"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

jueves, 1 de octubre de 2015

Morir de amor, el non plus ultra romántico

En esta época tan banal como coqueta, tan sentimental como poco romántica, nadie cree en serio que se pueda morir de amor y, si algún atrevido lo afirmase, casi todos le mirarían con la sonriente conmiseración con que los adultos sensatos disculpan la cándida temeridad de los niños un poco alelados. Es probable que muchos incluso observaran a este ingenuo héroe con escandalizada incredulidad ante lo que, a su juicio, es una inaudita falta de información, pues para ellos la loca pasión amorosa es actualmente una enfermedad que, por fortuna, ya está extinguida o en vías de extinción, algo así como la difteria o la varicela. Y la verdad es que cualquiera entiende que piensen de esa forma porque, hoy en día, la pasión misma es algo que parece corresponder al pasado: se la ve cada vez más como una antigualla anacrónica y obsoleta (en la misma linea que la pluma estilográfica o las locomotoras a carbón) y sólo resulta inteligible desde una perspectiva histórica, igual que el absolutismo monárquico en Política, o que la figura del verdugo en cuanto respetado funcionario del Derecho Penal. Cierto: cualquiera diría que las terribles (por apasionadas) historias de amor ya no son posibles porque la desigualdad social y el misterio del cuerpo que hacía encantadoramente inaccesible a la persona humana ha disminuido tanto que ya nadie puede ser objeto de obsesión por parte de nadie, y, por tanto, no puede alimentar la inextinguible llama que hace hervir los pensamientos fatales en un corazón solitario, salvo que éste, sintiéndose terriblemente vacío, haya sido puesto al fuego de su deseo por culpa de un abandono imprevisto...
Sí: la verdad es que, sólo en el caso de un abandono de esta clase, de una "marcha atrás" inesperada e inexplicable, una pasión inmortal podría prender hoy en una mente asolada por el desamor, por una traición que frustró sus grandes esperanzas, como el coitus interruptus frustra la crecida feliz del orgasmo. Hoy en día solo en este supuesto indeseable podría el amor llegar a matar a alguien, pero me temo que, en tal caso, ese alguien no moriría realmente por amar de verdad a otra persona, sino por amarse demasiado a si mismo. Es decir que, de morir, moriría a causa de la terrible herida causada a su amor propio y sólo por eso. Por orgullo, en definitiva. Por dignidad, en suma. Y por vanidad también, desde luego, pues la vanidad nunca nos dejará acudir solos a ninguna de nuestras citas, tampoco a la que, voluntaria o involuntariamente, hemos concertado con la muerte desde el mismo momento de nacer. Así que, a fin de cuentas, nuestros sensatos contemporáneos tienen razón: en la actualidad, nadie muere por amor si puede hacerlo por otra cosa. Para un romántico como yo es jodido tener que reconocerlo; pero es lo que hay y lo cortés no quita lo valiente. No obstante no voy a resignarme tan fácilmente: confío en que queden todavía entre nosotros algunas almas irreductibles a la razón que, en la imposibilidad de compartir su vida con el ser amado, decidan libremente no seguir viviendo y no se limiten a desearlo, como hacemos todos los demás. Entiéndase lo que digo, por favor: no soy un irresponsable, no estoy incitando a la gente al suicidio. Sólo estoy diciendo que yo creo que el desamor es para muchos una cárcel insoportable y que, cuando la condena es de por vida, puede que la mejor opción sea fugarse de una existencia inane, sin futuro y sin sentido, en la que ya nunca seremos libres como pájaros. Sólo digo que todo reo tiene derecho a intentar huir de la cárcel, y no sólo el deber de cumplir la sentencia que otro dictó contra él. Y sólo sugiero, por último, que tal vez sean los más lúcidos y valientes los que mejor y más rápido lo entiendan, nada más.

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