"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

miércoles, 31 de agosto de 2016

Aviso para navegantes

Si la intensidad es el valor supremo por el que se rige el vivir de alguien, su vida ha de ser necesariamente breve. En la naturaleza, la duración es inversamente proporcional al esplendor y, en ella, el color más vivo o la forma más hermosa suelen ser fenómenos de corto recorrido y de supervivencia todavía más corta. La viveza de la rosa o el resplandeciente brillo del genio se apagan con parecida rapidez. El insecto más bello nace por la mañana y muere antes del anochecer. La hazaña más admirable es aquella que surge de un simple impulso de generosidad para el que el héroe, en su perplejidad no menos sorprendida que la nuestra, tampoco encuentra explicación. La maravilla es efímera por naturaleza, por más que su recuerdo no se extinga en nuestra memoria. ¿Y acaso no ocurre lo mismo con el amor imposible, con aquel que tuvo una existencia propia del mundo de los insectos, o sea: menos de veinticuatro horas de vida intensísima...? 
Quien se empeña solo en sobrevivir se empeña en apagarse para siempre, pues el hombre no es sino polvo estelar y las estrellas solo duran gracias a que hace mucho que están muertas. El miedo está en el origen del natural deseo humano de una larga supervivencia; pero el deseo mismo, en cuanto ansia de una vida intensa, es el imperecedero germen de la muerte: una vez contraído, su única oportunidad de curación es que muera. Ahora bien: curarse del deseo y seguir vivo supone la vejez anticipada y sin consuelo, el durar por durar que no tiene otro sentido que la duración por sí misma, Por tanto, a rey muerto rey puesto: al deseo extinto ha de sucederle otro deseo vigente o, si no, será la muerte estéril, sin descendientes, quién ocupe definitivamente el trono. Y, a partir de ahí, ya no nos valdrá recurrir a la coartada de la maravillosa experiencia vivida porque, como todo el mundo sabe, la experiencia es como el peine para el calvo: puede que a nuestro ego le haga cosquillas en la cocorota, pero no conseguirá que le luzca más el pelo.

miércoles, 24 de agosto de 2016

Escrito que cuenta con mi permiso expreso para ser arrojado a la basura

Parecer ser que es añorando y deseando con todas nuestras fuerzas un verdadero contacto amistoso, de igual a igual, con un ser humano inexistente en la práctica, como uno acaba siendo (a la larga, digamos que en cincuenta o sesenta años de vida social) un "misántropo auto destructivo", etiqueta sanitaria esta que los psicólogos clínicos reparten hoy en día con generosa prodigalidad entre sus pacientes más inclasificables, a juzgar por el número de casos que se están descubriendo en los últimos tiempos. Naturalmente, al colocar esa etiqueta a uno de sus pacientes, el reproche de los científicos no va dirigido contra la misantropía en sí misma, sino contra los impulsos auto-destructivos que, según ellos, estarían emparejados de modo natural a esta "enfermedad" propia de gente insociable por naturaleza, o que ya no es tan sociable como antaño... 
No es que yo quiera siempre enmendar la plana a los profesionales de la Salud pero, sin embargo, estoy seguro de que cualquiera de nosotros conoce, al menos, a un misántropo reconocido que no es exactamente un "enfermo", y que, de pasarle alguna vez por la cabeza el impulso de destruir a alguien, antes lo haría con la mujer o el hombre mundanos con los que le ha tocado en suerte convivir, y que, por cierto, solamente parecen ser felices en compañía de otros hombres y mujeres. O, si no con estos, con ese vecino que siempre le está invitando a sus barbacoas y fiestas multitudinarias. O, si no con el vecino, con el cartero que solo le deja en el buzón invitaciones a ágapes e inauguraciones de todo tipo, junto a descorazonadoras postales remitidas desde incontables lugares del planeta por otros misántropos que, al contrario que él, nunca salieron del armario, y que no saben cómo decir "no" a las pretensiones de sus cónyuges de viajar para conocer de primera mano todos esas maravillosas ciudades atestadas de turistas que, según una generalidad de opiniones en absoluto misántropas, vale la pena visitar antes de morir...  
Ahora bien: un misántropo no es necesariamente alguien que odia sin porqué al resto de la humanidad, o que se odia a si mismo solo porque sí, hasta el punto de terminar, por una razón u otra, viéndose abocado al asesinato o al suicidio. o a ambas cosas. No: un misántropo es más bien alguien que necesita mantener a raya la multitud de  injerencias emocionales provenientes del resto de los hombres, así como los alocados y anárquicos impulsos humanos que le son propios en cuanto tal, pero que, de rendirse a su plena satisfacción espontánea, le convertirían en un ser tan gregario y despreciable como cualquier otro de sus congéneres, única realidad o situación que sí podría empujarle a matar o a matarse puesto que ser como cualquier otro hombre es lo que él no soporta ser. En su íntimo sistema de definiciones y valoraciones, ser un ser humano no es ser admirable como algunos (muy pocos) hombres lo son sino, sobre todo, ser tan insoportable como la inmensa mayoría de ellos. Y por eso es por lo que, en su conciencia, se siente obligado a aislarse en el seno de la sociedad. (En definitiva: con el fin de no contagiarse de la infección humana que constituye la inmensa mayoría social). 
Como se puede ver, lo malo de todo esto, de no sentirse a gusto como miembro de la propia especie, es que esa ciencia a la que tanto le gustan las etiquetas está todavía en pañales y solo ha logrado sustituir mediante trasplante buena parte de los órganos de un cuerpo humano, y, a lo sumo, cambiar el sexo de ese cuerpo; pero aún no ha conseguido, ni hay visos de que lo consiga pronto, trasplantar con éxito un cerebro o la totalidad del cuerpo mismo, por ejemplo. (Lo que supone, dicho sea de paso, una clamorosa e injusta limitación en los tiempos que corren, donde mucho me temo que cada vez vayan a ser más los misántropos recalcitrantes que, para reconciliarse con los hombres en general, y consigo mismos en particular, exigirán que les sea reconocido su derecho a cambiar de especie en los quirófanos gratuitos de la Seguridad Social).    

jueves, 18 de agosto de 2016

Sincerándose, que no sé si es gerundio pero debería serlo

Parece ser que entre la felicidad y la literatura hay una relación inversamente proporcional salvo en un caso: el del lector que lo es por vocación y que ni por todo el oro del mundo quiere escribir. Para ser feliz en esto hay una sola regla: más que leer, releer exclusivamente obras ajenas y, de caer en la tentación de escribir, plagiar descarada y literalmente aquellas cuyo impacto fue tan grande que, a partir de su lectura, comprendimos que siempre seríamos escritores infelices al ya resultar imposible para nosotros ser sus autores. Y esta fatalidad nos lleva a la segunda razón por la que, para un escritor, es tan difícil ser feliz: porque en él (en mí) el vicio o defecto de la envidia es un deber y, en tanto en cuanto el cumplimiento del deber hace al hombre virtuoso, en aras de la virtud, y durante toda su vida, un escritor que sea ambicioso y se respete a sí mismo se ve condenado a envidiar aquello que es incapaz de realizar por el simple hecho de que ya está hecho. Algunos de ustedes pensarán que esa clase de envidia es de las sanas, pero están equivocados porque alguien que está "obligado" por su deber a fracasar de esta forma (como fracasamos en el fondo todos los escritores, lo reconozcamos o no) no será nunca "una persona sana" y, por tanto, nada que medre en su interior remite, ni de lejos, a la salud, ni siquiera el mejor de los sentimientos humanos: la admiración sincera de los demás. 

miércoles, 17 de agosto de 2016

El hijo de soltera

La Literatura, en sí misma, no lleva a los escritores a ninguna parte porque eso es algo que les ocurre a las personas "sanas", las que trabajan, compiten, se casan, tienen hijos, viajan, hacen una carrera en la vida y encuentran con naturalidad su sitio en el mundo. El escritor, en si mismo, es un paria cuya obsesión es profundizar en su obra, y que sufre como un demonio si sus circunstancias vitales interrumpen, aunque sea por poco tiempo, esa tarea "enfermiza" a la que se ha consagrado, no por culpa de una llamada divina, como el sacerdote, sino por su honda carencia de curiosidad real por otra cosa que no sea su propio pensamiento o su imaginación. De ahí que el escritor que fracasa sea el paradigma del verdadero escritor: un triste destino del que todo hombre desea huir, y el escritor también porque no en vano es humano al fin y al cabo, y eso a pesar de las apariencias. En el fondo, puede que la Literatura sea un destino en sí mismo, el destino natural para los que, por naturaleza o pereza, no tienen sitio en un mundo básicamente economicista y competitivo al máximo. Puede incluso que los seres esencialmente perezosos tengan en ella su única oportunidad de no degenerar a la categoría social de los vagos, estigma que, aunque parezca mentira, supone caer a un escalón todavía más bajo que el de escribidor o literato. 
Ahora bien, lo que digo solo vale para los "escritores en sí mismos" porque, en los últimos tiempos, los otros, los  que han triunfado y están de moda, suelen presumir de no conocer la pereza en ninguna de sus múltiples facetas y, para demostrarlo, se remiten a la prueba del algodón, osea: al hecho de llevar años produciendo libros a un ritmo de uno al año, por lo menos. En Irlanda, los viejos católicos no se cansaban de repetir un eslogan vital del mismo estilo cuando querían ilustrar a las nuevas generaciones sobre lo que era, a su juicio, una vida feliz, solo que ellos hablaban de hijos y no de libros. Ya se sabe que el cristianismo abomina de los perezosos, en general, ya sean escritores o picapedreros; pero asombra que algunos escritores se pongan a sí mismos como ejemplo de laboriosidad e intenten elevarla a los altares de la Escritura, como si no hubiera otro modo de salvarse para un escritor que ser tan laborioso como un prolífico cristiano viejo, cosa que, por otra parte, ni el mismísimo Jesús se propuso jamás en su corta vida de perezoso (no olvidemos que el Nazareno dejó atrás la carpintería de su padre para irse a vagar por los caminos de Judea, como haría cualquier gandul, y que si tuvo o no tuvo hijos es un asunto controvertido, aunque, desde luego, podemos apostar a que no los tuvo al ritmo de uno por año de predicación). 
De aceptar el anterior criterio, el del viejo irlandés, uno sacaría la conclusión de que, hoy en día, ser autor de un único libro convierte a un escritor en un hereje o, como mínimo, en un blasfemo de la Literatura. Quien piense así (y lo piensa mucha gente) parece olvidar que la blasfemia no es, en realidad, un pecado, sino el signo de una profunda fe en aquello que se maldice: para probar esta verdad basta con observar a los enamorados que han sido abandonados por el objeto de su amor, o a los creyentes sinceros que, furiosos, reprochan a Dios por sus actos incomprensibles cuya razón solo Él conoce.  
Pues bien: yo digo que el "escritor en si mismo", el que no tiene otro sitio en el mundo que su escritorio, es (además de un campeón de los perezosos, por supuesto) un enamorado y un creyente a la vez, que, en lugar de amar a un ser humano echándole de menos hasta el delirio, o de rezar a un Dios insultándole sin tregua, escribe, simplemente.  Es decir: sin pensar en llegar, gracias a ello, a ninguna parte, porque sabe que nunca estará de moda y que jamás tendrá, realmente, la menor curiosidad por hacer otra cosa en la vida que escribir (eso sí, cuando le venga en gana ya que, al ser hijo de soltera de su madre, la Pereza, el pobre no tuvo nunca en el "Trabajo Duro" un padre modélico en el que confiar y al que imitar).  

domingo, 14 de agosto de 2016

¿Alguien lo sabe?

Hay algo profundamente injusto en el amor que comienza en su mismo origen, en la medida en que elegir a alguien es la injusticia máxima al tener que hacerlo a costa de todos los demás, que (mientras no se demuestre lo contrario) lo merecen tanto o más. Y la injusticia solo puede conducir a la injusticia, que será su pérdida. El verbo perder es el verbo reflexivo en que, tarde o temprano, se conjuga el verbo amar. Y después (aquí, en este mundo donde por un tiempo, y gracias al amor, nos sentimos únicos) solo quedarán vivas esas preguntas para las que no hay respuesta. En el mundo todo el mundo se siente único alguna vez por vivir o haber vivido algo que es de lo más común, puesto que cada día sucede miles, millones de veces en el seno de la humanidad. Siempre el amor nace de la injusticia y muere injustamente, de ahí que engendre las mismas lágrimas a su comienzo que a su fin. Si en su momento nos parece que son distintas, unas de alegría y otras de amargura, es porque las primeras las lloramos sin necesidad de hacer preguntas, olvidando por un feliz instante que las preguntas sin respuesta son lo único que queda con vida después de ese llanto interminable, del llanto cuyas lágrimas seguirán derramándose eternamente en nuestra memoria. Son las preguntas que deja tras de sí la verdadera eternidad de cualquier amor que nació para vivir para siempre y, aunque no sea justo, es natural que nadie pueda responderlas porque en la naturaleza del amor no está el responder, sino el preguntar, no está el "porque" sino el "por qué". ¿Por qué murió? Pues porque era injusto desde el principio. ¿Por qué si no? ¿Alguien lo sabe?...

lunes, 8 de agosto de 2016

Para muestra, un botón

En la alta noche, mientras abrazados a  sus conciencias amigas los seres sanos y decentes duermen en sus lechos de paz, es cuando las amables máscaras que uso para tratar de pasar por uno de ellos caen sin remedio a mis pies. Como si ellas fueran mis Erinias, me persiguen los fantasmas de todas y cada una de las buenas personas en que pude convertirme de haber sabido cómo crecer sin culpas, así como las traiciones que cometí aún siendo como soy el hombre más leal que conozco, ya que no el más fiel a sí mismo. En tantos años gastados sin molestarme en llevar la cuenta, no puedo decir que haya aprendido algo que valga la pena recordar, salvo esto: las cosas que hacemos aquí, lo que ganamos, lo que perdemos, lo que derrochamos o atesoramos, apenas importan, porque lo único importante son los pensamientos que no nos abandonan por más tiempo que haya pasado desde que los dimos por olvidados. Para muestra un botón: "te quiero", dije un día, tan lejano ya que me parece mentira;  pero lo curioso es que podría mantener lo que dije entonces hasta el final sin faltar a la verdad, y eso a pesar de saber que nunca fui, realmente, un hombre capaz de amar...  

lunes, 1 de agosto de 2016

El infante crónico

Mientras no se gane dinero con ella, la del arte será siempre una actividad propia del puer aeternus, del infante crónico que, como uno de los últimos ejemplares de una especie en vías de extinción, sobrevive todavía en el mundo economicista de los adultos. Y, como pasa con todos los animales que se hallan en esa situación, en su caso la única pregunta que hay que hacerse es: ¿por cuánto tiempo..?