"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

martes, 27 de octubre de 2015

La madre del cordero

Como cualquier idea obsesiva, la del amor también puede resultar peligrosa en extremo: con relativa frecuencia se esconde tras ella la cobardía fisiológica del que es naturalmente incapaz de amar a otro ser vivo que, por el simple hecho de serlo, no es "ideal". Por lo mismo que un ideólogo del valor no tiene por qué ser necesariamente valiente, no hay razón para considerar un amante sincero a quien, al amar, comienza siempre por enardecerse idealizando a su amado. Si antes de nada, y para ser querido, alguien ha de fingir no ser quien es, no ser real, ¿cómo, después, atreverse a reclamar alguna realidad, alguna certeza, de unos sentimientos que nos son ajenos y que deben su máxima plenitud a un engaño? En todo engaño, el primer y más hondamente engañado es quien lo concibe y perpetra pues, más adelante, cuando haya de justificarse, ni siquiera podrá decirse a si mismo que le engañaron salvo que acepte engañarse de nuevo (ésto en el supuesto de que sea una persona cabal y se sienta obligada a justificarse, claro está). 
Ahora bien: ¿qué pasa cuando no hubo engaño, cuando todo se debió, simple y llanamente, a la pura imaginación enferma de desamor?... ¡Ay, amigos: ésta sí que es la madre del cordero! Entonces quizás ese amor no fuese una mentira después de todo, y ocurra que, al no haber merecido crédito por parte del ser amado, el propio amante se torne poco a poco irreal en cuanto persona, de modo que, para lograr sobrevivir, deba engañarse al respecto una y otra vez diciéndose a sí mismo que, en realidad, no amó, que sólo quería repetir la felicidad de otro tiempo y que le daba igual con quién hacerlo, razón de por qué no pudo ser. (De acuerdo en que quién ama con la imaginación inventa el objeto de su amor, pero inventar no es mentir sino, a lo sumo, una forma de soñar en voz alta con aquello sin lo cual, una vez despiertos, no sabríamos vivir).

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