"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

viernes, 16 de octubre de 2015

La impaciencia del corazón, esa mala cazadora

En la novela La impaciencia del corazón, su autor, Stefan Zweig, afirmaba que, en realidad, sólo es capaz de amar aquel que padece alguna clase de inferioridad o tara: el disminuido, el lisiado, el enano moral, el desesperado, el deprimido, el aislado, el deforme, el enfermo, el abandonado, el maltratado, el infeliz, el perdedor, en definitiva todo aquel que se siente apartado de la gracia, del talento, de la fuerza o de la salud, y al que las personas sanas, llenas de confianza en la vida, miran con sincera compasión, y también con cierto enojo oculto ya que esas existencias desafortunadas les hacen sentir, a su vez, un poco culpables de la suerte contraria que ellos han tenido en el reparto de dones y capacidades establecido por la Naturaleza o la Providencia (escoja cada cual la tómbola según sus gustos). En las páginas de ese libro ejemplar se llega a decir que los que están en el caso contrario (o sea, los agraciados en la lotería: los integrados y satisfechos, los bellos de cuerpo y alma, los completos y potentes, los atractivos y poderosos, y todos aquellos que gozan de su ser de forma espontánea, tan natural y libre que no precisa esfuerzo) entienden de un modo inconsciente (por tanto, exento de culpa) que el amor de los demás es algo que "se les debe" desde que han nacido, algo que les pertenece porque sí (igual que les pertenece a los niños ricos la cuna que les abrirá camino en el mundo y los juguetes caros que les regalaban a todos horas por cualquier motivo, y hasta sin motivo alguno), lo que les incapacita para aceptar y valorar el ofrecimiento incondicional del corazón de un miserable que se les entrega de golpe, como se descarga un mazazo, sin la menor prudencia ni cálculo, y que pretende ser amado de semejante modo por otro a quien él cree y juzga único (es decir, tal como se considera a sí mismo) puesto que su alma necesitada es ardiente como ninguna al concebir un deseo que le sobrepasa y, por ello, impide que le entre en la cabeza que su amado (el único ser que existe ya para él) no necesite en absoluto su amor, pues desde siempre ha tenido a su alrededor más del que puede necesitar nadie, ni entiende que eso le impaciente más, mucho más de lo que le halaga.
Pero si lo anterior os parece triste, veamos ahora los toros no ya desde el otro lado de la barrera sino desde el mismísimo centro del ruedo: ¿qué va a hacer cualquiera (no sólo un niño rico) con una pasión que le cae encima como un rayo que nos fulmina, y que le exige una correspondencia amorosa que le convertiría a perpetuidad en el mozo de cuerda de un sentimiento tan sólido y pesado como un mueble de alcoba victoriano? Yo os lo diré: no le quedaría otra que levantarlo a pulso y sin ayuda hasta lo más alto de su escala de valores, pues un sentimiento de tal calibre no se conformará nunca con ocupar la planta baja de ese edificio, ni siquiera una intermedia, y, en consecuencia, tendría que subirlo una y otra vez (como hacía Sísifo con la piedra de su condena) hasta la única altura que a ese tirano le es posible habitar: la colindante con el cielo. ¿Acaso podéis imaginaros un trabajo más hercúleo y terrible para imponer a alguien que, en cuestión de amores, está acostumbrado a ser servido y no a servir, a ser dueño y nunca esclavo, a ser querido y apenas a querer?... No, ¿verdad? ¡Pues claro que no! No es concebible en ningún ser humano un sacrificio de tal tenor sólo para contentar a un corazón desgraciado que arde de amor impaciente y alevoso. ¿Entonces a qué impaciencia se refería Zweig? 
Es evidente, creo yo: a la impaciencia de quien, orgulloso de plegarse sólo a su propio deseo, no se resigna a verse en el punto de mira del ajeno ni aunque éste sea el de una persona que, en el fondo, le gusta y a la que valora sobre cualquier otra, incluso tal vez la que primero elegiría si le dieran la ocasión de hacerlo serenamente y tuviera la paciencia necesaria para, mientras tanto, no disparar con la mirada a tontas y a locas en dirección a todo lo que se mueve. Se refería, en fin, a la impaciencia del hombre egoísta y sentimental que de tanto hablar de su corazón termina por no saber escuchar lo que éste se desgañita intentando explicarle, a saber: que la puntería en esa caza, en la caza de un semejante, es cosa suya; pero que, para no errar el tiro, el blanco sobre el que apuntar ha de elegirlo él y sólo él de no querer salir ambos heridos de gravedad y que, finalmente, sea el cazador quien resulte cazado.

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