Tener un mundo propio invalida en mayor o menor grado, y es inevitable que los inválidos vivan con miedo en un mundo competitivo donde, dígase lo que se diga, gozar de "buenas piernas" concede una ventaja considerable: los discapacitados de cualquier índole se saben dolorosamente dependientes (sobre todo porque la dignidad y el orgullo no se ven impedidos en el mismo grado) y, en consecuencia, no es incomprensible que se aíslen en una burbuja de espinas, como el erizo, o que se expongan de manera suicida y patética en busca de cierta seguridad que otro, un alma generosa y protectora, les pueda ofrecer.
Tener un mundo propio es una responsabilidad no prevista por la Evolución, una anomalía que ésta, a su vez, tiene la responsabilidad de intentar erradicar. De ahí que el artista sea en todas partes una especie en eterno peligro de extinción.
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