"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

martes, 23 de febrero de 2016

De los mecenazgos y sus exigencias

No solamente en los tiempos que corren, sino en todos los tiempos, el mayor problema de un escritor que no vive de sus escritos (es decir, la inmensa mayoría) es cómo financiarlos, dónde conseguir una línea de crédito blando que los haga factibles. Es bien sabido que hoy esa inmensa mayoría se ve obligada a sostener un segundo oficio para conseguirlo: única solución que, por ejemplo, tienen los poetas para realizarse en la vida, ya que desde antiguo es un lugar común que la Poesía no da de comer. Y afortunados ellos porque, conociendo desde el principio esa realidad, no se llaman tan fácilmente a engaño. (En este asunto, la Poesía es como el algodón: ella no engaña a nadie, ella se mancha en seguida al contacto con la suciedad de la existencia, motivo por el que todos los poetas del mundo se apresuran a pasarle el trapo a su situación económica particular matriculándose en cualquiera de las distintas oposiciones a funcionarios del Estado). En cambio, no siempre ocurre lo mismo con los cuentistas y novelistas que, hipnotizados por las cifras alcanzadas por un best seller, o por las mansiones compradas por ciertos autores del género policíaco, se hacen la ilusión de que vivirán holgadamente después de un primer éxito editorial, como si las editoriales fuesen empresas de Filantropía que están en el mercado con el único propósito de facilitarles la vida a los escritores y creadores en general. Pero nada más lejos de la realidad, como todos sabemos.
No, la realidad es otra bien distinta. La realidad es que, en todos los tiempos, un escritor es un apestado social, y, en consecuencia, es lógico que su vida sea una larga cuarentena pasada en un estricto aislamiento decretado por su sociedad (sea la que sea) con el fin de protegerse de una posible epidemia que se extienda como una plaga entre sus miembros. Porque, ¿cómo iba a funcionar una sociedad si digamos el veinte, o incluso sólo el diez por cien de sus miembros se contagiase de la enfermedad literaria...? Sería imposible, evidentemente, porque sumada a la otra plaga, la del paro, supondría una cifra de pasivos inasumible para las arcas de ningún sistema de Seguridad Social y Bienestar Público. De ahí que, limitado hasta tal punto de movimientos, un escritor deba buscarse la vida como buena o malamente pueda, sin contar siquiera con los subsidios y protecciones de las que gozan los sectores más desfavorecidos, ya que él llegó a su lamentable situación por propia voluntad y no pertenece en estrictu sensu al Lumpen Marginal, del que es un mero allegado pero no un miembro de pleno derecho. 
La cuestión básica para un escritor será, pues, de qué vivir en la espera de ese éxito que nunca llega (y que, si llega, será tarde en todo caso, como para Moisés la Tierra Prometida). Y es aquí donde el tema del mecenazgo vuelve a cobrar la importancia que tuvo en el pasado de cara a la supervivencia del artista. Dicho en román paladino: descartado el trabajo asalariado y alienante que impide escribir con la dedicación y la constancia necesaria al no dejar tiempo ni ganas para ello, ¿dónde encontrar un mecenas que tolere a su lado a un individuo que, aparentemente, se entrega a una vida de ocio puesto que no se levanta con el sol ni cumple horarios estipulados por convenio, y que, para colmo, no se da prisa alguna en presentar resultados que le hagan pensar que su apuesta de inversión era acertada...? La verdad es que cuesta imaginar quién podría hacer hoy en día ese papel tan fundamental en el mundo del Arte, y hacerlo, además, sin caer en el resentimiento o la desesperación cuando comience a sospechar (es inevitable que lo sospeche tarde o temprano) que está siendo utilizado por un vago que se escuda en su supuesta condición de artista para no dar golpe: precisamente por eso una gran parte de esos escritores que nunca se dieron a conocer han perdido (y más de una vez, quizás) a sus compañeras/os sentimentales, cansadas/os estos de invertir su amor en unos fracasados que insisten con la mayor de las contumacias en su fracaso (o sea, en escribir: algo de lo que, en el fondo, jamás se arrepintieron ni se arrepentirán).
Y si descartamos también que el amor, al igual que el trabajo ordinario, pueda servirle de mecenas a un escritor durante el tiempo suficiente, ¿qué otro recurso le queda a este paria para lograr concluir una obra que sea representativa sin que antes le obliguen a desistir de ese intento las deudas o el hambre? La respuesta es obvia, naturalmente: disponer de una considerable cantidad de dinero que se lo permita. Ahora bien, dirán ustedes: "¿Dónde y cómo va a conseguir ese individuo el dinero si nunca supo cómo hacerlo y jamás se movió por tal razón...?" "¡Allá él, eso no es de mi incumbencia!", responderá cualquiera, como es lógico. Pero lo cierto es que, sin dinero, ese tipo estará perdido más pronto de lo que cree y, por tanto, ha de obtenerlo y conservarlo el mayor tiempo posible, lo que es sin duda mucho más difícil. ¿Que qué le diría yo en cuanto colega de profesión...? Que ojalá sepa lo que le conviene porque, en una situación tan delicada como la suya, el mecenazgo de Don Dinero es el único que puede salvarle y lo demás son pamplinas: le diría que es preferible que se deje de sentimentalismos y se case cuanto antes con él si de veras desea la vida con la que sueña. (Si la desea lo mínimo que hay que exigirle es que lo demuestre, digo yo).

lunes, 22 de febrero de 2016

En la cama con Kafka

"Nunca podrá hacérsele comprender a un niño, a un muchacho, cuando al anochecer se halla a mitad de una bella y apasionante historia, nunca se le hará entender mediante una demostración limitada a él solo, que tiene que interrumpir su lectura para irse a acostar" (Esbozo de una autobiografía, de F, Kafka).
En esta frase incluida en un breve escrito del genio checo está no sólo la clave de toda su obra, desde El Proceso a El Castillo, sino, sobre todo, la clave de bóveda del hombre llamado F. Kafka, cuya vida entera fue una tenaz resistencia a plegarse a la necesidad de tener que interrumpir su goce pueril, primero de la lectura, y luego, siendo ya un adulto, de la escritura. La prohibición adulta de la particularidad gozosa del niño que quiere prolongarse y perpetuarse indefinidamente en el tiempo es la condena contra la que el genio de Kafka luchará a lo largo de su vida y de su obra, y no de otra cosa obtiene él la alegría, su más íntima justificación. Kafka experimentó desde el principio, desde su infancia, que el mundo adulto de la actividad eficaz (cualquiera que no fuese la Literatura, el "capricho" del Arte, en definitiva) iba a ser su enemigo mortal hasta la muerte, un enemigo al que nunca se podría vencer, por lo que ni siquiera había que pretenderlo: frente a él sólo se podía resistir empeñándose en una rebelión suicida que, al tiempo que le llenaba de culpabilidad, mantenía viva su esperanza de que su derecho al goce fuera reconocido, al menos, en el momento de morir, en el instante de la eyaculación de su alma hacia la nada... Él había decidido desde su misma infancia pasar de un crimen a otro, del crimen de leer al crimen de escribir, y, por tanto, estaba condenado como hombre: su única esperanza, pues, residía en la muerte, en la liberación final de la condena.

martes, 16 de febrero de 2016

Una clase de cocina

El destino que más cuesta aceptar es el del solitario. En realidad, la mayoría de nosotros (los que lo somos) nos pasamos media vida tratando de desmentirlo: he ahí la causa primera de nuestros grandes errores. Algunos, por nobles que sean nuestros sentimientos, no hemos nacido para compartir y esto nos torna culpables desde el principio: es duro no ser un compañero cuando se tienen las mejores cualidades para ser "un buen amigo". Yo me he pasado media vida tratando de encontrar el amor romántico y una vez. al menos, lo conseguí: fue hermoso al nacer, doloroso mientras se desarrollaba, un desgarro memorable al morir puesto que esa clase de amor no muere de modo natural, siempre es preciso matarlo. Hoy comprendo que yo no tenía ni la virtud del gran amante ni verdaderas cualidades para amar: yo quería, sobre todo, escribir, no amar, y a ese empeño deseaba dedicar todo mi tiempo y energía, no a procurar activamente la felicidad de otra persona. Como todo creador, era un narcisista furibundo; ¿para qué negarlo más?:  me amaba a mí mismo sobre todas las cosas y seres. Dios me perdone por usurparle sus derechos y prerrogativas, pero esa es la verdad: era, y aún soy, un adolescente al que le agrada y halaga que le amen, pero que, en el fondo, es incapaz de una recíproca responsabilidad al respecto. El amor romántico puede que nos haga memorables como individuos pero, desde luego, no nos realiza como tales, ni hará nunca más felices a las personas que lo conciban y sufran (tendría que haber una asignatura para explicar ésto en las escuelas públicas, pero me temo que ningún partido político recogerá jamás esta propuesta en su programa). En general, para la salud de un alma sensible, es más necesaria la amistad de otra semejante: este es, a mi modesto entender, el mayor regalo que puede hacernos la vida, pero para ello me temo que antes es preciso que dejemos de buscar ese "gran amor" que, de forma memorable, quizás nos haga desgraciados el resto de nuestros días. 
La amistad de un semejante y un trabajo, dedicación o tarea que nos apasione de por vida: esta sería ahora la receta que yo daría para intentar ser feliz si yo fuese un cocinero que comparte el secreto de sus platos, pero, como ya dije, no se me da bien compartir y, por tanto, no lo haré. En este asunto, creo que cada cual ha de elaborar su propio guiso y probarlo las veces que haga falta hasta que su paladar le indique que está ya en su punto. ¡Que aproveche!

viernes, 12 de febrero de 2016

Sobre la grandeza

Vivo con los planteamientos de un hidalgo trasnochado, obsoleto y decadente, que día tras día observa sin mover un músculo cómo se deteriora a su alrededor todo lo que ha heredado o adquirido, un patrimonio que él va devorando impertérrito y con la lentitud que identifica el estilo de su clase social, sin los derroches propios de un sátrapa, pero también sin hacer cálculos previsores y sensatos, pues detesta la previsión por plebeya, y la sensatez por cobarde y desalmada, y de ahí que se comporte como un suicida que se envenena a dosis homeopáticas, es decir, del mismo modo que vive: a pequeños sorbos, degustando cada trago, cada paso que inexorablemente va dando hacia el abismo por el que se siente atraído, como atraen a los hijos de buena familia las amantes fatales que se hayan en la Naturaleza en estado sólido o líquido, me refiero a cualquier droga dura o a cualquier cuerpo blando y hermoso de sexo confundible o inconfundible, puesto que él es de gustos eclécticos en casi todo, y en ésto no iba a ser menos ya que drogarse no requiere de buen gusto, sino de un corazón enfermo y una mente débil que no consiguen hacerse compañía mutuamente (o sea, disfrutar juntos con las pequeñas cosas) al estar ambos enamorados de la grandeza, como corresponde en los megalómanos que lo son de origen. En fin, que cada vez estoy más cerca de conseguir mi objetivo y vivir como quería aquel poeta cuando pensaba en su merecida jubilación: "como un noble arruinado entre las ruinas de mi inteligencia". Grandioso, ¿no?

jueves, 11 de febrero de 2016

La amenaza del crack

¡Qué cruel ironía! Yo que nunca quise ser padre porque no me arrancaran los ojos unos desconocidos, acabé cambiándole los pañales a mi pequeño "dinerin" y resistiéndome con uñas y dientes a que se fuera de casa, incapaz de aceptar que, como de ordinario pasa con los hijos, es natural que el dinero se vaya en cuanto crece un poco. ¡Ay! ¡Como modesto ahorrador, yo le quería más que a mi vida y él me lo pagó de esa forma: yéndose detrás de unas putas acciones de muy baja rentabilidad que me lo dejaron desnudo y en los huesos, hecho una pura calderilla! ¡Ay! ¡La madre que le parió! ¡Y pensar que por él habría proseguido dando mi sangre, trabajando como un esclavo hasta entregar mi último aliento!...

miércoles, 10 de febrero de 2016

Ni por asomo

Siendo un adolescente concebí el sueño de ser escritor y, desde entonces, no he podido deshacerme de este maligno deseo salvo en períodos muy concretos y, generalmente, breves. En ocasiones llegaba a pensar que lo había vencido, como el yonqui se hace la ilusión de haberse desenganchado por el mero hecho accidental de lograr mantenerse limpio durante una temporada; pero, al cabo, debía reconocer que mi supuesta curación no había sido más que un espejismo, y que continuaba tan "colgado" como siempre. De pronto, cuando ya me creía curado de mi particular vicio, el deseo de escribir volvía con más fuerza que nunca, y otra vez me encontraba apartándome voluntariamente de los amigos y de las mujeres, renunciando a un trabajo digno y a una vida decente, para correr a alquilar un sótano en el barrio de mi infancia y, aislado allí, desaparecer del mundo igual que una rata que huye de un barco inundado. Después de esta renuncia, lo corriente es que me pasara varios años sin ver a nadie, enterrado vivo en mi imaginación, y llenando hojas y más hojas de diálogos brillantes y frases inteligentes, al tiempo que mi inteligencia práctica iba decreciendo al mismo ritmo que mis ahorros. Como es lógico, por fin un día descubría de nuevo (viejo sobresalto) que estaba arruinado, y que ninguna de las novelas que había logrado concluir mientras tanto sería publicada en los próximos cien años, por lo que, quisiera o no, volvía a ser urgente para mí iniciar otra cura de desintoxicación que me diese la enésima oportunidad de ser una persona sana y normal. De esta forma, atrapado en este círculo infernal de mi adicción, tornaba así al punto de partida, sólo que cada vez más agotado y con menos neuronas en el cerebro, por supuesto. Lo malo es que, para esa fecha, mis amigos habían emigrado o muerto, y las mujeres que conocía se habían casado y ya eran madres, y yo no tenía futuro de ninguna clase porque éste había pasado de largo en mi ausencia, con lo que a mi soledad no le quedaba otro remedio que llenarse de sí misma para que yo no me sintiera tan solo como cuando era un simple adolescente que soñaba con ser escritor sin saber -ni por asomo- lo que tal cosa significaba...

viernes, 5 de febrero de 2016

En esta piel, bajo este nombre

He equivocado la vida desde su inicio y ahora, al hacer bagaje y recuento de mis errores, me sobran unas cuantas lágrimas amargas y un saco de teatrales auto-reprimendas, tan inútiles como el actor que las declama. La partida está jugada y de nada sirve decirse una y otra vez que he barajado mal las cartas o que no supe jugar aquel farol que me habría hecho ganar una fortuna. Lo cierto es que yo no era un buen jugador y, por tanto, de poco me sirvió tener en la mano el mejor juego, un ful de amor, un repóker de dinero, y esa escalera de color que es la verdadera amistad: todo lo perdí en una sola apuesta, la que hice al nacer en esta piel, bajo este nombre... 

jueves, 4 de febrero de 2016

La cosa más encantadora

"Va más lejos quien no se mueve: la acción perpetúa el error que eres, sólo tu quietud lo corrige. Cierra los oídos a la llamada de tu vocación: no te agites dentro de la Historia si no quieres destruirte. Desintoxícate de los sueños y el futuro, pues la droga más dura es esperar. Renuncia a tus dones y talentos, ya que sólo así reposa el ser. No escribas y no hables, emite al viento un único sonido, una única nota y sin cambiar de tono: la ciencia superior es hacer que el instante valga por mil años, por diez mil, por toda una Era"... 
(¿Por qué será que toda filosofía idealista nos parece la cosa más encantadora a medida que nos propone más y más imposibles, soluciones cada vez más absurdas?).