"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

jueves, 18 de agosto de 2016

Sincerándose, que no sé si es gerundio pero debería serlo

Parece ser que entre la felicidad y la literatura hay una relación inversamente proporcional salvo en un caso: el del lector que lo es por vocación y que ni por todo el oro del mundo quiere escribir. Para ser feliz en esto hay una sola regla: más que leer, releer exclusivamente obras ajenas y, de caer en la tentación de escribir, plagiar descarada y literalmente aquellas cuyo impacto fue tan grande que, a partir de su lectura, comprendimos que siempre seríamos escritores infelices al ya resultar imposible para nosotros ser sus autores. Y esta fatalidad nos lleva a la segunda razón por la que, para un escritor, es tan difícil ser feliz: porque en él (en mí) el vicio o defecto de la envidia es un deber y, en tanto en cuanto el cumplimiento del deber hace al hombre virtuoso, en aras de la virtud, y durante toda su vida, un escritor que sea ambicioso y se respete a sí mismo se ve condenado a envidiar aquello que es incapaz de realizar por el simple hecho de que ya está hecho. Algunos de ustedes pensarán que esa clase de envidia es de las sanas, pero están equivocados porque alguien que está "obligado" por su deber a fracasar de esta forma (como fracasamos en el fondo todos los escritores, lo reconozcamos o no) no será nunca "una persona sana" y, por tanto, nada que medre en su interior remite, ni de lejos, a la salud, ni siquiera el mejor de los sentimientos humanos: la admiración sincera de los demás. 

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