Si lo pienso bien casi todos los escritores que admiro, en algún momento de sus vidas, procedieron (o soñaron con proceder) a enterrarse vivos para poder pensar y escribir sin interrupciones, día y noche, liberados ya de los fastidiosos deberes universales que impone a los hombres la diosa Necesidad. Pienso, por supuesto, en Proust y en su lento ejercicio de "suicidio motor", encamado durante doce largos años con la única pretensión de recuperar el tiempo perdido, el que había "perdido" viviendo. Pienso en Kafka y en su mil veces confesado deseo de habitar a perpetuidad en un sótano, tras una puerta blindada a sus indeseables amigos y familiares, y por debajo de la cual alguien, tal vez alguna de sus múltiples y estoicas novias, le pasaría su frugal comida (es decir: solo los alimentos estrictamente necesarios para la supervivencia de un "artista del hambre" como él). Pienso incluso en Henry Miller, que, todos estaremos de acuerdo, era un vividor donde los haya, pero que también era un cataléptico en potencia pues, si no, no habría escrito esta frase tan reveladora como demoledora: "Dadme una silla de ruedas y os daré algo que leer". Y pienso, cómo no, en mi muy estimado Sándor Márai, quien no tuvo reparos en proclamar aquello que, en el fondo, todo escritor intuye pero pocos admiten en público, a saber: "La vida mata la palabra". Ergo: deshazte de ella, tú que escribes.
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