"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

sábado, 14 de noviembre de 2015

Amén

J.L.Borges definió la poesía con un epigrama rimado del médico y místico alemán Johannes Scheiffer (Angelus Silesius) que resume a la perfección la génesis misteriosa y el florecimiento secreto, desamparado y sin causa, de los versos: "La rosa es sin por qué, florece porque florece, no cuida de sí, no desea ser vista". Aquí la Rosa no es, naturalmente, una rosa vegetal, sino una rosa mística que crece en los invernaderos de un sobrio palacio semiabandonado perteneciente a una Gran Duquesa Universal que ha sido despojada de su título de nobleza en todas las cortes del mundo: su Excelentísima Irracionalidad.
Como todos sabemos, la tradición de la rosa es antiquísima, su olor se difunde por todas las culturas a lo largo de la historia: indios, babilonios, sirios, egipcios, griegos... Prácticamente todos los pueblos de la Antigüedad le reservaron un papel estelar en sus fábulas y leyendas. Sin ir más lejos, en Grecia se decía que la rosa había nacido de una gota de sangre derramada por la diosa Afrodita al herirse en el pie con una espina (se supone que no sería una espina de rosal porque, sino, la flor ya existiría con anterioridad). En Roma, las cortesanas se adornaban con ellas el día de su patrona (Venus esta vez). En el Asno de oro, de Apuleyo, un borrico se transformaba en hombre al comerse un ramo entero. En el Cantar de los cantares, el rey Salomón halaga a su esposa con ese piropo (mi rosa). Y en Romeo y Julieta, Shakespeare es el primero que plantea el gran problema intelectual que supone la rosa al decir que su esencia no está en el nombre...
Porque ese es el meollo de la rosa: su nombre. ¿Qué se nombra, qué se quiere expresar con ese nombre al no poder hacerlo con otras palabras?  El místico Silesius, como tantos y tantos poetas antes y después de él, no podía expresar de otro modo la razón irracional de la poesía: "es sin por qué", nos dijo, queriendo decir (probablemente) que así era el Hombre que era Dios, y, como tal, el único efecto sin causa. Pero... ¿de veras era el único?
Volvamos ahora a la última parte de la definición inicial: "florece porque florece, no cuida de sí, no desea ser vista". ¿No se podría definir así también la risa o el amor humano de cualquier época, incluidas las que se engloban en la abreviatura A.C.? Pensad por un instante en la risa silenciosa y sin aparente fundamento de los niños muy pequeños, de los bebés propios o ajenos que conozcáis. ¿De dónde brota esa flor, por qué y con qué palabras expresarla? ¿No demuestra ella también que la esencia de la rosa no es el nombre y que, sin embargo, no hay otra forma de nombrarla? ¿Y qué decir del amor que, apenas nacido, hace que ría nuestro corazón de modo semejante, como si fuese también él un mamoncete que, sin poder caminar aún, se agarra a los barrotes de esa otra cuna que es el pecho de todo enamorado? Ese corazón y ese niño no son todavía capaces de expresar nada con palabras, por lo que han de recurrir a la rosa y hacerlo con un suspiro, ya que "un suspiro lo dice todo", en palabras del querúbico peregrino, Angelus Silesius. A él le dejo, pues, la última palabra sobre este tema: "Si quieres expresar el ser de la eternidad, debes despojarte antes de todo discurso". Amén.

No hay comentarios:

Publicar un comentario