"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

lunes, 22 de febrero de 2016

En la cama con Kafka

"Nunca podrá hacérsele comprender a un niño, a un muchacho, cuando al anochecer se halla a mitad de una bella y apasionante historia, nunca se le hará entender mediante una demostración limitada a él solo, que tiene que interrumpir su lectura para irse a acostar" (Esbozo de una autobiografía, de F, Kafka).
En esta frase incluida en un breve escrito del genio checo está no sólo la clave de toda su obra, desde El Proceso a El Castillo, sino, sobre todo, la clave de bóveda del hombre llamado F. Kafka, cuya vida entera fue una tenaz resistencia a plegarse a la necesidad de tener que interrumpir su goce pueril, primero de la lectura, y luego, siendo ya un adulto, de la escritura. La prohibición adulta de la particularidad gozosa del niño que quiere prolongarse y perpetuarse indefinidamente en el tiempo es la condena contra la que el genio de Kafka luchará a lo largo de su vida y de su obra, y no de otra cosa obtiene él la alegría, su más íntima justificación. Kafka experimentó desde el principio, desde su infancia, que el mundo adulto de la actividad eficaz (cualquiera que no fuese la Literatura, el "capricho" del Arte, en definitiva) iba a ser su enemigo mortal hasta la muerte, un enemigo al que nunca se podría vencer, por lo que ni siquiera había que pretenderlo: frente a él sólo se podía resistir empeñándose en una rebelión suicida que, al tiempo que le llenaba de culpabilidad, mantenía viva su esperanza de que su derecho al goce fuera reconocido, al menos, en el momento de morir, en el instante de la eyaculación de su alma hacia la nada... Él había decidido desde su misma infancia pasar de un crimen a otro, del crimen de leer al crimen de escribir, y, por tanto, estaba condenado como hombre: su única esperanza, pues, residía en la muerte, en la liberación final de la condena.

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