Que el individuo triunfe solo y en tanto en cuanto es capaz de hacer dinero, significa que la sociedad ya ha fracasado al no tener otra cosa en qué pensar. De ahí que los incapaces de hacerlo cumplan una función esencial dentro del sistema capitalista: lo "humanizan" al recordarle permanentemente que, mientras ellos existan, nunca podrá regodearse de su propio éxito económico. Ergo, piensan las cabezas pensantes de ese sistema: jamás habría que acudir en ayuda de tales inútiles (contribuyendo a su desaparición como grupo o clase mediante subvenciones monetarias y/o de servicios públicos) puesto que su misma existencia garantiza que la sociedad liberal desee "hacerse cada vez más humana" (es decir, más sentimental), manteniendo así su conciencia tranquila, mientras, al mismo tiempo, sigue sin hacer nada, o casi nada, en tal sentido.
No solo ya no quedan países que lo sean para viejos, sino que en los viejos países donde estos eran las personas más admiradas y respetadas no existen ya, me temo, muchos de aquellos jóvenes ingenuos que soñaban con algo distinto a triunfar haciendo dinero, que es la forma más simple, pero también la más triste, de tener éxito en la vida. Desde este modesto y humilde púlpito, yo invoco, pues, al resto de juventud paladina que aún sobrevive en el mundo para que se conjure contra ese triunfo necio por superficial, y la invito, en cambio, a que se consagre a cualquier otra causa (a una "hoja más aguda", como quería el poeta Saint John Perse), demorándose todo lo que pueda en el "aprendizaje del fracaso" al ser este el que nos hace más humanos, y porque es el juicio final de la Humanidad el que, a fin de cuentas, debería importarnos a los que no creemos en otro dios que no sea el corazón del hombre...
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