Huir: alejarse rápidamente de un lugar para
evitarse un daño cierto o imaginado.
La fortaleza de ese instinto le derrotó
enseguida, en cuanto su paz espiritual, resultado de la tenencia plena del
cuerpo más deseado, comenzó a diluirse y a mudar a una nueva y amenazadora
perspectiva. El amor de
Conchita era una especie de “senda de los cristales rotos”, a través de la cual
uno no podría caminar nunca con soltura y naturalidad, sin preocuparse a cada
paso de dónde ponía el pie. A no ser, claro, que uno fuera un faquir,
insensible a toda clase de filos cortantes. Pero en los restantes casos “vivir
con el corazón” equivalía a morir desangrado. Sólo un artista del dolor lo soportaría, y él no era tan imperturbable:
un hombre acostumbrado a pasear por una alfombra de cuchillas afiladas sin que
le cambie la expresión de la cara. Él, por mucho que apretase los dientes
detrás de la sonrisa, haría una mueca espantosa de un momento a otro y lanzaría
también un alarido de animal torturado, lo que espantaría a Conchita de un modo
irreparable, pues la pobre se asustaría como una niña medrosa nada más notar
que a su compañero de juegos, a su amiguito del alma, le estaba cambiando la
cara a pasos agigantados.
Por supuesto, Andrés desconocía si entre el pueblo
de sus rivales había algún faquir: otra vez hizo el recuento de esa población
flotante, que no conseguía estabilizarse en una cifra inamovible. Los ordenó
por orden de importancia, según la prioridad (relativa) en que los colocaba
Conchita. Desde luego, la cabeza del pelotón la ocupaba J.L. Inmediatamente
detrás, apretando los dientes y chupando rueda, iba él mismo, Andrés. El tercer
puesto (sufriendo como un campeón destinado a no ganar jamás una etapa, víctima
de una pájara mortal que le había quitado el aliento en la misma línea de salida) era para un verdadero héroe de la
resistencia: el meritorio Aurelio, que llevaba en carrera quince años, tres
quinquenios completos, siempre con los pulmones reventados, pero sin perder la
fe en una milagrosa recuperación que le permitiera disputar el esprín final
remontando desde atrás y sorprendiendo a los favoritos. En cuarto lugar, pedaleaban emparejados otros
dos candidatos: Nicky y Nuncafallo.
Estos dos corredores pertenecían al mismo equipo aunque cada cual fuese a su
bola, sin colaborar jamás entre ellos. Que el primero fuese un simple muñeco de
trapo, y el segundo un consolador gigante, no les restaba posibilidades para
una victoria in extremis, sobre todo si se iban produciendo abandonos entre las
filas delanteras. Por último, casi a
cola, y descolgado del grupo de los fugados, venía el exmarido Alfredo, al que
tampoco había que dar por descartado a pesar de la considerable distancia que
llevaba perdida. Y después de este, desperdigados por la ruta, quizás habría
aún un número indeterminado de pedalistas anónimos, sin historial ni relumbrón,
que hacían continuamente la goma, entrando y saliendo del pelotón, pero sin
mantenerse en su seno el tiempo suficiente como para poder distinguirles por su
dorsal…
Todos ellos, sus competidores, parecían
traer las fuerzas justas, pero no tenían ninguna intención de echar pie a
tierra: la retirada no entraba en sus cálculos, y eso a pesar de que la idea de
retirarse nunca salía de sus cerebros. Todos, sin excepción, barajaban la idea,
pero ninguno se atrevía a jugar esa carta. Creían que Conchita les esperaba en
la cima, en la línea de meta, y
confiaban en un último golpe de riñones con el que alcanzar la gloria.
Todos, sin excepción, olvidaban un detalle: que ella no era una meta para
nadie, sino una senda de cristales rotos dispuesta para un faquir. ¿Habría
alguno entre ellos que pudiera mantener la faz imperturbable frente al dolor
más agudo, ante la herida más profunda? Andrés lo
dudaba. Si J.L. les sacaba tanta ventaja a los demás era sólo porque a él no se
le había exigido pisar con el pie desnudo sobre esa senda. A él le permitían
permanecer “como flotando sobre el mar”, aligerado de gravidez y sin la
obligación de apoyar las plantas en tierra firme, en la orilla tapizada de
amenazas punzantes. Él todavía no había sufrido ningún pinchazo que le
apartara, provisionalmente, de la carrera, forzándole a una parada imprevista,
desesperándose por su mala suerte, por tener que pedir ayuda para parchear el
reventón y estar cediendo un tiempo precioso con respecto al resto de
participantes. En las mismas condiciones que regían para los demás, J. L. no
sería el líder: sería uno más del montón de gregarios que aspiraban
irrisoriamente a ese liderazgo. Así que él no era ningún faquir, sino un
señorito privilegiado al que se le evitan por decreto las incomodidades y
molestias que el resto ha de soportar. Andrés le despreciaba por acumular en su
persona una distinción de la que, al fin y al cabo, no tenía la culpa. Y, por eso
mismo, también le compadecía: porque era preferible conocer la realidad aunque
doliera. Vivir flotando sobre el mar podía ser una situación envidiable, pero
sólo temporalmente. Tarde o temprano tendría que plantar el desnudo pie sobre
la orilla escalofriante, y, entonces, ¿qué podría esperarse de él, de un
señorito con la piel sin curtir? Había motivos sólidos para mantener la esperanza,
sin duda. El problema es que ya no sabía si le interesaba mantenerla. Allá
arriba, en la cima, la meta seguía atrayéndole como un imán irresistible. El
problema era que, en contra de las leyes naturales, Andrés había comenzado a
resistirse a esa atracción. Sometido a esa fuerza, seguía siendo una partícula
elemental; pero “algo” en la partícula, un núcleo díscolo, se había declarado
en rebeldía. Y ahora el átomo entero parecía a punto de desintegrarse.
La sensación de que su particular “fisión” era inminente fue lo que
le empujó a hacer la maleta. Tenía que
enfriar el reactor, ralentizar y revertir todo el proceso de reacciones
químicas que hacían de él una bomba en potencia. Y si no podía hacer esto,
debía alejarse lo suficiente como para que la onda explosiva no provocase una
catástrofe de dimensiones universales, pues, como todo enamorado, él estaba
convencido de que su propio caso ponía en jaque la supervivencia de la
humanidad…
Los expertos recomiendan un enclave
desértico, lo más lejos posible de cualquier núcleo civilizado, como el mejor
refugio preventivo para esconderse a la menor sospecha de que un acontecimiento
de carácter atómico está a punto de desencadenarse. Una casa en la montaña era
una excelente elección. Por ejemplo: una casa de sólidos muros de piedra, mejor
si cuenta con bodegas subterráneas y unos accesos impracticables, de modo que
sea difícil (incluso imposible) descubrirla si no se está en posesión de un
plano pormenorizado de la zona, pues no conviene que otros desesperados que
huyen de la debacle la encuentren ni por casualidad. Si se dispone de un lugar
así, lo único que hace falta es llenarlo anticipadamente de provisiones antes
de encerrarse a cal y canto en su interior. Mi amigo Andrés era uno de esos
afortunados que, cuando las cosas se ponían feas, podían ponerse a salvo en una
fortaleza de ese tipo, en una fortaleza perdida en medio de la nada. Esta
fortuna se la debía (me enorgullece decirlo) a nuestra vieja amistad, cuya
antigüedad se remonta a los años febriles y entusiastas de nuestra juventud, a
la época de nuestro mutuo descubrimiento de la Literatura, de ese otro “refugio
antiatómico frente a la mortífera radiación de la cotidianidad”. En esa lejana
época, los dos nos habíamos convertido en esa clase de escritores que se
ocultan en un zulo inexpugnable (el anonimato literario), y desde entonces
entre nosotros siempre hubo el buen entendimiento de los que comparten un
oscuro secreto que los hermana en la clandestinidad. Me enorgullece decirlo,
repito, aunque sepa que el orgullo sea una emoción narcisista, algo que
cualquier psicoanalista deplora descubrir en sus pacientes. Da igual: que yo
sepa, ni Andrés ni yo nos pusimos jamás en manos de un psicoanalista, lo que
tal vez sea una irresponsabilidad, no lo niego. No obstante a nosotros nos
parece que es una irresponsabilidad menor porque el que escribe no deja nunca
de analizarse: en el fondo, la Literatura es otro diván. En fin, pido disculpas
por estas divagaciones que no tienen que ver con el relato en sí, pero de
alguna manera debía justificar mi aparición en él sin haberme presentado
previamente como uno de sus personajes. Yo soy, pues, el que escribe sobre los
hechos y, por tanto, quien los deforma en aras de la “Forma”, que acaso sea
artística o tal vez no. No lo advierto para que nadie se lleve a engaño: lo
confieso, simplemente, para que nadie me tome demasiado en serio. Volvamos,
entonces, a los “hechos”.
Me consta que Andrés se estableció en mi
casa con el noble propósito de poner en limpio los hechos, mediante la
redacción escrupulosa de los mismos, e intercalando entre ellos las reflexiones
que, pertinentes o no, le inspiraban en aquel crítico momento. No era el
momento, como sabe cualquier artista, de iniciar tal empresa: si pretendemos
hacer una obra cualquiera con nuestra sangre recién vertida, hay que darle a
ésta tiempo para que coagule y seque. La sangre es un material que sólo se
vuelve maleable con el paso del tiempo: en fresco resulta casi imposible de
modelar dándole una forma estable y sugerente que transmita al espectador una
idea de su belleza implícita.
Durante unos días, Andrés se esforzó
inútilmente en esta tarea: llenó folios enteros describiendo las expresiones
faciales de Conchita en los instantes previos al clímax sexual; reprodujo de un
modo anárquico los monólogos (a los que ella era tan aficionada) sobre aquel
pasado de joven y atrevida meretriz, con los que había excitado y trastornado
tanto el carácter moderado de mi amigo, quien, en el fondo, era un tipo
razonable y prudente (lo que el vulgo entiende por “un aburrido”, vamos).
Andrés confeccionó, asimismo, un catálogo de mensajes telefónicos intercambiados
entre ambos amantes en su afán de reconstruir el desbarajustado puzle de su
romance: una mezcla, a mi juicio, de sensualidad extrema e intelectualismo
barato.
Cuando yo, más tarde, rescaté de la quema
sus papeles abandonados (antes de irse había intentado hacer una modesta
hoguera con este combustible), aplaudí,
en una primera y decepcionante lectura, el tono directo y la frescura de las
frases podadas de retórica. Pero también lamenté la redacción apresurada y sin
hilar, la pobreza estética del texto asfixiado bajo las emociones vividas que,
al ser demasiado recientes, quedaban flotando en la superficie como detritos
orgánicos sobre un agua estancada: el efecto era nauseabundo y, lógicamente,
uno no tenía otra opción que arrugar la nariz.
Pero
con todo, y por culpa de mi particular síndrome de Diógenes que me impide
prescindir de un papel escrito cualquiera sea el texto en él anotado, (acumulo
hasta mis listas de compras semanales), guardé aquel puñado de folios orlados
en los bordes por las llamas que, afortunadamente, no completaran todavía su
trabajo devorador. Ya entonces debí presentir que allí había una historia y que
uno de los dos, Andrés o yo mismo, podríamos aprovecharla a su debido
tiempo. Claro es que, si era a mí a
quien tocaba pulir y completar esa hipotética narración futura, antes tendría
que documentarme a fondo y, para ello, sólo podía contar con una fuente
directa: el propio Andrés. No obstante, mi amigo no era por el momento una
fuente objetiva, y, por mi parte, sería una imprudencia abordarle con tales
pretensiones. Y, además, sería una falta de tacto inconcebible en un amigo: los
amigos están para las ocasiones, y la “ocasión” era todavía un territorio de la
Vida, no de la Literatura. Si de veras me consideraba su amigo, mi deber era
vivir con él, codo con codo, aquella historia; pero no contarla, todavía no. En
consecuencia, le llamé para ratificarle que mi casa era la suya y que podía
hacer uso de ella siempre que lo necesitara. No aludí, en absoluto, a mi
hallazgo de sus débiles y balbuceantes escritos, pero dejé entrever mi sorpresa
por su marcha tan repentina cuando él mismo, al pedirme las llaves, me
asegurara que quería estar lejos del mundo una temporada. Él fue muy discreto,
y no cedió a mi larvada curiosidad. Por mi parte, a mí me entristeció su
desconfianza, pero no me molestó: sabía ya que estaba en un buen lío, y sabía
también el nombre de pila de ese “lío”.
Al despedirme, pues, me limité a recordarle
que podía contar conmigo si se veía en apuros, procurando hacerle entender que
hablaba de un modo abstracto, pero corriendo conscientemente el riesgo de que
no lo entendiera así y se cerrase en banda, refugiándose en el orgullo, cosa
que sólo podía ser de provecho para un psicoanalista. Por suerte, mi amistosa estrategia dio resultado y no tardé
mucho tiempo en recoger sus frutos. Pronto recibiría otra llamada suya, y en
esa ocasión ya no pretextó la necesidad de un aislamiento absoluto en un
refugio antiatómico, sino la urgencia de tener un confidente: alguien que
pudiera escuchar, sin caer en la tentación de las intromisiones morales, el
sufrimiento real de un corazón inclinado al exceso, y que se convulsionaba de
un modo reflejo, instantáneo, ante el estímulo de una palabra, de una idea que
atesora las virtudes de un electrodo. Esa palabra o idea, como ya supondréis,
no es otra que “amor”.
En el inicio de toda pasión ha de darse un
elemento hipnótico que predisponga al Ser, consciente o inconscientemente, a
aceptar su papel de víctima en un espectáculo agónico. Este elemento es lo que
explica y sustenta al “noble bruto” en el que la brutalidad es indiscutible,
pero la nobleza es sólo una idealización humanista de una cualidad específica
del animal: la bravura. Como la res brava, un “noble bruto” es cualquier
amante: es decir, un hipnotizado individuo predispuesto genéticamente a la
agonía. Pero, diga lo que se diga, la predisposición al martirio es una
herencia triste.
La tristeza de mi amigo Andrés, en cuanto
amante, derivaba de su natural condición fiera: siempre embestía al rojo. Y
Conchita (por lo que enseguida deduje, tras sus primeras y balbuceantes
confidencias) tenía un intenso aire de familia con Caperucita. Examinadas
desapasionadamente, sus peripecias vitales me recordaban a las del cuento: también
ella parecía haberse pasado la vida buscando a su abuela, para terminar siempre
metiéndose con el lobo en la cama. El análisis (pero más aún la intuición) me
condujeron en línea recta hacia una conclusión acaso apresurada: en el fondo,
era una niña ingenua y cándida a la que le fascinaban las criaturas con dientes
enormes. En el fondo esta había sido siempre su tragedia: persiguiendo
cándidamente el cariño, el afecto incondicional, siempre se había dado de
bruces con una dentadura hipertrofiada, con un apetito sin escrúpulos. No era
una puta, como había creído erróneamente su primer marido (él sí un bruto
impuro, sin nobleza de ninguna clase). Ni tampoco era una enferma dependiente:
aquello en que intentó convertirla el segundo para retenerla a su servicio.
Pero (rectificándome a mí mismo, y siendo más preciso) decir que era una “niña”
era no decir nada, otra forma de no hacerle justicia, pues Conchita era ante
todo una mujer adulta: madre trabajadora, ama de casa y amante atrevida. ¿Pero
entonces qué era o cómo definirla?
Creo que ésta era la pregunta que se hacía
Andrés a todas horas, el ruedo o coso privado en el que estaba encerrado con
toda su nobleza intacta, pero con la bravura cada vez más disminuida. Alentaba
allí con la lengua fuera, bramando lastimero, arrimándose ocasionalmente a las
tablas de la amistad para buscar refugio frente a la lluvia de acero que caía
inmisericorde sobre su lomo sagrado. En definitiva: agonizaba. Pero no como un hombre sino como un dios: cubierto
por entero de sangre y perdonando al resto de los hombres, a todos los que, al
igual que él, no sabían lo que hacían al amar. No podía explicarlo racionalmente, pero lo intentaba sin descanso. Se
sentía como un miembro supernumerario en una anatomía ajena, como un tercer brazo
o una tercera pierna del cuerpo de Conchita. Si ella sufría un espasmo,
cualquier impulso nervioso espontáneo, él se disparaba sin control. Trataba de
volver a ser un individuo autónomo, con voluntad propia, pero no lo conseguía.
O, al menos, no lo conseguía por mucho tiempo.
A los pocos días de su heroico encierro
entre las paredes de mi casa, ella pidió su ayuda con urgencia: el motivo era
que “se asfixiaba”. Ese episodio de apnea súbita le había sobrevenido en un
ambiente aparentemente óptimo, conjurado el estrés emotivo, en pleno
relajamiento poscoital. Estaba medio dormida cuando sufrió la crisis. J.L.
había salido a comprar cruasanes y mermelada para prepararle un desayuno
continental que le iba a servir en la cama (el piloto era un caballero de los
de antes, aunque su montura fuese un aeroplano ligero y no un caballo).
Dejándose influir por su rencor, Andrés se
imaginaba a este individuo como un aventurero donjuanesco, al que le gustaba
tener una novia esperándole en cada pequeño aeródromo en que tomaba tierra. Su
hombría herida se consolaba con este malévolo pensamiento: en un primer envite,
Don Juan era imbatible. Pero su energía seductora perdía fuerza enseguida, se
agotaba con prontitud, como el entusiasmo del adolescente. En el amor, un donjuán
funciona como un genio perezoso, no como un verdadero currante, como un honesto
trabajador que sabe deberá levantarse y ponerse a la faena incluso en los días
lluviosos y desapacibles, cuando más apetece quedarse al calorcito del lecho,
ensoñándose millonario. Si tenía paciencia, le vería desparecer tal como había
llegado: sin avisar, siendo fiel a lo que era. O sea: una calamidad.
Eso fue lo que creyó al recibir la llamada
de auxilio de Conchita. En ese instante, él también se entregó a la ensoñación:
se dejó llevar por la esperanza de que Conchita hubiera desenmascarado a su
rival aunque sólo fuera a un nivel preconsciente, y que esa era la causa de su
inesperado ataque de angustia. Olvidó su anterior decisión de escapar, de
aislarse y acorazarse frente a la inestabilidad mental que ella le provocaba, y
regresó al momento, dispuesto a recoger su premio, el que le correspondía en
cuanto “honesto currante” del Amor.
El consejo que le dio fue interesado y no
disimulaba su pretensión de sonar a orden: aún aferrado al teléfono, le exigió
“salir de allí de inmediato”. En su
cabeza ese “allí” era un espacio indefinido: podía ser un hotel o un
apartamento, en todo caso allí había una cama revuelta y recién usada, y eso
era suficiente para considerar ese lugar como una trampa mortífera. Le dijo
que, si quería sentirse mejor, debía irse cuanto antes sin aguardar al retorno
de J.L., sin dejarle una simple nota de despedida. Parecía como si le estuviese
alertando en contra de su futuro asesino, y no se refiriera a un amante que,
aunque ocupe coyunturalmente un puesto de privilegio, no por ello deja de ser
uno más en una larga lista cuyos miembros sufrían translocaciones continuas,
perdiendo y recuperando la posición ordinal en función de los diversos factores
propios de una carrera, tal como ocurre en el seno de un pelotón de ciclistas.
En resumidas cuentas, y fuera cual fuese la causa última y oculta de la
angustia experimentada por Conchita, aquella era su oportunidad: al fin J.L.
había tenido aquel “pinchazo” tan esperado, y él, Andrés, podría ahora
desbancarle del liderazgo, dejándole atrás definitivamente y dándose el lujo
(al sobrepasarle) de compadecerle por su estúpida cara de perdedor.
Se dirigió, pues, al encuentro de su voluble
prometida con un ánimo resuelto y casi alegre. Añado este “casi” porque, a
pesar de que sus esperanzas habían renacido con cierto brío, no tenían ese
vigor natural que desencadena el espíritu de celebración. En realidad, había
poco que celebrar, pues Conchita aún se hallaba demasiado alterada por aquella
crisis imprevista que la había asaltado sin un motivo concreto, sin una razón
de la que ella fuese consciente.
Ella llegó a bordo de su coche a la cita y,
al detenerlo, tiró del freno con violencia, sin preocuparse de los vehículos
que la seguían, lo que casi estuvo a punto de desencadenar un accidente y
levantó algunas protestas, tanto verbales como acústicas, entre los conductores
afectados. Conchita despreció esas protestas y abrió la portezuela del auto en
plena calle, dificultando aún más el tráfico. Algunas personas se detuvieron a
mirarla con un asombro reprobatorio pintado en sus caras: ella tampoco reparó
en esas críticas mudas. Corrió hacia la acera con un vivo taconeo, inestable y
gracioso, para abrazarse a Andrés que se sintió un tanto avergonzado al
convertirse en el centro de la atención general. De hecho pensó que la escena
no difería mucho de las que se ofrecen a cada paso en las telenovelas: se
sentía incómodo haciendo el papel del galán protagonista, y casi deseaba que
alguien entre el público gritase la consigna mágica (“¡corten!”) para volver a
la intimidad de su camerino.
Conchita temblaba entre sus brazos, con la
mejilla caliente y humedecida pegada a la suya. Notó que su cuerpo despedía un
calor inusual, inflamado por una emoción que todavía continuaba incandescente,
sin acabar de apagarse. Le sofocaba, y este efecto se sumaba al que
experimentaba siendo el objeto público de su efusividad. La apartó con
suavidad, en busca de una bocanada de oxígeno con la que contener aquella doble
asfixia. Entonces reparó en que no se había maquillado (los párpados sin
sombrear, los labios descoloridos) y comprendió que había seguido al pie de la
letra su consejo (escapar a toda prisa de una trampa, de un escenario dispuesto
para la representación de nuestro propio asesinato), y que, además, lo hiciera
sin dar explicaciones, sin detenerse temerariamente ante un espejo (perdiendo
un tiempo precioso con el rímel, el colorete y el pintalabios, por el temor
atávico de salir a la calle sin arreglar, aún cuando estaban a punto de
asesinarla).
Andrés se enterneció ante esta prueba que
demostraba que ella confiaba ciegamente en su opinión de amigo incondicional,
de alguien que sabe siempre lo que nos conviene y no tiene miedo a decírnoslo:
cuando se sabía perdida, le obedecía a ciegas. En parte eso le resultaba
halagüeño, y, como él era vanidoso, se lo agradecía profundamente. Pero, por
otra parte, le sobrecargaba con una responsabilidad ajena que a un amante se le
antoja excesiva, por mucho que él mismo se declare “amigo antes que nada”. Por
ejemplo, ahora mismo, viéndola tan estremecida e indefensa, la deseaba más que
nunca. ¿Qué se suponía que debía hacer con ese deseo, si era obvio que Conchita
le había reclamado en base a su condición de amigo, nada más? A él (a pesar de
la revancha tomada contra J.L.) no le reportaba alegría, sino fastidio, que
descartaran de un plumazo la otra posibilidad: el ejercicio urgente de sus
derechos de amante. En ese preciso momento lo que de veras quería era ejercer
de inmediato esos derechos. Suspiró, volviendo a abrazarla con un ímpetu
repleto de sordos equívocos…
Sin embargo, a Conchita la desbordaban sus
propias emociones. La bomba de su corazón no daba abasto, no lograba achicar
las aguas revueltas y embravecidas del torrente que regulaba. Una vez de vuelta
en su hogar, le confesó en un murmullo que se sentía agotada y que lo único que
necesitaba era dormir. Sus hijos no estaban en casa y eso, dentro de lo malo,
era un alivio: de hallarlos allí habría tenido que disimular su agotamiento
ante ellos, y no se veía con fuerzas para poner en práctica sus dotes para el
disimulo, para ejercer su estoico deber de madre atrapada en unas duras
circunstancias. De las circunstancias, sin embargo, no quiso hablar: dijo
solamente que el piloto era un hombre extraño, aunque ella seguía creyendo que
era también una persona decente. Dijo que ese no era el problema, que el
problema era ella. Y después de decir esto se acostó junto al muñeco Niky: “el
único de sus amores que la entendía sin necesidad de que ella dijese una
palabra”.
Andrés fingió no sentirse herido por este
último dardo lanzado desde la seminconsciencia e intentó ocupar su puesto en el
lado libre de la cama. Pero, dado su grado de excitación, la maniobra resultó
poco natural. O bien reveló demasiado a las claras sus intenciones,
sobresaltando a los yacentes. Fue Niky el que protestó en nombre de los dos:
“¡Quiero dormir!”, dijo con la aguda y reticente vocecilla que Conchita le
prestaba en sus diálogos de ventrílocua. Andrés dio marcha atrás y se quedó de
pie junto al lecho, todavía esperando el milagro, el indulto para el reo: el de
su deseo frustrado que, a esas alturas, ya había comenzado a rebelarse.
Estaba por dejarla en paz e irse a su casa
cuando ella le llamó, otra vez inquieta y atemorizada:
-Tuve un sueño horrible allí, en el piso de
J.L. –dijo -. Estaba en un lugar que no reconocía, en un cuarto con un suelo de
madera lleno de agujeros. Mis hijos estaban conmigo y yo era un amasijo de
heridas abiertas. Tenía todo el cuerpo cubierto de grandes heridas rezumantes,
redondas y abultadas, como esas flores gordas y dulzonas que hay en los
parques: hortensias, creo que se llaman. Aurorita y Augusto me cuidaban, eran
mis enfermeros. Pero mis llagas debían ser contagiosas porque no se atrevían a
acercarse mucho: me hacían las curas ayudándose de largas varas que llevaban
enrolladas en la punta una especie de gasa y, a veces, en vez de dedicarse a
curarme, jugaban entre ellos fingiendo ser espadachines. Mientras tanto, mis
“flores” iban creciendo hasta taparme la visión. ¡Qué horrible, Dios mío! Luego
el sueño daba un salto y yo corría detrás de mi hija por un campo negro,
cubierto de ceniza. Aurorita chillaba y trataba de sacudirse algo del cuerpo,
algo que se le había posado en la espalda y la mordía, como un insecto enorme o
un pequeño animal. Yo no sabía qué era lo que la estaba devorando y, aunque mis
pulmones reventaban por el esfuerzo de intentar darle alcance, no lo conseguía,
y ella seguía chillando y chillando. Después me caí y todo quedó en silencio.
Entonces vi la cara de J.L. de muy cerca: estaba masticando algo que no podía
tragar. Rumiaba al modo de las vacas. Sus mandíbulas giraban como si fueran
aspas intentando masticar lo que fuese que tenía en la boca, hasta que, por
fin, la abrió de par en par para escupirlo: era una de mis heridas, una de las
más grandes. La expulsó con dificultad, como si estuviera pariéndola más que
escupiéndola. Finalmente, yo la recogía en las manos y la colocaba en su sitio,
sobre mi vientre, mientras le regañaba diciéndole que no volviera a hacerlo,
que aquella herida era mía y él no tenía derecho a comérsela. Discutíamos por
eso, hasta que él se quitaba las mandíbulas y me las arrojaba todo enojado
antes de esfumarse en el aire. Por fin me desperté y él ya no estaba junto a
mí. Inmediatamente pensé en el plato que le había preparado el día anterior:
era un plato de arroz con piñones al estilo indio, que se me había pasado y que
tuvimos que tirar a la basura. Había hecho dos intentos, pero en los dos el
arroz no estaba en su punto, y eso era raro porque a mí jamás se me pasa el
arroz. Me cogí un disgusto de aúpa porque me hacía ilusión cocinar para él;
pero, al mismo tiempo, me alarmé pensando que aquello debía significar algo en
relación con J.L. y conmigo. Y, de hecho, eso es lo que ocurría: había
silencios entre ambos, cierta incomodidad secreta. No sé: algo no funcionaba y
esa era la razón de que el arroz se estropease. El nerviosismo, en mi caso, era
porque a veces estando con él pensaba en ti y en el disgusto que, sin duda, te
había dado al seguir los dictados de mi corazón. Pero eso no era suficiente
para que se me pasara el punto del arroz porque en el fondo, lo confieso, me
sentía feliz entregada sin reservas a mis sentimientos. Aún así, el arroz no me
salía bien y eso me desconcertaba. Me entraron las dudas, me puse todavía más
nerviosa y, de ahí en adelante, ya no fui capaz de gozar. Cuando él se quedó
dormido, yo permanecí insomne durante horas: ya entonces, antes de sumirme en
el sueño, estaba bastante angustiada. Y después soñé eso, esa pesadilla
horrible. Cuando te llamé casi ni podía respirar. ¡Menos mal que tú, querido,
sabías lo que había que hacer porque te juro que yo no podía moverme de tan
asustada que estaba, y me hubiera quedado allí, inmóvil en la cama, petrificada
de miedo y angustia! ¡Ven, querido, abrázame! ¡Tú eres mi salvador!
A Andrés, el afectuoso epíteto final le
llegó al alma, aunque el título de “salvador” le pareció exagerado, y (si
pensaba en los intereses que aún le retenían allí) incluso deprimente. A un
“salvador” se le rinden honores civiles, lo glosan en los periódicos, le
dedican una calle. Pero concluidas las palmaditas en la espalda, su presencia
solía resultar bastante molesta: la memoria de su valor recuerda a los demás
que, a la hora de la verdad, se portaron con cobardía, y eso no resulta
agradable. El héroe será bien recibido en todas partes siempre que su presencia
se acorte lo más posible en el tiempo, ya que sólo un hipócrita le saludará con
gusto a la mañana siguiente de su hazaña. No es que el sospechara tal cosa (la
hipocresía) en Conchita, pero si temía que su agradecimiento por aquel
salvamento in extremis no sería tanto como para, al instante, invitarle a
desplazar a Niky de entre sus brazos, posponiendo sus ganas de dormir en aras
de la diversión amorosa. De hecho, su temor era fundado porque ella no hizo
ademán alguno de deshacerse del muñeco para dejarle sitio a su ardor. Solo dejó
que la acariciara mientras alegaba, con los ojos cerrados, un cansancio
infinito para que él se fuese mentalizando de que ese día no estaba para
fiestas.
-Nos vemos mañana, ¿vale? -le sugirió, por
último -. Hoy necesito dormir, descansar todo lo que pueda. Y también tengo que
hablar con J.L., disculparme por mi fuga. ¡A saber qué habrá pensado el pobre!
Le diré la verdad: que es culpa mía, que no puedo entregarme al cien por cien y
que eso me descoloca. Y le confesaré que hay otra persona muy importante en mi vida:
que estás tú y que no quiero ofenderte, ya que eso me desgarra. Ahora vete,
querido: tengo que dormir un poco. Mañana te llamo, ¿vale?
Aunque profundamente disconforme, Andrés se
retiró cabizbajo y meditabundo. (Si bien “cabizmundo y meditabajo” sería la expresión más correcta,
pues el mundo en ese momento tenía el tamaño de su cabeza, y todas sus
meditaciones rodaban cuesta abajo, como cascotes en un despeñadero).
El insomnio le atrapó entre sus círculos
infernales esa noche: durante horas de vértigo sudó su orgullo herido hasta
empapar de odio las sábanas. Al acostarse, un pensamiento defectuoso se le
había encasquillado en el cerebro: “Esto no es… Esto no es lo que yo quiero”.
Después se pasó la noche entera intentando hacerlo detonar. Pero a la llegada
del amanecer seguía con vida, y lo raro era que ese fracaso no se le hiciese
insoportable. Al revés, era estimulante: se diría que aquel odio contenido y
dispensado en dosis homeopáticas le procuraba el mismo efecto que un
antidepresivo tricíclico. Si algún genio de la Química lograba sintetizarlo en
un laboratorio, acaso le hiciera inmensamente rico tal descubrimiento, aparte
de concedérsele el Nobel por ser el principal artífice de que el Síndrome
Depresivo pasara a engrosar la lista de las enfermedades extinguidas.
Conchita llamó a primera hora, tal como le
había prometido. Parecía totalmente recuperada: el timbre de su voz carecía de
las inflexiones mortecinas de la víspera y casi sonaba a euforia.
-“El amor es la pasión por la dicha del
otro” –citó alegremente -. ¿Sabes quién dijo esto, querido?
Andrés no lo sabía, ni sabía a dónde quería
ir a parar al preguntárselo.
-Cyrano de Bérguerac –dijo Conchita,
respondiéndose a sí misma-Supongo que viste la película de Depardue, como todo
el mundo. Está bien, es una buena cinta. Pero yo prefiero el libro de Rostand:
es mi libro de cabecera. Yo no soy una gran lectora, pero de ese libro no me
separo jamás. Me encanta Cyrano, esa elocuencia suya hablando del amor. Siempre
pienso que Roxana, la prima de la que estaba enamorado, fue muy afortunada
porque él la quisiera de esa forma incondicional hasta la muerte. Y ella
también lo amaba, aunque no lo sabía. Es conmovedor, ¿no crees? A mí me parece
que así deberían ser todos los amantes: valientes y leales como Cyrano. Y
sabios también, por supuesto. Porque a Cyrano no le importa que ella se
entregue a otro, al soldado jovencito: sabe que, en realidad, Roxana le ama a
él porque siempre está deseosa de escuchar sus versos, las palabras de amor que
el otro no sabe pronunciar. En la obra casi no aparecen los celos, querido.
Sólo aparecen las limitaciones de cada cual, pero eso no les impide ser amados.
Cyrano es feo por culpa de su nariz monumental, pero es deseado en cuanto abre
la boca. Y el soldadito es guapo como ninguno, y es lógico que le deseen porque
¿quién no desea la belleza? Los dos conocen sus límites y los aceptan.
Colaboran, incluso, para hacer feliz a la amada común. Son amantes sabios. La
lástima es que ella sea una tonta y se empeñe en buscar en uno lo que tiene el
otro, y viceversa. Ella no es sabia, es una romántica: en vez de amar lo
posible, quiere lo imposible. Pero claro: así era la época y supongo que
Rostand, aunque quisiera, no podría imaginar a otra clase de mujer para el papel
de Roxana. Tal vez no existían esas mujeres entonces, aunque yo lo dudo: esa
clase de mujer existe desde antiguo, está dentro de cada mujer desde el
principio de los tiempos. Lo que ocurre es que pocas se atreven a liberar a esa
prisionera, ¿no crees, querido?
Andrés continuaba callado, bastante
sorprendido de oírla disertar con tanta soltura de un texto literario. Hasta
ahora no la había creído capaz de ese interés: nunca hablaba de libros ni de
autores. Pero éste era su libro favorito, según había confesado. Como diría
Borges, se notaba que había “fatigado” sus páginas en sus frecuentes y
sucesivas lecturas, buscando modelos que reprodujeran sus propios sentimientos,
los rasgos de su ánima. Andrés no había tenido problemas para identificar (al
instante) a aquella Roxana liberal que existía en el fondo de cada mujer:
estaba al otro lado del teléfono. Involuntariamente, se palpó la nariz:
comprobó que no daba la talla que se requería para ser considerado un amante
ideal. El sabio y valiente Cyrano estaba muy por encima de sus posibilidades.
-¿Hola? ¿Me oyes…? –Se alarmó Conchita por
su silencio.
-Sí, te escucho.
-Como puedes ver, ya estoy mejor. Ayer mi
corazón estaba por los suelos: lamiéndome los pies, como un perrito sin amo.
Pero hoy no está tan triste: creo que ya ha encontrado a su verdadero dueño.
Eres tú, querido, estoy segura. Lo sé porque contigo está tranquilo y contento.
Ahora mismo está moviendo el rabo, loco de alegría, y quisiera que estuvieras
aquí para saltarte encima. No te preocupes por J.L.: ya le he dicho que no me
espere más.
Andrés se tomó esta contundente afirmación
con escepticismo. Odiaba tener que ser prudente en su momento triunfal, pero ya
no podía evitarlo.
-¡Ah! Bien. Creo que has hecho lo correcto…
En su respuesta resonaba el desencanto y a
Conchita no le pasó desapercibido:
-¿Qué te pasa, querido? Te noto extraño…
Cyrano nunca se hubiera permitido tamaña
debilidad, él nunca se permitiría ser tan egoísta y Andrés lo sabía.
-No me pasa nada. Es que apenas he dormido
esta noche: estaba preocupado por ti. Esa pesadilla tuya no me dejó pegar ojo
–mintió- No sé, todas esas heridas con aspecto de flores… No pude quitármelas
de la cabeza.
-¡Oh, lo siento! ¡Lo siento mucho, cariño!
¡Perdona! De haber sabido que te angustiaría tanto no te la habría contado.
¡Pero ayer estaba tan confundida, tan trastornada…! No creas: yo también estuve
pensando en el significado de mi sueño. Es evidente que mi alma se siente
demasiado herida, eso es lo que pienso. Pero mis heridas son flores, y eso debe
significar que todavía hay esperanza para mí. Lo que no entiendo es por qué
aparece mi hija huyendo desesperada, acosada por aquel horrible bicho. Es lo
único que aún no me puedo explicar, lo único que aún me inquieta de ese sueño.
El resto está claro y es fácil de comprender, pero esa escena sigue
sobrecogiéndome. ¡De veras que lo siento, mi amor! ¡Quisiera que estuvieras
aquí para compensarte de no haber dormido por mi culpa! ¡Ven a la tarde,
después de que salga del trabajo! Los chicos no van a estar: se han ido a casa
de su abuela. ¡Ven y dormiremos juntos, apretaditos el uno contra el otro! Yo
es lo que más deseo ahora: dormir contigo, sin malos sueños. Y recuerda: mi
pasión será siempre tu dicha, gozar de tu dicha. ¿Vendrás…?
El tono apasionado con el que expuso estos
planes venció los últimos recelos de Andrés. La dolorida inocencia de Conchita
siempre despertaba su ternura, y la ternura era su mejor abogada: siempre
conseguía que el juez se apiadase y terminara por exculparla.
-De acuerdo: iré –dijo, resignándose a lo
inevitable.