"Un artista no debe contar su vida tal y como la ha vivido, sino vivirla tal y como la va a contar"

miércoles, 28 de septiembre de 2016

De la jardinería, en general

Jardinero: cultiva tu flor, no sueñes con jardines. Recuerda que para lograr cierta belleza, cualquier clase de belleza, siempre habrá que mancharse las manos, pues, en el fondo, todo es cuestión de saber elegir y dosificar el estiércol. Desde luego, sin una tierra de por sí fértil hay poco que hacer, y la lluvia es necesaria y, en todos los casos, bienvenida. Pero, realmente, solo la mierda, el tipo de excremento con que se abona, resulta imprescindible en tu oficio. Tápate, pues, la nariz... ¡y a trabajar!

jueves, 22 de septiembre de 2016

Confesiones de un católico biológico

Apostatar no sirve de nada para quien, en la médula de su ser, sigue siendo un católico que no descansa si no es en la confesión preceptiva y regular. Sin ir más lejos, este cuaderno virtual es mi confesionario salvado de las llamas (una vez que ya he prendido fuego a todas las iglesias del Pensamiento, quiero decir), y, básicamente, por eso vuelco aquí mis "pecadillos" con más o menos sinceridad por mi parte.  Amigos: hoy confesaré que he vivido, y que maldita sea mi alma porque no me ha valido de nada, ya que sigo deseando vivir como si me fuese la vida en ello; y también que cuánto miedo me da el futuro hoy en día (¡ni se lo imaginan!), cuando en toda mi vida no he pensado en él más de lo que ordinariamente pensaba en la uña del meñique de mi pie izquierdo. Es innegable, pues, que me he hecho viejo sin que en ningún momento me pasara por la imaginación que podría dejar de ser joven alguna vez. Lo confieso: siempre he jugado al Todo o Nada, a ese rien ne va plus de la ingenuidad, y siempre supe, además, que no hay nada que hacer para los que somos así, ya que querer demasiado el Demasiado lleva más temprano que tarde a la propia perdición... Las cosas como son, amigos: ojalá hubiera yo aprendido a mentir desnudando mi corazón porque, si algo aprendí en los poquísimos años que uno vive, por más que llegue a ser una persona longeva, es que la mentira no es tan mala como afirma en público toda esa buena gente que, en el fondo, nunca hace otra cosa que mentir al hablar de sí misma. Porque, ¿cómo va a ser tan mala la mentira si mienten como bellacos incluso los que son incapaces de cometer ninguna bellaquería realmente seria, realmente infame?... Por lo demás, no os dejéis engañar: los peores no son los que mienten a boca llena sino los que lo hacen a la chita callando, los cobardes que nunca abrirán la boca para mentir bella y valientemente. Me explico: para mentir como miente, por ejemplo, ese canceroso que declara ante sus amigos y familiares tener la salud de un roble, y, no contento con ello, les dedica una sonrisa que transmite confianza a raudales, una confianza que él (en secreto) no tiene. ¿Alguien de vosotros se imagina una mentira más hermosa y más valiente? ¡Qué bello es mentir, diría yo, si fuesen así todas las mentiras, o sea: pruebas de auténtico amor que se mantienen en el incógnito, ocultas hasta el final, con tal de no hacer daño a quienes más queremos o nos quieren! ¡Ay! Ojalá que cuando a mí me toque la china tenga yo, al menos, parte de ese valor que se necesita para mentir de tal modo, al belle modo de los bravos hombres que no se auto-compadecen de sí mismos por haber contraído algo que, a fin de cuentas, es obra de la Naturaleza (por tanto, algo ecológico y, en consecuencia, beneficioso para el orden general de las cosas en el Universo, si aceptamos que todo lo que procede de ella, de la Naturaleza, lo es en mayor o menor medida). Ojalá, ya digo, que también a mí me sea dado un valor semejante en su momento. Pero me temo, amigos míos, que no sea así porque os confieso que yo también soy de los cobardes, de los que solo se mantienen fieles a sí mismos en detrimento de los demás, los cuales se ven obligados a limpiarnos los mocos y las lágrimas cuando el miedo nos domina. Las cosas como son: ahora mismo, en esta noche de insomnio, lo está consiguiendo, me domina ya por completo. Confieso que esta noche me estoy cagando de miedo, os lo juro. Y confieso que por eso mismo necesito confesarlo, ¿comprendéis?: porque solamente mi confesión lo contiene un tanto, solo un poco, un poquito nada más... Lo dicho: soy un católico biológico a quien de nada le serviría apostatar sinceramente, como es lógico.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

La obligación de ser piel roja

Hoy no tengo nada que decir, pero ni mucho menos me desanimo por ello porque sé que esa es la situación más favorable para ponerse a escribir. Al escritor debería bastarle con escuchar dentro de sí mismo la latencia de algo vivo en él que desea manifestarse y expresarse, de algo que no se resigna al silencio y que impide su reposo en el simple existir, en el ser del Todo que, según los místicos, es aquello con lo que deberíamos aspirar a fundirnos enmudeciendo ejemplarmente. Pero la escritura es la oposición frontal a cualquier mudez ejemplar que se conforma con repetir ad infinitum un mantra sagrado, una oración que, más que una frase compuesta, es un rumor orgánico perfectamente insonoro, como lo es el constante latir del corazón si uno se encuentra sano. Por esto precisamente he dicho más de una vez aquí, en este blog, que el escritor no es una persona "sana", no en el sentido médico, por supuesto, sino en el sentido de que el hombre sano, para su saludable tranquilidad y felicidad, no percibe el constante rumor interno de las frases que en nosotros, los escritores, pugnan continuamente por hacerse oír, rumor que, a veces, es tan fuerte que constituye un verdadero estruendo, siendo esta la razón de que, en tales ocasiones, creamos no tener nada que decir, pues, en medio del estruendo, nada se percibe con claridad. Quien escribe tiene la obligación de adiestrar su percepción, de afinarla hasta poder captar el ruido lejano de sus palabras que siempre avanzan en confuso tropel hacia su encuentro, como hacía el indio piel roja cuando ponía su oreja contra la tierra (muda solo en apariencia) al objeto de detectar a distancia el estruendo de los cascos pertenecientes a la caballería confederada lanzada al galope... 

viernes, 9 de septiembre de 2016

Mi mayor paradoja

Soy de esas personas a las que confesar los propios sentimientos no les resulta fácil, por lo que se entenderá que desvelar mis miedos más íntimos me parezca casi vergonzoso, poco menos que un acto impúdico. Pero me he propuesto hacer este ejercicio de exposición pública, no por masoquismo o exhibicionismo, sino como un modo de probar, de demostrarme que no le tengo miedo al miedo mismo. Para empezar formularé entonces la pregunta de rigor como si me la hiciera a bocajarro cualquier persona que lea esto: 
   -¿Cuál es tu mayor miedo?...   
Dado que soy un varón occidental que se acerca a los sesenta años, y cuya dieta se ha inclinado siempre hacia la proteína de origen animal, sería razonable contestar que un dolor agudo, repentino, atroz, un dolor que augura la muerte por el mero hecho de su intensidad, es decir: un infarto o un cólico que roce el diez, la puntuación máxima en una hipotética escala de medición del sufrimiento. Como respuesta, esta sería la más lógica y razonable (y, por supuesto, la más previsible) si me hubieran preguntado por mis aprensiones de hipocondríaco, no por mis verdaderos miedos psicológicos, por mis temores racionales en cuanto individuo o psique particular.
Actualmente, como "psique individual", mi mayor miedo o temor racional es algo muy distinto a la perspectiva de una enfermedad grave (perspectiva que, por otra parte, cada vez soy más consciente de que existe para mí): hoy temo, sobre todo, que llegue un momento en mi vida en que no pueda soportar mi soledad, que es de donde fluye mi escritura ya que, para un solitario, en la soledad está todo lo que él necesita para escribir. Ni pluma ni papel, ni teclado ni pantalla de ordenador: para escribir, lo único que se precisa es estar solo. Ni siquiera se necesita una modesta biblioteca personal, y menos aún leer constantemente, como piensa la mayoría de la gente (lo cual no significa que haya que aplaudir a esos escritores que nunca han leído nada, y que, además, presumen de ello). 
Escribir presupone un don, y tener un don supone poseer un látigo propio con el que flagelarse.  Mi gran temor es, pues, que llegue un día en que ya no soporte lo que es a la vez el don y el látigo del escritor (su soledad) y necesite, en cambio, vivir de nuevo libre de dones y flagelaciones, como cualquier hombre feliz. Reparad, amigos, en que, al sacar esta última conclusión, al mismo tiempo saqué de la chistera una paradoja, y, si bien lo pensáis, la paradoja lo resume todo. Veámoslo. 
   -¿Cuál es tu mayor miedo, entonces?...
   -Mi mayor miedo es volver a ser feliz.

viernes, 2 de septiembre de 2016

Un pintor: Cáspar David Friedrich

Su maestro, Johan G. Quisthop, le había inculcado la costumbre de la caminata diaria por los campos y senderos de cualquier ciudad en la que, definitiva o transitoriamente, residiera, con la excusa de que Dios era un caminante empedernido al que le gustaba, más que nada, la Naturaleza, por lo que era allí donde uno podía encontrarle más fácilmente. Como buen discípulo, él había practicado la creencia de Quisthop durante la mayor parte de su vida, y no solo porque era también la suya sino porque le venía que ni pintada para su oficio, el de pintor paisajista. En Neubrandenburg, Greiswald y Dresde, las ciudades donde (mientras vivió) había residido más tiempo, no había dejado nunca de salir a pasear por las veredas del entorno, con las acuarelas y el cuaderno de dibujo, no con el fin descarado de tropezarse con el Otro Paseante, aunque sí para intentar descubrir sus huellas en los rincones que su sensibilidad artística consideraba más bellos y misteriosos, registrándolas en los muchos bocetos que realizaba durante esos paseos. Su educación pictórica, pues, se fraguó en aquellas andanzas erráticas alrededor de una urbe burguesa de la Europa central, donde el luteranismo se había hecho fuerte para desgracia y escándalo de Roma. Pero él no era tanto un luterano por causa de su fe sino a causa de su carácter, que instintivamente era recto e íntegro, amigo natural de la soledad y el aislamiento propio del lector, para quien los libros son, en realidad, los verdaderos compañeros de nuestra vida. Se hizo un hombre gracias a estos hábitos, y, a la postre, sería gracias a ellos también que acabaría por hacerse un nombre en la pintura alemana del siglo XIX.
Tempranamente embebido de los paisajes bálticos, donde la bruma y el sol conviven de mala gana, en constante rivalidad, aprendería pronto que la luz es un bien universal que solo un pintor aprecia con la debida justicia, y de ahí que él se entregase a la pintura como a una religión: porque no veía otro modo de ser justo con el mundo. Era todavía muy joven y, por tanto, un ingenuo: no podía saber aún que uno se traiciona a sí mismo por el simple hecho de sobrevivir. Sin embargo, a medida que aprendía y dominaba su técnica, lo fue comprendiendo, fue comprendiendo que solo los seres sin conciencia son justos con el mundo que reciben en herencia puesto que, a sabiendas, no hacen nada que lo modifique. Aprendió que el materialista lo explota y que, de la misma manera (por instinto) el idealista lo deforma, ya que a ninguno de los dos le satisface, en todo instante y por completo, lo que ve. Por eso él pronto quiso ver a Dios detrás de cada forma y color que le salían al paso: de cada árbol, de cada río, de cada puente medieval, de cada colina lejana, de cada roca desnuda, de cada piedra desmoronada de un muro, de cada trozo de hielo desgajado de un glaciar. Había idealizado el mundo desde que tenía uso de razón y, gracias a la pintura, perfeccionó el arte de ver algo que no estaba en él, pero que sin duda “debería” estarlo, o sea: ideas, emociones, sentimientos, sueños y temores ultramundanos que no forman parte de la Naturaleza, pero que esta exhala como un aliento fantasmagórico que solo es visible a ojos del Espíritu.