Apostatar no sirve de nada para quien, en
la médula de su ser, sigue siendo un católico que no descansa si no es en la
confesión preceptiva y regular. Sin ir más lejos, este cuaderno virtual es mi
confesionario salvado de las llamas (una vez que ya he prendido fuego a todas
las iglesias del Pensamiento, quiero decir), y, básicamente, por eso vuelco
aquí mis "pecadillos" con más o menos sinceridad por mi parte.
Amigos: hoy confesaré que he vivido, y que maldita sea mi alma porque no
me ha valido de nada, ya que sigo deseando vivir como si me fuese la vida en
ello; y también que cuánto miedo me da el futuro hoy en día (¡ni se lo
imaginan!), cuando en toda mi vida no he pensado en él más de lo que
ordinariamente pensaba en la uña del meñique de mi pie izquierdo. Es innegable,
pues, que me he hecho viejo sin que en ningún momento me pasara por la
imaginación que podría dejar de ser joven alguna vez. Lo confieso: siempre he
jugado al Todo o Nada, a ese rien ne va plus de la ingenuidad,
y siempre supe, además, que no hay nada que hacer para los que somos así, ya
que querer demasiado el Demasiado lleva más temprano que tarde a la propia
perdición... Las cosas como son, amigos: ojalá hubiera
yo aprendido a mentir desnudando mi corazón porque, si algo aprendí en los
poquísimos años que uno vive, por más que llegue a ser una persona longeva, es
que la mentira no es tan mala como afirma en público toda esa buena gente que,
en el fondo, nunca hace otra cosa que mentir al hablar de sí misma. Porque,
¿cómo va a ser tan mala la mentira si mienten como bellacos incluso los que son
incapaces de cometer ninguna bellaquería realmente seria, realmente infame?... Por lo demás, no os dejéis engañar: los peores no son los que mienten a boca
llena sino los que lo hacen a la chita callando, los cobardes que nunca abrirán
la boca para mentir bella y valientemente. Me explico: para mentir como
miente, por ejemplo, ese canceroso que declara ante sus amigos y familiares
tener la salud de un roble, y, no contento con ello, les dedica una sonrisa que
transmite confianza a raudales, una confianza que él (en secreto) no tiene.
¿Alguien de vosotros se imagina una mentira más hermosa y más
valiente? ¡Qué bello es mentir, diría yo, si fuesen
así todas las mentiras, o sea: pruebas de auténtico amor que se mantienen en el
incógnito, ocultas hasta el final, con tal de no hacer daño a quienes más
queremos o nos quieren! ¡Ay! Ojalá que cuando a mí me toque la china tenga yo,
al menos, parte de ese valor que se necesita para mentir de tal modo, al belle modo
de los bravos hombres que no se auto-compadecen de sí mismos por haber
contraído algo que, a fin de cuentas, es obra de la Naturaleza (por tanto, algo
ecológico y, en consecuencia, beneficioso para el orden general de las cosas en
el Universo, si aceptamos que todo lo que procede de ella, de la Naturaleza, lo
es en mayor o menor medida). Ojalá, ya digo, que también a mí me sea dado
un valor semejante en su momento. Pero me temo, amigos míos, que no sea así
porque os confieso que yo también soy de los cobardes, de los que solo se
mantienen fieles a sí mismos en detrimento de los demás, los cuales se ven
obligados a limpiarnos los mocos y las lágrimas cuando el miedo nos domina. Las
cosas como son: ahora mismo, en esta noche de insomnio, lo está consiguiendo,
me domina ya por completo. Confieso que esta noche me estoy cagando de miedo,
os lo juro. Y confieso que por eso mismo necesito confesarlo, ¿comprendéis?:
porque solamente mi confesión lo contiene un tanto, solo un poco, un poquito nada
más... Lo dicho: soy un católico biológico a quien de nada le serviría
apostatar sinceramente, como es lógico.
No hay comentarios:
Publicar un comentario