"Tengo agujetas en el chocho", me dijo una vez una puta ya veterana que conocí en la cola del paro (yo no sabía que las putas también fichaban en el INEN, pero se ve que la crisis actual ha hecho estragos en todos los sectores económicos y, en este caso, se trataba además de una trabajadora de cierta edad cuya productividad debía haber descendido notablemente, por lo que ya no era tan atractiva para el particular capitalismo carnívoro que la explotaba). El ácido comentario de aquella mujer hizo que yo recordara otro del mismo estilo hecho por Henry Miller en uno de sus libros (creo que en "Primavera negra", pero también puede haber sido en alguno de sus "Trópicos") en el que este escritor se quejaba amargamente de todo lo contrario, es decir: de no disponer de un "chocho" con el que poder pagar su propia manutención, las facturas y el alquiler de su casa. Por esa época, el escritor estaba compartiendo piso con un amigo y, al no tener un céntimo en el bolsillo, no podía contribuir a los gastos comunes que genera una vivienda, debido a lo cual se esforzaba en escribir un cierto número de páginas al día que su amigo ojeaba al llegar de la oficina como quien comprueba los billetes que se le deben a cuenta de un crédito que ha concedido por adelantado. Frente a ese hábito avaricioso de su mantenedor, Miller echaba cuentas a su vez y concluía que ojalá pudiera él abrirse de piernas para pagar diariamente con un polvo rápido aquel mecenazgo encubierto, en vez de verse obligado a trabajar de la mañana a la noche sentado en su escritorio (sudando y maldiciendo su suerte como cualquier minero o estibador en su puesto de trabajo) para satisfacer la deuda contraída con su colega.
Las maldiciones de Henry Miller ante su situación como trabajador explotado quizás os suenen exageradas pero, aunque no despierten la misma compasión, son tan comprensibles como las de la prostituta que acudía al Instituto Nacional de Empleo en busca de otra ocupación menos agotadora: se entienden porque, en el fondo, no son distintas a las que profiere cualquiera que, al dirigirse todos los días a su lugar de trabajo (ya esté éste en un edificio administrativo, en un ambulatorio, en un colegio, en un taller, en una fábrica o en la dirección virtual de una página web), sienta que en realidad va a "hacer la esquina", a prostituirse para poder sobrevivir. (En este sentido, acaso también el INEN podría ser visto como una institución de "naturaleza proxeneta", porque muchos de los que solicitan sus servicios lo hacen, básicamente, por la necesidad que tienen de abrirse de piernas para intentar sobrevivir en una sociedad que no les deja más opción). Tales reniegos se entienden porque, en el fondo, es muy posible que buena parte de nosotros nos encontremos a todas horas en la situación de la prostituta de mi anécdota, o sea: "con agujetas en el chocho" y buscando desesperadamente iniciar otra vida menos desesperada y fatigosa: una vida de prostitutas de lujo, por ejemplo, que nos permita vivir de hotel y atendidos por trajeados mayordomos que, antes de irse al paro, fueron asesores de banca y ahora nos visten de pies a cabeza mientras nos informan de la revalorización bursátil de nuestras acciones...
Porque la verdad es que la cosa está bastante jodida, y que la jodienda no sólo es general sino que parece ir en aumento, por lo que más de un padre de familia quizás ya esté lamentándose de no poseer un "chocho" propio e intransferible que, como a Miller, le saque del apuro y le permita relajarse un poco (siempre, claro está, que entre la clientela no se le cuele un inspector de Hacienda que le pida cuentas por el IVA no declarado en cada uno de sus servicios, en cuyo caso tal vez le fuera mejor resignarse a engrosar la cola del paro en busca de un empleo digno que no sea ni de puta barata ni de escritor desconocido, porque, como queda probado aquí, ninguna de estas profesiones tiene futuro una vez se sobrepasa cierta edad sin que uno haya alcanzado en lo suyo la categoría social de una madame, y, por otro lado, sin que haya tenido la suficiente inteligencia para hacer ahorros o para encontrar un mecenas que le ponga un piso a su nombre sin exigirle nada a cambio, ni siquiera que se abra de piernas de vez en cuando).
No hay comentarios:
Publicar un comentario