"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

martes, 16 de febrero de 2016

Una clase de cocina

El destino que más cuesta aceptar es el del solitario. En realidad, la mayoría de nosotros (los que lo somos) nos pasamos media vida tratando de desmentirlo: he ahí la causa primera de nuestros grandes errores. Algunos, por nobles que sean nuestros sentimientos, no hemos nacido para compartir y esto nos torna culpables desde el principio: es duro no ser un compañero cuando se tienen las mejores cualidades para ser "un buen amigo". Yo me he pasado media vida tratando de encontrar el amor romántico y una vez. al menos, lo conseguí: fue hermoso al nacer, doloroso mientras se desarrollaba, un desgarro memorable al morir puesto que esa clase de amor no muere de modo natural, siempre es preciso matarlo. Hoy comprendo que yo no tenía ni la virtud del gran amante ni verdaderas cualidades para amar: yo quería, sobre todo, escribir, no amar, y a ese empeño deseaba dedicar todo mi tiempo y energía, no a procurar activamente la felicidad de otra persona. Como todo creador, era un narcisista furibundo; ¿para qué negarlo más?:  me amaba a mí mismo sobre todas las cosas y seres. Dios me perdone por usurparle sus derechos y prerrogativas, pero esa es la verdad: era, y aún soy, un adolescente al que le agrada y halaga que le amen, pero que, en el fondo, es incapaz de una recíproca responsabilidad al respecto. El amor romántico puede que nos haga memorables como individuos pero, desde luego, no nos realiza como tales, ni hará nunca más felices a las personas que lo conciban y sufran (tendría que haber una asignatura para explicar ésto en las escuelas públicas, pero me temo que ningún partido político recogerá jamás esta propuesta en su programa). En general, para la salud de un alma sensible, es más necesaria la amistad de otra semejante: este es, a mi modesto entender, el mayor regalo que puede hacernos la vida, pero para ello me temo que antes es preciso que dejemos de buscar ese "gran amor" que, de forma memorable, quizás nos haga desgraciados el resto de nuestros días. 
La amistad de un semejante y un trabajo, dedicación o tarea que nos apasione de por vida: esta sería ahora la receta que yo daría para intentar ser feliz si yo fuese un cocinero que comparte el secreto de sus platos, pero, como ya dije, no se me da bien compartir y, por tanto, no lo haré. En este asunto, creo que cada cual ha de elaborar su propio guiso y probarlo las veces que haga falta hasta que su paladar le indique que está ya en su punto. ¡Que aproveche!

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