"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

jueves, 21 de julio de 2016

¡Qué viene el lobo!

Enciendo la tele, abro el periódico, navego la Red y, en todas partes, el mismo titular me informa (por si acaso aún no lo sabía) que, en cuanto criatura de Dios que pace en Occidente, soy una oveja indefensa y, para colmo, vigilada por pastores que parecen tan desvalidos como ella. Entonces, asustada por la amenaza global que se cierne sobre mí, envidio el pacífico destino lanar que antaño tenía mi especie por estas latitudes, cuando solo era puntualmente trasquilada por sus amos y su asesino natural no se atrevía a saltar la valla del redil, sino que debía conformarse con permanecer afuera, oculto en la espesura, observándome fijamente con sus ojos fieros y demenciales, nada más.  
Pero hoy en día, sin embargo, mi ancestral enemigo exterior ha hecho la mudanza y se ha vuelto interior como mi alma y mis pensamientos: ahora se cubre con el mismo manto y la misma piel que a mí me abriga, y bala igual que yo en mi propio idioma, y puede incluso que esté igual de asustado mientras, sin piedad, afila sus dientes para pasarme a cuchillo junto a todo el rebaño, que es también el suyo. Hoy en día que nosotras, las ovejas, estamos tan orgullosas de nuestro progreso como especie, de nuestro desarrollo técnológico y científico que nos ha permitido, por ejemplo, producir a nuestra querida prima Dolly (es decir, comenzar a clonarnos), hemos descubierto, de pronto, que nuestros clones son de lobo en realidad, y que no hay motivo para alegrarse porque la especie haya vuelto al Medievo, a la heladora época en que ovejas y lobos vivían puerta con puerta, en una peligrosa vecindad que hacía medrar los fanatismos de todos los colores, fanatismos que (como estos, los colores) se mezclan y funden enseguida en uno solo: el de la sangre derramada sobre un lienzo de inocente nieve...

No hay comentarios:

Publicar un comentario