Parecer ser que es añorando y deseando con todas nuestras fuerzas un verdadero contacto amistoso, de igual a igual, con un ser humano inexistente en la práctica, como uno acaba siendo (a la larga, digamos que en cincuenta o sesenta años de vida social) un "misántropo auto destructivo", etiqueta sanitaria esta que los psicólogos clínicos reparten hoy en día con generosa prodigalidad entre sus pacientes más inclasificables, a juzgar por el número de casos que se están descubriendo en los últimos tiempos. Naturalmente, al colocar esa etiqueta a uno de sus pacientes, el reproche de los científicos no va dirigido contra la misantropía en sí misma, sino contra los impulsos auto-destructivos que, según ellos, estarían emparejados de modo natural a esta "enfermedad" propia de gente insociable por naturaleza, o que ya no es tan sociable como antaño...
No es que yo quiera siempre enmendar la plana a los profesionales de la Salud pero, sin embargo, estoy seguro de que cualquiera de nosotros conoce, al menos, a un misántropo reconocido que no es exactamente un "enfermo", y que, de pasarle alguna vez por la cabeza el impulso de destruir a alguien, antes lo haría con la mujer o el hombre mundanos con los que le ha tocado en suerte convivir, y que, por cierto, solamente parecen ser felices en compañía de otros hombres y mujeres. O, si no con estos, con ese vecino que siempre le está invitando a sus barbacoas y fiestas multitudinarias. O, si no con el vecino, con el cartero que solo le deja en el buzón invitaciones a ágapes e inauguraciones de todo tipo, junto a descorazonadoras postales remitidas desde incontables lugares del planeta por otros misántropos que, al contrario que él, nunca salieron del armario, y que no saben cómo decir "no" a las pretensiones de sus cónyuges de viajar para conocer de primera mano todos esas maravillosas ciudades atestadas de turistas que, según una generalidad de opiniones en absoluto misántropas, vale la pena visitar antes de morir...
Ahora bien: un misántropo no es necesariamente alguien que odia sin porqué al resto de la humanidad, o que se odia a si mismo solo porque sí, hasta el punto de terminar, por una razón u otra, viéndose abocado al asesinato o al suicidio. o a ambas cosas. No: un misántropo es más bien alguien que necesita mantener a raya la multitud de injerencias emocionales provenientes del resto de los hombres, así como los alocados y anárquicos impulsos humanos que le son propios en cuanto tal, pero que, de rendirse a su plena satisfacción espontánea, le convertirían en un ser tan gregario y despreciable como cualquier otro de sus congéneres, única realidad o situación que sí podría empujarle a matar o a matarse puesto que ser como cualquier otro hombre es lo que él no soporta ser. En su íntimo sistema de definiciones y valoraciones, ser un ser humano no es ser admirable como algunos (muy pocos) hombres lo son sino, sobre todo, ser tan insoportable como la inmensa mayoría de ellos. Y por eso es por lo que, en su conciencia, se siente obligado a aislarse en el seno de la sociedad. (En definitiva: con el fin de no contagiarse de la infección humana que constituye la inmensa mayoría social).
Como se puede ver, lo malo de todo esto, de no sentirse a gusto como miembro de la propia especie, es que esa ciencia a la que tanto le gustan las etiquetas está todavía en pañales y solo ha logrado sustituir mediante trasplante buena parte de los órganos de un cuerpo humano, y, a lo sumo, cambiar el sexo de ese cuerpo; pero aún no ha conseguido, ni hay visos de que lo consiga pronto, trasplantar con éxito un cerebro o la totalidad del cuerpo mismo, por ejemplo. (Lo que supone, dicho sea de paso, una clamorosa e injusta limitación en los tiempos que corren, donde mucho me temo que cada vez vayan a ser más los misántropos recalcitrantes que, para reconciliarse con los hombres en general, y consigo mismos en particular, exigirán que les sea reconocido su derecho a cambiar de especie en los quirófanos gratuitos de la Seguridad Social).
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