Cuando se vive para el amor, para repetir siempre, una vez más, esa viva experiencia de la unicidad mística de los amantes, no hay nada más trágico que elegir a bocajarro y no ser correspondido, o viceversa: ser distinguido así, gratuitamente y sin por qué, del resto de la humanidad, y corresponder apenas con nuestra escéptica condescendencia que no se lo acaba de creer. Pero que esa tragedia no sea, en el fondo, más que una broma inocente del azar, no tiene por qué hacerla menos dolorosa, sino al revés, pues es sabido que el dolor más grande no suele guardar proporción con la gravedad de la herida, y esto es cierto, sobre todo, cuando el individuo en cuestión se halla entre las almas más nobles y sensibles. Por eso (para hacer o recibir el menor daño posible) siempre será preferible elegir o que nos elijan los brutos y poco inteligentes, en general; y mejor aún que nunca nos suceda ni una cosa ni la otra, ni amar erróneamente ni ser amado por error, puesto que, al fin y al cabo, el poeta ya lo dijo:
"Y total: ¿quererte para qué...?/
Por lo que no ha sido, ni es, ni será,/
y, al final, siempre me dejará el hueco".
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