"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

sábado, 30 de abril de 2016

Los putos suspensivos

Todo escritor tiene manías sintácticas que es incapaz de justificar: la mía son los puntos suspensivos. Yo dispenso en mis escritos esta forma de separar o concluir oraciones con una prodigalidad vergonzosa y por completo reprobable: es como un tic de mi discurso retórico que no puedo controlar o reprimir como a mí me gustaría. Ojalá pudiera, pero me salen sin pensar. No más comienzo una frase y ya aparece enseguida una palabra que arrastra esa triste cola de tres eslabones con la que me acaricia o me fustiga, para mi placer o mi disgusto, dependiendo de mi humor en cada momento (es obvio que, a nivel pre-consciente, siento más de lo primero que de lo segundo porque, sino, no me lo explico). Por supuesto, procuro estar lo más atento posible para evitar la proliferación de este escándalo en mis escritos, pero casi nunca lo logro y es solo al final, cuando repaso mis textos, que mis ojos reparan en esa ofensa al buen gusto y empiezan, de hecho, a sentirse ofendidos por su obscena repetición. Y no exagero al decir obsceno, porque mi desliz equivale más o menos al de ese repugnante hombre incivilizado que, sin darse cuenta, se hurga la nariz en público con un dedo que luego se lleva a la boca como si tal cosa. ¡Qué asco!, dirán ustedes, y tienen razón porque de eso se trata; es un vicio asqueroso, sin duda ninguna. ¡Pero qué le voy a hacer si me sale de natural, como el eructar después de beber gaseosa! (Sí: ya sé que el ejemplo está mal elegido porque para suprimir esta clase de eructos bastaría con dejar de beber bebidas con gas, y mi caso es muy distinto). En fin: creo que lo que me pasa es que (a un nivel pre-consciente, ya digo) odio el punto y final, y que de algún modo esta forma sintáctica se me antoja más cruel que la otra para rematar mis frases, ya que los puntos suspensivos consiguen en cierta manera dejarlas con vida al sugerir que mi intención es esa, precisamente: que queden inacabadas. Tal vez lo que yo desee en el fondo es no terminar (o sea, no "matar") ninguna de mis frases dándoles la puntilla con el punto y final, y por eso les concedo el indulto, una prórroga indefinida que deja en suspenso esa sentencia gracias al uso de los puntos suspensivos. Ahora bien: como lector, yo amo, sobre todo, las oraciones "pulcras", perfectamente acabadas, sin prolongaciones indefinidas y titubeantes como las que dejan entrever los tres jodidos puntitos regularmente distanciados unos de otros. ¿Y entonces...? Pues no sé.  Supongo que, a falta de un psicoanalista que nos aclare tanto a ustedes como a mí este misterio, lo mejor será que deje el tema en este punto recurriendo (¡cómo no!) a mis tres "amiguitos" para despedirme...

No hay comentarios:

Publicar un comentario