Oh muerte, ladrona de tantas dulzuras,
yo no te maldigo porque no te rías también de mi maldición,
como haces con todas las maldiciones;
pero te juro que mi afecto y comprensión jamás estarán contigo,
sobre todo en estas mañanas de la joven primavera
en que el naciente sol despliega su abanico de oro
sobre mi sangre podrida de tintas, y refrigera
de penas y amarguras mi hibernado corazón,
de sueños megalómanos mi mente calenturienta...
Y tampoco pediré tu clemencia, te lo juro,
cuando llegue ese famoso día inclemente
que desde mi nacimiento me espera
con su fanfarria de miedos y tristezas.
No, yo no te maldigo ni te maldeciré, te lo prometo,
porque no quiero hacerte el juego perdiendo mi tiempo;
pero ahora veo que nunca tuve otro deseo
que este (yo, que jamás deseé el mal a nadie):
¡ojalá, oh muerte, que pudieras morirte siempre
a cada segundo en mi conciencia
para no tenerte nunca, pero nunca-nunca,
en mi pensamiento, que de tal forma libre de ti
sería al fin mío, solo y verdaderamente mío...!
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