"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

viernes, 29 de abril de 2016

El iceberg

...Por momentos, la conciencia del lento suicidio en que estoy empeñado no me deja dormir: sé lo que viene, y lo que viene me adelanta el martirio del insomnio. Atravieso la noche con los ojos abiertos de par en par pues huelo el horror de la catástrofe en el aire cargado de amenazas, intuyo la mole terrorífica del titánico iceberg deslizándose silenciosa en la impenetrable oscuridad en que se adentra mi rumbo. Sé que bastaría con variar este en un solo grado para evitarme el choque aunque fuera por los pelos, y, sin embargo, no soy capaz de girar el timón en lo más mínimo. Pero no me paraliza el miedo, ni el obsesivo deseo de completar la ruta y tocar puerto a todo trance; y tampoco (como se podría pensar) mi parálisis es la inteligente estrategia frente a un mal depredador al que intento burlar manteniéndome inmóvil y sin respirar, o sea, haciéndome el muerto. No, ni mucho menos: lo que me paraliza es una especie de susto espasmódico que coagula mi voluntad, un anonadamiento de todos mis órganos y sentidos ante la ejemplar fatalidad de un destino que funciona con la precisión de un reloj suizo: cada vez que consigo alejarme de la realidad, poniéndome a salvo de sus tiránicas exigencias, a lo sumo al cabo de diez años (¡siempre una década!) esta vuelve a dar con mi paradero, sacándome a rastras de mi escondite, y de nuevo el infernal acoso de sus reproches y celos recomienza como si no hubiera pasado el tiempo, como si nada hubiese cambiado entre nosotros...
Pasa que ella, la realidad, no se resigna a olvidarme, ni yo sé cómo dejarla definitivamente atrás si no es descerrajándome un tiro en la sien. Desde el principio, nuestra relación fue conflictiva porque yo quería aquello de lo que ella era, por definición, feroz enemiga: mi sueño. Lo procuré primero bajo el amparo del amor, pero el amor se agota con desalentadora rapidez por más que sea eterno. Y luego lo confié al paraguas del dinero, pero el dinero es más huidizo todavía y pronto comprendí que, querer guarecerse bajo él, era una locura aún más ingenua cuando lo que cae del cielo no es un simple chaparrón sino un diluvio en toda regla. Nadie que supere la edad pediátrica puede escapar al apocalipsis cotidiano que es la realidad de los adultos, y toda persona responsable, sea ángel o demonio, ha de luchar por su salvación en este infierno hasta, por fin, caer muerto. Vivir "responsablemente" no es más que eso: arrojarse al centro de una batalla perdida de antemano que se libra bajo la bandera de cualquier falso paraíso prometido por el Poder, y que, en cualquier caso, no es sino un señuelo con el que se enardece en todas partes la "carne de cañón".
Carne que muerde el polvo bajo la refriega indiscriminada del Tiempo que dispara a ciegas y en todas direcciones... ¿Qué otra cosa es la humanidad? La vulgar historia que nunca pasa a la Historia consiste, básicamente,en una matanza incalculable de seres humanos anónimos que, en su día, lucharon todos los días de su vida por lo mismo que nosotros luchamos todavía hoy estando vivos: por habitar en un lugar seguro y pacífico en la compañía de quienes amamos, y por vivir intensamente cada segundo de una existencia hipotecada desde el instante del nacimiento y condenada, por tanto, al desahucio de la muerte.¿Qué podemos esperar si no es la insulsa extinción de la propia y absurda peripecia vital? ¿Con qué ridícula inmortalidad soñar cuando ya sabemos que también el sol morirá como cualquier otra estrella creadora?... En el mejor de los casos, para ser un gran hombre primero hay que palmarla; ¿y quién, en su sano juicio, querría ser un gran hombre a ese precio?... Vivir sin término es lo que yo quisiera, pero no vivir para siempre en el recuerdo de los hombres que, por lo demás, tienen muy mala memoria en aras, precisamente, de su supervivencia. ¿Por qué iba a querer, entonces, no ser olvidado, cuando que me olviden es la mejor contribución que podré hacer jamás a la continuidad de mi especie?... Amar a los hombres supone desear el propio olvido ya que cualquier forma de posteridad es el resultado de la soberbia humana. De ahí que escribir sea quizás la más grande de todas, la soberbia de las soberbias, si lo que se pretende con ello es únicamente hacerle un hueco a nuestro nombre en las letanías de ese aburrido catecismo que recitan los literatos que, mucho más que en la Literatura, creen en la Historia de la Literatura. ¿No es preferible, acaso, la palabra viva de un dios a ser Padre de su Iglesia? ¿No es infinitamente mejor comunicar, tocar los corazones ajenos con nuestro verbo, a lucirlo como una propiedad intelectual convenientemente registrada?... 
Como el agua, la palabra sólo tiene sentido si apaga la sed animal, si hace medrar las cosechas, si da energía a los hogares y a las comunidades en que se reúnen los hombres, esas otras bestias que no saben estar solas: no importa, pues, quien la pronuncie, ni siquiera importa quien la escriba, porque ni uno ni otro son sus dueños. Y por eso tampoco importa preguntarse si vale o no la pena pronunciarla o escribirla ya que alguien (un elegido que seguramente no se ofreció voluntario) ha de hacerlo a cada poco para que ni la vida ni la muerte se detengan hasta que el sol diga basta, y su ancestral pasado se concentre otra vez en un punto de máxima densidad, y todo comience de nuevo, aunque, si hay suerte, esta vez sin nosotros...  Que así sea, naturalmente.

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