"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

lunes, 19 de octubre de 2015

Ética y estética del indomable

La palabra no figura en balde en el frontispicio de este cuaderno virtual: la fuga es la obsesión maníaca de los encarcelados de por vida que nunca dejan de soñar con la libertad. La épica del preso a perpetuidad es la más conmovedora y la más humana porque ella no persigue la gloria sino el aire libre, algo mucho más modesto e infinitamente más valioso. Carne de cárcel por antonomasia, el hombre está condenado desde que nace a intentar la huida: primero, del hogar en que crece para hacerse adulto, y después (al nada ser eterno) del que él mismo construye para encerrar a sus hijos. Es una dinámica presidiaria la que sostiene a las sociedades, y de fuga en fuga es cómo se estabilizan y triunfan éstas a lo largo del tiempo. Sin el deseo personal de evasión sería imposible el progreso puesto que el acto de huir del presente materializa el futuro, que no existe realmente. Desde niños vivimos pergeñando en secreto planes de fuga que los adultos llaman fantasías por rencor contra su propia infancia perdida, rencor que disimulan disculpándolas con una sonrisa. Pero la fantasía es ya la fuga con dientes de leche que en seguida se afilarán para poder hincarse en la dura carne de la realidad y desgarrarla con una nueva ilusión: el proyecto de vida individual (o sea: otra manera de fugarse, sólo que más civilizada). Se puede escapar de la realidad de mil maneras, pero sólo hay una manera de escapar a la necesidad de la fuga: fugándose. ¿Pero de qué  y hacia dónde, si ninguna será nunca por completo exitosa?... Puesto que, a pesar del uniforme, no hay un preso igual a otro, cada cual ha de elegir, pero éstas son algunas de las recomendables: de la ignorancia a la sabiduría, de la desconfianza hacia el amor. del fácil entusiasmo a la difícil alegría, de los sueños de gloria comunes a los solitarios actos del coraje. Repito: pocas son las fugas que tienen éxito pero eso ni mucho menos ha de entristecernos porque, como todo el mundo sabe, es la del éxito, y no la del fracaso, la cárcel de la que resulta más difícil fugarse. 
Alguien me dirá ahora: 
-¿Pero por qué huir también de este penal, en el supuesto de que lo sea?
Y yo le respondo: 
-Por lo mismo que debemos echarnos a temblar si nos dan la razón, ya que eso significa que coincidimos en el fondo con los prejuicios de nuestro auditorio y no hay peor prisión que aquella en que todos, sin excepción,  nos aplauden, tanto el resto de los internos como los mismísimos hideputa cabrones de nuestros amables carceleros. Debemos hacerlo para ser una leyenda viva que corra de boca en boca por todas las cárceles del mundo, que son tantas como corazones libres hay sobre la tierra.

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