Excusa de gente estúpida es que te digan "Conscientemente, nunca quise hacerte daño" cuando todo el mundo sabe, o debería saber, que la herida mayor, y la que más veces se infecta, es la que uno hace sin conciencia. Cuando alguien te hirió porque eso era lo que más quería en ese momento, no sólo actuó con limpieza, sino que al menos lo hizo queriéndolo plenamente, lo que (dentro de lo que cabe) no deja de ser un consuelo. Pero lo terrible e imperdonable es cuando una persona, por no quererte en modo alguno, ni bien ni mal, declara entre teatrales temblores y gimoteos que, en realidad, nunca quiso herirte, ni tan siquiera un poquito, ni lo más mínimo. Y uno, naturalmente, puesto que ha sido educado en un carísimo colegio católico y conoce de oídas aquello de poner la otra mejilla (la que nunca recibirá una caricia, un solo beso), disculpa y perdona a pesar de no estar hecho de piedra, y dice que no pasa nada, y que hoy por ti y mañana por mí, y que aquí paz y después gloria, y continua por estos derroteros un buen rato sumando a las tonterías anteriores una gilipollez tras otra, hasta que agota todo el repertorio que manejan los hipócritas en situaciones parecidas, y entonces, cuando empieza a sentir el picor en los ojos, ya con las lágrimas a punto de brotar, aprieta los dientes procurando que no se le note demasiado y piensa para sus adentros "¡Pero será cabrona!", al tiempo que, haciendo un tremendo esfuerzo, gira en redondo sobre sus talones y se va por donde ha venido, aunque ahora con una nueva determinación que poco a poco se abre paso en su mente aniquilada: mandar cariñosamente a la mierda al próximo cabronazo/a que le diga, con un hilo de voz que intenta evidenciar su sincero arrepentimiento pero que sólo consigue hacer obvia su inaudita cobardía: "Lo siento si te hice daño, querido, pero que sepas que fue sin querer".
No hay comentarios:
Publicar un comentario