"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

viernes, 2 de octubre de 2015

De la mediocridad del alma respecto al espíritu

El alma carece de movimiento retrógado y de ahí que los que son psíquicamente fuertes presuman de ir siempre hacia delante. Quizás aquí nos convenga recordar las tres categorías en que los gnósticos clasificaban a los hombres para comprender por qué los designados popularmente como " fuertes" están supervalorados en la jerarquía de los individuos. El gnosticismo hablaba, sucesivamente, de Pneumáticos (también llamados Espirituales o Perfectos) para referirse a la minoría de excelentes que es la única que realmente tiene libertad interior y que, por tanto, se permite disponer libremente de si mismo y actuar a su modo (éstos serían, de hecho, los que deberían suscitar la máxima admiración porque son los únicos que presentan "espíritu", es decir, conocimiento de lo divino). Luego vendrían los Psíquicos o Voluntariosos, que tienen alma, por lo que pueden ser atraídos hacia lo alto, hacia el mundo espiritual, pero que al no poseer "espíritu" nunca podrán instalarse cómodamente en él (éstos son los "fuertes" de nuestro ejemplo, los que empujan siempre hacia adelante con una tozudez que sólo es elogiable para los que aplauden, por encima de todo, la voluntad). Y por último estarían los Carnales (Somáticos o Hílicos son sus otros nombres) que se encuentran por completo inmersos en la materia, atados a sus reacciones reflejas, alienados en la intrascendencia de lo corporal y, por tanto, condenados a desaparecer sin más. Esta clasificación no deja lugar a dudas de quién ocupa la cima de la pirámide del espectro humano y, de ella, se deduce que los dos tipos inferiores se agitan vanamente en el mundo, con más o menos suerte individual pero, en todo caso, estorbando por igual a los Perfectos, razón de por qué la enseñanza gnóstica era esotérica, es decir: transmitida en secreto a unos cuantos elegidos. 
La introducción anterior es interesante para comprender por qué la posesión de un alma no equivale en absoluto a la excelencia humana y, en consecuencia, ésto desmonta la coartada que la elevó sobre el resto de los valores en muchas de las ideologías, filosofías y creencias que en los últimos veinte siglos se adueñaron del orbe. La sacrosanta voluntad del "almado" no es, pues, el  valor supremo, el vértice superior en la escala de los valores universales (lo que no quiere decir que el "desalmado" no siga mereciendo nuestro reproche, que conste). El valor supremo es de naturaleza espiritual, no meramente psíquica: ese valor no actúa, no obra, y menos aún conquista la admiración de los Carnales o Somáticos ante la imposibilidad de que éstos sean jamás hipnotizados por sus logros intangibles. El valor supremo no va siempre y sólo hacia delante, como los bueyes que caminan por inercia una vez han sido uncidos en el yugo; y no porque no tenga voluntad para caminar sino porque el Espíritu, al ser un habitante celeste, es más sencillo: no camina, vuela. En el cielo no se necesitan caminos ni piernas para caminar, sólo se precisan alas y una vista penetrante. Allí no hay delante o atrás, hay un ir y venir que no va ni viene, un constante planear que no se cansa de dar vueltas y todo lo ve desde arriba, el principio y el final de cualquier camino terrestre. Allí ni siquiera hay un horizonte al que dirigirse, una ficticia barrera que salvar, porque la ficción de los horizontes ha caído ya a nuestros pies para revelarse como un inmenso círculo vicioso de cuyo centro nunca saldremos. Y desde allí, desde ese centro, sólo se puede subir más alto aún, o bien caer a tierra donde en la práctica el Espíritu es un paralítico pues, en las criaturas que viven agitándose al ras, las alas son simple y llanamente un estorbo. El alma, entonces, nos ayuda solamente a subir hasta la mitad de la escalera, pero si ella es nuestro único apoyo, para nosotros el cielo continuará siendo inaccesible. En su mediocre compañía no conseguiremos llegar más lejos, así que resignémonos todos aquellos que (en conciencia, en nuestro fuero interno) sabemos que nunca vamos a desarrollar sino piernas y voluntad. 

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