Acuérdate, Señor, de ejercer toda tu influencia sobre tus Ángeles Caídos para mantener vivo el fuego en que (si Tu Justicia no es mera retórica) ha de estar quemándose el alma del Sr. Thiers, aquel burgués feroz y mezquino que escribió en su día esta bajeza: "Cuento, entre otros, con el clero para la difusión de esa filosofía de vida que enseña a los hombres a sufrir, y no esa otra filosofía que, por el contrario, les dice: ¡Gozad!". Otrosí: te suplico, en cambio, que le concedas al Sr. Lafargue (autor de esa nueva biblia abreviada que es su "Elogio de la Pereza") la gloria eterna que merece por haber proclamado a los cuatro vientos de la imprenta que el hombre libre no debería conocer más que los ejercicios corporales y los juegos de la inteligencia, y por exigir que la Tierra dejara de ser el valle de lágrimas de los trabajadores para convertirse en el sagrado lugar donde (como hijas de la Naturaleza, y en tanto en cuento se evite su mal uso y su exceso) todas las pasiones humanas tendrán por fin rienda suelta, menos la del trabajo, la pasión depravada y moribunda del trabajo: ese Cancerbero alimentado por la moral capitalista con los despojos sanguinolentos de sus agotados "esclavos voluntarios". Otórgale a este último, ¡Oh Padre!, un sitio a tu derecha en el que, por favor, no tenga que hacer nada eternamente excepto amar y beber, es decir, excepto lo que debería hacer cualquier hombre por el privilegio de estar hecho a tu imagen y semejanza y querer imitarte en todo, incluida, por supuesto, tu majestuosa pereza...
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