Es prácticamente imposible vivir de lo que escribimos si nuestra pretensión al escribir es hacer literatura: de ahí que, para mantenerse en el tiempo, la sincera vocación de un escritor precise el refuerzo de un segundo oficio que, a todos los efectos, ejerza de mecenas moderno. Sin embargo, existen escritores "integristas" (término que no significa que tengan mayor vocación, o que sean más íntegros que el resto de sus colegas en un sentido ético) que sólo admiten una vida que les permita vivir escribiendo, solamente escribiendo. Es a estos últimos, a los que siempre tienen "hambre de escribir", a los que la vida les plantea una y otra vez el mismo dilema ya que, al querer sobre todo saciar ese apetito y no vivir permanentemente "hambrientos", tal vez se arriesguen de hecho a morir algún día de una real y verdadera hambre física. Y no es que ellos sean más valientes que los demás pues no es el valor lo que, en un momento dado, les empuja a elegir la opción vital de mayor riesgo, sino la desesperación.
¿De qué desesperación habla este hombre?, me diréis la mayoría de vosotros con extrañeza, quizás ya un poco confusos. Y yo os respondo: de la del hambriento, por supuesto, solo que de otro tipo de hambriento. De la desesperación de ese individuo que, al sentir continuamente esa otra clase de "terrible vacío en su estómago" (el de la obra pendiente, ni siquiera empezada), se muere también a cada instante de impaciencia por hallar algo que llevarse a la boca. (Y más aún cuando teme ir a quedarse pronto sin dientes, y que, si no come a corto plazo, sus mandíbulas acabarán soldándose entre sí por falta de uso, y entonces ya dará igual que encuentre comida o no porque, perdida la costumbre de alimentarse, solo conservará su mirada de niño famélico para dar fe de que su vocación continua intacta por más que nunca le haya dado para comer...).
¿De qué desesperación habla este hombre?, me diréis la mayoría de vosotros con extrañeza, quizás ya un poco confusos. Y yo os respondo: de la del hambriento, por supuesto, solo que de otro tipo de hambriento. De la desesperación de ese individuo que, al sentir continuamente esa otra clase de "terrible vacío en su estómago" (el de la obra pendiente, ni siquiera empezada), se muere también a cada instante de impaciencia por hallar algo que llevarse a la boca. (Y más aún cuando teme ir a quedarse pronto sin dientes, y que, si no come a corto plazo, sus mandíbulas acabarán soldándose entre sí por falta de uso, y entonces ya dará igual que encuentre comida o no porque, perdida la costumbre de alimentarse, solo conservará su mirada de niño famélico para dar fe de que su vocación continua intacta por más que nunca le haya dado para comer...).
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