No solamente en los tiempos que corren, sino en todos los tiempos, el mayor problema de un escritor que no vive de sus escritos (es decir, la inmensa mayoría) es cómo financiarlos, dónde conseguir una línea de crédito blando que los haga factibles. Es bien sabido que hoy esa inmensa mayoría se ve obligada a sostener un segundo oficio para conseguirlo: única solución que, por ejemplo, tienen los poetas para realizarse en la vida, ya que desde antiguo es un lugar común que la Poesía no da de comer. Y afortunados ellos porque, conociendo desde el principio esa realidad, no se llaman tan fácilmente a engaño. (En este asunto, la Poesía es como el algodón: ella no engaña a nadie, ella se mancha en seguida al contacto con la suciedad de la existencia, motivo por el que todos los poetas del mundo se apresuran a pasarle el trapo a su situación económica particular matriculándose en cualquiera de las distintas oposiciones a funcionarios del Estado). En cambio, no siempre ocurre lo mismo con los cuentistas y novelistas que, hipnotizados por las cifras alcanzadas por un best seller, o por las mansiones compradas por ciertos autores del género policíaco, se hacen la ilusión de que vivirán holgadamente después de un primer éxito editorial, como si las editoriales fuesen empresas de Filantropía que están en el mercado con el único propósito de facilitarles la vida a los escritores y creadores en general. Pero nada más lejos de la realidad, como todos sabemos.
No, la realidad es otra bien distinta. La realidad es que, en todos los tiempos, un escritor es un apestado social, y, en consecuencia, es lógico que su vida sea una larga cuarentena pasada en un estricto aislamiento decretado por su sociedad (sea la que sea) con el fin de protegerse de una posible epidemia que se extienda como una plaga entre sus miembros. Porque, ¿cómo iba a funcionar una sociedad si digamos el veinte, o incluso sólo el diez por cien de sus miembros se contagiase de la enfermedad literaria...? Sería imposible, evidentemente, porque sumada a la otra plaga, la del paro, supondría una cifra de pasivos inasumible para las arcas de ningún sistema de Seguridad Social y Bienestar Público. De ahí que, limitado hasta tal punto de movimientos, un escritor deba buscarse la vida como buena o malamente pueda, sin contar siquiera con los subsidios y protecciones de las que gozan los sectores más desfavorecidos, ya que él llegó a su lamentable situación por propia voluntad y no pertenece en estrictu sensu al Lumpen Marginal, del que es un mero allegado pero no un miembro de pleno derecho.
La cuestión básica para un escritor será, pues, de qué vivir en la espera de ese éxito que nunca llega (y que, si llega, será tarde en todo caso, como para Moisés la Tierra Prometida). Y es aquí donde el tema del mecenazgo vuelve a cobrar la importancia que tuvo en el pasado de cara a la supervivencia del artista. Dicho en román paladino: descartado el trabajo asalariado y alienante que impide escribir con la dedicación y la constancia necesaria al no dejar tiempo ni ganas para ello, ¿dónde encontrar un mecenas que tolere a su lado a un individuo que, aparentemente, se entrega a una vida de ocio puesto que no se levanta con el sol ni cumple horarios estipulados por convenio, y que, para colmo, no se da prisa alguna en presentar resultados que le hagan pensar que su apuesta de inversión era acertada...? La verdad es que cuesta imaginar quién podría hacer hoy en día ese papel tan fundamental en el mundo del Arte, y hacerlo, además, sin caer en el resentimiento o la desesperación cuando comience a sospechar (es inevitable que lo sospeche tarde o temprano) que está siendo utilizado por un vago que se escuda en su supuesta condición de artista para no dar golpe: precisamente por eso una gran parte de esos escritores que nunca se dieron a conocer han perdido (y más de una vez, quizás) a sus compañeras/os sentimentales, cansadas/os estos de invertir su amor en unos fracasados que insisten con la mayor de las contumacias en su fracaso (o sea, en escribir: algo de lo que, en el fondo, jamás se arrepintieron ni se arrepentirán).
Y si descartamos también que el amor, al igual que el trabajo ordinario, pueda servirle de mecenas a un escritor durante el tiempo suficiente, ¿qué otro recurso le queda a este paria para lograr concluir una obra que sea representativa sin que antes le obliguen a desistir de ese intento las deudas o el hambre? La respuesta es obvia, naturalmente: disponer de una considerable cantidad de dinero que se lo permita. Ahora bien, dirán ustedes: "¿Dónde y cómo va a conseguir ese individuo el dinero si nunca supo cómo hacerlo y jamás se movió por tal razón...?" "¡Allá él, eso no es de mi incumbencia!", responderá cualquiera, como es lógico. Pero lo cierto es que, sin dinero, ese tipo estará perdido más pronto de lo que cree y, por tanto, ha de obtenerlo y conservarlo el mayor tiempo posible, lo que es sin duda mucho más difícil. ¿Que qué le diría yo en cuanto colega de profesión...? Que ojalá sepa lo que le conviene porque, en una situación tan delicada como la suya, el mecenazgo de Don Dinero es el único que puede salvarle y lo demás son pamplinas: le diría que es preferible que se deje de sentimentalismos y se case cuanto antes con él si de veras desea la vida con la que sueña. (Si la desea lo mínimo que hay que exigirle es que lo demuestre, digo yo).