La ira es solo una respuesta emocional errónea ante el horrible reflejo de nosotros mismos que entrevemos en otro que se nos parece demasiado: odiamos porque no soportamos la visión de nuestro propio rostro en ese espejo, y otro tanto vale decir para el amor. O sea: que amamos y odiamos solo porque reconocemos en el otro la cara más fea o la más bella y que, si nos resulta tan amable u odiosa, es sencillamente porque es la nuestra. La respuesta instintiva del narcisista es enamorarse de esa cara al instante, la del colérico vengativo es querer romperla a puñetazos verbales que, antes que a nadie, le noquearán a él. Pero lo único que ocurre es que ambos son profundamente estúpidos y sufren como demonios porque se niegan a amar al "extraño", en quien insisten en no reconocerse en absoluto porque dice cosas y realiza acciones que ellos también piensan y hasta harían, pero que solo admitirían a regañadientes. Por eso para ambos el rostro del diferente es el rostro inolvidable del enemigo, y por eso es que se lían a puñetazos con el agua, que, por supuesto, ni se resiste ni les devuelve el golpe dado que les supera en todo: en bondad, en mansedumbre, en dulzura, en compasión, en fuerza e inteligencia, y quien sabe en cuantas virtudes más todavía...
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