"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

viernes, 11 de diciembre de 2015

Por siempre Quimera

Comenzaré por diferenciar: no es lo mismo tener espíritu artístico que ser artista. Por ejemplo: mi mujer creía que yo tenía mucho de lo primero y nada de lo segundo, lo que acabaría siendo la causa principal de nuestra separación porque yo, naturalmente, no me resignaba entonces, ni me resigno ahora, a ver como una mera fantasía espiritual de hombre desarraigado mi deseo de concluir alguna vez algo que merezca el calificativo de "obra de arte". Pero pretender hacer obras de Arte es una ambición de naturaleza quimérica en un mundo en que la Quimera ha dejado de ser un mito atractivo que seduzca poderosamente a los seres humanos (algo que denunció, por cierto, Luis Cernuda en su magnífico poema Desolación de la Quimera), y, por tanto, no puedo culpar a mi Ex por  tratar de apartarme de esa mítica seductora y devoradora de hombres, ya que ella creía sinceramente que yo sufría la clásica "crisis de los cuarenta" en la que los varones que tenemos espíritu nos volvemos locos hasta el punto de ser muy capaces de tirar todo lo conseguido hasta ese momento por la ventana con la excusa de empezar de cero en otra parte (excusa que, por lo demás, en seguida se revelará como quimérica puesto que esa "otra parte" es, en realidad, ninguna parte). Es muy posible que ella, mi Ex, sólo intentara protegerme de mi propio carácter puesto que me conocía bien y sabía que yo estaba perdidamente enamorado de un sueño infantil desde que era un niño: quería ser escritor desde que tenía uso de razón y no hallaba mejor uso para ella (la razón) que arrojarla por la ventana de mis sentidos con el fin de enamorarme, no ya de cualquier quimera, sino de la más loca de todas: la del Arte. Y, naturalmente, el arte de escribir era para mí el arte supremo, el Arte con mayúsculas. ¿Por qué? Porque, si uno era realmente un artista, podía dibujar o pintar un cuadro, tallar una escultura, fotografiar un paisaje, rodar una escena, inventar una filosofía y hacer música sólo con palabras, y, para colmo de la magia, sin necesitar más instrumentos, herramientas, máquinas o aparatos que un simple lápiz de colegial. Así que escribir no sólo era un arte mayúsculo sino que, además, era barato pues, para iniciarse en él, sólo había que comprarse un sencillo artilugio compuesto de una fina mina de carbón incrustada en un alargado cilindro de madera que se fabricaba en serie y no costaba más que unos pocos céntimos de cualquier moneda en curso, por lo que (como actividad al menos) estaba al alcance de todo el mundo, y de ahí que, como arte, fuese también el más democrático y extendido... 
Sin ir más lejos, esto último era lo que a mí me hacía sentir bien conmigo mismo cuando escribía: escribiendo me sentía a un tiempo fuera del mundo y hombre universal, valga la paradoja, como si gracias a ello residiera a la vez en el centro del espacio interestelar y en cualquier punto remoto del planeta, siendo, pues, un verdadero ciudadano del Cosmos (lo que se llama un "cosmopolitano", por decirlo con un barbarismo de andar por casa). En suma: escribiendo era cuando mi yo se convertía, a su vez, en Cosmos, en eso que en términos literarios se conoce como "el propio cosmos o cosmos personal" y  que, paradójicamente, también está habitado por el resto de los hombres, ni más ni menos que este planeta. Y aquí, antes de despedirme por hoy, es donde me conviene introducir la puntualización más importante que ha de hacerse a sí mismo un escritor siempre que se pregunte si, en el fondo, lo es: tener un cosmos propio implica disponer a discreción de muchos mundos, lo que representa una crucial diferencia con ese famoso "mundo imaginario" al que huyen todos los niños del mundo, grandes y pequeños, persiguiendo sus propias fantasías. Me explico: en general a los niños, tanto a los que lo son durante unos pocos años como a los que lo son toda su vida, su mundo imaginario les sirve para escapar al normativo de los adultos, mientras que, en el caso de los verdaderos escritores, el mundo de los adultos es sólo otro más de todos los posibles y disponibles en su personal cosmos literario. Recordarlo todos los que, como Cernuda o yo mismo, perseguís todavía y siempre la hermosa quimera de la Literatura...

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