"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

jueves, 22 de octubre de 2015

Fragmento de la novela "1623"

Ya habían aparecido en el cielo las primeras estrellas cuando Massin Meddur le tomó la palabra a Antero para invitarle a cenar en su casa diciéndole que esta vez no podía rechazar su ayuda puesto que se había comprometido a concederle todo lo que quisiera con sólo pedirlo. El emigrante y antiguo buscador de diamantes amplió su hospitalidad ofreciéndole también pernoctar allí, en su domicilio, ya que disponía de un cuarto que estaba casi siempre vacío desde que su joven hija había cogido la costumbre de hacer la guardia nocturna en el Tophet de Salambó. Ante la extrañeza que estos comentarios despertaron en su invitado, Massin Meddur hubo de explicar, primero, que el Tophet era un museo al aire libre, un depósito de urnas y estelas púnicas que, en su día, había sido un cementerio donde se enterraban las cenizas de los niños teóricamente sacrificados a los dioses protectores de Cartago, a Baal-Hannón y a Tanit, sus divinidades masculina y femenina respectivamente; y, después, que Lalla, su hija, llevaba más de la mitad de su corta vida acudiendo diariamente, y por propia iniciativa, a ese lugar infernal debido a una revelación que había tenido tras sufrir un accidente que la había dejado en coma por un breve espacio de tiempo. Este ignoto trauma (su padre no dijo en qué había consistido) le sucediera siendo todavía una niña pequeña, entre los cuatro y los cinco años de edad, y una vez que emergió de las profundidades de aquella inconsciencia nunca volvería a ser la misma. 
La consecuencia más terrible de aquel lejano episodio de pérdida de conciencia había sido que Lalla perdiera, asimismo, la capacidad del habla, y, aunque al despertar del coma reconoció sin problemas a su padre, éste no volvería a escuchar el dulce timbre de su voz infantil. Pero si bien ése fue el cambio más terrible que sufriera la hija de Massin, no fue sin embargo el más sorprendente, ni siquiera el más aparatoso, porque al poco de salir del coma comenzó a hacerse evidente en ella una extraña perturbación mental que un psiquiatra diagnosticaría más adelante como un trastorno temprano de esquizofrenia cuyo síntoma estrella era la modificación manifiesta de la personalidad. En definitiva: al abrir de nuevo los ojos, la niña Lalla Meddur ya no era una niña, a secas, sino una criatura mítica que, en un pasado remoto, había sido divinizada por sus antepasados de la tribu libia de los Amazigues con el nombre genérico de Palas, un nombre que en lengua bereber significaba indistintamente La Muchacha y/o La Luchadora. Al hablarle de esta entidad fantástica que era a la vez humana y divina, Massin Meddur aprovechó para informarle también de sus propios orígenes sociales: dijo que su familia era descendiente de los Amá, una etnia derrotada por la Historia, un pueblo misterioso que durante generaciones había sobrevivido en la pobreza, estigmatizados sus miembros de vagos, ladrones y borrachos, y ocupando siempre las capas inferiores de la sociedad cualquiera fuese el signo político de ésta, si progresista o conservadora. Dijo que esas gentes, los Amá, habían sido a lo largo de la Historia chivos expiatorios del Poder, y que, salvando las distancias, se podían comparar a los judíos o a los gitanos en las sociedades europeas, o incluso a la casta de los Intocables en la hindú. 
Antero escuchó los antecedentes sociológicos de su anfitrión (más por cortesía que por verdadero interés, ya que ni por asomo sabía de qué le estaban hablando) mientras subía de nuevo a la Dourival para recoger su petate y guardar en él el liviano fardo de la momia que, con anterioridad, había extraído del cajón de la estiva. Después se echó al hombro el voluminoso bulto y, tras cerrar con llave la puerta de la cabina de mando, saltó a tierra para ponerse a disposición de su acompañante que ya se le había adelantado un poco y le esperaba sobre el paseo contiguo al canal. Cruzaron el puente y caminaron en paralelo a la línea de costa por la rúe Mahammed Ali hasta llegar a la plaza de Farhat Hached en el barrio de Le Kran; desde allí, por Ibn Battouta, se desviaron hacia la playa, que a aquellas horas de la noche estaba completamente desierta. Luego, bordeando la arena y dejando a su izquierda las nobles casas ajardinadas de Salambó, Massin le condujo todo a lo largo del mar Mediterráneo hasta la entrada de una calle menos amplia que las demás y que resultó ser la del victorioso compañero del Profeta, Khaled ibn El Walid. 
En esa calle, la luz del alumbrado público apenas iluminaba el pavimento bacheado y sólo servía para orientar a las nubes de insectos que se arremolinaban bajo los focos anémicos de las escasas farolas que aún estaban en funcionamiento. Antero caminó al lado de su guía entre dos hileras de grandes chalets que, antaño, habrían sido sin duda confortables residencias veraniegas, pero que ahora debían estar abandonados pues algunas de sus ventanas aparecían tapiadas con planchas de aglomerado, y los setos vegetales que separaban entre sí las parcelas de arruinado césped se hallaban sin recortar y profusamente asilvestrados. A media calle su acompañante se detuvo ante uno de estos setos ceñidos mediante un cierre de alambrada en el que faltaba uno de los paneles, el más próximo a la finca contigua. Antero vio de inmediato que por allí podría entrar sin necesidad de agacharse el cuerpo de un hombre fornido, cosa que comprobó cuando, sin decir palabra, Massin Meddur atravesó la muralla vegetal por ese oportuno boquete: por supuesto, él siguió su ejemplo sin dudarlo ni un segundo.
-¿Esta casa es suya? -preguntó ingenuamente cuando ambos volvieron a reunirse al otro lado del seto.
-Lo es por el derecho que me otorga no tener ninguna -dijo Massin con calma. Luego, como si necesitara justificarse, añadió -: mientras no le deshaucien, un pobre tiene derecho a vivir en cualquier parte. Donde le de la gana, incluso en un palacio si le da la gana. 
Desde luego, el sombrío edificio que tenían delante lo parecía -un palacio- pues lucía balaustradas de piedra en dos de sus fachadas y un torreón de ladrillo y madera en la cumbre del tejado que, por su aspecto, quizás hubiera sido en su día un palomar. No obstante, si era un palacio, era ya un palacio en ruinas porque en parte estaba derrumbado y en parte podrido. Massin arrastró a su invitado cogiéndole del brazo mientras le decía:
-¡Venga conmigo! Voy a ver si por casualidad mi hija ha venido hoy a casa: a veces lo hace, aunque no muchas veces...
Avanzaron juntos hacia la puerta principal que tenía un dintel en arco y goznes de hierro desnudos: la puerta en sí no existía, había sido sustituida por una tapia de maderos clavados que ocupaba el vano sólo hasta dos tercios de su altura. Massin la retiró a un lado sin aparente esfuerzo y luego, con teatral solemnidad, invitó a Antero a que penetrara sin miedo en su “humilde morada”:
-¡Adelante: está usted en su casa! Puede recorrerla con total confianza: sin mirar por donde pisa, porque ahí dentro no hay ya nada valioso que aún pueda romperse. Lalla destruyó todo eso -todo lo que tenía algún valor material- cuando todavía era una chiquilla: ése, el de romper cosas, era su juego favorito entonces. La verdad es que siempre fue una niña muy rara, ¿no le parece?
-No lo sé: yo no la conozco -dijo Antero contrarrestando con esta discreta frase aquella apreciación negativa que el padre parecía tener de la hija.
-En realidad no se lo decía a usted sino a mi mismo -aclaró Massin dándose prisa en deshacer el malentendido -. Pero lo cierto es que sí es rara, siempre lo fue. Tendría poco más de tres años cuando dio la primera muestra de ello: uno de sus tíos le había regalado una muñeca por su cumpleaños y ella, en vez de afanarse en vestirla o bañarla, como hacen las niñas normales, se empeñó en torturarla hasta despedazarla por completo. Usted me dirá que eso no es ninguna rareza porque todos los niños del mundo destruyen sus juguetes tarde o temprano; pero en el caso de Lalla lo raro fue que, para destruir el suyo, recurriese a un escalofriante método de tortura que aquí, en el norte de África, lleva muchos siglos en desuso, pero que fue de empleo bastante corriente en los reinos absolutistas de la Antiguedad: me estoy refiriendo al descuartizamiento por tracción directa sobre los miembros superiores e inferiores realizado por animales a los que se les hace huir a la carrera en direcciones opuestas. Al parecer, aquí, en el norte de África se solían utilizar de preferencia camellos o caballos, y, en su defecto, bueyes; pero, como es lógico, un niño de tres años no hubiera podido dominar ejemplares vivos de ninguna de estas tres especies. Por tanto, Lalla hubo de recurrir a otra especie para que hiciera los honores: ella usó tres perros para despedazar su juguete -tres cachorros de una raza sin concretar que solían jugar con ella en el campamento en el que vivíamos por entonces-, y lo hizo atándolo por brazos y piernas a sus festivas colas. Los juguetones cachorrillos despedazaron la muñeca en un santiamén, y, según me dijeron luego mis hermanos amazhigues, mientras tanto ella aplaudía a rabiar con aquellas manitas suyas que a mí en particular también me parecían de juguete...
Su invitado no hizo comentarios y él prosiguió hablando al tiempo que encendía una sencilla lamparilla de aceite que no habría desmerecido pertenecer a algún catálogo de antigüedades. El rancio olor del aceite se extendió pronto por un amplio espacio vacío de muebles y cerrado por grandes ventanales que apenas conservaban un cristal que no se hubiera roto tiempo atrás. 
-Pero lo más raro de todo es que, en el fondo, le gustaban las muñecas porque inmediatamente después de salir del coma se apasionó tanto por una que incluso comenzó a vestirse como ella. La muñeca en cuestión era una con la que todas las niñas amazhigues habían jugado desde tiempos inmemoriales. Se trataba de un modelo tradicional que los padres regalaban a sus hijas primogénitas y que se transmitía de generación en generación: estaba tallada en madera de pino pinabete y la creencia común es que copiaba la figura de aquella virgen guerrera de la que antes le hablé y de la que, según la mitología de nuestra tribu, descendemos los Amá. Ya sé que a usted le costará creer que una virgen haya dado a luz a toda una tribu, pero esa es la creencia general entre nosotros. La muñeca de marras servía para mantener viva esta creencia en las nuevas generaciones porque incorporaba el equipo completo que, se supone, debía llevar encima un guerrero de la Antigüedad: casco, lanza y escudo, además de un curioso pectoral de latón que le abrazaba los pechos, como un corsé que tuviera función de armadura más que de sostén. La lanza la llevaba en la mano izquierda, y el escudo -que, en realidad, semejaba una vulgar rueca de hilandera- en la derecha. También calzaba sandalias y vestía un traje largo de sacerdotisa. Este era el aspecto que tenía la muñeca: el mismo que ahora tiene mi hija Lalla, sólo que Lalla es una virgen guerrera de raza negra nacida en Angola. La diferencia en el color de la piel ha sido crucial porque ningún amazhigue se identificará jamás con una muñeca viviente de raza negra: por eso mi hija, cuando no es motivo de risa, es motivo de burla en nuestra tribu de origen... 
-¿Se ríen de ella? -preguntó Antero con lástima.
-Sí -contestó Messin Meddur con una dolorosa mezcla de pesadumbre y coraje ancestrales -: mi propia gente se burla de ella a mis espaldas. Como padre, eso es lo que más me duele: que mi propia sangre la desprecie. ¡Le juro que a veces, cuando veo ese desprecio en una cara conocida, en uno de mis hermanos de sangre, tengo que contenerme para no hacer una locura! ¿Se acuerda de los hombres con los que fui al embarcadero?... Todos ellos son unos muertos de hambre que, cuando no están robando algo, trabajan en lo que pueden: vendiendo chatarra o haciendo cualquier otra cosa, como puede ser vigilar y limpiar las embarcaciones de algunos pescadores que les contratan a tal fin por una miseria. Y, en teoría, todos ellos son mis hermanos: o sea, amazhigues como yo. Pues bien: sólo un poco antes de llegar allí, al embarcadero, estuve a punto de matar a uno de ellos porque se rió como un idiota cuando los otros le contaron que habían visto a mi hija a la puerta del Tophet: muda e inmóvil como una estatua y dejándose fotografiar por los turistas. Se lo juro: ¡le habría arrancado el corazón si los demás no me hubiesen sujetado!...
La compasión de Antero se agudizó al percibir el profundo amor de Massin por aquella hija tan extraña y extravagante que representaba en su propia carne el simulacro de una doncella llamada Palas, madre mítica de un pueblo que hoy en día se hallaba degenerado y casi extinguido. Le habría gustado poder hacer algo por su nuevo amigo para demostrarle que su recién prometida amistad era sincera y aliviar así, dentro de lo posible, su situación, la del hombre atrapado entre dos lealtades que combaten y se zahieren mutuamente: la que sentía hacia su querida hija, hacia aquel joven cerebro perturbado que se había convertido, para unos, en el hazmerreír de Cartago y, para otros, en un atractivo turístico más, y la que experimentaba hacia su propia gente, hacia el pueblo alienado y moribundo de los Amá, que, en el colmo de su alienación colectiva, había comenzado a burlarse de quienes reivindicaban su pasada grandeza no teniendo miedo ni vergüenza a prestar su cuerpo para que uno de sus mayores mitos encarnara a la vista de todo el mundo. 
A la pobre luz de aquella lámpara que el tunecino venía de encender, Antero dio un par de pasos hacia su amigo con la intención de testimoniarle su solidaridad de alguna manera. Pero entonces, cuando ya casi le rozaba con la mano, se detuvo en seco al notar un contacto en su espalda: una gélida sensación punzante sin causa conocida. Fue a girar la cabeza pero, en ese mismo instante, escuchó a Massin Meddur interrogando con estremecido afecto a la penumbra circundante:
-¿...Eres tú, cariño?
No hicieron falta más que estas palabras para que Antero comprendiese que tenía la aguda punta de una lanza apoyada contra sus vértebras dorsales: la muchacha debía haber pensado que él estaba a punto de atacar por la espalda a su padre. Se puso rígido y quiso decir en voz alta que era un amigo, pero no pudo: de pronto había comprendido también que, de no mediar un milagro, iba a mearse en los pantalones de un momento a otro. Después de todo, aquella niña demente se creía una guerrera del mundo antiguo, donde una de las más respetadas costumbres de guerra era no hacer prisioneros.
-¡Por favor: no me mates! -logró susurrar al fin, conteniendo a duras penas la presión que la orina hacía ya sobre su esfínter.
-¡Sé que estás ahí, Lalla! -dijo por su parte Massin Meddur-. ¡Ven! ¡Deja en paz a nuestro amigo! ¡Él no ha venido a hacernos daño!... ¡Ven aquí!
Casi enseguida el ex policía notó que la lanza dejaba de presionar con tanta fuerza sobre su piel y suspiró aliviado.
-¡Ven aquí, Lalla! -repitió Massin su orden en tono más suave -. ¡Ven aquí, cariño!... ¿Has comido hoy?
Como es lógico, su hija no le contestó pero Antero pudo sentir que la muchacha se desplazaba por detrás de él a través de las sombras, rápida y silenciosa como un felino. De repente, al avivarse de golpe la llama de la lámpara gracias a que Messin acababa de verter otro chorro de aceite en el platillo, la vio por primera vez de cuerpo entero y se quedó pasmado por la sorpresa, como cuando recibimos en el rostro una bofetada propinada con toda el alma y que ni por asomo esperábamos. Era tal el prodigio de gracia y ferocidad que tenía enfrente que, por un momento, creyó estar soñando. Tanto es así que, instintivamente, cerró los ojos con violencia, convencido de que al volver a abrirlos se habría desecho el hechizo. Pero no: el encanto y el terror continuaban allí, reunidos en un mismo y apretado haz de carne prepúber. 
-¡Santa Madre de Dios!... -murmuró para sí, a la vez extasiado y espantado por lo que veía.

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