...Es una enferma diagnosticada de neurosis delirante, que, sin que nadie en su entorno se apercibiera, o quisiera apercibirse, de su trastorno, fue desarrollando poco a poco en su mente la falsa idea de que podía comprar a diestro y siniestro sin tener necesidad alguna de lo que compraba (salvo, naturalmente, la que en tales enfermos deriva de no hallar en su interior otra satisfacción que les compense de su nula autoestima).
Ella procede de una familia que, en su día, tuvo poder y dinero, aunque actualmente han desaparecido ambas cosas y la pobre no sabe cómo deshacerse de su trasnochado delirio de grandeza: es esta una pena que la conduce de cabeza a la ruina. Sé de primera mano que el resto de la familia tiembla al ver cómo se abre ante ella el abismo, mientras, por el contrario, ella cree que podrá salvarlo caminando tranquilamente sobre el vacío.
El delirante, ya se sabe, es un creyente a ultranza en la deformada interpretación que él hace de la realidad: si va a parar al infierno, el error no es suyo, no está en su conducta, sino en la recalcitrante realidad que le rodea, y que es tan tozuda como una mula porque no obedece a su voluntad, no se pliega a sus deseos.
En la actualidad los psicólogos, esos pedagogos bien intencionados, regularmente tratan de educarla haciéndole ver que su fantasía no se ajusta a sus circunstancias reales y que esta no es más que un "amigo imaginario" que ella se ha inventado para no sentirse tan sola en el mundo; pero como ni siquiera los psicólogos pueden negar que la soledad existe (y tampoco pueden conseguir que desaparezca como por ensalmo), ella les juzga a todos con natural e implacable escepticismo, y enseguida concluye que no tienen la menor idea de su oficio. Lleva "consumidos" de esta forma cinco o seis psiquiatras y más de una docena de licenciados en Psicología, de modo que, a lo largo de los años, su compulsión de compradora lo único que ha hecho es trasladarse de las tiendas de moda a las consultas de los loqueros y poco más. Ahora se halla en uno de sus períodos re-educacionales, pero me temo que el teórico éxito de este nuevo intento de cura vaya a ser el mismo que el de todos los anteriores, es decir: otra vez el laxo abandono de cualquier responsabilidad sobre la propia vida, otra vez la desaforada pasión por mantener la glamurosa imagen que se ha hecho de sí misma, otra vez el maratón diario de escaparate en escaparate a la caza y captura de una buena persona que le sonría con benevolencia y afecto, pero no para mejor venderle un bolso de diseño o una gargantilla de oro blanco, sino para hacerle creer, por unos preciosos instantes, que ella es la mujer más elegante que ha conocido, y que no debe preocuparse de nada porque, en realidad, no hay de qué preocuparse cuando uno es un individuo con clase y con un gusto tan exquisito como el suyo...
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