La noticia de la muerte de alguien relativamente próximo a mí me ha despertado de madrugada y, a pesar de haberlo intentado, ya no he vuelto a pegar ojo. Ya sé que la muerte no es contagiosa, pero eso no impide que, a veces, uno se vea infectado por su temor y corra a recontar en algún álbum de antiguas fotografías el número de bajas que ha sufrido en sus propias filas (que, por fortuna, hasta el presente no han sido muchas, aunque sí dolorosas e irreparables). Es ahí donde me he topado de bruces con una instantánea de grupo que no recordaba poseer: si bien de espaldas a la cámara, posamos en ella mis viejos amigos de juventud y yo mismo, un grupo de hombres bohemios que miran la cercanía del bronco océano de la Costa de la Muerte en alguno de los pueblos ribereños del Finisterre gallego. He olvidado dónde fue tomada exactamente, pero no a quién la capturó por sorpresa y a traición: esa persona era una gran aficionada a "eternizar" instantes que a ella, por la razón que fuese, se le antojaban "memorables", y, en este caso, a fe que lo consiguió. Trataré de describir la fotografía para vosotros al tiempo de contaros los pormenores que la explican: si mal no recuerdo, aquella mañana el grupo al completo andaba de resaca tras pasar, insomne, una noche de copas por los bares y cantinas de la localidad, y nos habíamos encaramado en fila india a lo largo de un malecón que defendía un coqueto puerto de pescadores para, separados unos de otros por una corta distancia, alinearnos allí con la mirada perdida en el mar, en una actitud reflexiva y concentrada en quién sabe qué pensamientos personales. En ese posado involuntario y, no obstante, sincronizado e idéntico (como si hubiera sido planeado al detalle), todos, sin excepción, adoptamos al unísono una postura vagamente filosófica, introducida una de nuestras manos en el bolsillo del pantalón y con la cabeza gacha, inclinada hacia delante, como si escudriñásemos el abismo de las aguas revueltas a nuestros pies y despreciáramos, en cambio, hacerlo con la línea difuminada del horizonte que se adivina más allá, en el fondo azul y blanco de un día que, por lo demás, parece de verano...
"¿Cuánto tiempo habrá pasado desde aquella mañana?"... Mientras me lo pregunto recuerdo que aquella persona, la fotógrafa, tenía la costumbre de anotar las fechas de sus capturas al dorso de las copias que nos repartía luego con maniática generosidad, y ahí están el día y la hora, en efecto. Hace veintisiete años de ese instante eternizado en falso por una mujer joven y leal que, como todos nosotros, creía aún en la eternidad de los afectos juveniles. Sin embargo, esa eternidad es tan breve como cualquier otra, y la prueba es este pequeño trozo de papel que sostengo en la mano, en la misma mano que hace ahora veintisiete años se refugió en el fondo de un bolsillo para que yo pudiera pensar con libertad en... ¿En qué? Eso es lo único de aquel instante que no se registró en la emulsión de la película fotográfica: en qué pensaba cada uno de nosotros. Tal instante es como un sello que, en retrospectiva, da autenticidad a nuestras vidas de entonces, pero su color es el sepia de un pasado tan lejano que se diría remoto. ¿Y qué habrá sido de la vida de mis amigos de antaño, ahora que ya no están en la mía? Sé que alguno ha muerto, pero ¿y los demás? Evidentemente, se los llevó la riada de los años con su séquito infernal de responsabilidades añadidas, una fatalidad que, en cierto sentido, es todavía más terrible que la de la muerte, porque ésta sí hubiésemos podido evitarla de haber querido. ¿Pero queríamos? Es obvio que no, y no lo digo como reproche pues, concluida la juventud, pocos son los que soportan de continuo a su lado testigos incómodos que, en el momento menos pensado, podrían recordarle ciertas palabras pronunciadas entonces y que más adelante desmintió con sus hechos, ciertas vergonzosas traiciones que quien más quien menos ha de cometer para hacerse un hueco entre los hombres y conquistar su futuro, su sitio en el mundo. Para muchos vivir es eso, precisamente: renunciar para siempre a lo que no se olvida nunca, y hacerlo a cada minuto de cada hora mientras persiguen sin descanso objetivos, ambiciones y halagos que, según ellos, se les deben desde la cuna, e incluso desde antes.
En fin: es probable que los años pasaran trayéndole a cada uno de los fotografiados un destino merecido o no, pues en este juego de la vida el azar también juega y no siempre lo hace con limpieza. Todos eran buenas personas, pero, sobre todo, eran los mejores "chicos malos" que jamás conocí: les amé todo lo que pude mientras pude, y después les olvidé para que ellos se sintieran, asimismo, libres de mi añoranza. Les deseo suerte si continúan vivos; y, si no, nada les deseo salvo que no cometan la estupidez de volver aquí a hacerse fotos.
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