La Literatura, en sí misma, no lleva a los escritores a ninguna parte porque eso es algo que les ocurre a las personas "sanas", las que trabajan, compiten, se casan, tienen hijos, viajan, hacen una carrera en la vida y encuentran con naturalidad su sitio en el mundo. El escritor, en si mismo, es un paria cuya obsesión es profundizar en su obra, y que sufre como un demonio si sus circunstancias vitales interrumpen, aunque sea por poco tiempo, esa tarea "enfermiza" a la que se ha consagrado, no por culpa de una llamada divina, como el sacerdote, sino por su honda carencia de curiosidad real por otra cosa que no sea su propio pensamiento o su imaginación. De ahí que el escritor que fracasa sea el paradigma del verdadero escritor: un triste destino del que todo hombre desea huir, y el escritor también porque no en vano es humano al fin y al cabo, y eso a pesar de las apariencias. En el fondo, puede que la Literatura sea un destino en sí mismo, el destino natural para los que, por naturaleza o pereza, no tienen sitio en un mundo básicamente economicista y competitivo al máximo. Puede incluso que los seres esencialmente perezosos tengan en ella su única oportunidad de no degenerar a la categoría social de los vagos, estigma que, aunque parezca mentira, supone caer a un escalón todavía más bajo que el de escribidor o literato.
Ahora bien, lo que digo solo vale para los "escritores en sí mismos" porque, en los últimos tiempos, los otros, los que han triunfado y están de moda, suelen presumir de no conocer la pereza en ninguna de sus múltiples facetas y, para demostrarlo, se remiten a la prueba del algodón, osea: al hecho de llevar años produciendo libros a un ritmo de uno al año, por lo menos. En Irlanda, los viejos católicos no se cansaban de repetir un eslogan vital del mismo estilo cuando querían ilustrar a las nuevas generaciones sobre lo que era, a su juicio, una vida feliz, solo que ellos hablaban de hijos y no de libros. Ya se sabe que el cristianismo abomina de los perezosos, en general, ya sean escritores o picapedreros; pero asombra que algunos escritores se pongan a sí mismos como ejemplo de laboriosidad e intenten elevarla a los altares de la Escritura, como si no hubiera otro modo de salvarse para un escritor que ser tan laborioso como un prolífico cristiano viejo, cosa que, por otra parte, ni el mismísimo Jesús se propuso jamás en su corta vida de perezoso (no olvidemos que el Nazareno dejó atrás la carpintería de su padre para irse a vagar por los caminos de Judea, como haría cualquier gandul, y que si tuvo o no tuvo hijos es un asunto controvertido, aunque, desde luego, podemos apostar a que no los tuvo al ritmo de uno por año de predicación).
De aceptar el anterior criterio, el del viejo irlandés, uno sacaría la conclusión de que, hoy en día, ser autor de un único libro convierte a un escritor en un hereje o, como mínimo, en un blasfemo de la Literatura. Quien piense así (y lo piensa mucha gente) parece olvidar que la blasfemia no es, en realidad, un pecado, sino el signo de una profunda fe en aquello que se maldice: para probar esta verdad basta con observar a los enamorados que han sido abandonados por el objeto de su amor, o a los creyentes sinceros que, furiosos, reprochan a Dios por sus actos incomprensibles cuya razón solo Él conoce.
Pues bien: yo digo que el "escritor en si mismo", el que no tiene otro sitio en el mundo que su escritorio, es (además de un campeón de los perezosos, por supuesto) un enamorado y un creyente a la vez, que, en lugar de amar a un ser humano echándole de menos hasta el delirio, o de rezar a un Dios insultándole sin tregua, escribe, simplemente. Es decir: sin pensar en llegar, gracias a ello, a ninguna parte, porque sabe que nunca estará de moda y que jamás tendrá, realmente, la menor curiosidad por hacer otra cosa en la vida que escribir (eso sí, cuando le venga en gana ya que, al ser hijo de soltera de su madre, la Pereza, el pobre no tuvo nunca en el "Trabajo Duro" un padre modélico en el que confiar y al que imitar).