su trinchera frente a las acometidas de la Traición y sus múltiples cuerpos de asalto: prometió que, allí, no haría el amor con nadie salvo con los personajes de Dostoieski, que nunca le fallaban y jamás dejaban de darle placer (fueran mujeres u hombres, pues, en cuanto obseso lector, también era bisexual). Entre sus proyectos más o menos inmediatos estaba el de pasarse meses enteros acostado sobre ese lecho absolutamente individual, releyendo desde el alba hasta el ocaso, y viceversa, al maestro moscovita, gozando con las criaturas inventadas por el Gran Hombre, con aquellos dóciles amantes de papel que nunca serían capaces de decepcionarle o traicionarle, y que siempre estaban a su entera disposición. Insistió en el tema de la docilidad del amante como un factor indispensable y sentenció que, para que él pudiera entregarse, el otro debía ser “fácil como la apertura de un paraguas”.
Tal vez Julia hubiera seguido el ejemplo dado por estos nobles camaradas temiendo una redada masiva contra los más relevantes alborotadores en cuanto se decretase el Estado de Excepción, ya que su activismo había sido de primera línea y, lógicamente, debía estar fichada y su nombre incluido en la lista negra. Esta teórica “lista negra” era un fantasma administrativo de cuya existencia nadie dudaba por entonces, y sus miembros (no menos teóricos) tenían una vitola heroica que los destacaba sobre el resto de los mortales, o sea: sobre los que no habíamos acumulado tantos méritos en nuestras personas por los servicios prestados a la causa democrática y no éramos más que la grasa del cuerpo contestatario. Por el momento servíamos para proporcionar alguna energía extra cuando los músculos o las neuronas directoras de ese cuerpo flaqueaban, pero más adelante (Julia dixit) ni siquiera serviríamos para eso, y seríamos sólo lo que éramos: un tejido adiposo superfluo y nada atractivo que habría que eliminar por cuestiones de imagen, para estilizar la figura del partido de turno, el cual (cuando debiera competir en los sucesivos concursos de belleza, también llamados elecciones) necesitaría hacerse apolíneo mediante esta liposucción.
En cuanto "células grasiantas" perfectamente prescindibles, sin importancia alguna, ni Kiovas ni yo habíamos considerado la posibilidad de exiliarnos en Portugal (ni en ningún otro país) por culpa de los recientes acontecimientos patrios (en los que apenas pensábamos, por otra parte). Nosotros estábamos inmersos en otras preocupaciones más acuciantes: Kiovas, obsesionado por conseguir una cama blanda de la que no le levantaran a patadas; y yo, evocando del mismo modo obsesivo lo ocurrido en otra cama que nada tenía que ver con la que él soñaba tener a corto plazo. En la mía había una mujer de carne y hueso que se vestía y comportaba como un hombre, pero que se desvestía como cualquier otra mujer: o sea, con premeditación y alevosía. Y en la de Kiovas (de creer en su rabiosas promesas) no se acostaría nadie más que él, pues no pensaba compartirla. Ni con sus esporádicos ligues de urinario, ni con el lujurioso fantasma de su madrastra, al que, por cierto, ya había decidido repudiar incluso como musa inspiradora de sus masturbaciones, debido a su manifiesta deslealtad en el momento que más la necesitara: en aquella hora triste de su expulsión de la casa paterna, cuando él le reclamara a gritos un gesto de adhesión inconfundible, y ella eligiera quedarse con su marido, dejando que se las arreglara solo para recoger del fondo de la piscina los tomos de los genios rusos.
La cama con la que soñaba Kiovas iba a ser su trinchera frente a las acometidas de la Traición y sus múltiples cuerpos de asalto: prometió que, allí, no haría el amor con nadie salvo con los personajes de Dostoieski, que nunca le fallaban y jamás dejaban de darle placer (fueran mujeres u hombres, pues, en cuanto obseso lector, también era bisexual). Entre sus proyectos más o menos inmediatos estaba el de pasarse meses enteros acostado sobre ese lecho absolutamente individual, releyendo desde el alba hasta el ocaso, y viceversa, al maestro moscovita, gozando con las criaturas inventadas por el Gran Hombre, con aquellos dóciles amantes de papel que nunca serían capaces de decepcionarle o traicionarle, y que siempre estaban a su entera disposición. Insistió en el tema de la docilidad del amante como un factor indispensable y sentenció que, para que él pudiera entregarse, el otro debía ser “fácil como la apertura de un paraguas”.
-Y también fácilmente plegable –añadió.
En los buenos tiempos, con su madrastra, le había ocurrido que el paraguas se le abría con suma facilidad, y que él lo plegaba a su antojo: se pasó largo rato describiendo cómo “se plegaba” su tía, lo que me trajo inevitablemente a la memoria ciertas posturas adoptadas por Julia en mi cama de Villasanta. Para entonces, cuando comenzó con estas confidencias, ya estábamos los dos borrachos y yo había invertido la mayor parte del dinero de la tata Francisca en distintas clases de bebidas (a las que en ningún caso se les había añadido zumo de naranja, por lo que también yo resultaba ser un traidor al no respetar el mandato que llevaba aparejado esa suma). Con todo, y a pesar de la borrachera, mis labios siguieron sellados y no le revelé mis propias hazañas sexuales (que eran escasas, estaban concentradas en una sola y única noche, y su retórica nunca igualaría la minuciosa descripción que me ofreció la suya).
Mientras le escuchaba, estaba ya tan cansado y deprimido por la no aparición de Julia que pasé por alto incluso la descarada incongruencia de esa retórica: lo que estaba narrando con lujo de detalles era otro producto de su imaginación, pues proezas de tal calibre hubieran sido imposibles para un crío de once o doce años, que era los que él tendría cuando su tía se casó con su padre de no resultar falsas sus anteriores versiones de la historia. En medio de aquella bruma en que me sumía el alcohol, por un brevísimo instante creo que atisbé un rayo de súbita lucidez: pensé que la historia misma era falsa de principio a fin, y que jamás había existido una tía-madrastra o una madre muerta. Y puede que tampoco un padre odioso que era odiado por Kiovas con la magistral devoción de Smerdiákov, el hermano bastardo de los Karamazov...
En los buenos tiempos, con su madrastra, le había ocurrido que el paraguas se le abría con suma facilidad, y que él lo plegaba a su antojo: se pasó largo rato describiendo cómo “se plegaba” su tía, lo que me trajo inevitablemente a la memoria ciertas posturas adoptadas por Julia en mi cama de Villasanta. Para entonces, cuando comenzó con estas confidencias, ya estábamos los dos borrachos y yo había invertido la mayor parte del dinero de la tata Francisca en distintas clases de bebidas (a las que en ningún caso se les había añadido zumo de naranja, por lo que también yo resultaba ser un traidor al no respetar el mandato que llevaba aparejado esa suma). Con todo, y a pesar de la borrachera, mis labios siguieron sellados y no le revelé mis propias hazañas sexuales (que eran escasas, estaban concentradas en una sola y única noche, y su retórica nunca igualaría la minuciosa descripción que me ofreció la suya).
Mientras le escuchaba, estaba ya tan cansado y deprimido por la no aparición de Julia que pasé por alto incluso la descarada incongruencia de esa retórica: lo que estaba narrando con lujo de detalles era otro producto de su imaginación, pues proezas de tal calibre hubieran sido imposibles para un crío de once o doce años, que era los que él tendría cuando su tía se casó con su padre de no resultar falsas sus anteriores versiones de la historia. En medio de aquella bruma en que me sumía el alcohol, por un brevísimo instante creo que atisbé un rayo de súbita lucidez: pensé que la historia misma era falsa de principio a fin, y que jamás había existido una tía-madrastra o una madre muerta. Y puede que tampoco un padre odioso que era odiado por Kiovas con la magistral devoción de Smerdiákov, el hermano bastardo de los Karamazov...
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