"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

jueves, 5 de noviembre de 2015

Desde el otro lado del abismo

A mis amigas aventureras, Helen y Ana.

Alguna vez lo hablamos: en el corazón humano no hay lugar para el descanso porque lo atraviesa una cuerda de deseos trenzados y antagónicos a la que se agarran dos contendientes enfrentados desde tiempo inmemorial, dos oponentes que clavan sus pies en un barro resbaladizo mientras pujan por llevarse el gato al agua o el agua a su molino. Pero la suya es una lucha a muerte y no un inofensivo deporte de barrio. De un extremo de la cuerda tira el deseo de vivir intensamente una vida que en realidad valga la pena; del otro la necesidad que esa misma vida tiene de sentirse segura en un medio social exigente y muchas veces hostil. Ambos bandos se sienten cargados de razón para no cejar en su esfuerzo, pues ambos poseen motivos de sobra para no desistir de su objetivo: el uno, de la intensidad máxima; el otro, de la seguridad plena. Uno está empeñado en incrementar la sensación de vivir a cualquier precio, para lo cual nunca pondrá reparos a salir al paso de la incomodidad y el malestar, que le llevarán incluso hasta los límites del desfallecimiento, pues sabe que no se consigue dar valor a los actos si no se acepta el riesgo de morir en el intento. Y el otro persigue en todo instante la intención contraria, la preservación de la propia vida a toda costa, la duración por el simple hecho de durar, para lo cual debe limitar en su interior todo impulso sospechoso de temerario y desechar toda idea que nos proponga llegar como individuos lo más lejos posible, a ser posible hasta el borde mismo del abismo.
Vosotras sabéis tan bien como yo que hay diferentes clases de aventura, pero que los distintos tipos de aventureros se parecen mucho entre sí: todos quieren abrir una ventana, un respiradero en el uniforme muro de la Cotidianidad, cuando no, simplemente, derribarlo. Para ellos siempre existen horizontes que sortear, retos a conseguir, obras por hacer, nuevos mundos por descubrir u otras gentes que conocer. E independientemente de la niñez particular de cada cual, de adultos comparten todos un común denominador: son personas de alma intrépida que nunca olvidaron "las hermosas manzanas de la infancia", las de mejor sabor en la medida que más costaba saborearlas, aquellas para cuya recolección era preciso desafiar algún obstáculo imposible o bien una señal de prohibición: encaramarse, por ejemplo, a una altura de vértigo que daba miedo al más valiente, o saltar una tapia erizada de cristales con los que disuadir, entre otros, a estos pequeños ladrones de su primera gran aventura que, sin saberlo ellos aún, les iba a servir de entrenamiento para sus expediciones futuras, para cuando se dispusieran a saltar otras tapias todavía más altas y peligrosas: los mares, los continentes, las fronteras y las abigarradas culturas que cohabitan en este planeta. La misma intrepidez alegre que, de niños, les facilitaba el asalto a un huerto vecino repleto de manzanos, hizo luego que les fuera más fácil vadear ríos, atravesar desiertos y trepar a las más elevadas cumbres solamente habitadas por la paradisíaca pareja del Silencio y la Nieve, su novia de siempre...
Sí: alguna vez lo hablamos, si mal no recuerdo. La aventura no es un fin propuesto a la virtud del hombre en tanto en cuanto el único objetivo de éste sea el mero sobrevivir: un fin conservador, sin verdadera vitalidad y, por tanto, negativo. Vosotras lo sabéis igual que yo: quien, viviendo, persigue siempre la máxima intensidad busca, aunque sea indirectamente, la muerte, pues sólo un peligro cierto la aumenta. Abrid, pues, los ojos en esa África ancestral, cuna de la Humanidad, que a no tardar querrá daros el abrazo bestial de sus selvas y sabanas, el beso ardiente de sus desoladas mesetas y la caricia fustigadora de sus tormentas de arena. Abridlos a sus coloristas multitudes y a sus vacíos inmensos donde el hombre ni siquiera existe como memoria, donde nunca será un simple número. Abridlos a la luz que ruge sobre sus llanuras y montes en pie de igualdad con cualquier otra fiera poderosa. Abridlos, en fin, a la más intensa vida jamás soñada, y, mientras lo hacéis, recordad al amigo cobardica que se ha quedado en casa porque su aventura es otra y no le exige sino la imaginación contenida en las palabras para viajar lo más lejos posible, no ya al otro lado del mundo, sino más allá incluso: al otro lado del abismo.

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