El amor y la muerte (o, si se prefiere, el sexo y la sangre) van siempre de la mano. ¿Por qué, sino, es un accidente tan común sorprender a una pareja de enamorados contemplando el espectáculo de la puesta del sol? ¿No es el verdadero espectáculo ver a un par de mortales, unidos momentáneamente por un sentimiento tan caduco como ellos mismos, encaramados a una peña cogidos de la mano, observando cómo el primitivo dios de la vida se hunde en el horizonte entre incandescentes chisporroteos de oro? ¿Qué atrae, qué empuja a una pareja de jóvenes amantes a esa extravagante contemplación quietista de un apocalipsis cotidiano (que no por ordinario es menos terrible) si no es el hecho de que la pasión conoce o intuye, desde el principio, su irrevocable final?... La muerte del dios presagia la del amor, y los adeptos de uno y otro, del sol y de la vida, lo saben por instinto: del mismo modo que vivir, amar tiene un precio y no es pequeño.
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