El tema es viejo y manido entre los escritores que desgastan de continuo esta idea en sus mentes, como si fuese una moneda que, sin cesar, mueven entre sus dedos neuróticos tratando de controlar sus exaltados nervios: la renuncia a la vida en aras de la palabra, planteamiento vital y profundo de todos aquellos que ven en el ejercicio de la Literatura otra forma del Sacerdocio, y en ésta la religión verdadera. Es bien sabido que todo sacerdocio supone renuncias, y éste no iba a ser menos. Pero, ¿a qué, según ellos, ha de renunciar un individuo que desea consagrarse al arte ascético de la Escritura?... Pues a éso: a la vida en general, a las vivencias comunes del resto de la humanidad, ya que en cuanto un escritor se sumerja en la vivencia perderá ipso facto su rango de tal, creencia básica en la que se sustenta esta fe integrista. Este último dogma podría ilustrarse con la siguiente parábola: la vida es como un mar insondable y sin límites, y el escritor como un buceador apasionado y temerario que desciende a pleno pulmón hasta sus fondos. ¿Y qué será lo más lógico que ocurra cuando se zambulla de cabeza en ella? No hay que ser un genio para deducirlo: que se olvidará, tal vez para siempre, de escribir al verse arrebatado su voraz deseo por la fascinación del cambiante espectáculo que se ofrece a unos ojos infantiles (todo artista es un niño, no lo olvidemos) en el seno de ese océano sin fin...
Pero volvamos al tema: ¿vale la pena renunciar a la vida, a participar en ella como un hombre más, quiero decir? Con fe no menos cierta e ingenua, mucha gente suele afirmar que hay que vivir porque eso es lo único que nos llevaremos de aquí al morir. Ahora bien: ¿dónde está escrito que los muertos se lleven consigo sus vivencias, como quien lleva consigo sus trajes y enseres de tocador para hacer más soportable un viaje que, acaso, no tenga retorno? ¿No es ésta otra superstición que no por estar tan extendida es menos risible?... Haber vivido más o menos no importa a la hora de emprender ese viaje. O quizás sí, pero, en todo caso, la lógica y el sentido común apuntan a lo contrario: a que se le hará más difícil partir a quien tenga más cosas que dejar atrás, más experiencias, más "mundo", más vivencias, en definitiva, pues siempre es más doloroso renunciar a lo que se conoce que a lo que se desconoce (la prueba es que en muy pocas ocasiones se logra). Entonces, ¿por qué insiste esa misma gente en vivir a toda costa, en beber más champán que nadie, en viajar más lejos que ningún otro, en ver con sus propios ojos todas las maravillas de la Tierra, en amar a manos llenas a todo el mundo, como ni siquiera amaron Jesucristo o Casanova?...
La realidad es que vivir es ser vivido, nada más, pues vivir realmente es crear y para eso no es necesario moverse del sitio. Ni ver otro paisaje que el de las calles de nuestra infancia, ni hablar otra lengua que la materna, ni beber otra cosa que el agua que sale del grifo. Pero todo ésto, advierto, siempre que se sea un escritor-sacerdote y no se tenga más vida que una pseudovida, porque en cualquier otro caso no sirve. La realidad es que un hombre, cualquier hombre, podría encerrarse, a solas con su amor o con su imaginación, en un cuarto que él considera su templo particular, e ir más allá de lo que jamás soñó el más atrevido de los aventureros; pero, en cambio, lo normal es que prefiera comprarse dos billetes de avión (el segundo a nombre de su actual amante) para desaparecer temporalmente en la Polinesia, de donde es muy probable que vuelva convertido en un fatuo engreído que cree haber vivido una experiencia única, la vivencia más extraordinaria de toda su existencia. ¿Por qué? Porque, en general, los hombres (incluidos gran parte de los escritores) anhelan zambullirse en el mar aún cuando sepan positivamente que van a ahogarse. Y es que la vida es demasiado atractiva como para permanecer a su orilla sin mojarse nunca los pies... Salvo, claro está, que uno sea uno de esos ascetas que sólo se alimentan de frases y palabras, y esté convencido de que todas las vivencias son en sí mismas un material informe que resulta por completo inútil para perfeccionar su arte.
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