Nihilista fisiológico desde que tengo uso de razón, no he creído realmente en la vida más que en los cortos períodos en que mi voluntad se enamoraba de la acción y mi mente de una idea sustituta de Dios. La vida es lucha, y para luchar hay que armarse de razones y creencias; y a mi sensibilidad esas armaduras, aparte de resultarle incómodas, le pesaban demasiado. Cuando luché, lo hice sólo por llegar a ser quien quería ser (un loco enamorado) y, naturalmente, perdía siempre, o casi siempre. Y ahora que ya no lucho es cuando la vida se muestra conmigo despechada, en una actitud de mudo y constante reproche, e indefectiblemente ofendida, como si quisiera castigarme por lo que ella cree un desprecio intolerable, lo cual no me sorprende porque, al fin y al cabo, es una mujer muy femenina y tiene un carácter de mil demonios, y porque, como tal, quizás nunca llegue a entregarse de veras sino a quien no la desea en exceso...
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