"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

sábado, 31 de diciembre de 2016

De luto

   -Me das pena -me ha dicho alguien muy querido, mirándome con el labio torcido y los ojos no menos desengañados.
   Por un momento he pensado en rebelarme contra su juicio, pero luego he visto que podía ser certero y le he dado el pésame: 
   -Te acompaño en el sentimiento.

sábado, 24 de diciembre de 2016

La piedra

Sin alegría la vida cansa de tal modo que cualquier esfuerzo, el mínimo incluso, nos parece tan gigantesco como aquel en que se empeñaba Sísifo. ¿Y qué hago ahora con la piedra de mi vida?... Elige: tienes varias opciones. Una: cargarla de nuevo sobre los hombros y volver a subir la cuesta. Dos: atártela al cuello y tirarte por la borda. Tres: demolerla metódicamente y reducirla a polvo antes que ella haga lo mismo contigo... Si quieres mi opinión yo te aconsejaría esta última: su ventaja es que el viento puede hacer por ti el arduo trabajo de acarrearla de un lugar a otro. 
Sin alegría la existencia es pétrea y ya solo queda grabar sobre ella un epitafio para que signifique algo, aunque no más sea el tiempo que se ha perdido en hacer este descubrimiento. Si quieres mi consejo, yo opino que mejor es que te alegres de cualquier manera y a cualquier precio... Pero yo no soy quien para dar consejos y, por eso, te doy la mano y escondo mi propia "piedra".

jueves, 15 de diciembre de 2016

Rompetechos

El estilo de un escritor es su techo como tal: el único deber de un verdadero escritor es romper su propio techo.

lunes, 5 de diciembre de 2016

Breve cuestionario editorial

PREGUNTA: ¿A qué tipo de público va dirigida tu obra u obras?
—No lo sé a ciencia cierta pero imagino que posee un cierto nivel intelectual, probablemente estudios superiores, concluidos o no, y que tiene los ojos verdes o azules, o tal vez negros o castaños, y que es, en un alto porcentaje, de sexo femenino porque desde siempre intuí que mis escritos tendrían por destinatario natural una mujer que nunca conocí ni conoceré, pero que existe en alguna parte. Y no me pregunten en base a qué tengo yo esta intuición porque no sé en qué se funda, solo sé que veo esos ojos, de tan variado como ambiguo cromatismo, leyendo mis frases a medida que las escribo, y que por eso no me canso de escribir, o sea: porque, paralelamente, no me canso de mirarlos.

PREGUNTA: ¿por qué crees que debe editarse tu obra u obras?
—Esta tiene toda la pinta de ser una pregunta trampa. Si contesto que porque son mejores que muchas de las ya publicadas, sonará demasiado arrogante (aunque sea verdad). Si digo que porque, si no, me sentiré como una mierda y mi vida carecerá de sentido, parecerá que soy un pusilánime, y, por tanto, que me merezco que me dejen de lado, porque si los cobardes tienen algún defecto que sea realmente imperdonable es el de no escribir bien. Así que responderé a la pregunta con otra pregunta, o sea, a la gallega, que es la única forma de no engañar a nadie: “¿Y por qué no?”.

lunes, 28 de noviembre de 2016

El secreto encanto de las biografías

   
   “La verdad es que escribir la propia biografía es la cosa más difícil que existe. Si elijo un método cronológico me temo que resultará tan aburrida como todas las enumeraciones, porque tras el azaroso nacimiento en cualquier parte vendrá la infancia más o menos feliz de cualquier individuo, y después la adolescencia, y… Y para de contar. Si escojo, en cambio, un procedimiento más selectivo que refleje solo los grandes acontecimientos de mi vida, estoy seguro que la cosa se reduciría tanto que apenas ocuparía el espacio de un breve aforismo. En resumen, podría contraerse en una frase de este estilo: Nació y, sin venir a cuento, ya se dio por muerto. O bien en esta otra: Nació con cierto retraso en las cuentas y, de ahí, que jamás se le dieran bien las matemáticas. Tal vez esta última realidad (la torpeza con los números) sea la que explique mi precoz gusto por las letras: no lo sé. El caso es que, desde muy temprano, mi espíritu se arrimó al Árbol herido por el rayo, como diría D. Antonio Machado, y que, desde esa lejana fecha, la herida no ha hecho más que crecer, pues, antes que nada, fui poeta (malo) y, a su debido tiempo, traicioné la Poesía por hacer algo, no ya útil, sino disculpable a ojos de la Humanidad. Ahora escribo casi exclusivamente prosa y, sin falsa modestia por mi parte, creo poder decir que no se me da del todo mal porque todavía nadie se ha quejado de mi estilo... Aunque claro: en esta ausencia absoluta de protestas algo ha de tener que ver, sin duda, el hecho de que, como escritor, soy aún un perfecto desconocido. Y, naturalmente, no es por otra razón que al fin me he decidido a publicar. Pero no os equivoquéis, amigos que quizás tengáis pronto la gentileza de apuntaros al escasísimo (pero distinguido) grupo de mis lectores: no lo hago porque necesite, como el aire que respiro, vuestras críticas o vuestros elogios. Lo hago porque, sobre todo, deseo vuestro afecto en pago del poco o mucho placer que os procure leerme, puesto que en este oficio de escribir uno está solo como un muerto y siempre agradecerá una mano que le revuelva el pelo en un impagable gesto de cariño …"

   El párrafo anterior es el extracto de una entrada que llevaba el título de “Biografía" hace algunas fechas en este mismo blog. Por supuesto, como biografía imagino que no ha de servir para nada en la contraportada de un libro, donde presumo que la gran mayoría de lectores necesitan leer cosas más concretas sobre el autor de la obra que tienen en sus manos. Sin embargo, resume con bastante exactitud el empeño fundamental en que, para mí, consistió la experiencia de vivir desde los trece o catorce años en adelante. Entré en la adolescencia soñando con dos cosas, a cada cual más heroica y desesperada: la Literatura y el Amor (las mayúsculas no son gratuitas). El segundo de mis objetivos lo alcancé con relativa prontitud pues, en mi época de estudiante universitario, a un joven romántico como yo no le era difícil conocer, ya en los primeros años de su matrícula, “el amor en su forma más desesperada y heroica”, que es la única modalidad de amar que a mí me parecía satisfactoria por entonces. En cambio el segundo de mis fines existenciales, por haches o por bes, se vería una y otra vez postergado a un futuro perfecto donde mis circunstancias vitales lo hicieran posible, es decir: después que alguna actividad secundaria, mucho más eficaz en términos monetarios, crease las condiciones idóneas para escribir una media ininterrumpida de cinco o seis horas diarias, que es lo que yo imaginaba iba a necesitar para convertirme en escritor, vista y comprobada mi espontánea tendencia natural a la pereza, y mi preferencia por las novelas interminables (las de más de mil páginas) en cuanto lector. 
   La primera actividad eficaz en la que perdí el tiempo de un modo rentable (aunque no demasiado, todo hay que decirlo) fue la práctica médica en consultorios de Asistencia Primaria gracias a mi título en Medicina y Cirugía expedido por la Universidad de Santiago de Compostela. Desde un punto de vista vocacional, mi licenciatura fue un error en el que perseveré, de manera inexplicable, durante unos seis o siete años, y, en mi descargo, solo puedo alegar lo mismo que podría decir un joven inmaduro para justificar un matrimonio demasiado tempranero tras preñar a su novia de penalti: todos a mi alrededor lo exigían y yo era todavía un muchacho estúpido, inseguro y cobarde que deseaba agradar a todo el mundo. Fue por ello que llegué a “ejercer” durante casi tres años como médico rural, sin causar víctimas civiles que yo sepa. Tal dedicación fue un empeño de carácter suicida (y tal vez criminal, nunca lo sabré) en que me vi obligado a militar para conseguir las “idóneas circunstancias antedichas”, es decir: un largo período de paro para intentar la redacción de una novela lo suficientemente voluminosa como para dejarme medianamente satisfecho.  
   Por supuesto, ese primer intento constituyó el comienzo de un “exitoso” fracaso, ya que nunca conviene exagerar y, por tanto, tampoco afirmar que fracasé por completo: infelizmente, logré abortar dos voluminosos libros de prosa y una media docena de poemarios, más o menos. De haber tenido más tiempo estoy seguro de que habría conseguido dejar a medias alguna que otra novela más; pero, más pronto de lo que yo había calculado, se me acabó el paro y, para alivio de mi mujer, fui conminado a poner de nuevo los pies en la tierra (por poco tiempo, claro está). Otra vez tuve que volver al mercado de trabajo y a la preparación de todo tipo de oposiciones por cuya temática no sentía el menor interés o curiosidad. Finalmente, al cabo de otros dos años de derrochar magistralmente mi tiempo en estos fingimientos ejemplares, recibí una oferta de la Administración para incorporarme a la plantilla de profesores de la F.P. en calidad de “Sustituto-Interino”, una categoría laboral que, en el organigrama de la Educación Pública Española, es el equivalente a un comodín pedagógico que tanto ha de valer para tapar un roto como un descosido, lo que significa que hoy puede enseñar a sus alumnos el idioma francés y mañana adiestrarlos para clavar puntas en una tabla de encofrados. 
   Perdí desempeñando este polifacético empleo otros seis o siete años en total, para al cabo renunciar al puesto por causa de fuerza mayor: durante mis últimos contratos firmados con la Xunta de Galicia, y posteriormente a la separación de mi mujer, había ido desarrollando el germen de un síndrome depresivo de naturaleza larvada que, un buen día, desplegó las alas para salir a la luz, por lo que fui dado de baja mediante el pertinente informe psiquiátrico. Estuve dieciocho meses en el dique seco, que era lo que, por estos lares, duraba una Incapacidad Laboral Transitoria antes de que entráramos en el mísero S.XXI, tiempo que, por supuesto, intenté aprovechar para concluir alguna de mis obras literarias inconclusas sin obtener resultados positivos, ya que enseguida descubrí que lo de mi depresión iba en serio y no estaba fingiendo, como hasta yo mismo, ¡iluso de mí!, llegué a pensar. 
    No obstante, y a pesar de las apariencias, hice algo de provecho mientras tanto, mientras me recuperaba de aquella debacle profesional y sentimental: mientras la vida me propinaba todos estos reveses que he narrado, a mí se me ocurrió rehabilitar una casona en ruinas que había recibido en herencia y, por fortuna, eso acabaría por darme la tan deseada oportunidad de escribir con cierta continuidad cuando, tras concluir su rehabilitación, decidí venderla. No me enorgullece reconocerlo pero lo hice: la vendí justo cuando la ola de la especulación inmobiliaria había llegado a su cenit, al punto más alto de su curva estadística, y, gracias a ese dinero “indecente” (lo califico así en el sentido de que yo nunca lo había visto junto en tal cantidad), pude sentarme, por fin, ante un modesto escritorio y de cara a una pared desnuda, que, si algo sé ahora, es el mejor paisaje, la mejor “vista” que podemos tener enfrente los que trabajamos con la imaginación.
   De todas formas, no habría de ser tan fácil para mí sentarme frente a esa pared inspiradora y todavía dejaría escapar otro año en los preparativos, o sea: dándome a mí mismo toda clase de excusas y justificaciones para no hacerlo, para no sentar, de una vez por todas, mi real culo en el trono de ficción al que estaba destinado. Porque ese es el quid de la cuestión, a fin de cuentas: el destino de un escritor, de todo escritor, es sentarse en un asiento estoico y demasiado incómodo, en un asiento de hierro punzante que, por momentos, semeja un potro de tortura del que hay que huir a toda costa, a costa de la más infame traición si es preciso. Es el mismo destino, a fin de cuentas, que en el fondo sufren los reyes, los cuales (apostaría algo) también están siempre deseando escapar a la tortura del trono, siendo esta la neurosis que ellos tienen en común con nosotros, y con los artistas en general. 
   Sentado en el mío, en mi trono, hace ya más de una década que escribo día tras día, sin fines de semana ni vacaciones. Lo que hago no me reporta ingresos económicos de ninguna clase, y tampoco me permite cotizar a la S.S. por el régimen de Autónomos porque esa renta la necesito para pagar el alquiler mensual a mi casero. Vivo de mi patrimonio líquido que administro con el celo propio de un avaro para no verme, más pronto que tarde, de patitas en la calle. Si soy feliz, cosa que dudo, lo soy al modo de los autistas que saben lo que saben, pero no saben cómo comunicarlo ni a quién. Yo, por no tener, no tengo ni lectores, lo que para un escritor es la pobreza máxima: la pobreza sin medias tintas, ya que de tinta va la cosa. En fin: hasta aquí llega mi relato de lo que he sido y de lo que he vivido. En ambos aspectos, en el ser o en el vivir, no sé si es mucho o poco, pero lo que sí sé es que no es bastante. Supongo que por eso he escrito y que por eso escribo aún… 

viernes, 11 de noviembre de 2016

Carta a una lectora desconocida

Estimada amiga: me alegro de tener noticias tuyas, de que conserves tu trabajo "rutinario", y de que cultives otros intereses tanto intelectuales como sociales en un mundo donde creo que se está olvidando con demasiada rapidez que la palabra "cultura" tiene la misma raíz etimológica que la palabra "cultivo", y que en el fondo, hagamos lo que hagamos y estemos donde estemos, en el campo o en la ciudad, se trata siempre de lo mismo: de cultivar. Incluso las amistades, como las hortalizas, solo tienen futuro si se cultivan con cierta periodicidad, ¿no te parece?. No quiero decir con esto que la amistad sea como los rábanos o las lechugas pero sí que, una vez plantada, deberíamos estar algo más prestos a arrancarle las malas hierbas que crecen a su alrededor, y a procurarle el riego que necesite para que, a su debido tiempo, podamos recoger sus frutos y flores. Hoy en día, gracias a Internet y al resto de las Tecnologías de la Comunicación, debería ser más sencillo procurarle tales cuidados con más frecuencia, y con independencia de lo lejos que vivan dos amigos entre sí; pero, como sabemos, no siempre se consigue ya que las vidas distantes acaban por parecernos más distantes de lo que en realidad son y están, y, atareados en la nuestra, olvidamos que las de los demás siguen teniendo su día a día en otra parte, con sus pensamientos, sueños, anhelos y deseos de los que apenas llegamos a saber nada, o casi nada, en realidad. Por eso me reconfortó tanto saber que conservas tu trabajo, tus proyectos, tu familia y amigos; y por eso me alegra que (continuando con la metáfora) sigas cultivando todas y cada una de esas "plantas" diariamente, aunque a veces te parezca que lo haces de forma rutinaria... 
En cuanto a la mía, a mi vida, debo decirte que no ha variado gran cosa, lo que, dependiendo de cómo se mire e interprete, puede significar que es una buena cosa, puesto que por lo menos indica que, en cuanto a salud, no me ha sucedido ningún mal demasiado grave y sin solución, por más que ya empiezo a padecer ciertos dolores reumáticos debidos, sin duda, al maldito clima húmedo de mi país. Con respecto a la Literatura, en cambio, sí que hay novedades, pues he publicado unos cuantos libros más, aunque en todos los casos han sido auto-ediciones al todavía no haber encontrado una editorial que quiera arriesgarse conmigo. Como puedes suponer mi cuenta corriente no ha aumentado en un solo céntimo gracias a mis escritos, pero, al menos, no he perdido las ganas de seguir escribiendo, y eso ya es algo. De todas formas, no niego que, algún día, me gustaría llegar a ganar dinero con lo que hago, y, aunque procuro que eso no me quite el sueño, reconozco que, por momentos, hace temblar mi vocación porque sé que el dinero es uno de los grandes problemas de los artistas que no tienen éxito, como es mi caso. 
Naturalmente, yo siempre supe que no iba a ganarme la vida con la Literatura y, por ello, desde que era joven, me dediqué a buscar financiación para mi particular vicio mediante otras actividades que nada tenían que ver con ella. Con todo, y a pesar de las dificultades, este, el de escribir, ha sido uno de los objetivos en que más he perseverado a lo largo de mi existencia. En cierto modo, se me podría aplicar el tópico que dice que para un escritor sus libros son los únicos hijos que él quisiera tener; por tanto, básicamente a eso me dedico: a tenerlos. ¡Y tú, como madre, has de saber perfectamente cuánto cuesta criarlos...! En la práctica, quizás tener hijos o escribir libros venga a ser lo mismo ya que para el completo desarrollo de unos y otros siempre se requerirá disponer, no ya de tiempo, sino, sobre todo, de ahorros. Así que comprenderás, sin duda, que yo piense en estas cuestiones obsesiva y casi constantemente, más ahora que me hago viejo y que ya no me será tan fácil ahorrar de aquí en adelante. En fin: el hecho es que yo he parido libros, no hijos, y que tal vez por eso siga soltero.
Muy ingenuamente, a mi modo de ver, en tu anterior carta me preguntabas que "cómo ando de amores". Te diré por qué me parece tan ingenua tu pregunta: porque en cuestión de amores yo, más que andar, siempre he levitado, y un hombre que levita no puede ser un "buen compañero de viaje" por más que tenga excelentes condiciones para ser astronauta. Verás: a mi entender, para de veras poder hacer compañía a alguien, hay que ser realista, ser capaz de poner los dos pies firmemente sobre la tierra, mientras que yo, por el contrario, siempre solía apoyarme en ella de puntillas, y algunas veces ni eso. Te lo digo en serio: para poder amar hay que tener cierto peso y pisar con más o menos fuerza al recorrer los caminos de este mundo; pero no ser ligero como una pluma o vivir permanentemente en las nubes, porque, en este caso, o desapareces arrastrado por una simple corriente de aire, o te alejas con solo que soplen un poco en tu dirección: no sé si me entiendes. En cualquier caso, cuando se habla de "amores" la gente suele pensar en términos de pareja, suele imaginar, digámoslo así, un "traje" hecho a nuestra medida. Sobre esto, a mí solo se me ocurre decirte lo mismo que me dijo una amiga mía que cree estar demasiado gorda una vez que fuimos juntos a las rebajas de unos grandes almacenes: "¡Es una lástima, pero ya no queda nada de mi talla!". 
En lo que respecta al amor, pues, se puede decir que yo padezco de obesidad mórbida hoy en día, y, en consecuencia, es prácticamente imposible para mí encontrar en las rebajas de temporada "prendas" de mi talla, razón de que ya no las busque revolviendo como un loco entre los montones de gangas. Ahora bien: que actualmente no se pueda afirmar que yo esté bien provisto de afectos apasionados, no quiere decir que, en estos temas, ande por ahí con el culo al aire. Uno conserva siempre su modo personal de apasionarse en la medida que una vez amó y fue amado, gracias a que en una ocasión conoció eso que llamamos "amor verdadero", y basta con haber lucido una sola vez en el pasado ese "traje" para que, a pesar de los muchos años que lleva deshilachado, continúe abrigándonos como el primer día e impidiendo que nunca nos sintamos totalmente desnudos al salir a la calle. O lo que es mejor: que jamás nos veamos a nosotros mismos como unos miserables que nada tienen que ponerse y que, por eso, no les queda otro remedio que ir por ahí pidiendo una limosna de amor en cueros vivos. No, amiga mía: de amores no ando ni mal ni bien porque, en realidad, gordo como estoy y perezoso como soy, hace tiempo que no doy un paso en su procura. El amor es para los ágiles y estilizados cuerpos, y el mío hace mucho que es lento y deforme. El amor es, sobre todo, para los que tienen una cintura de boxeador que les permite esquivar los golpes, o para los que gozan de los reflejos del esgrimista que resultan tan útiles desviando estocadas mortíferas. Es para cualquiera que aún sea apolíneo de espíritu o dionisíaco de alma, pero no para el que ya no presenta ni belleza ni entusiasmo, el atractivo del orden o la fascinación del caos. 
Así pues, y aunque te decepcione oírlo, yo no tengo amores porque ya no está entre mis facultades el poder tenerlos. He llegado a esa edad en que ya solamente las viejas amistades saben cómo acompañarnos sin sufrir ni hacer sufrir por ello, y, al fin, ya no tengo miedo a padecer otra vez la opresión de ser deseado por alguien al que no deseo ni, a la inversa, la vengativa desesperación de desear a quien no comparte la intensidad de mis sentimientos. No obstante, y aunque no más sea por haberme desengañado de amar, el amor me ha servido adecuada y fielmente, por lo que sería un ingrato si no le estuviese sinceramente agradecido. Y más que nada le agradezco su apaciguada desaparición final, el modo en que la lumbre de sus brasas se fue apagando poco a poco en mi interior para darme tiempo a adaptarme a la nueva temperatura ambiente en que ahora habito, donde la paz de los desiertos ha sustituido ventajosamente a las alegrías feroces y desmesuradas de antaño, al dulce veneno que bebí a lametones (como lamían los perros de mi infancia la sangre bajo el banco de la matanza) en aquellos lejanos días que, ¡loado sea Dios!, no han de volver... 
Saludos, y un fuerte abrazo.

sábado, 5 de noviembre de 2016

Un hombre de recursos

Ya es bastante raro que, después de treinta años sin saber nada de nada uno del otro, te llame un día un desconocido con nombre y apellidos que te suenan vagamente familiares para invitarte a una de esas comidas de confraternidad convocadas por los antiguos alumnos de un colegio de Secundaria, con el pretexto de reavivar, según nos dice, "viejos vínculos generacionales" entregándonos todos juntos a la rememoración obscena de un sinfín de ridiculeces y cursilerías adolescentes, o sea: a una borrachera de sentimentalidad que, por momentos, alcanza cotas orgiásticas, pero que de orgía tiene más bien poco, a no ser que la narración por riguroso turno de nuestras conquistas profesionales sea una de las formas más civilizadas que existen de experimentar un orgasmo en público.
Pero lo más raro no es eso, lo más raro es que, tras mucho dudar si le conviene o no  aceptar la invitación, uno vaya finalmente a ese banquete para encontrarse allí a otro como él que, en apariencia, no sabe dónde esconderse, cómo pasar desapercibido y hacer que corra la rueda de las confesiones más o menos espontáneas sin que nadie le reclame el relato de sus vicisitudes personales a lo largo del tiempo transcurrido desde que los comensales allí reunidos se perdieron de vista unos a otros. En definitiva: lo más raro fue ir para encontrarme  allí a un tipo aparentemente discreto y silencioso como nadie que, al fin, acorralado por todos los demás (entre los cuales he de incluirme, para mi vergüenza), acaba confesando entre lágrimas que la vida se le ha ido al carajo; que se casó tres veces y se divorció otras tantas (si no más, pues también deberían contarse como fracasos conyugales las separaciones de las dos parejas de hecho que tuvo a mayores de sus bodas religiosas); y que lo mismo que le habían dado un hijo cada una, sus tres mujeres oficiales, una detrás de otra, le quitaran, en concepto de bienes gananciales, la escritura de una casa al término de cada matrimonio ("Un hogar por cabeza, las muy hijas de...¡Hay que joderse!"); y que, por esa razón, ahora estaba otra vez en el mismo sitio de partida que de joven, o sea, en la puta calle, solo que viviendo de las limosnas estatales para mayores de cuarenta y cinco, y de vuelta en el barrio de su infancia, acogido bajo el techo de sus ancianos padres, los cuales, para colmo de los colmos, no podían perdonarle el no poder ver a sus nietos con la frecuencia que quisieran debido a lo mal que él se llevaba con todas sus ex-esposas...
Ahora bien (y aquí era donde nuestro hombre comenzaba a luchar, visiblemente emocionado, para no soltar la lágrima): no fuéramos nosotros a creer que, si nos contaba todo esto, era por amargarnos la comida, sino porque los recuerdos imborrables de sus "únicos amigos de verdad", de "sus únicos colegas verdaderos", habían sido para él lo mejor que le había ocurrido en los treinta años que llevaba sin vernos; y tanto era así que, si a pesar de sus escrúpulos se atrevía a contarnos sus desgracias, era también porque no tenía otro modo de empezar de cero (o, al menos, de intentarlo) salvo si contaba con la ayuda de nuestro apoyo desinteresado, por lo que (haciendo de tripas corazón y en contra de sus principios morales más sagrados) se veía obligado a pedirnos un mínimo de dinero, una bagatela o calderilla que, si nos parecía bien, se desglosaría en dos entregas: una, pagándole a escote su parte en aquella comilona, y dos, destinándole una pequeña contribución individual antes de la llegada de los postres, una especie de tasa o cuota solidaria, como quisiéramos llamarla, que le colocara otra vez en el buen camino, es decir, con posibilidades reales de poder alquilar un pisito, un espacio propio que le devolviera su perdida dignidad humana y en el que poder recibir de nuevo las visitas semanales de sus tres retoños, los cuales, ¡pobrecitos!, no tenían culpa de nada. Muy gentilmente por su parte, nos ofreció entonces la alternativa de hacer este último donativo mediante un cheque endosado al portador si alguno de nosotros, los contribuyentes, no llevaba encima efectivo suficiente, cosa que, a su entender, sería de lo más normal y lógico dado que casi todos nosotros, al contrario que él, éramos triunfadores, y a los triunfadores no les gustaba el contacto directo con el vil metal.
Y si digo que es raro lo digo, sobre todo, porque nadie, ninguno de los presentes recordaría, en los días siguientes, el momento en que se levantó de la mesa, ni tampoco el momento en que se guardó los billetes y los demás "papelitos", los arrancados de las chequeras después de ser rubricados al dorso por sus ordenantes. Sólo recordábamos el momento en que, en efecto, nos sirvieron los postres (la tarta helada, el brazo de gitano, las natillas y el tocinillo de cielo), pero no si él aprovechó esta golosa coyuntura previa a la sobremesa para desaparecer sin despedirse, aunque suponemos que sí, que sería entonces, porque fue entonces cuando todo el mundo perdió de vista a su vecino al volcar toda su atención sobre esas golosinas... 
Desapareció sin aguardar por los cafés y los licores, y no digamos por los puros, ya que, al parecer, no fumaba y, en cambio, tenía una prisa loca en darse el piro una vez conseguido su botín. Nosotros, sin embargo, no sospechamos nada de nada; y de esto, de que perseguía solamente un botín, ni siquiera nos enteramos cuando el chef vino a preguntar por el organizador del evento, describiéndole como "un hombre que conservaba más amigos que pelos tenía en la cabeza" puesto que, según nos dijo, un mes sí y otro también solía reservar en su restaurante una sala preparada para acoger treinta o cuarenta tenedores, en la que reunía a un grupo de gente con la que, ya fuese durante el bachillerato o durante sus estudios universitarios, había compartido aulas  y a los que él mismo se encargaba de avisar por teléfono citándolos para tal día y tal hora, y solicitándoles además que le confirmaran, por favor, la asistencia, como aconseja el protocolo social y manda la buena educación. 

viernes, 4 de noviembre de 2016

Sin oficio ni beneficio

Ahora ya es tarde porque, a estas alturas, mi vicio ya está demasiado arraigado y me puede, me vence a cada paso. Pero es cierto que la cosa no tiene vuelta de hoja: nunca debí permitirme a mí mismo escribir una sola palabra sin antes o después cobrar por ella a tocateja. Esto demuestra que nunca vi un oficio en la escritura y, lo que es peor, demuestra también que siempre fui un individuo incoherente, pues quien ama tanto las palabras quizás debería antes aprender a alimentarse solo de viento. En mi situación, lo único que a veces me consuela es alegar en mi defensa la frase más memorable de Emerson: "La necia coherencia es el duende de las mentes estrechas". Pero, sea de muchos o de pocos, por lo general el consuelo es cosa de tontos: así que mejor sigo escribiendo y que le den al duende.

sábado, 29 de octubre de 2016

Salvo que no les conozcas en persona

Cuanto más me remonto en el tiempo sobrevolando mi pasado, tanto el remoto como el reciente, más me apercibo de que nunca fui lo que se dice una persona "realista", sino que, desde edades tal vez demasiado tempranas, pasé por ser un chico solitario, soñador y fantasioso, que buscaba el afecto por escrito, a través de las espontáneas y cándidas expresiones de su ingenio poético, expresiones que no siempre eran oportunas, desde luego, ni menos aún apreciadas en su justo valor por las personas que me las habían inspirado. Debido a mi timidez frente al sexo opuesto, mi inseguridad y mi falta de naturalidad fueron los grandes obstáculos de mis primeras relaciones amorosas, varias de las cuales fueron entabladas por correspondencia y terminaron sin siquiera haber empezado, en realidad. Salvo en la primera infancia, donde el sexo no era el elemento tácito y más importante a tener en cuenta, las mujeres siempre me han dado miedo, y, por lo general, con ellas es solamente en la amistad que me siento medianamente cómodo y seguro. Sé que esta confesión sera reveladora, sobre todo, para los freudianos, que enseguida la imputarán a la existencia entre bambalinas de una homosexualidad latente y no asumida o de una madre sobreprotectora y tiránica; pero yo no lo tengo tan claro pues, en cualquier asunto, el objetivo de alcanzar la deseable claridad es para mí una cosa imposible y, para ser sincero, me pasa en la mayoría de las ocasiones. Sé que una madre suele ser el personaje clave en la vida de bastantes hombres, y que su huella es profunda e indeleble en casi todos; pero, en mi caso, no creo que lo haya sido más que (por ejemplo, y por citar solo algunas) las dejadas por Franz Kafka, Henry Miller o Marcel Proust, que son, realmente, mis verdaderos familiares directos: quienes me han amamantado y cambiado los pañales, por decirlo así. En cambio, no he tenido un padre en sentido estricto, y eso sí que debió tener trascendencia para mí porque existe la posibilidad de que cualquiera de los personajes anteriormente citados (Franz, Henry, Marcel), llegasen a mi vida, entre otras razones, con la misión principal de sustituirle, adoptando sus funciones y llenando así, en la práctica, su ausencia. Quizás yo no haya hecho sino buscar en los grandes nombres de la Literatura la familia ideal que nunca tuve, y sea por eso que, desde el principio, haya sido un idealista, es decir: porque mi alma siempre se sintió infinitamente más comprendida y mejor acogida por los autores de libros de ficción (mis "hermanos de espíritu") que por mis parientes consanguíneos, cualquiera sea el grado de parentesco que estos tengan conmigo. Y es que ya se sabe: con los hombres es difícil entenderse... Salvo que escriban y uno no los conozca en persona, quiero decir.

sábado, 15 de octubre de 2016

¿Vale o no vale la pena?

Por primera vez en la vida estoy realmente asustado por mi porvenir, ahora que mis ahorros disminuyen lenta pero inexorablemente, que una pléyade de posibles enfermedades me acechan, que mis fuerzas físicas se agotan por imperativo de edad, que mi corazón enviuda cada día de alguna de sus más firmes esperanzas, y que pierdo a cada hora que pasa la amistad de alguno de mis más locos sueños de juventud... Pero no solo mi cuerpo, también mi alma envejece con rapidez, y cada día que me levanto me pregunto si aún vale la pena hacerlo: si la vida me reserva todavía una sorpresa feliz y excepcional en medio de esta familiar mediocridad que me rodea y que, no sé por qué, defiendo con uñas y dientes, como defiende el anciano sus manías, su tesoro de prejuicios, vicios, excentricidades e intolerancias que terminan por hacer de él un misántropo y un avaro. ¿En realidad vale la pena preguntarse si algo vale la pena?... No lo sé, puede que no. Pero, en todo caso, esto es lo que yo me pregunto ahora, la valía de la que dudo: ¿para qué atesorar más tiempo material, todas estas mañanas y tardes que se repiten iguales a sí mismas, y que, cual infinitas monedas de a céntimo, no me canso de contar creyendo que en ese anodino montón sin brillo consiste toda mi fortuna?... Siempre creí que atesorar tiempo libre era mi particular y natural forma de codicia humana, pero ya vacío de sentimientos nobles, de emociones intensas, y de una sola ilusión real, ¿de qué me sirve esa riqueza, toda esa calderilla de minutos y segundos, si nunca va a procurarme la misma sensación de plenitud que un solo instante de ciego amor y felicidad?... 

sábado, 1 de octubre de 2016

Cabalgando sobre la bestia

Hasta estas últimas fechas (semanas, meses) no me había dado cuenta cabal de la dimensión de mi fracaso. Se puede decir sin faltar a la verdad que he dilapidado hasta el último céntimo del crédito social del que gozaba a mi salida de la universidad, y que casi todo ese despilfarro se lo debo a esta manía u obsesión de escribir. En otra parte de este blog, ya dije que la escritura no remunerada era como una enfermedad adictiva que puede consumir todo nuestro patrimonio y conducirnos a la dependencia indigente de una forma lenta e inexorable, de una forma que duele hasta la exasperación porque, en nuestro fuero interno, no sabemos cómo evitarla al no querer, en el fondo, renunciar a ella por nada del mundo. 
Nosotros, los escritores fracasados, sabemos, siempre hemos sabido, que hay que renunciar y, sin embargo, no queremos hacerlo, nos resistimos a hacerlo con uñas y dientes, a caballo de una ejemplar insensatez que está dispuesta a arriesgarlo todo con tal de no bajarse de la silla. Y lo de la silla nunca estará mejor dicho que en este caso, pues una silla, cualquier silla, hasta la más incómoda, es el trono desde el que cualquier escritor, independientemente de su categoría, tiene la oportunidad de reinar sobre la humanidad, su vasalla natural. Si es realmente un artista (es decir: si siente que lo es y no solo se resiente de ello), un escritor tiene la obligación de subirse al tozudo caballo de su insensatez  y arriesgarse una y otra vez a que la realidad le descabalgue de golpe, arrojándole de cabeza al pedregoso y enlodado camino de la vida por sobre las orejas de esa bestia impredecible y falsa como ella sola: la insensatez humana. 

miércoles, 28 de septiembre de 2016

De la jardinería, en general

Jardinero: cultiva tu flor, no sueñes con jardines. Recuerda que para lograr cierta belleza, cualquier clase de belleza, siempre habrá que mancharse las manos, pues, en el fondo, todo es cuestión de saber elegir y dosificar el estiércol. Desde luego, sin una tierra de por sí fértil hay poco que hacer, y la lluvia es necesaria y, en todos los casos, bienvenida. Pero, realmente, solo la mierda, el tipo de excremento con que se abona, resulta imprescindible en tu oficio. Tápate, pues, la nariz... ¡y a trabajar!

jueves, 22 de septiembre de 2016

Confesiones de un católico biológico

Apostatar no sirve de nada para quien, en la médula de su ser, sigue siendo un católico que no descansa si no es en la confesión preceptiva y regular. Sin ir más lejos, este cuaderno virtual es mi confesionario salvado de las llamas (una vez que ya he prendido fuego a todas las iglesias del Pensamiento, quiero decir), y, básicamente, por eso vuelco aquí mis "pecadillos" con más o menos sinceridad por mi parte.  Amigos: hoy confesaré que he vivido, y que maldita sea mi alma porque no me ha valido de nada, ya que sigo deseando vivir como si me fuese la vida en ello; y también que cuánto miedo me da el futuro hoy en día (¡ni se lo imaginan!), cuando en toda mi vida no he pensado en él más de lo que ordinariamente pensaba en la uña del meñique de mi pie izquierdo. Es innegable, pues, que me he hecho viejo sin que en ningún momento me pasara por la imaginación que podría dejar de ser joven alguna vez. Lo confieso: siempre he jugado al Todo o Nada, a ese rien ne va plus de la ingenuidad, y siempre supe, además, que no hay nada que hacer para los que somos así, ya que querer demasiado el Demasiado lleva más temprano que tarde a la propia perdición... Las cosas como son, amigos: ojalá hubiera yo aprendido a mentir desnudando mi corazón porque, si algo aprendí en los poquísimos años que uno vive, por más que llegue a ser una persona longeva, es que la mentira no es tan mala como afirma en público toda esa buena gente que, en el fondo, nunca hace otra cosa que mentir al hablar de sí misma. Porque, ¿cómo va a ser tan mala la mentira si mienten como bellacos incluso los que son incapaces de cometer ninguna bellaquería realmente seria, realmente infame?... Por lo demás, no os dejéis engañar: los peores no son los que mienten a boca llena sino los que lo hacen a la chita callando, los cobardes que nunca abrirán la boca para mentir bella y valientemente. Me explico: para mentir como miente, por ejemplo, ese canceroso que declara ante sus amigos y familiares tener la salud de un roble, y, no contento con ello, les dedica una sonrisa que transmite confianza a raudales, una confianza que él (en secreto) no tiene. ¿Alguien de vosotros se imagina una mentira más hermosa y más valiente? ¡Qué bello es mentir, diría yo, si fuesen así todas las mentiras, o sea: pruebas de auténtico amor que se mantienen en el incógnito, ocultas hasta el final, con tal de no hacer daño a quienes más queremos o nos quieren! ¡Ay! Ojalá que cuando a mí me toque la china tenga yo, al menos, parte de ese valor que se necesita para mentir de tal modo, al belle modo de los bravos hombres que no se auto-compadecen de sí mismos por haber contraído algo que, a fin de cuentas, es obra de la Naturaleza (por tanto, algo ecológico y, en consecuencia, beneficioso para el orden general de las cosas en el Universo, si aceptamos que todo lo que procede de ella, de la Naturaleza, lo es en mayor o menor medida). Ojalá, ya digo, que también a mí me sea dado un valor semejante en su momento. Pero me temo, amigos míos, que no sea así porque os confieso que yo también soy de los cobardes, de los que solo se mantienen fieles a sí mismos en detrimento de los demás, los cuales se ven obligados a limpiarnos los mocos y las lágrimas cuando el miedo nos domina. Las cosas como son: ahora mismo, en esta noche de insomnio, lo está consiguiendo, me domina ya por completo. Confieso que esta noche me estoy cagando de miedo, os lo juro. Y confieso que por eso mismo necesito confesarlo, ¿comprendéis?: porque solamente mi confesión lo contiene un tanto, solo un poco, un poquito nada más... Lo dicho: soy un católico biológico a quien de nada le serviría apostatar sinceramente, como es lógico.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

La obligación de ser piel roja

Hoy no tengo nada que decir, pero ni mucho menos me desanimo por ello porque sé que esa es la situación más favorable para ponerse a escribir. Al escritor debería bastarle con escuchar dentro de sí mismo la latencia de algo vivo en él que desea manifestarse y expresarse, de algo que no se resigna al silencio y que impide su reposo en el simple existir, en el ser del Todo que, según los místicos, es aquello con lo que deberíamos aspirar a fundirnos enmudeciendo ejemplarmente. Pero la escritura es la oposición frontal a cualquier mudez ejemplar que se conforma con repetir ad infinitum un mantra sagrado, una oración que, más que una frase compuesta, es un rumor orgánico perfectamente insonoro, como lo es el constante latir del corazón si uno se encuentra sano. Por esto precisamente he dicho más de una vez aquí, en este blog, que el escritor no es una persona "sana", no en el sentido médico, por supuesto, sino en el sentido de que el hombre sano, para su saludable tranquilidad y felicidad, no percibe el constante rumor interno de las frases que en nosotros, los escritores, pugnan continuamente por hacerse oír, rumor que, a veces, es tan fuerte que constituye un verdadero estruendo, siendo esta la razón de que, en tales ocasiones, creamos no tener nada que decir, pues, en medio del estruendo, nada se percibe con claridad. Quien escribe tiene la obligación de adiestrar su percepción, de afinarla hasta poder captar el ruido lejano de sus palabras que siempre avanzan en confuso tropel hacia su encuentro, como hacía el indio piel roja cuando ponía su oreja contra la tierra (muda solo en apariencia) al objeto de detectar a distancia el estruendo de los cascos pertenecientes a la caballería confederada lanzada al galope... 

viernes, 9 de septiembre de 2016

Mi mayor paradoja

Soy de esas personas a las que confesar los propios sentimientos no les resulta fácil, por lo que se entenderá que desvelar mis miedos más íntimos me parezca casi vergonzoso, poco menos que un acto impúdico. Pero me he propuesto hacer este ejercicio de exposición pública, no por masoquismo o exhibicionismo, sino como un modo de probar, de demostrarme que no le tengo miedo al miedo mismo. Para empezar formularé entonces la pregunta de rigor como si me la hiciera a bocajarro cualquier persona que lea esto: 
   -¿Cuál es tu mayor miedo?...   
Dado que soy un varón occidental que se acerca a los sesenta años, y cuya dieta se ha inclinado siempre hacia la proteína de origen animal, sería razonable contestar que un dolor agudo, repentino, atroz, un dolor que augura la muerte por el mero hecho de su intensidad, es decir: un infarto o un cólico que roce el diez, la puntuación máxima en una hipotética escala de medición del sufrimiento. Como respuesta, esta sería la más lógica y razonable (y, por supuesto, la más previsible) si me hubieran preguntado por mis aprensiones de hipocondríaco, no por mis verdaderos miedos psicológicos, por mis temores racionales en cuanto individuo o psique particular.
Actualmente, como "psique individual", mi mayor miedo o temor racional es algo muy distinto a la perspectiva de una enfermedad grave (perspectiva que, por otra parte, cada vez soy más consciente de que existe para mí): hoy temo, sobre todo, que llegue un momento en mi vida en que no pueda soportar mi soledad, que es de donde fluye mi escritura ya que, para un solitario, en la soledad está todo lo que él necesita para escribir. Ni pluma ni papel, ni teclado ni pantalla de ordenador: para escribir, lo único que se precisa es estar solo. Ni siquiera se necesita una modesta biblioteca personal, y menos aún leer constantemente, como piensa la mayoría de la gente (lo cual no significa que haya que aplaudir a esos escritores que nunca han leído nada, y que, además, presumen de ello). 
Escribir presupone un don, y tener un don supone poseer un látigo propio con el que flagelarse.  Mi gran temor es, pues, que llegue un día en que ya no soporte lo que es a la vez el don y el látigo del escritor (su soledad) y necesite, en cambio, vivir de nuevo libre de dones y flagelaciones, como cualquier hombre feliz. Reparad, amigos, en que, al sacar esta última conclusión, al mismo tiempo saqué de la chistera una paradoja, y, si bien lo pensáis, la paradoja lo resume todo. Veámoslo. 
   -¿Cuál es tu mayor miedo, entonces?...
   -Mi mayor miedo es volver a ser feliz.

viernes, 2 de septiembre de 2016

Un pintor: Cáspar David Friedrich

Su maestro, Johan G. Quisthop, le había inculcado la costumbre de la caminata diaria por los campos y senderos de cualquier ciudad en la que, definitiva o transitoriamente, residiera, con la excusa de que Dios era un caminante empedernido al que le gustaba, más que nada, la Naturaleza, por lo que era allí donde uno podía encontrarle más fácilmente. Como buen discípulo, él había practicado la creencia de Quisthop durante la mayor parte de su vida, y no solo porque era también la suya sino porque le venía que ni pintada para su oficio, el de pintor paisajista. En Neubrandenburg, Greiswald y Dresde, las ciudades donde (mientras vivió) había residido más tiempo, no había dejado nunca de salir a pasear por las veredas del entorno, con las acuarelas y el cuaderno de dibujo, no con el fin descarado de tropezarse con el Otro Paseante, aunque sí para intentar descubrir sus huellas en los rincones que su sensibilidad artística consideraba más bellos y misteriosos, registrándolas en los muchos bocetos que realizaba durante esos paseos. Su educación pictórica, pues, se fraguó en aquellas andanzas erráticas alrededor de una urbe burguesa de la Europa central, donde el luteranismo se había hecho fuerte para desgracia y escándalo de Roma. Pero él no era tanto un luterano por causa de su fe sino a causa de su carácter, que instintivamente era recto e íntegro, amigo natural de la soledad y el aislamiento propio del lector, para quien los libros son, en realidad, los verdaderos compañeros de nuestra vida. Se hizo un hombre gracias a estos hábitos, y, a la postre, sería gracias a ellos también que acabaría por hacerse un nombre en la pintura alemana del siglo XIX.
Tempranamente embebido de los paisajes bálticos, donde la bruma y el sol conviven de mala gana, en constante rivalidad, aprendería pronto que la luz es un bien universal que solo un pintor aprecia con la debida justicia, y de ahí que él se entregase a la pintura como a una religión: porque no veía otro modo de ser justo con el mundo. Era todavía muy joven y, por tanto, un ingenuo: no podía saber aún que uno se traiciona a sí mismo por el simple hecho de sobrevivir. Sin embargo, a medida que aprendía y dominaba su técnica, lo fue comprendiendo, fue comprendiendo que solo los seres sin conciencia son justos con el mundo que reciben en herencia puesto que, a sabiendas, no hacen nada que lo modifique. Aprendió que el materialista lo explota y que, de la misma manera (por instinto) el idealista lo deforma, ya que a ninguno de los dos le satisface, en todo instante y por completo, lo que ve. Por eso él pronto quiso ver a Dios detrás de cada forma y color que le salían al paso: de cada árbol, de cada río, de cada puente medieval, de cada colina lejana, de cada roca desnuda, de cada piedra desmoronada de un muro, de cada trozo de hielo desgajado de un glaciar. Había idealizado el mundo desde que tenía uso de razón y, gracias a la pintura, perfeccionó el arte de ver algo que no estaba en él, pero que sin duda “debería” estarlo, o sea: ideas, emociones, sentimientos, sueños y temores ultramundanos que no forman parte de la Naturaleza, pero que esta exhala como un aliento fantasmagórico que solo es visible a ojos del Espíritu.

   

miércoles, 31 de agosto de 2016

Aviso para navegantes

Si la intensidad es el valor supremo por el que se rige el vivir de alguien, su vida ha de ser necesariamente breve. En la naturaleza, la duración es inversamente proporcional al esplendor y, en ella, el color más vivo o la forma más hermosa suelen ser fenómenos de corto recorrido y de supervivencia todavía más corta. La viveza de la rosa o el resplandeciente brillo del genio se apagan con parecida rapidez. El insecto más bello nace por la mañana y muere antes del anochecer. La hazaña más admirable es aquella que surge de un simple impulso de generosidad para el que el héroe, en su perplejidad no menos sorprendida que la nuestra, tampoco encuentra explicación. La maravilla es efímera por naturaleza, por más que su recuerdo no se extinga en nuestra memoria. ¿Y acaso no ocurre lo mismo con el amor imposible, con aquel que tuvo una existencia propia del mundo de los insectos, o sea: menos de veinticuatro horas de vida intensísima...? 
Quien se empeña solo en sobrevivir se empeña en apagarse para siempre, pues el hombre no es sino polvo estelar y las estrellas solo duran gracias a que hace mucho que están muertas. El miedo está en el origen del natural deseo humano de una larga supervivencia; pero el deseo mismo, en cuanto ansia de una vida intensa, es el imperecedero germen de la muerte: una vez contraído, su única oportunidad de curación es que muera. Ahora bien: curarse del deseo y seguir vivo supone la vejez anticipada y sin consuelo, el durar por durar que no tiene otro sentido que la duración por sí misma, Por tanto, a rey muerto rey puesto: al deseo extinto ha de sucederle otro deseo vigente o, si no, será la muerte estéril, sin descendientes, quién ocupe definitivamente el trono. Y, a partir de ahí, ya no nos valdrá recurrir a la coartada de la maravillosa experiencia vivida porque, como todo el mundo sabe, la experiencia es como el peine para el calvo: puede que a nuestro ego le haga cosquillas en la cocorota, pero no conseguirá que le luzca más el pelo.

miércoles, 24 de agosto de 2016

Escrito que cuenta con mi permiso expreso para ser arrojado a la basura

Parecer ser que es añorando y deseando con todas nuestras fuerzas un verdadero contacto amistoso, de igual a igual, con un ser humano inexistente en la práctica, como uno acaba siendo (a la larga, digamos que en cincuenta o sesenta años de vida social) un "misántropo auto destructivo", etiqueta sanitaria esta que los psicólogos clínicos reparten hoy en día con generosa prodigalidad entre sus pacientes más inclasificables, a juzgar por el número de casos que se están descubriendo en los últimos tiempos. Naturalmente, al colocar esa etiqueta a uno de sus pacientes, el reproche de los científicos no va dirigido contra la misantropía en sí misma, sino contra los impulsos auto-destructivos que, según ellos, estarían emparejados de modo natural a esta "enfermedad" propia de gente insociable por naturaleza, o que ya no es tan sociable como antaño... 
No es que yo quiera siempre enmendar la plana a los profesionales de la Salud pero, sin embargo, estoy seguro de que cualquiera de nosotros conoce, al menos, a un misántropo reconocido que no es exactamente un "enfermo", y que, de pasarle alguna vez por la cabeza el impulso de destruir a alguien, antes lo haría con la mujer o el hombre mundanos con los que le ha tocado en suerte convivir, y que, por cierto, solamente parecen ser felices en compañía de otros hombres y mujeres. O, si no con estos, con ese vecino que siempre le está invitando a sus barbacoas y fiestas multitudinarias. O, si no con el vecino, con el cartero que solo le deja en el buzón invitaciones a ágapes e inauguraciones de todo tipo, junto a descorazonadoras postales remitidas desde incontables lugares del planeta por otros misántropos que, al contrario que él, nunca salieron del armario, y que no saben cómo decir "no" a las pretensiones de sus cónyuges de viajar para conocer de primera mano todos esas maravillosas ciudades atestadas de turistas que, según una generalidad de opiniones en absoluto misántropas, vale la pena visitar antes de morir...  
Ahora bien: un misántropo no es necesariamente alguien que odia sin porqué al resto de la humanidad, o que se odia a si mismo solo porque sí, hasta el punto de terminar, por una razón u otra, viéndose abocado al asesinato o al suicidio. o a ambas cosas. No: un misántropo es más bien alguien que necesita mantener a raya la multitud de  injerencias emocionales provenientes del resto de los hombres, así como los alocados y anárquicos impulsos humanos que le son propios en cuanto tal, pero que, de rendirse a su plena satisfacción espontánea, le convertirían en un ser tan gregario y despreciable como cualquier otro de sus congéneres, única realidad o situación que sí podría empujarle a matar o a matarse puesto que ser como cualquier otro hombre es lo que él no soporta ser. En su íntimo sistema de definiciones y valoraciones, ser un ser humano no es ser admirable como algunos (muy pocos) hombres lo son sino, sobre todo, ser tan insoportable como la inmensa mayoría de ellos. Y por eso es por lo que, en su conciencia, se siente obligado a aislarse en el seno de la sociedad. (En definitiva: con el fin de no contagiarse de la infección humana que constituye la inmensa mayoría social). 
Como se puede ver, lo malo de todo esto, de no sentirse a gusto como miembro de la propia especie, es que esa ciencia a la que tanto le gustan las etiquetas está todavía en pañales y solo ha logrado sustituir mediante trasplante buena parte de los órganos de un cuerpo humano, y, a lo sumo, cambiar el sexo de ese cuerpo; pero aún no ha conseguido, ni hay visos de que lo consiga pronto, trasplantar con éxito un cerebro o la totalidad del cuerpo mismo, por ejemplo. (Lo que supone, dicho sea de paso, una clamorosa e injusta limitación en los tiempos que corren, donde mucho me temo que cada vez vayan a ser más los misántropos recalcitrantes que, para reconciliarse con los hombres en general, y consigo mismos en particular, exigirán que les sea reconocido su derecho a cambiar de especie en los quirófanos gratuitos de la Seguridad Social).    

jueves, 18 de agosto de 2016

Sincerándose, que no sé si es gerundio pero debería serlo

Parece ser que entre la felicidad y la literatura hay una relación inversamente proporcional salvo en un caso: el del lector que lo es por vocación y que ni por todo el oro del mundo quiere escribir. Para ser feliz en esto hay una sola regla: más que leer, releer exclusivamente obras ajenas y, de caer en la tentación de escribir, plagiar descarada y literalmente aquellas cuyo impacto fue tan grande que, a partir de su lectura, comprendimos que siempre seríamos escritores infelices al ya resultar imposible para nosotros ser sus autores. Y esta fatalidad nos lleva a la segunda razón por la que, para un escritor, es tan difícil ser feliz: porque en él (en mí) el vicio o defecto de la envidia es un deber y, en tanto en cuanto el cumplimiento del deber hace al hombre virtuoso, en aras de la virtud, y durante toda su vida, un escritor que sea ambicioso y se respete a sí mismo se ve condenado a envidiar aquello que es incapaz de realizar por el simple hecho de que ya está hecho. Algunos de ustedes pensarán que esa clase de envidia es de las sanas, pero están equivocados porque alguien que está "obligado" por su deber a fracasar de esta forma (como fracasamos en el fondo todos los escritores, lo reconozcamos o no) no será nunca "una persona sana" y, por tanto, nada que medre en su interior remite, ni de lejos, a la salud, ni siquiera el mejor de los sentimientos humanos: la admiración sincera de los demás. 

miércoles, 17 de agosto de 2016

El hijo de soltera

La Literatura, en sí misma, no lleva a los escritores a ninguna parte porque eso es algo que les ocurre a las personas "sanas", las que trabajan, compiten, se casan, tienen hijos, viajan, hacen una carrera en la vida y encuentran con naturalidad su sitio en el mundo. El escritor, en si mismo, es un paria cuya obsesión es profundizar en su obra, y que sufre como un demonio si sus circunstancias vitales interrumpen, aunque sea por poco tiempo, esa tarea "enfermiza" a la que se ha consagrado, no por culpa de una llamada divina, como el sacerdote, sino por su honda carencia de curiosidad real por otra cosa que no sea su propio pensamiento o su imaginación. De ahí que el escritor que fracasa sea el paradigma del verdadero escritor: un triste destino del que todo hombre desea huir, y el escritor también porque no en vano es humano al fin y al cabo, y eso a pesar de las apariencias. En el fondo, puede que la Literatura sea un destino en sí mismo, el destino natural para los que, por naturaleza o pereza, no tienen sitio en un mundo básicamente economicista y competitivo al máximo. Puede incluso que los seres esencialmente perezosos tengan en ella su única oportunidad de no degenerar a la categoría social de los vagos, estigma que, aunque parezca mentira, supone caer a un escalón todavía más bajo que el de escribidor o literato. 
Ahora bien, lo que digo solo vale para los "escritores en sí mismos" porque, en los últimos tiempos, los otros, los  que han triunfado y están de moda, suelen presumir de no conocer la pereza en ninguna de sus múltiples facetas y, para demostrarlo, se remiten a la prueba del algodón, osea: al hecho de llevar años produciendo libros a un ritmo de uno al año, por lo menos. En Irlanda, los viejos católicos no se cansaban de repetir un eslogan vital del mismo estilo cuando querían ilustrar a las nuevas generaciones sobre lo que era, a su juicio, una vida feliz, solo que ellos hablaban de hijos y no de libros. Ya se sabe que el cristianismo abomina de los perezosos, en general, ya sean escritores o picapedreros; pero asombra que algunos escritores se pongan a sí mismos como ejemplo de laboriosidad e intenten elevarla a los altares de la Escritura, como si no hubiera otro modo de salvarse para un escritor que ser tan laborioso como un prolífico cristiano viejo, cosa que, por otra parte, ni el mismísimo Jesús se propuso jamás en su corta vida de perezoso (no olvidemos que el Nazareno dejó atrás la carpintería de su padre para irse a vagar por los caminos de Judea, como haría cualquier gandul, y que si tuvo o no tuvo hijos es un asunto controvertido, aunque, desde luego, podemos apostar a que no los tuvo al ritmo de uno por año de predicación). 
De aceptar el anterior criterio, el del viejo irlandés, uno sacaría la conclusión de que, hoy en día, ser autor de un único libro convierte a un escritor en un hereje o, como mínimo, en un blasfemo de la Literatura. Quien piense así (y lo piensa mucha gente) parece olvidar que la blasfemia no es, en realidad, un pecado, sino el signo de una profunda fe en aquello que se maldice: para probar esta verdad basta con observar a los enamorados que han sido abandonados por el objeto de su amor, o a los creyentes sinceros que, furiosos, reprochan a Dios por sus actos incomprensibles cuya razón solo Él conoce.  
Pues bien: yo digo que el "escritor en si mismo", el que no tiene otro sitio en el mundo que su escritorio, es (además de un campeón de los perezosos, por supuesto) un enamorado y un creyente a la vez, que, en lugar de amar a un ser humano echándole de menos hasta el delirio, o de rezar a un Dios insultándole sin tregua, escribe, simplemente.  Es decir: sin pensar en llegar, gracias a ello, a ninguna parte, porque sabe que nunca estará de moda y que jamás tendrá, realmente, la menor curiosidad por hacer otra cosa en la vida que escribir (eso sí, cuando le venga en gana ya que, al ser hijo de soltera de su madre, la Pereza, el pobre no tuvo nunca en el "Trabajo Duro" un padre modélico en el que confiar y al que imitar).  

domingo, 14 de agosto de 2016

¿Alguien lo sabe?

Hay algo profundamente injusto en el amor que comienza en su mismo origen, en la medida en que elegir a alguien es la injusticia máxima al tener que hacerlo a costa de todos los demás, que (mientras no se demuestre lo contrario) lo merecen tanto o más. Y la injusticia solo puede conducir a la injusticia, que será su pérdida. El verbo perder es el verbo reflexivo en que, tarde o temprano, se conjuga el verbo amar. Y después (aquí, en este mundo donde por un tiempo, y gracias al amor, nos sentimos únicos) solo quedarán vivas esas preguntas para las que no hay respuesta. En el mundo todo el mundo se siente único alguna vez por vivir o haber vivido algo que es de lo más común, puesto que cada día sucede miles, millones de veces en el seno de la humanidad. Siempre el amor nace de la injusticia y muere injustamente, de ahí que engendre las mismas lágrimas a su comienzo que a su fin. Si en su momento nos parece que son distintas, unas de alegría y otras de amargura, es porque las primeras las lloramos sin necesidad de hacer preguntas, olvidando por un feliz instante que las preguntas sin respuesta son lo único que queda con vida después de ese llanto interminable, del llanto cuyas lágrimas seguirán derramándose eternamente en nuestra memoria. Son las preguntas que deja tras de sí la verdadera eternidad de cualquier amor que nació para vivir para siempre y, aunque no sea justo, es natural que nadie pueda responderlas porque en la naturaleza del amor no está el responder, sino el preguntar, no está el "porque" sino el "por qué". ¿Por qué murió? Pues porque era injusto desde el principio. ¿Por qué si no? ¿Alguien lo sabe?...

lunes, 8 de agosto de 2016

Para muestra, un botón

En la alta noche, mientras abrazados a  sus conciencias amigas los seres sanos y decentes duermen en sus lechos de paz, es cuando las amables máscaras que uso para tratar de pasar por uno de ellos caen sin remedio a mis pies. Como si ellas fueran mis Erinias, me persiguen los fantasmas de todas y cada una de las buenas personas en que pude convertirme de haber sabido cómo crecer sin culpas, así como las traiciones que cometí aún siendo como soy el hombre más leal que conozco, ya que no el más fiel a sí mismo. En tantos años gastados sin molestarme en llevar la cuenta, no puedo decir que haya aprendido algo que valga la pena recordar, salvo esto: las cosas que hacemos aquí, lo que ganamos, lo que perdemos, lo que derrochamos o atesoramos, apenas importan, porque lo único importante son los pensamientos que no nos abandonan por más tiempo que haya pasado desde que los dimos por olvidados. Para muestra un botón: "te quiero", dije un día, tan lejano ya que me parece mentira;  pero lo curioso es que podría mantener lo que dije entonces hasta el final sin faltar a la verdad, y eso a pesar de saber que nunca fui, realmente, un hombre capaz de amar...  

lunes, 1 de agosto de 2016

El infante crónico

Mientras no se gane dinero con ella, la del arte será siempre una actividad propia del puer aeternus, del infante crónico que, como uno de los últimos ejemplares de una especie en vías de extinción, sobrevive todavía en el mundo economicista de los adultos. Y, como pasa con todos los animales que se hallan en esa situación, en su caso la única pregunta que hay que hacerse es: ¿por cuánto tiempo..?

domingo, 31 de julio de 2016

La verdad de los estúpidos no tiene por qué ser tan estúpida

La soledad es la compañera natural del hombre que ha nacido libre, y esta es una verdad tan irrebatible que precisamente ese hombre (cuyo sino, en esencia, es cuestionar esta clase de verdades sobre todas las demás) puede que no haga otra cosa en su vida que intentar rebatirla constantemente en la práctica (lo que dará como resultado su infelicidad, pues solamente en el caso de aceptarla con naturalidad podría él ser feliz). Para casi todo el mundo es lógico que el esclavo luche por su libertad, ¿pero por qué habría de luchar el hombre libre si no es por alcanzar la única verdad que le incumbe en el fondo: la de que aquí, en el mundo, está solo de forma irrebatible?... De todo ello se podría deducir que cada individuo tiene su verdad y que lo único que tenemos en común los hombres es nuestra condición de luchadores, siendo así que lo natural para muchos de nosotros es luchar por algo, y eso por más que sepamos que nuestra particular lucha nos hará infelices. ¿Y no es esto algo estúpido por definición y naturaleza?... Tal vez, pero no seré yo quien lo afirme categóricamente pues, si renunciase a mi "estúpida" condición de luchador, perdería toda mi categoría como ser humano y, entonces, ni siquiera la soledad querría ser mi compañera algún día puesto que ya me habría arrojado mucho antes en brazos de la muerte, de esa otra amante frívola y casquivana que, si tan naturalmente se casa con todos, es porque, en realidad, no pertenece a nadie...

La aldea gala

La dictadura de la diosa Necesidad hace a los hombres esclavos, y ni siquiera el rico es otra cosa mientras piense solo en su dinero, en no perderlo. Por eso solo es libre el espíritu del artista que, sin tener ni creer en nada, tampoco en el Arte y en la Libertad, se entrega libremente a estos caprichos por darse un lujo que, a su alrededor, todos los demás están de acuerdo que no puede permitirse. El mejor termómetro de la libertad es esta conjura unánime en nuestra contra, pues ella, la libertad, solo puede existir sitiada por el imperio de la sensatez. Como aquella aldea gala, ¿recordáis?... (Así que de lo único que debemos preocuparnos es de que no se agote la poción mágica).

martes, 26 de julio de 2016

Se equivocó la paloma, se equivocaba...

Sinceramente, desconozco de dónde habrá salido la idea de hacer de la paloma un símbolo de la paz, como no sea del hecho histórico que hubo un tiempo en que estas aves trabajaban de carteros y pertenecían, por así decirlo, al cuerpo de Correos, cuando no al cuerpo diplomático de sus países de origen. Pero hoy en día que la mensajería en general, y la digital en particular, las ha retirado de la profesión, hay quien ya propone retirarles también ese símbolo honorífico, el de la paz, pues es un hecho que allá por dónde van solo dan problemas con sus defecaciones indiscriminadas y su hambrienta mendicidad que, en calles y plazas, acosa de continuo a los honrados comerciantes y a los no menos honrados turistas que sostienen sus negocios. Como símbolo útil a la humanidad, se puede decir que la paloma ha causado baja en esa plantilla (la de los símbolos universales) y ha tenido que acogerse al paro, como tantos y tantos trabajadores condenados por la crisis global a un ocio no deseado. En la actualidad no tiene nada que hacer, y por eso callejea de la mañana a la noche pidiendo limosna con su constante zureo, que, por otra parte, imita a la perfección la pedigüeña cantinela que recitan los mendigos "globales" con el mismo fin. Ahora solo suscita entre la gente de bien una honda preocupación y un creciente malestar, porque (como pasa con los mendigos del ejemplo) esa gente teme que pronto se reproduzca y multiplique exponencialmente hasta convertirse en una plaga. Ahora cada vez está más claro que, como decía la canción, la paloma se equivocó de oficio ("se equivocó la paloma, se equivocaba"), y que debía haber estudiado para gavilán o, incluso, para rata. ¿Por qué no, si después de todo ya hay quien las califica de "roedores aéreos", de "ratas del aire"...? Sinceramente, no sé qué pensará la paloma de todo esto, pero me temo que esté empezando a deprimirse y a preguntarse de forma obsesiva para qué coño le sirven a ella las alas a estas alturas...   

sábado, 23 de julio de 2016

Todavía

Se supone que un médico ha de ser, ya sea por naturaleza o por sentido de la responsabilidad, un "capitán de la sensatez": por eso, fundamentalmente, no me explico que yo lograse concluir mis estudios y obtener el título. ¿Cómo fue posible para mí tal conquista?... No lo sé, pero tal vez influyó bastante mi actitud acomodaticia, en general. O mi lentitud a la hora de reaccionar a las situaciones en que me veo atrapado. O unos padres patéticos y lamentables, sin confianza en la vida, en lo que ellos habían puesto en marcha. O las amistades equivocadas, o... ¡Qué sé yo!: tal vez, y más que nada, lo conseguí gracias a  mi pereza congénita y al carácter laxo, "poco musculado", que, por lo común, se le apareja. Lo cierto es que me licencié en Medicina y Cirugía, y que ese logro inexplicable condicionó mi vida de mala manera, porque mi verdadera vocación era otra (todavía no sé cuál, pero otra, y no necesariamente la de "señorito" con tendencia al dolce far niente, puesto que no soporto perder el tiempo con la admirable y agradable holganza que lo hacen esos afortunados). 
Se podría pensar que mi vocación natural es la de escritor, porque escribir es lo que hago todos los días, pero es dudoso que pueda afirmarse algo así, pues también respiro todos los días y no por ello me atrevería a decir que yo tenga la "vocación de respirar". Escribo porque respiro, eso es lo máximo que yo podría afirmar de mí mismo; pero no que tenga la vocación de escribir porque, entre otras cosas, no sé si existen en verdad las vocaciones personales. Más bien creo que un hombre, cualquier hombre, puede ser muchas cosas distintas, y que es una época estúpida la que le obliga a dedicarse a una sola. Más bien pienso que eso de la vocación es una coartada que uno utiliza para justificar, no tanto sus inclinaciones o apetencias, sino su escasa curiosidad vital, su falta de interés real en explorar las múltiples posibilidades que, por el hecho de estar vivo, se abren a cada paso para su destino. 
Porque... ¿por qué debería uno limitar su condición humana a una sola faceta de la humanidad? ¿Por qué conformarse con ser médico o escritor cuando  a la humanidad le vendría infinitamente mejor que fuéramos, por ejemplo, payasos o albañiles, si se atiende al hecho innegable de que dispensar con generosidad nuestro sentido del humor suele ser más beneficioso para la salud pública que recetar fármacos a diestro y siniestro, o que saber edificar una casa colocando un ladrillo detrás de otro es, no solo más útil, sino más necesario y satisfactorio que saber poner una palabra a continuación de otra para construir una obra literaria cuya calidad siempre será discutible, independientemente de si es buena o mala? En definitiva: ¿por qué conformarse con ser algo, o alguien en concreto, cuando, siendo solo el que somos, podemos ser cualquiera y hacer lo que nos dé la gana en cada momento? Y, por último y más importante: ¿qué nos importarían, en tal caso, las vocaciones?... Yo os lo diré: nada, porque entonces hacer algo, cualquier cosa, sería como respirar, y respirar no cuesta nada... todavía.   

jueves, 21 de julio de 2016

¡Qué viene el lobo!

Enciendo la tele, abro el periódico, navego la Red y, en todas partes, el mismo titular me informa (por si acaso aún no lo sabía) que, en cuanto criatura de Dios que pace en Occidente, soy una oveja indefensa y, para colmo, vigilada por pastores que parecen tan desvalidos como ella. Entonces, asustada por la amenaza global que se cierne sobre mí, envidio el pacífico destino lanar que antaño tenía mi especie por estas latitudes, cuando solo era puntualmente trasquilada por sus amos y su asesino natural no se atrevía a saltar la valla del redil, sino que debía conformarse con permanecer afuera, oculto en la espesura, observándome fijamente con sus ojos fieros y demenciales, nada más.  
Pero hoy en día, sin embargo, mi ancestral enemigo exterior ha hecho la mudanza y se ha vuelto interior como mi alma y mis pensamientos: ahora se cubre con el mismo manto y la misma piel que a mí me abriga, y bala igual que yo en mi propio idioma, y puede incluso que esté igual de asustado mientras, sin piedad, afila sus dientes para pasarme a cuchillo junto a todo el rebaño, que es también el suyo. Hoy en día que nosotras, las ovejas, estamos tan orgullosas de nuestro progreso como especie, de nuestro desarrollo técnológico y científico que nos ha permitido, por ejemplo, producir a nuestra querida prima Dolly (es decir, comenzar a clonarnos), hemos descubierto, de pronto, que nuestros clones son de lobo en realidad, y que no hay motivo para alegrarse porque la especie haya vuelto al Medievo, a la heladora época en que ovejas y lobos vivían puerta con puerta, en una peligrosa vecindad que hacía medrar los fanatismos de todos los colores, fanatismos que (como estos, los colores) se mezclan y funden enseguida en uno solo: el de la sangre derramada sobre un lienzo de inocente nieve...

miércoles, 20 de julio de 2016

¡Oh, decepción!

Solo es inocente quien nunca consigue ser eficaz o astuto, y a partir de los tres o cuatro años (a lo sumo) no hay nadie que no lo consiga. Esto confirma mi vieja sospecha de que la infancia es mucho más corta de lo que parece y nos quieren hacer creer.

Largo y tendido

Es un alivio y un consuelo no tener nada que decir: solo así se está en condiciones de disertar largo y tendido sobre lo que nos venga en gana. Uno comienza a ser quien es cuando ya no tiene miedo a no ser nadie (ni vergüenza de serlo, en efecto).

lunes, 18 de julio de 2016

En los brazos de Ananque

Si necesitas cambiar de sensaciones es inútil que te levantes todos los días para seguir haciendo las mismas cosas, o que te sientes a todas horas a pensar los mismos pensamientos. Si quieres escapar de la mediocridad, lo único útil es que te arrojes en mitad de un conflicto noble que te venga grande porque lo es: sólo así sentirás que vale la pena vivir, pero, al hacerlo, deberías recordar lo que los antiguos griegos decían a propósito de la diosa Ananque (Necesidad). Aquellos hombres afirmaban que cuando la diosa rozaba con su dedo la frente de alguien por ella elegido, este se encaminaba a partir de ahí hacia dos destinos a la vez, hacia dos destinos que, en principio, semejan ser opuestos, pero que son el mismo en realidad: la grandeza y la ruina. Por tanto, si de veras necesitas huir de una vida mediocre y sofocante, apréstate sin miedo a la destrucción, a tu propia destrucción. Sé valiente, pues, y luego no te quejes: recuerda que para acabar con los héroes, habría bastado con una simple peste que asolara Grecia en aquella época, en la época heroica. Sin embargo, para lograr ese fin tan noble, la Grecia de entonces necesitaba a Troya, y por eso los más valientes de los griegos se apresuraron hacia allí en busca de la gloria y de la ruina, su inseparable pareja. 

domingo, 17 de julio de 2016

¿Quererte para qué?

Cuando se vive para el amor, para repetir siempre, una vez más, esa viva experiencia de la unicidad mística de los amantes, no hay nada más trágico que elegir a bocajarro y no ser correspondido, o viceversa: ser distinguido así, gratuitamente y sin por qué, del resto de la humanidad, y corresponder apenas con nuestra escéptica condescendencia que no se lo acaba de creer. Pero que esa tragedia no sea, en el fondo, más que una broma inocente del azar, no tiene por qué hacerla menos dolorosa, sino al revés, pues es sabido que el dolor más grande no suele guardar proporción con la gravedad de la herida, y esto es cierto, sobre todo, cuando el individuo en cuestión se halla entre las almas más nobles y sensibles. Por eso (para hacer o recibir el menor daño posible) siempre será preferible elegir o que nos elijan los brutos y poco inteligentes, en general; y mejor aún que nunca nos suceda ni una cosa ni la otra, ni amar erróneamente ni ser amado por error, puesto que, al fin y al cabo, el poeta ya lo dijo:
                    "Y total: ¿quererte para qué...?/ 
                    Por lo que no ha sido, ni es, ni será,/  
                    y, al final, siempre me dejará el hueco".

viernes, 15 de julio de 2016

Por siempre, ego

En general, a nosotros, los hombres, ni siquiera al Cielo nos gustaría ir solos: cada cual a su hora, como dice el dicho popular. Por eso, en el fondo de nuestras míseras almas, nunca nos resignaremos a desechar el antiquísimo mito del Apocalipsis, pues... ¡qué enorme consuelo el que la especie entera muera a la vez! (No hay que olvidar que, en la nuestra, es tal el número de ególatras que hasta, en su día, se nos hizo tremendamente necesaria la ocurrencia de inventar un dios ideal a muestra imagen y semejanza).

Por siempre, envidia

Uno no llega a ser realmente dueño de sí mismo hasta que no avista en el horizonte su propia extinción, la negra aurora que jamás pensamos veríamos amanecer. Entonces es cuando advierte que la especie, no el individuo, es quien sobrevive, y empieza a envidiar en todas partes todo aquello que antes despreciaba: la indiferenciada masa que reza en una iglesia o grita en un estadio, la que camina apresurada por las calles, la que festeja en una plaza pública, orgullosa de ser grupo, e incluso la que, muerta de hambre y libertad, asalta la alambrada que defiende el Paraíso... Todo lo que antes le parecía estúpido o banal es ahora lo que, en secreto, más codicia. ¡Ay, si uno fuera todos, puesto que todos sobreviven cuando yo muero! ¡Ay si todos fueran yo, puesto que yo no seré nadie cuando todos me olviden, incluso los que de nada me recuerdan..!

jueves, 14 de julio de 2016

La regla de oro

Ningún artista tiene futuro porque ser artista es, precisamente, no creer en el futuro. Por eso nuestro hermano de sangre es el amor, que, o bien es inmortal y existe en un eterno presente por más que varíe su objeto, o bien no existió nunca. 

Recuérdalo

El arte de domesticar el miedo, esa fiera de dientes afilados y venenosos, es, en realidad, el verdadero trabajo de un artista que no tiene el triunfo entre sus posibilidades, de un artista que es incapaz de ganar reconocimiento o dinero con su arte. La receta es fácil de recordar, pero difícil, muy difícil de poner en práctica: "Tienes que mantenerte inmóvil, sin parpadear, y mirarle continua y directamente a los ojos, como si estuvieras a menos de un palmo de distancia de una cobra". Si no lo consigues, si haces un movimiento en falso, por mínimo que sea, date por muerto. Con él no sirve la huida porque su reacción será más rápida que cualquier intento de fuga por tu parte, y después ya solo serás un cadáver andante hasta que su veneno haga efecto. No obstante será inevitable que quieras salir por patas y, por tanto, no has de olvidarlo nunca: tu única salvación está en reprimir ese deseo con todas tus fuerzas pues, si a él te entregas, todo acabará para ti en un instante. Recuérdalo: ese deseo es para nosotros tan comprensible como fatal, así que mantente firme y no parpadees.

miércoles, 13 de julio de 2016

El premio final

Cuando uno se adentra por su propio camino ha de saber que esa senda es solitaria porque se abre a cada paso de quien la camina, y porque está hecha para un único caminante. Por tanto, no ha de quejarse luego de no tener con quien hablar, a alguien que le dé un trago de su cantimplora, le lave los pies cansados, le cure las ampollas, etc. El camino es suyo y de nadie más. Por tanto, en su arduo y extenso discurrir no espere encontrar otro peregrino que tenga por destino su meta. Sobre todo cuando no hay  meta en realidad: sólo más soledad y más sed, más cansancio que nunca, más llagas en carne viva, y, por supuesto, el premio final: nuestra propia conciencia aguafiestas.

A imitación de la fuente

Nunca estuve convencido de tener algo que decir... ni esa duda me quitó jamás el sueño. Me limito a imitar a la fuente; ¿creéis que ella tiene clara conciencia de su manar incesante?... No, ni siquiera tiene la tranquilidad de saber que su agua sea clara y limpia, y menos aún la constancia de que a alguien le refresca.

martes, 12 de julio de 2016

Nada que hacer

¿Qué es una vida activa?  Lo dice la propia palabra: una vida que se espanta ante el mero pensamiento de no encontrar nada que hacer, una vida que se pasa la vida haciendo cualquier cosa a todo trance, o sea, haciendo el ridículo y poco más. El que es pobre lo hace porque no tiene más remedio, y el que no lo es porque no tiene más imaginación que la de actuar. Pero ninguno de los dos tiene disculpa porque hacer el ridículo es muy triste, y nuestra tristeza no tiene perdón de Dios por más que nos la perdonen nuestros amigos. Por eso la vida moderna es tan estúpida: porque ni a tiros entiende que moverse no es natural, que por naturaleza lo que es bello y noble no se mueve ni a punta de pistola. Y de ahí que, por ejemplo, se le caiga la baba ante los ases del deporte que viven para batir récords. Y de ahí que le escandalice que alguien afirme que un estadio o un gimnasio son sitios poco recomendables, y, en todo caso, mucho más peligrosos que un fumadero de opio. La vida moderna necesitaría con urgencia una bomba nihilista en sus cimientos, si no fuera porque no hay nada más moderno que poner bombas y, por tanto, para no caer en contradicción, lo coherente es desistir de hacerla saltar por los aires. (Además, hacer tal cosa sería hacer algo, después de todo, y ya hemos establecido que hacer algo, lo que sea, es simplemente hacer el ridículo). 

El verso de los versos

En lo más profundo de mí mismo siento que la acción es el error, y la ciencia de no mover un músculo, del quedarse quieto contemplando, es la que yo quisiera aprender y dominar. Soy un pariente vivo de todo lo inerte que respira en punto muerto, al ralentí, y solo admiro el valor de las inteligencias que, lejos de asustarse por su inoperancia práctica, no se refugian jamás en el hacer a ultranza. De todas las antologías poéticas que se han publicado a lo largo de la historia, yo solo salvaría este verso antológico de Carlos Oroza: "Actividad... ¡qué pena!"

domingo, 10 de julio de 2016

El otro oficio más antiguo del mundo

Reconozco que escribo con la maniática minuciosidad de un orfebre que trabaja sobre un diamante en bruto: es por eso que pulo una y otra vez las filosas aristas de la "piedra", que la aquilato hasta que dé más placer al tacto que a la vista. Como él, yo entiendo que la belleza ha de ser percibida a través de la yema de los dedos, de la piel más que por el ojo, puesto que hasta un ciego tiene derecho a su disfrute. Y si no fuese un obseso de mi arte, no sería muy distinto a una puta vulgar y corriente porque, en última instancia, mi trabajo consiste en proporcionar placer de forma indiscriminada. Si no lo soy (una puta) es solo porque aun no ha llegado el día en que cobre por ello, como una sencilla y honesta profesional que, en cumplimiento de su vocación, se desvive por sus clientes. Después de todo, la vocación es lo más importante en este oficio, que es también uno de los más antiguos del mundo, pues es un hecho demostrado que el arte de narrar, y la felicidad resultante, ya era algo conocido y practicado por los primeros habitantes de las cavernas. Así que no debo preocuparme: todo se andará, y hasta puede que un día a mí también me paguen por hacer felices a los hombres durante un ratito, durante unos minutos, una hora o una noche entera, según las ganas que me tengan mis lectores en cuanto escritor excitante y facilón, siempre abierto de piernas, y de su capacidad de resistencia ante una página bien escrita, ante una página que hace que se mueran de gusto pero sin llegar a correrse ni a la de tres.

sábado, 2 de julio de 2016

Boceto para una biografía moral del autor de la que se han suprimido sus acciones, sus hitos y logros, por ser totalmente irrelevantes

La verdad es que escribir la propia biografía es la cosa más difícil que existe. Si elijo un método cronológico resultará aburrida como todas las enumeraciones porque tras el azaroso nacimiento en cualquier parte vendrá la infancia más o menos feliz de cualquier individuo, y después la adolescencia, y... ¡ya!, para de contar. Y si escojo, en cambio, un procedimiento más selectivo que refleje solo los grandes acontecimientos de mi vida, la cosa se reduciría tanto que apenas ocuparía el espacio de un breve aforismo. Es decir que podría contraerse en una frase de este estilo: "Nació y, sin venir a cuento, ya se dio por muerto"; o bien en esta otra: "Nació con cierto retraso en las cuentas y, de ahí, que jamás se le dieran bien las matemáticas". Tal vez esta última realidad (la torpeza con los números) sea la que explique mi precoz gusto por las letras, no lo sé. El caso es que, desde muy temprano, mi espíritu se arrimó al "árbol herido por el rayo", como diría Machado, y, desde esa lejana fecha, la herida no ha hecho más que crecer, pues, antes que nada, fui poeta (malo, de los peores) y, a su debido tiempo, traicioné la Poesía por hacer algo, no solo útil, sino también memorable por la humanidad. Ahora escribo casi exclusivamente prosa. y, sin falsa modestia, creo poder decir que no se me da mal del todo porque todavía nadie se ha quejado de mi estilo... 
Aunque claro: en esta ausencia absoluta de protestas algo ha de tener que ver, digo yo, el hecho de que, como escritor, soy aún un perfecto desconocido. No es por otra razón que, al fin, me he decidido a publicar. Pero no os equivoquéis, amigos que quizás tengáis pronto la gentileza de apuntaros al escasísimo (pero distinguido) grupo de mis lectores: no lo hago porque necesite, como el aire que respiro, vuestras críticas y reproches. Lo hago, naturalmente, porque sobre todo deseo vuestro afecto en pago del poco o mucho placer que os procure leerme.

La teología de los perros

Nunca creí en mi mismo, lo cual es bastante comprensible porque, en cambio, me he sentido un dios por momentos. Y estaría feo, y además sería muy triste, que un dios tuviera alguna vez fe en sí mismo, porque lo natural es que un Ser Superior no tenga a nadie en quien creer: es su ley de vida, por decirlo así. Ahora bien: lo absurdo es que siempre haya de sentirse tan solo a pesar de que nunca le falten adeptos, ¿no os parece? Para mí que a un dios más le valdría ser un perro y, durante toda su existencia como tal, mantener la fe en que alguien le arroje un hueso con el que entretenerse y festejar su soledad de pordiosero. Por otra parte, entre un dios y un perro no hay mucha diferencia: en cuanto los descuidan sus fieles, ambos acaban en la puta calle devorados por las pulgas ateas.

viernes, 1 de julio de 2016

Ergo

Si lo pienso bien casi todos los escritores que admiro, en algún momento de sus vidas, procedieron (o soñaron con proceder) a enterrarse vivos para poder pensar y escribir sin interrupciones, día y noche, liberados ya de los fastidiosos deberes universales que impone a los hombres la diosa Necesidad. Pienso, por supuesto, en Proust y en su lento ejercicio de "suicidio motor", encamado durante doce largos años con la única pretensión de recuperar el tiempo perdido, el que había "perdido" viviendo.  Pienso en Kafka y en su mil veces confesado deseo de habitar a perpetuidad en un sótano, tras una puerta blindada a sus indeseables amigos y familiares, y  por debajo de la cual alguien, tal vez alguna de sus múltiples y estoicas novias, le pasaría su frugal comida (es decir: solo los alimentos estrictamente necesarios para la supervivencia de un "artista del hambre" como él). Pienso incluso en Henry Miller, que, todos estaremos de acuerdo, era un vividor donde los haya, pero que también era un cataléptico en potencia pues, si no, no habría escrito esta frase tan reveladora como demoledora: "Dadme una silla de ruedas y os daré algo que leer". Y pienso, cómo no, en mi muy estimado Sándor Márai, quien no tuvo reparos en proclamar aquello que, en el fondo, todo escritor intuye pero pocos admiten en público, a saber: "La vida mata la palabra". Ergo: deshazte de ella, tú que escribes.

jueves, 30 de junio de 2016

Catalepsia

Simplemente hay días en que no debería amanecer, días en que la noche es el mejor futuro al que podremos aspirar jamás y la perspectiva de la acción, de cualquier acción, la menos atractiva del mundo... Esta es la pregunta del millón: ¿cuándo dejaré de hacer y me limitaré a contemplar? ¿Cuándo el vulgar héroe que actúa en mi y por mí dejará su sitio al santo estúpido desprovisto de ambiciones y apetitos?... Y esta la respuesta que no vale un céntimo: cuando abomine del futuro feliz, esa pesadilla del hombre que sueña con dejar su propia impronta en la memoria de alguien que, a fin de cuentas, siempre será para él un desconocido/a... 
Simplemente hay días que uno no debería vivir, y en los que solo debería escribir con las uñas, como hacen los falsos muertos que han sido enterrados vivos.

martes, 21 de junio de 2016

Los prismáticos de Cioran

Una vez que comprendes que todo está dicho, y mejor de lo que tú podrías expresarlo jamás, pueden ocurrir dos cosas: o que te calles para siempre, o bien (henchido de confianza, puesto que ya sabes que todo lo que tú digas será repetitivo e intrascendente) decirlo todo de nuevo pero a tu manera, pues es esa manera la única trascendencia que el mundo aún no conoce y que todavía sigue a tu alcance, de nadie más.
La única pregunta es: ¿Y por qué crees tú que el mundo precisa conocer tu modo personal de decir las cosas?... La respuesta, por supuesto, es que no lo necesita; que, si alguien lo necesita, es mi impudor, mi desvergüenza, en definitiva: mi talento. La respuesta más sincera es esta: yo no soy sabio (ni lo pretendo) por la sencilla razón de que la sabiduría es nefasta para la genialidad artística, genialidad a la que "en todos los casos le apetece agotarse, auto-destruirse edificando su obra en detrimento de su vida", como bien dijo en su día el sabio Cioran que, para su fortuna, nunca tuvo un ápice de genio creador, y solo contaba con un cerebro superinteligente que él usaba a la manera de unos prismáticos para ver más claro y más lejos en el fondo de cualquier alma humana que, misteriosa y acaso absurdamente, necesita crear para trascenderse a sí misma.

sábado, 18 de junio de 2016

La jungla dentro del bosque

...Pero la cuestión clave es si un escritor se puede justificar con la mera producción de obras menores,y es aquí donde en verdad uno se juega el que su existencia tenga o no sentido...
Bolaño piensa que un escritor solo se justifica a si mismo si está dispuesto a internarse, con todas sus consecuencias, en esa jungla autóctona, aislada dentro del bosque, que es toda obra maestra, una jungla que se volverá a cerrar a nuestras espaldas a medida que nos abramos paso en ella. Y piensa también (creo) que el que no se atreva debería renunciar a la literatura para hacerle un favor a la humanidad...  
Me cuesta confesarlo, porque no en vano soy vanidoso como cualquier escritor, pero  me temo que lleve razón, y que esa sea la única manera en que muchos de nosotros lleguemos algún día a hacer algo realmente importante, algo noble y altruista en favor de nuestros semejantes, aunque no más sea dejar de aburrirlos con nuestros repetidos y frustrados intentos de penetrar en la jungla...

El bosque de la literatura

La idea está en la obra maestra de Bolaño, 2666. La literatura es como un gran bosque septentrional donde hay de todo: lagos majestuosos, árboles raros y espléndidos, grutas profundas que son hogar de mil maravillas, flores únicas y preciosas... junto a humildes y abundantes charcas, pinos comunes y corrientes, pequeñas trampas del terreno que se hunde, y una vegetación uniforme y rastrera que trepa por doquier. El bosque acoge y admite cualquier clase de planta, cualquier forma orgánica de vida vegetal, desde la más exótica a la más vulgar, desde la más exuberante y extraña a la más abundante y simple. En su interior la variedad es infinita o casi infinita y, a primera vista, en eso consistiría su riqueza, y hasta su belleza....
Pero no. El bosque, como la literatura, es solo un medio ambiente más, ni más rico ni más bello que el desierto o la tundra helada, y su función real no es dar cobijo a una inmensa variedad de organismos pluri o unicelulares. En contra de lo que mayoritariamente se cree, su función no es resaltar el milagro de la diversidad, sino ocultar en su seno (proporcionándole así una eficaz protección contra las inclemencias atmosféricas o el vandalismo de los excursionistas ignorantes) el fenómeno singular de la excelencia y la originalidad, que suele ser una forma de vida extremadamente frágil y vulnerable. El bosque existe fundamentalmente para esto: para disimular y preservar en su umbría frondosidad el ejemplar irrepetible y magnífico que causa la mayor admiración y sorpresa, el sobresalto inolvidable que produce en los espíritus sensibles la visión repentina del unicornio, de lo que, sin poder reproducirse, es el mayor estímulo para la creación, la fuente que, consciente o inconscientemente, justifica, e incluso aplaude, todo plagio. Es decir: la proliferación incontrolable del pino común, de las charcas estériles, de las zanjas traidoras que están por todas partes, de las hiedras trepadoras que a todo se adhieren y asfixian...
En resumen; el bosque metafórico de la Literatura tiene la misma justificación que todo bosque, y por eso es natural, y hasta necesario, que proliferen tanto los escritores de obras menores. Aquí también es necesario que triunfe la diversidad, la invasión vegetativa de lo que, a campo abierto, nunca enraizaría al ser superfluo, prescindible y hasta perjudicial desde cualquier punto de vista (y no solo en lo que atañe a la deseable armonía del paisaje).  

viernes, 10 de junio de 2016

De los elefantes y las velas

La escritura es una forma de la insania, no de la salud, y el escritor importante un tipo de loco, no un tipo "sano". De ahí que las personas que lo son (saludables) les miren con desconfianza y se muestren escépticas frente a todo lo que dicen, puesto que no se pueden confiar a los locos los asuntos serios que tienen que ver con la buena marcha del mundo y de los negocios, y menos todavía los más serios de todos que tienen que ver con la felicidad familiar y la educación de los hijos. No obstante, bastantes escritores (los más intelectuales y menos interesantes, tal vez) se obstinan, precisamente, en arreglarlos mediante, por ejemplo, una intervención directa en la política, lo que por lo general viene a ser algo así como que un elefante adulto se empeñe en emplearse como dependiente de una cacharrería, o como que una vela se proponga a sí misma como única fuente de iluminación en un polvorín: por muy buena voluntad que tengan, se convendrá conmigo en que tanto el paquidermo como la vela serían un peligro cierto en tales lugares, y que, después, lo más probable es que hubiera que declararlos "zonas catastróficas". 
Por lo común, lo más cuerdo para una sociedad es que prescinda de cualquier sugerencia o consejo dado por un escritor que el acuerdo general considere como realmente imprescindible, y que, cuando este insista en ofrecérselos, le trate de la misma manera en que lo haría con un niño obstinado: pasándole paternalmente la mano por el pelo (si le queda alguno), y sobornándole a renglón seguido con una pequeña subvención monetaria para que se compre cualquier chuchería o juguete y deje de molestar a los mayores. 
Porque, generalmente, si hay alguien que desconoce a fondo qué es mejor para una sociedad, es quien conoce, más a fondo aún, el alma humana, y, por tanto, siempre será preferible mantenerle al margen de todo aquello que nada tiene que ver con el alma o cualquier otra realidad abstracta del mismo cariz, A mi entender, el motivo que justifica esa marginación social es evidente: si un individuo no participa activamente de la vida, si solo la observa con atención para (gracias a su talento) reproducirla luego en una forma artística, ¿qué sentido tiene esperar de él otra cosa, esperar que transforme y mejore el funcionamiento de la compleja realidad en que se inspira, de una materia en bruto que él solo utiliza en cuanto barro informe que admite ser modelado a capricho siempre que se construya una ficción, pero no cuando lo que se persigue es modificar el "barro" en profundidad, en sus partes constituyentes y en las crónicas relaciones establecidas entre esas partes?... A mi juicio es completamente absurdo esperar tal cosa de un artista. (Ahora bien, también creo que no hay nada más específicamente humano que poner nuestra última esperanza en un absurdo).